Adiós Eduardo, adiós Lizalde

Algunos poetas contemporáneos tienen pésima fama por la síntesis de su obra, porque hacen de tres palabras ligadas un poema que perece por insustancial. Pero podemos entender que son gustos, formas propias de la vorágine moderna donde la atención misma es una moneda de cambio bastante cara. No es esta una revisión de tradiciones, sino un sentido adiós a un poeta que tuvo en las palabras una barcaza fiel sobre la que jamás naufragó. Para Eduardo Lizalde toda mi admiración, entre tantas cosas, sí por su poesía, sí por tener siempre entre sus dedos, lápiz y papel, sobre donde volcar las palabras perfectas para hacernos llorar en silencio, sonreír entre lágrimas y enamorarse no de la vida sino de la intangibilidad de los sentimientos sembrados entre el barro.

Lizalde fue de los pocos escritores realmente comprometidos con las brevísimas revoluciones culturales del país, que no por breves fueron menos graves ni dolorosas. El poeta estuvo presente y en contra de las ocupaciones de las vocacionales. Parafraseo aquí una nota publicada en El Universal, con fecha del 20 de septiembre de 1968: “La Universidad no merecía esto, está fuera de toda legalidad y honorabilidad”, respecto a la tensión y violencia que incrementaba poco a poco, desde el mes de agosto del mismo año cuando el ejército irrumpió en diversas instalaciones universitarias para hacerse del control de los espacios. La nota antes mencionada fue también una respuesta a la carta publicada por parte de una comitiva de creadores, que fue dirigida al presidente de la república, Gustavo Díaz Ordaz:

Ante el hecho vergonzoso, anticonstitucional de la invasión y ocupación militares de la Ciudad Universitaria, denunciamos:

a) El uso anticonstitucional del Ejército apoyando actos también anticonstitucionales (artículos 29 y 129).

b) Suspensión de hecho de las garantías constitucionales (artículos 1°, 9° y 29°).

c) Cesación de la autonomía universitaria.

d) El ejercicio de medidas represivas en sustitución del diálogo democrático (artículo 8°).

e) La clausura oficial de todo proceso democrático en el país.

f) La detención ilegal, arbitraria y totalmente anticonstitucional de funcionarios, investigadores, profesores, intelectuales, empleados, estudiantes y padres de familia, cuyo único delito era encontrarse en el centro de estudios en el momento en que fue ocupado por el ejército (artículos 1°, 29°). Demandamos, por lo tanto, de usted, como presidente de México y Jefe Máximo del Ejército, el acatamiento irrestricto de la Constitución Política de los Estados Unidos Mexicanos”.

 México, D.F. 19 de septiembre de 1968

Firmaron: Inés Arredondo, Carlos Monsivais, José Revueltas, Jorge Ayala Blanco, Tomás Segovia, Juan José Gurrola, Rosario Castellanos, Oscar Chávez, Juan Rulfo y Eduardo Lizalde, entre otros. (información tomada del artículo: 1968. Demografía y movimientos estudiantiles de Luis E. Gómez).

Así, Lizalde estuvo presente en los grandes cambios sociopolíticos del país como un protagonista que, desde las letras, daba la batalla sin ocultar el rostro y sin lírica barata de por medio. Hoy, es común el vendaval de poetas que lanzan sus arias a favor del proletariado y obreros, sin jamás haber laborado un solo día en su vida. La coherencia debe ser fundamental para cualquier escritor, pero en nuestro país hay demasiados farsantes modernos.

De la poesía de Eduardo Lizalde podemos escribir aquí sendas historias. Pero lo que rescato es su tarea por la metáfora aguerrida, llena de sustancia que más parecía una filosofía propia de un enamorado sin amor. Qué tragedia vivir enamorado sin ser amado, qué fortuna odiar por creer que es parte del amor y sentir que es verdad.

En su fragmento “Grande es el odio”, tomado de El tigre en la casa (1970), nos da una lección del amor y el odio desde una perspectiva más apegada a la postura de Heráclito y su relación con la guerra:

Nacen del odio, mundos,
óleos perfectísimos, revoluciones,
tabacos excelentes.

(…)

Cuando alguien sueña que nos odia, apenas,
dentro del sueño de alguien que nos ama,
ya vivimos el odio perfecto.

(…)

Nadie vacila, como en el amor,
a la hora del odio.

(…)

El odio es la sola prueba indudable
de la existencia.

Del odio al amor hay un paso, reza la sabiduría popular; el odio para Lizalde es la comprobación del amor en su más pura esencia. Poder haber amado tanto que luego se odia por la distancia y la imposibilidad. Y es ese odio Heráclito el que también es motor para el olvido, para la transformación. El amor en su más pura y obvia metáfora es una forma de la guerra. Hacer el amor es hacer la guerra y sobre todo una tregua entre la palabra y la caricia aletargada. La poesía de Lizalde la veo, perdonen, ligada a la tradición del mismo Jaime Sabines. Octavio Paz cocinaba otros versos, otros tiempos, amores estoicos en todo caso. La pérdida de Lizalde es incalculable porque así era su talento. Puro y preciso, ardido en el sentido del reclamo. Puro en su capacidad política.

Han comenzado a marcharse los últimos maestros vivos, lo mismo músicos que escritores, actores, y pintores, el nuevo siglo se queda sin los íconos del siglo XX. Necesitamos reconocer a las nuevas voces que habrán de brindarle rostro a las tradiciones literarias del mundo tecnológico, de esta gran revolución donde se lee más que nunca sin leer. Vale la pena reparar en la escritura como una forma no de resistencia sino de subsistencia. Subsistir es hoy por hoy el dilema de la escritura, hay tanto que leer, tan poco tiempo. La literatura ha girado más a la mercadotecnia de las modas doctrinarias, qué gran pesar… los escritores esperan su momento para poder aterrizar en la moda. Ojalá que perdure la poesía de Lizalde, así como la de Bonifaz Nuño, que el tigre metafórico al que dio vida don Eduardo permanezca al acecho no de nuevos lectores sino de amantes, de adolescentes, por favor, que a través de la poesía se enamoren entre sí, se desnuden palmo a palmo alejados de la decadencia poética del aparato digital.

Texto publicado en Confabulario de El Universal

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