King Kong Cabaret, UANL

Ya a la venta King Kong Cabaret, publicado por la Casa Universitaria del Libro de la Universidad Autónoma de Nuevo León.

Este volumen compila las obras de teatro DeshonraFariseos y King Kong Cabaret. Un bar clandestino, un reclusorio y un cabaret son los escenarios aquí poblados con personajes que parecen conducirse siguiendo una pulsión de muerte, orientados hacia la destrucción propia y la de los demás. En ellas hay una crítica al sistema político, al sistema penal y al sistema sexo-género como instituciones en nuestra sociedad que producen espacios de violencia, crimen y represión. Es una denuncia que permea la puesta en escena de las pasiones humanas, y puesta en juego de los deseos ocultos, y en última distancia, de nuestra voluntad de ser libres. La dramaturgia de Hinojosa nos seduce hasta estos espacios a la vez oscuros y luminosos en los que cada lector podrá reconocerse plenamente.

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La verdad contemporánea

Desde 2016 la política, por lo menos la que interesa para este ejercicio, entró de lleno en el escenario artificioso del espectáculo con el arribo de Donald Trump a la presidencia de Estados Unidos. Para quienes crecimos con su imagen estilizada y bronceada en las pantallas de televisión, y bufón empresarial de los años 80, lo mismo negociante que actor de reparto. No deja de impactarnos su heráldica como mandatario de la región norte que acuñó a mansalva “el sueño americano”, lugar común y máxima fullera de esa Colonia pantanosa de soñadores modernos que viven pesadillas perpetuas, sin riqueza ni sueños.

La grandeza del presidente radica en su colosal conocimiento de los medios masivos y en su capacidad para construir verdades eliminando los hechos que las sustentan. Utiliza su discurso a partir de estocadas, vocifero sinfín, para demostrar que basta su palabra como ciudadano mandatario para hacer verdadera cualquier aseveración falsa por encima y a partir de la masa. Trump conceptualiza fantasías, se rodea de ellas, miles que trastocan la realidad del país otrora más poderoso del mundo. Las bases republicanas, protestantes y extremistas que dan su espaldarazo al presidente viven una hiperrealidad apoyada en las falsedades potenciadas por los medios de comunicación comparsas del sistema, de la figura presidencial, no del pueblo que las consume y se dejan guiar por los conductores de noticieros, esos exaltados de collar blanco, en su tarea por controlar la opinión pública de piel blanca.

Trump es la medida de otros gobernantes del mundo que como Jair Bolsonaro, Andrés Manuel López Obrador, Recep Tayyip Erdogan, Rodrigo Duterte y, aunque más moderado en apariencia, Boris Johnson negocian desde sus tribunas cotidianas con hechos inexistentes y maleables que les permiten construir verdades, ni siquiera a medias, negando la realidad en sí misma. Además, no sólo potencian las noticias falsas (fake news) que encienden a la opinión pública sino que mienten para mantener bajo control a su público que, necesitado de guías espirituales y morales compran las ideas, los fracasos del gobernante y asumen su rol en el rebaño.

Hace un par de semanas salió a la luz que Donald Trump mintió a su pueblo acerca de la pandemia para no alarmarnos con su gravedad, craso error. No solo mintió sino que puso en riesgo la vida de miles de ciudadanos al negar la letalidad del SARS-CoV-2. Lo mismo ocurrió en México, desde hace meses se aceptó que el gobierno no quiso generar el pánico, noticia sin mayor impacto en la sociedad que no cuestionó las palabras del presidente ante la fatiga de su imagen cotidiana en los medios.

La “posverdad”, ese concepto tan socorrido y manoseado de nuestro tiempo, encausa el rumbo y ritmo del mundo por su aparente novedosa existencia. Sin embargo, el concepto tal cual y su aplicación ha estado presente a lo largo de la historia de la humanidad. Es la herramienta imprescindible de líderes morales, autoridades y estadistas para llevar a las sociedades a la guerra. Basta con estudiar el ascenso de Adolf Hitler en Alemania, o la presencia intermitente del ideólogo estadounidense Steve Bannon en Europa, agitando con su discurso nacionalista el levantamiento de las sociedades en contra de la multiculturalidad a través del odio que germina el miedo que apela a la naturaleza humana en su instinto de supervivencia.

Lee McIntyre con su libro Posverdad y Michiko Kakutani con La muerte de la verdad exploran desde la mirada filosófica y sociológica, el primero, y la segunda desde la visión crítica de la cultura estadunidense, cómo la verdad es trastocada por Trump. Además, exploran los procederes de los gobiernos populistas que tienen como objetivo anular la capacidad de toda sociedad para reconocer en qué realidad se encuentran, es decir ante las mentiras son náufragos geopolíticos. La hiperrealidad construida desde el discurso político de Trump ha llegado a tal nivel que, sin existir amenazas preponderantes, la sociedad pretende y espera el estallido de una guerra para demostrar que Estados Unidos continúa ostentando el poderío consumado después de la posguerra del Teatro Europeo.

La gravedad de la posverdad como arma política, apuntan Kakutani y McIntyre, está en que bien utilizada en su “veracidad” inmediata puede llevar a la ruina a un país que, frente a su incapacidad analítica e ignorancia, se hará trizas por la estupidez humana de depositar la fe en los gobernantes que tienen en la ocurrencia la verdad absoluta para enviar a la muerte al pueblo que los encumbró.

Texto publicado en Armas y Letras de la UANL

Serenidad en el caos

Nunca he creído en los grandes sistemas, ingenierías, renovaciones, arquitecturas, modelos y aquellos conceptos atribuidos en primera instancia al lenguaje dramático, a la obra, amén de las modas que llevan en su nombre la penitencia; ni qué decir de las puestas en escena. Dudo de quienes hacen mal uso de los postulados filosóficos y sus conceptos para aplicarlos erróneamente a las teorías dramáticas, desnutridas en sus pilares, que venden como teoría crítica. Apuesto por la exploración de la palabra para construir el drama y nada más. Palabra que deriva en acción, conflicto, progresión; apuesto por quitar el velo por instantes a la naturaleza humana que perdurará en el tiempo cual estampa mientras los vocablos estén unidos sobre el papel.


Esto en cuanto a la obra escrita, pues sabemos que los ejecutantes y la puesta en escena no necesitan de nuestra pluma. Vivimos el renacer del existencialismo en pleno siglo XXI, aprender a conocernos, a interpretar nuestra libertad, a ser humanos en soledad sin temores, a conjugar la realidad con el universo digital, ese vacío oscuro de lenguajes programáticos, vías de crisis que proyectan hechos, causas y efectos a tal velocidad que sustituyen nuestra capacidad para hacer lo más básico: cuestionar. Ese mundo de fibras ópticas es un artefacto político intangible, pero es, ante todo, un medio que se nutre del sentimiento arrollador puro y vivo… de nosotros. Es el innegable motor de nuestra existencia en el encierro que provoca angustia y un cuestionar incesante por la vida. Y sobre todo en el absurdo cotidiano, por lo menos hoy, impacta en la imaginación sedienta de tierra. Entre el insomnio y la falta de interlocutores de carne y hueso, las sombras se convierten en compañeras
ineludibles para ensayar sueños y mundos posibles.


Conexión inestable
, de Teatro UNAM, es un excelente ejercicio de libertad, es su aportación al teatro mundial y debe resaltarse ese logro. A lo largo de los años, el proyecto universitario ha sido la casa de las vanguardias escénicas, del descubrimiento para Latinoamérica de las voces internacionales que dan identidad al teatro en este rincón del planeta; y la apertura de la Dirección de Teatro UNAM para explorar la creación en este salvaje instante histórico ha dejado huella. Cada una de las obras que tuve la oportunidad de descubrir, planteaba retos conceptuales y discursivos, políticos, sociales y violentos, ecos sutiles del encierro humano en un presente trágico que se mantendrá latente por siempre en nuestra memoria.


Las obras tejidas me invitaban a reflexionar en la tarea más básica del escritor para la escena, plantear conflictos, mover el barco hacia una tierra incierta donde la risa, el llanto o el oprobio mantuvieran la atención del espectador. Tal vez, y sólo tal vez, deberemos replantear la forma dramática para esa diminuta pantalla virtual, intermitente e impalpable donde el tiempo del drama se divide entre la realidad y la simulación. El drama que no ocurre y es ficción pura, diría Jean Baudrillard en el sentido bélico, porque los soldados no probaron el campo de batalla en la primera Guerra del Golfo.


No obstante, vale la pena reflexionar el sentido marcial del ejercicio de más de dos centenares de creadores. El rigor con el cual fueron escritas las piezas sopesando los pormenores de las formas, los espacios, los temas de exposición y el tiempo apelaron a un teatro de guerrilla que prescinde del artificio de la producción, acciones en su más pura transmutación para entrar en comunión con los espectadores. En la semilla de cada obra había un naturalismo presente y sin temores, curioso, dada la naturaleza del ejercicio y el atavío intangible. Mejor aún, cada texto, espectáculo en potencia, es diálogo solitario. Sobre las tablas, el actor está acompañado, es un animal salvaje de frente a otros. En
la representación virtual, los avatares del espectáculo no cuentan con libertad alguna, son números infinitos, sujetos sin escapatoria, otro tipo de animal que teme al contacto humano y que nos refleja. Vaya encrucijada.


Por lo menos durante los próximos años, seguiremos contando, estructurando estos ejercicios de mejor manera, canalizando fórmulas de otros géneros literarios para el mejor funcionamiento de la escritura para el espectáculo virtual que no me atrevo a llamar del todo Teatro y, sin embargo, esta convocatoria es una vía para la revolución escénica. Agradezco a Jorge Volpi, coordinador de Difusión Cultural de la UNAM, y a Juan Meliá, director de Teatro UNAM, por su generosa invitación para formar parte de este proyecto que propone un encuentro entre las artes escénicas y el mundo digital que ya plantean nuevas rutas para la creación, no sólo en este momento de emergencia pandémica. Estoy seguro de que a esta primera convocatoria se sumarán nuevos retos que nutrirán con ideas renovadas las propuestas de los creadores teatrales de Latinoamérica y el resto del mundo.

Texto publicado en el libro Conexión inestable editado por Teatro UNAM y la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad de Buenos Aires, abril 2021.

Tom Stoppard, Rock ‘n’ Roll

I

Es común que los dramaturgos sean poco o nada conocidos dentro del repertorio triunfal de los géneros de la escritura en Latinoamérica. En cambio, los narradores son quienes se llevan las palmas y aun así sienten la necesidad de validarse como dramaturgos tarde o temprano. En la lista de autores que no han podido negarse al drama se encuentra Octavio Paz. Los más recientes son Juan Villoro Jorge Volpi, quienes se suman al incompleto repaso de autores que coquetean con el teatro. Algunos narradores exóticos, sin verdadero interés por la dramaturgia, logran el “éxito”; sobre todo los autores de renombre, ya que existe un temor político de sus comparsas a confesarles: “Señores eso que escribieron no es teatro”. Es curioso cómo en nuestro país se desdeña la escritura dramática y, sin embargo, desde aquí se aplaude el legado renacentista de Jean-Paul SartreAlbert CamusGünter Grass, Samuel BeckettIngmar Bergman, los Nobel Harold Pinter y Peter Handke como novelistas, dramaturgos, poetas, pensadores político-filosóficos y guionistas cinematográficos [todos con fuertes convicciones políticas sin titubeos]. La estrechez intelectual mexicana delimita los géneros celosamente y evita el tránsito libre de autores entre disciplinas; no obstante, aplauden con fervor el ingenio extranjero que aquí sofocan.

Este celo intelectual, miedo y mezquindad gremial por negar los procesos artísticos de otros creadores se suma a la estupidez y a la ignorancia de los circuitos intelectuales del país que disfrutan desde la mediocridad sus triunfos locales. Otro ejemplo más: el dramaturgo, guionista y director irlandés Martin McDonagh, de ser mexicano, estaría destinado a no ser nadie, pues no lograría ese libre tránsito ni admiración y no habría logrado el éxito que tuvo con Three Billboards Outside Ebbing, Missouri, cinta ganadora de varios premios internacionales.

El dramaturgo, novelista y guionista británico Tom Stoppard (Checoeslovaquia, 1937) pertenece a este perfil ecléctico que anida en los confines dramáticos con maestría, lo mismo explorando la política internacional que el teatro isabelino de William Shakespeare desde una reinterpretación de la realidad pasada por el tamiz de la literatura. Durante las últimas seis décadas, Stoppard ha marcado el rumbo del teatro inglés. Su punto de partida como autor de culto inicia con una peculiar y multirepresentada obra titulada Rosencrantz & Guildenstern Are Dead una pieza existencial y absurda que narra el enredo de los otrora amigos de Hamlet, el príncipe de Dinamarca, a quien deben traicionar. Los otros personajes de esta obra como Hamlet, Polonio, Ofelia y Fortinbras retratan la existencia compleja y trágica de sus procederes como la del héroe sonámbulo de El extranjero, de Albert Camus.

Stoppard fue uno de los primeros hombres del siglo pasado, en ponerse al tú por tú con Shakespeare y sus personajes; y es uno de los dramaturgos y guionistas más representados en Europa, Estados Unidos, Australia y Canadá, ganó el Oscar por Shakespeare in Love y escribió también Empire of the Sun, que dirigió Steven Spielberg, y Brazil que llevó a la pantalla Terry Gilliam. Si tuviéramos que hablar de una de sus piezas más emblemáticas tendríamos que retomar Rock ‘n’ Roll y su crítica frontal al romanticismo político desde la burguesía académica.II

Stoppard se me aparece de frente con una gran sonrisa, un cigarro en la mano y un vaso desechable de té en la otra. Llega al salón donde tomaríamos el brevísimo seminario y se acerca al oído rodeado de una abundante cabellera de Elyse Dodgson, directora del Programa Internacional de dramaturgia de la Royal Court Theatre en Londres. Ambos se sonríen y Stoppard se lleva otro cigarro a la boca, el cual no podrá encender a lo largo del seminario. Se conformará con el té y una galleta que jamás comerá.

“No me gusta hablar”, declara Stoppard. “Si no preguntan nada, no tengo más que decir; sería injusto que nos sentáramos a escucharme dictar un largo monólogo, para mí es más interesante oír todo eso que tienen en sus mentes. Les puedo contar que todos los días leo los diarios; antes leía hasta cuatro periódicos al día, pero he dejado de hacerlo. Es tanta la información que existe que no puedes leerlo todo, ni saberlo todo. El mundo contemporáneo maneja más información que en mis tiempos de juventud. Es difícil competir contra el tiempo mismo. Cada noticia tiene un momento específico de vida y cuando se cree que se tiene una idea clara de las cosas que deseamos contar (a veces pienso: tal idea serviría para una muy buena obra de teatro) el momento de esa historia queda en mi pasado. Creo entonces que esas anécdotas son las que los jóvenes deberían de contar, ustedes saben mejor cómo funciona este tiempo”.

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México: al desamparo de los dioses

Partamos de la ficción:

A inicios de la década de 1960 del siglo pasado, en el auge de la Guerra FríaStanley Kubrick presentó su obra Dr. Strangelove, basada en el libro Red Alert del escritor inglés Peter George. Tanto el libro como el filme, cada uno bajo su propia lógica, abordan el desastre nuclear que podría suscitarse por la ineptitud de los gobiernos que confían sus arsenales a individuos que no están exentos de sentimientos redentores. Previo a la salida de Donald Trump de la presidencia de Estados Unidos, se habló hasta el cansancio de la valija nuclear que estaba bajo el control del mandatario, la Guerra Fría tan presente en el siglo XXI.

Al escuchar las reflexiones de los medios especializados en seguridad, me recordaron la obra absurda de Kubrick donde uno de los personajes principales genera un problema de seguridad global, por creer que el agua contenía agentes que debilitaron su virilidad. En Dr. Strangelove una parte del mundo se destruye por la ignorancia de este personaje que decide el futuro de una nación a partir de sus problemas emocionales. Por si fuera poco, este personaje hace de Dios su cómplice y exclama: “Si Dios quiere, prevaleceremos en paz y libres de todo miedo, a través de la pureza y la esencia de nuestros fluidos corporales. Que Dios los bendiga a todos”. Acto seguido se activan los protocolos de destrucción masiva y el resto es historia.

Por supuesto, Estados Unidos no estalló en pedazos y Trump entregó la valija para que quedara bajo el resguardo de Joe Biden. De la lógica del trabajo de Peter George y Stanley Kubrick, me interesa la figura de Dios como responsable de dar vida a una nación y también como concepto que justifica la destrucción de una nación como la estadounidense. Históricamente, Estados Unidos se ha vanagloriado de ser un país bajo un designio divino fundado por migrantes que eliminaron las herencias culturales de los pueblos indios. Dios, como concepto, es palabra y manto que otorga sentido al nacionalismo estadounidense de costa a costa, que tiene en la Biblia un punto de partida cultural como pilar y manual de su pensamiento moral.

La política en su médula, republicana demócrata, coincide en Dios como origen y alimento infalible para el pueblo. Recordemos las guerras estadounidenses, la figura del capellán castrense, que concede indulgencia cabal, elimina la culpa de los asesinatos cometidos por los soldados y hace de Dios el motor ideológico que mueve a los ejércitos. Si el manual de Moisés dice: “no matarás”, el capellán contraargumenta a favor del bienestar y libertad del pueblo que es la patria y es Dios. Es una contradicción divertida. Si, por ejemplo, Dios apoyó el rumbo de Estados Unidos bajo el mandato de Trump, ¿qué Dios apoyó la embestida política de Joe Biden en contra del primero? Dios, como diría José Revueltas, existe dentro del hombre y no fuera de él. Guste o no, la figura de Dios unifica a la cultura de nuestro vecino del norte; no obstante, deberán prepararse para entender mejor el budismo, taoísmo, hinduismo, jainismo y el islam, pues son el futuro de las deidades globalizadas que cambiarán el rumbo del siglo XXI. Se espera que para el 2035 el islam supere al cristianismo en Estados Unidos.

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Mircea Eliade, las religiones del mundo

El inicio del siglo XXI trae consigo revoluciones tecnológicas, sociopolíticas y religiosas que propiciarán radicalismos que deberán reflexionarse con premura para evitar el surgimiento de extremismos ideológicos profundos a los que somos susceptibles, sin distinción de raza o nacionalidad. Hoy, a pesar del ferviente cristianismo protestante y católico en Estados Unidos, el Islam se anuncia como la probable religión protagonista en ese país en los próximos 15 años. Quizá la fe del enemigo árabe, a la que se le atribuye la caída del World Trade Center en 2001, sea la próxima que reine por encima de la religión basada en la Biblia. Será interesante estudiar el fenómeno que se antoja violento por la fe arabesca que reinará el resto del siglo en la otrora potencia mundial.

Defiendo la idea, por demás necesaria, de que la religión debería enseñarse como materia escolar de historia de la humanidad. Nos evitaríamos confusiones culturales y aprenderíamos a comprender de forma crítica el contexto y punto de partida del pensamiento de cada pueblo del mundo en su totalidad. Por lo general, cuando hablamos del “mundo”, nos reducimos a Occidente olvidando que el globo que habitamos tiene más de un rostro. Si conociéramos el funcionamiento lógico del pensamiento religioso de los pueblos tal vez seríamos más amables con aquellos que intenten persuadirnos para creer en Dios a pesar de nuestras dudas o reservas. Todos, sin excepción, tenemos derecho a nuestra fe y no al vasallaje de una religión sugerida por otros.

El filósofo y novelista rumano Mircea Eliade [1907-1986] fue uno de los grandes conocedores de la relación entre la cultura occidental y oriental. Estudió con detenimiento la historia de las religiones que eran la trama de nuestra identidad a partir de la fe. Con sus libros, divididos en tres tomos y titulados Historia de las creencias y las ideas religiosas (Paidós, 2020), Eliade nos incita a realizar un recorrido a lo largo de la historia de la humanidad para comprender las necesidades espirituales que nos llevaron a la creación de las divinidades, las religiones teístas y politeístas, y su aplicación dentro de la cultura universal. El recorrido de su obra inicia en las cavernas, pasa por el proceso humano de la concepción de la magia ligada a la fe, llega a la India, previo a la aparición de Buda, y revisa la herencia asiática en China; posteriormente, analiza la cultura griega como cuna del pensamiento occidental, la creación del judaísmo místico y llega hasta el surgimiento del Islam y el cristianismo, sin olvidar las religiones con bases esotéricas.

En principio, la exposición de Mircea Eliade no evoca un estudio maniqueo de las religiones, sino que intenta plantearnos, con cierto romanticismo, una lógica histórica de la fe y la necesidad que tenemos como seres humanos de plantearnos la existencia como una pieza más del universo… tarea nada fácil. Rescato de Eliade, con admiración, la profunda exégesis que lleva a cabo para explicar lo “sagrado” como el ingrediente que moldea el pensamiento religioso respecto a la historia de cada pueblo.

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El corazón en la mano

1. Este año que inicia me toma con la guardia fuera de eje. Tengo puesta la mirada en el futuro sin olvidar que debo atravesar el fango tedioso del presente que espera con impaciencia las pisadas de todos. El 2021 se antoja complejo y tengo intenciones de navegarlo a como dé lugar porque no hay rutas de escape. Debo formar parte de este mundo, diría Cormac McCarthy.

2. Luego de un largo año de pandemia tengo pocos ánimos y desearía estar en casa, mejor dicho en mi tierra, al lado del frío mar del que ahora rehúyo pero que extraño hasta la médula. Hace tiempo que no pongo un pie en mi desierto y la nostalgia me hace tragar saliva, ajustar ese nudo que nace en el paladar donde se concentra el reflejo del llanto sin explotar. Creo que dejaré para otra ocasión las diatribas político-culturales pues me doy cuenta, con tristeza, que la crítica sólo interesa cuando golpea. La gente necesita la velocidad de la diatriba y no repara en la ardua tarea de la reflexión.

3. El boxeo es una de mis grandes pasiones. Es una forma del arte que me ayudó a comprender la lógica de la ficción. Es indescriptible ver a un par de sujetos entrar de lleno a la guerra durante tres minutos y calmar la batalla cuando suena la campana. Aunque lo practiqué durante cinco años, siempre supe, como Johnny Cash, que tenía los brazos muy cortos y débiles como para pegarle a Dios; por tanto, mi destino como púgil no tenía futuro.

4. En mi adolescencia pertenecí al establo de boxeo Gaspar “Indio” Ortega en Tijuana, para mayores referencias en el corazón de la Zona Norte, en la Unidad Deportiva Benito Juárez. A tres cuadras de ese lugar entrenaba el campeón del mundo Érik “El Terrible” Morales. Hacia el oriente en la Zona Río estaba la Unidad Deportiva CREA, casa de Rómulo Quirarte, donde entrenaba a grandes campeones ahora en el olvido. En esa unidad deportiva solía correr algunos domingos Julio César Chávez cuando estaba en la cúspide de su carrera. Lo recuerdo perfectamente bien: él iba a paso veloz y no podía moverme ni siquiera para saludarlo porque debía mantener mi formación en fila como cadete del Pentathlón.

5. El boxeo cambió mi vida en muchos sentidos, me ayudó a lograr un punto medio en mi temperamento que era bastante agresivo y, sobre todas las cosas, me enseñó a respetar a los demás; a entender que todos llevamos a cuestas una parte del mundo que en ocasiones nos castra. Las golpizas sobre el ring no las olvidas y menos cuando bajas cubierto en sangre con una gran sonrisa porque no te noquearon, pero descubriste que hay otros que son mejores o superiores a ti. Aprendes a ser humilde a la brava.

6. El boxeo me ayudó a entender, por trillado que suene, que renunciar nunca no es opción y que las críticas deben tomarse con aplomo porque, vengan de quien vengan, debes aprender a sobrellevarlas porque la vida no está fabricada por los dioses para las pieles sensibles que huyen al regazo de los padres cuando la tempestad los cubre. Lo que más amo del boxeo, del verdadero boxeo, es que no puedes mentir.

7. La primera vez que entré al gimnasio fue durante el torneo de los Guantes de Oro del municipio. La entrada costaba 10 pesos. Sobre el ring peleaban dos que no paraban de golpearse, recuerdo que el de pantaloncillos blancos ganó; era un carnicero del mercado municipal de la avenida Niños Héroes. Una semana más tarde estaba listo para entrenar al salir de la escuela. Pagué mi inscripción de 35 pesos, que en ocasiones no cubrí. Me pusieron las vendas y me enseñaron el básico “uno–dos–avanza”; pie izquierdo primero luego el derecho, sin despegarlos del piso. La euforia me ganó y comencé a brincar soltando golpes hasta que me gritaron que iba a ser boxeador no bailarina.

8. En aquellos días podía brincar de un peso a otro sin problema aunque el ligero siempre fue mi peso ideal. Vinieron los primeros golpes sobre el ring, duros, fuertes que mi nariz no olvida, que mi quijada presiente. Llegaba a la escuela escupiendo sangre y sé que les daba asco a los demás pero no me importaba, la soberbia adolescente me hacía sentir parte de algo que los demás no entendían. El box me mantenía tranquilo como ninguna otra cosa, por aquel tiempo estaba en la selección de futbol americano, y ahora que lo pienso prefería pasármela en el gimnasio. Además, las historias siempre fueron increíbles y las fotografías en blanco y negro de las viejas batallas adornaban la oficina del lugar, imágenes perdidas ahora.

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Pop Trump

La política estadounidense es bastante divertida y dramática, no podemos negar su fuerza de atracción que nos ha mantenido en vilo desde de los comicios que dieron el triunfo a Joe Biden por encima de Donald Trump, hasta llegar a los disturbios ciudadanos en el Capitolio potenciados por el presidente en turno. Podríamos bautizar a esta generación política estadounidense con el nombre de Poncio Pilatos porque todos, desde republicanos hasta los demócratas renegados y comparsas de Trump, ante su inminente caída, optaron por lavarse las manos de las atrocidades de su gobierno avaladas a discreción.

Fue divertido escuchar al Senador republicano Ted Cruz defender la idea del fraude electoral sin pruebas, argumentando que el 39% de la población “sintió” que se favoreció a Biden a través de actos de corrupción. Tiene razón el Senador, es un porcentaje amplio de ciudadanos, un país por sí solos, quienes dan la cara desde la derecha; voces que toman fuerza y que tarde o temprano generarán caos bajo el manto de la política institucional. Quizá en cuatro años llegue al poder un político radical, de cuello blanco, con el rostro de la amabilidad canadiense.

Los análisis del pseudo ataque al Capitolio hechos por los conductores de las cadenas televisivas CNN, ABC, MSNBC, CBS, FOX News, entre otras, sentenciaban que Donald Trump era lo peor que pudo ocurrirle a la democracia de Estados Unidos, pésimo político y presidente. Sin embargo, olvidaron a conveniencia que las celebridades, en su esencia, no tienen deberes históricos y la inmediatez es su campo de acción.

Trump nunca fue un animal político, sí un mal y azaroso empresario apadrinado por el dinero de su padre [él mismo lo reconoció], y un tipo que deseaba a toda costa ser un ícono incuestionable del idealismo cultural estadounidense. Además de ser dueño de hoteles, complejos turísticos y empresario de bienes y raíces en todo el mundo, Trump, intentó convertirse en productor cinematográfico sin contar con el talento para abrirse camino en la ficción; sin embargo, descubrió en la televisión y los reality shows la semilla de su estatus como celebridad. Así, una vez posicionado en el gusto de los espectadores de su país gracias al “You’re fired!”, esperó y leyó el momento correcto para “conquistar” la silla presidencial de una de las nuevas Repúblicas bananeras [dícese de una nación sin democracia y autoritaria], según palabras de George Bush Jr.

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¿Qué es México?

Hace un par de semanas conversé con el economista francés Jacques Attali, un hombre bastante sencillo si dimensionamos el papel político que jugó en la consolidación del proyecto de la Unión Europea, que hoy se fragmenta con la salida de Reino Unido. Attali fue el presidente fundador de la Banca Europea para la Reconstrucción y el Desarrollo luego de la caída del Muro de Berlín, un pensador que ha tejido la historia de Francia en las últimas décadas como asesor de los líderes galos desde François Mitterrand hasta Emmanuel Macron. 

Nuestra plática se centró en la desgracia económica que dejará la pandemia, un panorama apocalíptico debido al aumento de la pobreza extrema en todo el orbe. De los postulados del economista rescato el siguiente: “Tenemos que trabajar en beneficio de las generaciones venideras; actuar de forma altruista hacia nosotros mismos incluido el mundo animal. Debemos poner en marcha un ‘altruismo racional’ como llamo a un egoísmo a favor del cuidado de la humanidad”. La idea en su contexto es sencilla: de la globalización debemos tomar aquellas ideas que generan bienestar eliminando la conceptualización negativa de lo global, porque son los aspectos negativos los que potencian el resurgir de populismo. 

Me genera malestar la idea de la pobreza extrema como herencia de la pandemia  porque la pobreza es la acepción de la esclavitud en el siglo XXI, aminorada en su gravedad por el eufemismo político y correcto. Si la clase media, hoy proletaria según la apreciación de Attali, acaricia los linderos de la pobreza extrema, pronto se dará la reflexión de la esclavitud funcional porque la movilidad social será cuasi inexistente e inclusive la educación dejará de cumplir ese cometido. ¿Cómo podrá la globalización eliminar la pobreza para validar el bienestar como un rasgo positivo de lo global? La pobreza es motor del populismo y, al no erradicarla de la globalización positiva, es demagogia pura; es un discurso tramposo. Aunque celebro algunas ideas del economista francés, el eurocentrismo que rige su crítica me provoca desconfianza, pues no puede negar su herencia colonialista y selectiva. 

El año pasado me reuní con Markus Gabriel, figura de la filosofía alemana contemporánea que, para mi desilusión, hizo hincapié en que los países en vías de desarrollo deben apoyarse en Europa para prepararse intelectualmente; las escuelas de Europa continental cuentan con la experiencia y las herramientas necesarias para prepararlos/colonizarlos a todos. Esto ocurre desde hace décadas, claro está y provoca la reflexión del intento desesperado por parte del bloque europeo por no perder su lugar como pilar de la cultura mundial al inicio de este milenio. Sería escandaloso eliminar del vocabulario los principios grecorromanos/judeocristianos que nos rigen. En palabras de Attali, “cambiar nuestra atención del Océano Atlántico al Pacífico”. Debemos reconocer, sin generalizar, que ciertos países europeos que conforman el bloque simbólico saben quiénes son, cuáles son sus objetivos y para qué existen, máximas culturales que deberíamos atender como mexicanos para alejarnos de la autocomplacencia nacional; sin embargo, en nuestras raíces está el servir como herencia ancestral y no la rebeldía que todo lo cuestiona a pesar de Dios o, en nuestro caso, a pesar de los dioses. 

La conversación con Attali incitó mi interés por comprender qué es México. Es una pregunta que puede responderse sin discusión con la vaguedad de nuestro lema “La patria es primero”, adjudicado al insurgente Vicente Guerrero; una frase vacía porque la patria [que en su raíz es el padre] es la tierra en este contexto y por definición no es nada. Se necesita de la gente para que tenga sentido el lodo que se pisa, la tierra sobre la cual se fundan naciones y símbolos. Inclusive el Siervo de la nación, José María Morelos y Pavón, cuando exclama “morir es nada cuando por la patria se muere”, se corresponde a la perfección con Guerrero; no obstante, en su complicidad filosófica, el pueblo queda fuera. Quizá habría valido la pena olvidar la patria y decir: “La gente es primero”, bajo el contexto independentista. Nuestro lema es tan vago como el español “Plus Ultra [Más allá]”, que tiene sentido en la concepción del imperialismo de la conquista; sin embargo, hoy no tiene relevancia al igual que la “patria” mexicana. 

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Jacques Attali: “la educación y la salud son el futuro de la existencia”

La historia del pensamiento filosófico francés se mantiene viva gracias a personajes como Jacques Attali (Argelia, 1943), economista, teórico y asesor político que hasta la fecha se mantiene activo por el vasto análisis que hace de la tragedia económica que acecha a occidente, vapuleado no sólo por la pandemia sino por el nacionalismo de extrema derecha, la religión representada por el islamismo, además del resurgir del populismo. Attali es mejor conocido por haber colaborado como asesor de cabecera para el ex presidente de Francia, François Mitterrand de 1981 a 1991;
una década inolvidable para la política occidental que vivió la caída del Muro de Berlín y en la cual se sembró la semilla del proyecto político de la Unión Europea.

Jacques Attali fundó y presidió en 1991 la Banca Europea para la Reconstrucción y el Desarrollo, con sede en Londres, organismo responsable de fortalecer a las economías comunistas luego del caída del muro alemán. Además de su trabajo como economista y pensador de la sociedad contemporánea, Attali ha colaborado como asesor externo para los presidentes posteriores a Mitterrand, de Jacques Chirac a Emmanuel Macron, este último por cierto llama mentor al estructurado pensador francés.

Una de las grandes premisas conceptuales de Attali para lograr el bienestar mundial radica en la creación de una “Economía altruista”, fundamentada en el beneficio tanto de los ciudadanos del presente como de las generaciones venideras. Las palabras del pensador francés, aunque idealistas, hacen una fuerte crítica a la solidaridad política de las naciones. La presencia de Attali en México, de forma virtual, se debió a su participación en la  Feria Internacional del Libro de Guadalajara  en el marco del conversatorio El nuevo (des)orden post viral II, en la charla Hacia un nuevo modelo económico en tiempos del coronavirus y el resurgimiento del populismo. Tuve la oportunidad de conversar con él, quien ahondó en el papel que juega el pasado para entender el futuro político.


“Los ganadores a corto plazo son los millonarios de los países desarrollados que, en este momento, están haciendo dinero a través de la tecnología de punta o con la especulación económica. En este sentido, vislumbrar quiénes serán los ganadores a la larga aún es complejo. Concentrémonos mejor en quiénes son los perdedores en la actualidad. En primera instancia, los pobres serán los más afectados, por desgracia, serán aún más pobres debido a la pandemia. Los índices de pobreza se mantienen y se mantendrán al alza; y vale la pena sumar a la clase media como la gran perdedora porque ha dado un paso hacia el proletariado. En términos de países, los grandes ganadores son los países asiáticos y por contraparte los países latinoamericanos son los perdedores, incluido Estados Unidos, al igual que algunas naciones europeas. Temo decirlo, pero a la larga, la humanidad será la gran perdedora si no actuamos de manera global para el beneficio de las generaciones venideras. Tenemos que actuar de forma altruista hacia nosotros mismos incluido el mundo animal. Creo que debemos poner en marcha un “altruismo racional” como llamo a un egoísmo a favor del cuidado de la humanidad”.

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Dolores Reyes: literatura para no olvidar a nuestras muertas

La escritora argentina responde a mi llamada con bastante amabilidad, es una mujer sencilla sin la impostación de otros escritores que, al lograr cierto éxito, pierden el piso y pronto sus carreras. La entrevista transcurre entre risas y recuerdos de instantes comunes a su tierra y barrio que dieron vida a la novela Cometierra, su primera obra, y un fenómeno editorial en Argentina donde se ha reimpreso siete veces en tan sólo un año; y en España se habla de la probable cuarta reimpresión. La novela apenas llega a México y, después de leerla, supongo que por la temática y su calidad narrativa pronto Cometierra será un referente de la literatura feminista en nuestro país.

Dolores Reyes se enamoró de la literatura gracias a la poesía y en específico por su jurado amor por la literatura griega. En esa herencia universal residen los arquetipos, temáticas y fórmulas para hablar del ser humano, comenta en nuestra reunión. La escritura para Dolores nace desde la necesidad de explicarse no sólo el misticismo y dolor al que estamos sujetos en Latinoamérica sino también para dejar un testimonio de la violencia en contra de las mujeres, desaparecidas por miles. Su novela es un viaje fantástico a través del ethos profundo de Argentina y sus costumbres ancestrales.

“Considero que el feminicidio es el último paso de un montón de pasitos previos. De esos pasos, muchos son simbólicos y discursivos. Compartimos la religión católica, en la cual el cuerpo de la mujer es el pecado, la bruja que hay que quemar y Dios es el hombre. Eso a nivel simbólico. En cuanto a lo discursivo, me parece que lo tenemos todavía naturalizado e invisibilizado. Acá los feminicidios atraviesan todas las escalas sociales y las élites, no sólo hay que ir a pueblitos. Tiene que ver con disciplinar a los cuerpos femeninos y la estructuración de la vida en sociedad de los hombres y las mujeres. Hay una serie de mandatos que a la larga generan frustraciones, muchos recaen en los hombres; eso de no mostrar fragilidad da como resultado el odio llevado hacia la mujer”.

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Del caos a la miseria

Con su novela “El adversario”, Emmanuel Carrère, se distinguió como lo hizo Truman Capote con “A sangre fría”, por ser un escritor que tiene como punto de partida la realidad para explicarnos a través de la ficción el horror de las pasiones humanas. La realidad pasada por el filtro de la ficción hace menos amargo el trago de la desgracia porque su veracidad irreal, por literaria, permite que los lectores asuman las tragedias sin el barbarismo. De la cita inicial de Carrère me interesa ahondar en las prohibiciones de aquello ocurrido durante este año y de lo que, por supuesto, no podemos “hablar”, porque nos incluye como la materia prima de la desgracia.

¿Cómo se narrará este 2020 al pasar de los años? No lo sé por el momento, pero ante lo precocidad de autores como Slavoj Žižek que, con su libro “Pandemia” (publicado un par de meses después de iniciada la catástrofe sanitaria, bajo el argumento por demás obvio del replanteamiento capitalista y social que no suman al debate por sensacionalista), elimina con sus planteamientos la reflexión profunda. Para decirlo en su tono, convierten la catástrofe en pornografía para llamar la atención, pero como tal son teorías inmediatas que apelan a un mercado y no a los problemas reales: el capitalismo como raíz de todos los males. Su reflexión inmediata suma al vaivén de la penetración en el eterno loop del acto sexual otrora transgresor. Esta telenovela catastrófica, potenciada en redes sociales y noticieros por la televisión abierta y de paga, además de los “pensadores”, nos tiene cual plañideras lamentándonos de nuestra mísera existencia frente al caos pandémico sin accionar.

Retomando a Carrère, lo “prohibido” somos nosotros, pero por el momento no nos atrevemos a hablar del fango en el que estamos. Opinamos, como hago en este momento, sin aportar nada sino discurso. Al inicio de la pandemia en México, fue la ciudadanía la que se adelantó al gobierno para enclaustrarse y minimizar el contagio a pesar de que el gobierno negaba la gravedad del SARS-CoV-2. Hoy que la ciudanía vive el caos como resultado de las malas estrategias del ejecutivo, ya es impensable el encierro, pues la catástrofe financiera es inminente. Sería el momento ideal para conocer la estrategia económica de presidencia que no ejerció presupuestos en su momento… disculparán ustedes, pero sigo sin ver la estrategia… quizá no la distingo porque no soy economista.

La gran mayoría de los mexicanos estamos en serios aprietos a causa de la economía y porque ya inicia la carrera hacia las elecciones de un 2021, que se antojan divertidas por su miseria venidera y sobre todo porque los rostros de la oposición al sistema conservador del momento son los mismos de siempre. Si bien no deseo la desgracia de nadie, espero que la tan anunciada vacuna no sea un vehículo propagandístico para la política de quien gobierna en este momento, aunque lo será. En otras ocasiones lo he dicho: no creo que el sistema de gobierno actual en verdad desee lo peor para el país; sin embargo, los hechos, a pesar de los aliados del sistema [y hay algunos pensantes] apuntan a lo contrario.

Nos está prohibido entender cómo y por qué somos parte del problema que acecha al país porque sencillamente no sabemos qué es este país en el que vivimos. Es un ejercicio profundo que los invito a hacer porque, para repensar nuestra coexistencia como pueblo o sociedad, necesitamos saber cuál es nuestro verdadero rol en este caos llamado México. No podemos quejarnos del sistema político actual porque fue nuestra educación la que nos heredó este nuevo modelo conservador; aunque sí podríamos cambiarlo. No obstante, la comodidad mexicana que se nos da de facto al nacer es sencilla: “las cosas siempre han sido así”. ¿Qué hacemos para cambiarlo? El próximo año de elecciones y de convivencia con la pandemia será interesante para determinar qué hacemos como mexicanos.

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La moral de un ídolo mexicano

Hace apenas unos días, Hugo López-Gatell, el subsecretario de Prevención y Promoción de la Salud de la Secretaría de Salud, dando aspavientos con la mirada perdida por la desesperación de su desprestigio gritaba iracundo que nos encontramos en emergencia sanitaria por la pandemia. Aseveraba en su conferencia vespertina y monótona que este era el momento de guardar distancia y enclaustrarnos, de utilizar el cubrebocas en todo momento. Los medios y la opinión pública se lanzaron en su contra por faltar a la verdad. La guillotina imaginaria de la masa dio con su cuello. Es un funcionario destinado a la hoguera simbólica que alimentan los miles de enfermos y muertos que lleva a cuestas el epidemiólogo por sus decisiones políticas que buscaban la venia del presidente, alejado de la ética de su profesión.

“Lo torcido no se puede enderezar y lo incompleto no se puede contar”, dice el Eclesiastés en su meditación acerca de la vanidad, ese pecado capital que todo lo nubla porque la alabanza de los otros a nuestra imagen es una droga absoluta que nos oculta la verdad. Nuestro Zar anti Covid-19 se dejó seducir por los likes en su cuenta de Twitter que lo tildaron de “sex symbol” al inicio de la catástrofe sanitaria… A decir verdad, era el rostro de la esperanza para algunos mexicanos que confiaron en su palabra.PUBLICIDAD

La representación y caída de López-Gatell era de esperarse porque desde la embriaguez de los fresneles sobre su rostro perdió el foco de su tarea en un momento catártico y de proporción mundial. Se convirtió en una figura pública expuesta al escrutinio del pueblo que, si bien olvida con el tiempo, lo desprecia de raíz en el presente. Es una celebridad más caída en desgracia, un médico sin amor por la vida lo cual es imperdonable. Un político que no sabe de política o que nada entre tiburones sin saber cazar.

A principios de la pandemia en el mes de marzo del 2020, cuando el epidemiólogo López-Gatell se presentó en los escenarios nacionales como una incuestionable autoridad, escribí para “Confabulario” un reportaje titulado “Los ventiladores hechos en México no son para mexicanos“, donde hablé acerca de las fallas en la estrategia de prevención, nunca ejecutada, por el Subsecretario y su equipo que mintió acerca de las medidas tomadas por el gobierno, en su totalidad, para proteger a la ciudadanía. En ese momento no hacía falta mentir, era el instante ideal para que el gobierno de Andrés Manuel López Obrador se hiciera de la credibilidad necesaria para sentar las bases de su anhelada transformación política y social… hoy no a todos encanta el silbido del presidente.

López-Gatell, encumbrado y embriagado por la excitación del poder, se convirtió raudo en una figura pública deseado por todas las gentes (disculpen la referencia del texto Adventista). Le bastaron diez meses para caer en desgracia no sólo ante la opinión pública sino hacia el interior del gabinete por la ultranza de sus ideales. Pretendió controlar, inclusive, los deberes del canciller Marcelo Ebrard en la adquisición de las vacunas; una movida atroz sobre el tablero político frente a un jugador transexenal como Ebrard. Vale la pena no perder de vista que, ante cualquier fracaso a partir de ahora, el especialista epidemiológico es el Subsecretario y no el presidente. Los dedos apuntan ya hacia una ruta específica en la repartición de culpas. El epidemiólogo, encumbrado por la inmediatez del paraíso digital, perdió el carisma que le brindó la novedad para convertirse, muy a su pesar, en un mesías que ahuyenta incluso a los creyentes en la transformación del país. No lo escuchan más cuando lee poesía y habla acerca de sus gustos cinematográficos.

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Meditaciones en torno al circo digital

I. La violencia que amedrenta a un individuo o destroza a una comunidad ha perdido impacto en la realidad a causa del filtro del mundo digital. En cuanto las redes sociales, o los sitios de video reproducen la catástrofe, ésta pierde su relevancia y se convierte en material que instantáneamente puede ser desechado del imaginario colectivo. Recordamos las imágenes atroces de las guerras del siglo XX en gran medida por la limitante para conocer la profundidad de la desgracia. Vietnam es una guerra mítica porque su historia se ha narrado a cuenta gotas entre cientos de documentales, cada generación descubre linderos por recorrer para reorganizar la historia y construir una sola verdad que perdure, a través de los hechos, en el tiempo.

II. Para que la violencia como suceso histórico sacuda a una sociedad, se necesita del silencio, de momentos de incertidumbre que convoquen a la reflexión del hecho atroz y se generen respuestas contundentes. Hoy, la masacre de una comunidad que es documentada por los medios, los peritos que atienden el caso, los policías que rodean la zona, el transeúnte con ínfulas de reportero, y los allegados de las víctimas, todo en el mismo espacio y tiempo, entorpecen la explicación del momento y este se torna espectáculo, se vuelve comedia.

III. En términos militares, cuando se habla de Teatro se nombra a un territorio sobre el que se dan las batallas de algún conflicto armado. En este instante, el Teatro digital que habitamos es por mucho el más salvaje, no por la concentración de la tragedia humana en él, sino porque el exceso informativo anula la comunicación utópica, la comprensión de los conceptos y las palabras a tal grado que somos animales sin sentido de existencia. Vivimos un solipsismo impuesto por la modernidad de la cual escaparemos únicamente cuando atenten contra nuestros derechos o nuestra vida.

IV. En este momento histórico, trágico y veloz, cualquier pelea política, social, barrial, hogareña es inocua a simple vista en el mundo real, pero tiene en el estadio digital su campo predilecto para hacer de la nimiedad un problema de Estado. Las dos arenas de la realidad, que simétricamente se conjugan, son pasiones que se nutren y equilibran regalándonos “ídolos” al por mayor, en esta sustitución de lo humano en el ciberespacio paradisiaco que vivimos con entereza y que nos brinda paz emocional.

V. El mundo digital es un museo de muertos sin seguidores. En ese vacío oscuro de lenguajes programáticos están grabados los nombres de los ciudadanos que no fueron Titanes; discursos y videos a los cuales regresamos remotamente para redimir con la burla su arcaísmo. Los canales digitales son vías de crisis que proyectan hechos, causas y efectos a tal velocidad, que sustituyen nuestra capacidad para hacer lo más básico: cuestionar. Ese mundo de fibras ópticas es un artefacto político intangible, un arma maquiavélica de segregación social, justo lo que en principio se quiso eliminar, o nos dijeron que se eliminaría, pero es, ante todo, un medio que se nutre del sentimiento puro y vivo. Es el innegable motor de nuestra existencia [en el encierro].

VI. Nuestros sentimientos son los que encumbran a estos personajes idolatrados desde la realidad hasta el paraíso digital y su reducto. Parafraseando a John Stuart Mill, no importa cuan equivocados estén estos ídolos (digitales) o qué actos cometan, su defensa cae en el ámbito del sentimiento, y contra eso no existen argumentos lógicos válidos para desenmascararlos. Es interesante la figura del ídolo digital porque es un dios que escucha, desde su paraíso, un dios que está presente y que contesta a las plegarias con mensajes automáticos que generan hermandad. Tenemos tantas ganas de un poco de amor.

VII. Durante siglos el lenguaje y su letanía se ha estudiado con la seriedad propia del problema, para comprender que cada siglo renueva las teorías filosóficas y literarias en torno a las palabras, lo que nombran y sus límites. Desde la disciplina matemática que habla del lenguaje como una ecuación más de la lógica, hasta la postura metafísica que insinúa que todo lo que nombra una palabra existe, nos ayudan a comprender que por medio de las palabras estamos atrapados en una prisión que nos ciñe al contexto de la realidad. Por eso hay quienes guardan silencio, para eliminar el probable destino al que lo lleven sus vociferaciones. Aunque la pasión por pronunciar los vocablos es tal que termina por condenar al héroe… en términos clásicos es su error trágico.

VIII. ¿Cómo podemos escapar a la trampa del lenguaje, a la mentira discrecional de la época y los actores que la proclaman para generar realidades extraordinarias pero falsas? La pregunta es pertinente porque la respuesta sugiere un continuo progreso idealista, como si de un juego de naipes se tratara, que baraja conceptos como: bienestar, justicia e igualdad, entre otros, que no logran consumar el deseo general de la sociedad que busca el bien común, pero que siempre están en un juego sinfín. Si los ideales se consumaran, la mentira social no tendría razón para existir. El juego político radica perversamente en instaurar la ilusión del progreso duradero, aunque inmóvil, creando espejismos y empatías ciudadanas. El lenguaje inclusivo y su progresismo es una trampa.

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¿Qué son los pobres?

A lo largo de la historia la pobreza ha estado manifiesta en todas sus formas reales, conceptuales y por demás fatídicas. Es un concepto que se ha nutrido de la religión. Un modelo de existencia que sirve como pilar para la cultura que nos da pertenencia, voz y voto. Es un tema que las escrituras sagradas sin importar la doctrina religiosa-filosófica ha abordado desde la antigüedad sin darle respuesta ni ponerle fin. ¿Por qué hacerlo? Desde el judeocristianismo la pobreza a partir de la fe es una condicionante, una vía ideal y legal para lograr la iluminación, poder subir al cielo como lo hiciera el profeta Elías después del sufrimiento en la tierra. Sin embargo, ni los carruajes de fuego ni los torbellinos bajaron de las alturas por las mujeres y hombres que se conformaron con vivir la desgracia de la pobreza por el adoctrinamiento histórico.

México es un estado laico y no obstante en la médula ideológica nacional anida la herencia de la educación religiosa otrora católica, que hoy suma al protestantismo como una figura política viva, que lleva décadas royendo su paso entre la fe y la ideología social del país, que tiene su morada novísima en el gobierno federal. Si recordamos la educación bíblica en su exégesis, la fe cristiana enseña que la prueba virtuosa de la rectitud de una nación radica en cómo trata a sus pobres y a las personas más vulnerables; podríamos estar de acuerdo o no con esta postura espiritual o detestarla por su falsedad. No importa. ¿Cuál es la verdad de la pobreza y su juego histórico en la médula de los pueblos, en la historia de la humanidad? Si tomamos la Biblia y sus recomendaciones como ejemplo, no existe nación que trate a sus pobres y vulnerables con respeto.

La pobreza, por desgracia, tiende a ser caricaturizada para llamar la atención de las buenas conciencias, de la política activa, y por su desalmada exposición se torna irreal. Una verdad que sólo como ficción tiene validez, pero como tal es falsa.

¿Qué son los pobres? Claramente no una caricatura sino una realidad irrefutable pero instrumental por cuestiones de Estado. Hacia el siglo XVII en Holanda, el pintor Adriaen van de Venne, exhibió una obra titulada “Alegoría de la pobreza” (circa, 1630); la pieza parda con sus trazos apagados nos obliga a reparar en varias verdades. Sobre el lienzo se ve la representación de un hombre que lleva a cuestas a una mujer enferma, con lepra, según la descripción original. Sobre la mujer viaja un niño con hambre; un perro les hace compañía en ese viaje sin destino. La pintura de van de Venne es una descripción de la gravedad de la pobreza en su sociedad económica y pujante. Lo mismo podría ser una radiografía lúdica de la gran depresión estadounidense de la primera mitad del siglo XX, o una postal al estilo de “Los olvidados” de Luis Buñuel de aquellos que no formaron parte del Milagro mexicano que inició en 1940 con Manuel Ávila Camacho.

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