México sin esperanza educativa

1. A las siete cuarenta y cinco de la mañana la mayoría de los niños y jóvenes del país iniciaron sus respectivos ciclos escolares apenas hace una semana. Lo que se extraña en principio es el leve frío de la mañana, el ruido del tráfico que no cesa y la prisa a raudales de familias que intentan llegar a tiempo a las puertas de la escuela, esto en el caso de los estudiantes citadinos. En las extensas zonas rurales y marginales del país anidan otros contextos nada loables para los estudiantes que buscan, a partir del conocimiento, una ruta de escape de la espiral de la pobreza. Entre las clases menos privilegiadas la educación es una herencia, la única, si es que los padres pueden costearla. Ambas realidades dan rostro e identidad a la educación básica e intelectual en México.

A las ocho de la mañana los niños y jóvenes encendieron las computadoras, televisores o tabletas para iniciar sus ciclos de aprendizaje frente a la pantalla, ese espejo profundo y oráculo contemporáneo de nuestros hijos. El ruido de la nueva realidad educativa es castrante. Lo es, olvidemos la falsa cortesía. Las voces de los padres de familia, de los niños y de los profesores religadas con la intermitencia de las transmisiones digitales hace de la tecnología un infierno que asumimos como Sísifos. El carácter y la metodología de los profesores está en juego. Desde el otro lado de la pantalla deben domar su instinto porque ahora no sólo los estudiantes son testigos de sus errores sino que los padres acechan el error. Así pues, la dulzura y amabilidad extrema, la repetición perene de los ejercicios vuelve tormentosa la pasarela del conocimiento que se antoja nulo.

Los padres reviven su infancia obligados, negocian con sus labores cotidianas para mantenerse en pie ante la pandemia. Toman las clases e izan también el título de profesores de sus hijos; y al igual que los educadores deben controlar su carácter ante el televidente del desgraciado Reality show del conocimiento. Los estudiantes, sin embargo, viven un momento extremo. Aprenden el juego del distanciamiento social, de la pérdida de la autoridad del profesorado, de la irrelevancia del aprendizaje por el menoscabo de los retos intelectuales. La extrema amabilidad convierte al educador en un personaje de opciones múltiples cual programa interactivo y a los padres en censores en la cómoda escenografía de su hogar. Todos espectadores de sí mismos frente a la pantalla.

La pandemia nos ha desnudado. El mundo laboral se desploma. Las instituciones públicas intentan justificar su existencia como la Secretaría de Educación Pública que preside Esteban Moctezuma. A la Secretaría de Salud de Jorge Alcocer Varela y Hugo López-Gatell vale la pena dejarlos descansar en sus laureles. Nuestra desesperación se acentúa conforme la debacle económica se torna trágica; y la soledad, amarga amiga para muchos, reposa en cama como fiel amante. La furia es latente por el atroz cambio a las rutinas cotidianas y duele en la médula que nuestra burbuja del bienestar haya reventado. No somos candidatos a ese primer mundo soñado desde hace décadas y nuestra actual posición geopolítica e intelectual está devaluada debido a las ideologías tan modernas en su arcaísmo que nos gobiernan.

2. Hay bastante que decir al respecto del sistema de la educación en México, pero las páginas del día de hoy serían insuficientes. Un breve repaso histórico me lleva a suponer que el proyecto de educación de José Vasconcelos, ideólogo fundador de la Secretaría de Educación Pública, que contó con el apoyo del presidente Álvaro Obregón para sentar las bases del gran programa intelectual del país, fracasó en su intento idealista de impulsar las escuelas rurales, eliminar el analfabetismo y fortalecer las redes de bibliotecas que continúan a la deriva, sin libros ni lectores. Hoy, por cierto, las bibliotecas se hunden bajo la capitanía de Max Arriaga. Vasconcelos palidecería frente al nuevo rol de las bellas artes en este periodo gubernativo cuando el artesanado y el barro se ubican por encima de la abstracción y el mármol. José Vasconcelos fue la piedra angular de un proyecto educativo nacional y republicano, esperanzador, que permanece hasta la fecha sin cristalizarse.

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