Ilusiones para un mundo salvajemente feliz

Yo soy Espartaco. No, yo soy Espartaco”. Con estos lances en medio del ensangrentado campo de batalla, el arruinado ejército de esclavos fortalece su hermandad con bravura a viva voz, para defender al líder de la rebelión que los llevó a la libertad momentánea, previo a su crucifixión a mano del confundido ejército romano. Espartaco, el gladiador y símbolo de la libertad combativa al que hago referencia, personaje emblemático del cine mundial, es creación de Stanley Kubrick, ideado por el guionista y perseguido político Dalton Trumbo, quien tomó la novela homónima del comunista Howard Fast para exaltar los valores de la libertad a través de la vida y muerte del gladiador tracio.

Trumbo y Fast fueron enemigos comunes del pueblo estadounidense en la primera mitad del siglo XX, por formar parte del Partido Comunista, un pecado capital inimaginable y, a decir verdad, anti natura para el ethos de ese pueblo de oferta y demanda que entendía bien el Comité de Actividades Antiamericanas de la Cámara de Representantes del Congreso de los Estados Unidos. ¿Cómo podía un ciudadano del mundo libre apelar al yugo del comunismo? Las utopías eran válidas, inclusive en el seno del capitalismo, pero como símbolos exóticos. Fue también en ese contexto histórico que cobró más fuerza el Capitán América (Steve Rogers), el súper soldado y enemigo de la amenaza roja (Red Skull), descifrado como una bandera humana y viril por J.M. Coetzee en sus ensayos, figura de la justicia a partir de la guerra, siempre justificada.

“Espartaco”, la novela, fue escrita en prisión durante el tiempo que Howard Fast estuvo recluido purgando condena debido a que su nombre figuraba en la lista negra de la cultura americana, junto con Lillian Hellman, Langston Hughes y Orson Welles, entre otros, que controlaba el comité que allanaba el paso para la exitosa caza de brujas de Joseph McCarthy. La cultura era un enemigo a vencer, la escritura no necesitaba más que polvo para sembrar el caos. La apuesta de Howard Fast no era nada compleja en su exposición política y discursiva a través de la construcción narrativa de su obra. Abordó la historia de Espartaco, el esclavo y gladiador tracio que se rebela al igual que sus compañeros durante la Tercera guerra servil o Guerra de los gladiadores contra del ejército romano, por la crueldad que vivían. Los esclavos de la época, según la historia clásica, eran tratados como animales, lo cual sigue vigente en este tiempo de conquistas aeroespaciales; oh, cuánto hemos avanzado. Espartaco, entendido a partir de las crónicas romanas, contó con la aprobación de los historiadores que aplaudieron la valentía del gladiador y su lucha por los derechos de su pueblo conformado por guerreros, asesinos, criminales y parias de otras regiones. Carl Marx, el nunca olvidado pensador alemán, lo tomó como modelo porque materializaba la imagen del hombre proletario que se rebela contra el cacique, sin importar las consecuencias, para privilegiar el deseo comunitario por encima del autoritarismo del poderoso.

El Espartaco de Trumbo y Fast, el que retrata Kubrick hacia el final de la cinta, una vez crucificado, conoce a su hijo que crecerá en libertad. El anti héroe vive un instante de plenitud existencial porque su lucha no fue en vano. Espartaco transita pues del sentimiento comunitario hacia la gloria personal, la consumación del individualismo. Repito, todo esto en la versión cinematográfica, en esa ilusión donde la vida de los otros pierde valor ante la realización material de los deseos de Espartaco. ¿Acaso los muertos en vida sobre las cruces defenderían al gladiador frente al ejército romano una vez más? ¿Qué sueños consumaban con su propia muerte los otros miembros de la comunidad? Digamos que, si la libertad era el fin último, aún clavados a la cruz, disfrutaban de la gloria después de haber sido carne en los establos.

Previo a este exhausto momento histórico, desde hace años, se fue acentuando una profunda censura auto impuesta gracias a las miles de voces que rondan los pasillos digitales de las redes sociales, a las que la gran mayoría tenemos contacto sea por cuestiones laborales o divertimento, situación que se agravó con el confinamiento. En ese universo etéreo al que cedemos con gusto nuestra alma, toda palabra es campo minado. ¿Acaso vale la pena la auto censura por algunos buenos comentarios de personas que nunca conocerás? La ilusión de ser queridos y aceptados es bastante deprimente. Aún más deprimente es no ejercer el derecho a disentir por miedo a las hordas de salvajes que en un fuerte ejercicio de auto complacencia se erigirán como seres morales superiores que exigirán con su dedo flamígero tu condenación eterna.

Abandonemos toda proposición filosófica acerca del mundo digital. Partamos en principio de lo físico. Crecimos leyendo revistas, no hablamos de literatura en este momento, vimos miles de horas de programas televisivos, consumimos millones de imágenes previo a la aparición del mundo digital que nos vendían una ilusión, ustedes decidan la pasión que anhelaban, no deslumbraron miles de escenas cinematográficas que forman parte de nuestra experiencia. Durante décadas consumimos rostros perfectos, cuerpos idóneos, y aprendimos las palabras correctas para entablar una conversación. Nuestra existencia ha participado de ilusiones que nos mantienen con vida, felices o infelices, pero en equilibrio. El cuerpo de la mujer sobre la página nunca estuvo desnudo, sino que el corrector que retocaba la imagen se encargaba de eliminar la ropa que cubría a la modelo; no en todos los casos, no hay motivo para sufrir, pero el fundamento erótico y sexual de millones de adolescentes estaba basado en la habilidad del retocador de la imagen. Oh, desventura.

¿Acaso vale la pena la auto censura por algunos buenos comentarios de personas que nunca conocerás? Repito la pregunta por la pertinencia. Una de las grandes ilusiones que nos ha vendido la modernidad del siglo XXI es que somos buenas personas y por tanto tenemos la capacidad, por esa gracia divina, de crear mundos salvajemente felices siempre que sea en el espacio digital, el campo de acción de las buenas conciencias que fortalecen la idea de la corrección política que todo lo destruye. En ese mundo digital e incluyente ocurre lo mismo que en cualquier marcha a ras de calle con templete. Se corre la voz: habrá una marcha por los derechos de las personas a disentir por cualquier tema social, me interesa. Perfecto. Soy el participante número 50 mil en la caravana, pero jamás llego al templete, ni conozco al que está sobre las tablas lanzando sus consignas. No sé si mis necesidades son expresadas con coherencia por ese individuo. Me pregunto por qué está él en el templete. ¿Quién lo puso ahí? ¿Quién es? ¿Por qué estoy en medio de la masa si mi voz no se escucha? Si no conozco al que lleva la voz sobre las tablas, ¿por qué me sumo al movimiento? El primer error es pensar que formamos parte de una comunidad.

Leer la columna completa en El Universal

Indolencia

The Age of Innocence, escrita originalmente por Edith Wharton y llevada al cine por Martin Scorsese, plantea un escenario bestial dentro del romanticismo de época, de la sociedad estadounidense del siglo XIX. La novela y película narran la incertidumbre de una pareja enamorada que deberá renunciarse por capricho, no de otra mujer u hombre, sino de la sociedad que reprueba la pasión liberal de los personajes principales, ataviados por el conservadurismo de su tiempo, aún tallado en los huesos de nuestra polis a la fecha y que, seamos francos, jamás será acotado. Un revolucionario tiene mucho de conservador.

“El qué dirán”, por ridícula declaración, es la herramienta que desarma a los amantes, los culpa porque la masa, ese cúmulo de personajes resentidos que vituperan y sonríen, dictan la norma que enarbolan con la indolencia que condena a la infelicidad de los personajes centrales. Esa violencia, nada sutil entre sofismas risueños, castra.

¿Por qué partir de un ejemplo frívolo y superficial, en apariencia, para hablar de la indolencia como concepto y acto? Porque éste es justo un concepto frívolo y superficial en nuestro momento; y, sin embargo, retórico en la historia universal. Ser indolentes, perder la empatía por el dolor de los otros, por el sufrimiento del “mundo” es la cicuta moderna, no sentir es el veneno de este tiempo; lento y preciso que exculpa a la masa. Esta indolencia conceptual ligada a la perfección moral de ésta y toda época es la justa medida para la miseria. La sociedad civilizada de The Age of Innocence es un retrato fiel de la soledad, ésa que se desprende de la pretensión que, indolente, defiende la vida y la justicia social, aunque en silencio no le llora a sus muertos, ficticios o no, porque acaecidos en desgracia no son parte de ningún juego.

Durante las últimas semanas, en gran parte de México, se vivieron las contiendas políticas “más importantes” de las últimas décadas, destinadas a dominar regiones pseudoideologizadas, sin proyectos de creatividad sociopolítica en el ejercicio de gobernanza. Las promesas “conspicuas” de los actores políticos, el desvarío ridículo de su proceder, demostró una tajante y nula intelectualidad. Pena ajena es la máxima adecuada. Los hubo escapando de féretros de una muerte anunciada, los que hicieron gala del histrionismo dancístico y otros más proyectaron su discurso hacia perros [mascotas] liliputienses como ciudadanos votantes. Reinaron las estrategias de redes sociales cual tautológica panacea de la política contemporánea.

Los medios de comunicación, sin distinción alguna, fueron altavoces ad hominem que lo mismo condenaban a la resistencia ideológica de los otros grandes partidos, nulificados por el movimiento mermado “simbólicamente” que encabeza el presidente de México; así, la pluralidad de los medios informativos fue inexistente, sin duda, pero instrumental, siempre lo es. ¿Qué son los medios de comunicación en este momento histórico y qué papel juegan? ¿Qué debate se da en esas redes informativas que transgreden con gratuidad efectiva la realidad ad infinitum? La respuesta, demagógica: no todos los medios son iguales. En la médula puritana profesada, lo son. El escenario ideal del debate público que tendría que ser transmitido a la masa, debería ser de propuestas inequívocas que atiendan las necesidades reales, sin caprichos, de una comunidad y no obstante pensar esto es por demás inocente.

Definir las “necesidades” potencia el error capital del candidato apartado de la realidad, que se torna indolente en el sentido llano del significado de la palabra: que no se afecta o conmueve. Recordemos que un aspirante político es en sí mismo la medida de todas las cosas, y tendemos a olvidarlo por el fanatismo que se les llega a profesar de manera abierta o reprimida. Existen gobernantes cuya moral distraída a conveniencia desconoce el dolor de los otros, su gente misma. Pensemos en la muerte de niñas, niños y mujeres con cáncer, tragedia autogestada que nadie olvidará.

Un ejemplo más de la indolente clase política nacional tiene que ver con las consideraciones a su propia estirpe. Durante las campañas electorales murieron asesinados políticos que no merecieron, en la mayoría de los casos, ni un minuto de silencio. Lo que nos lleva a la brillante ecuación: un político no es sino un nombre escrito a lápiz que se borra sin compromiso para plasmar con grafito otro nombre sobre la boleta. La indolencia del momento se reduce a un: la gente pobre entiende que las tragedias ocurren… no sé si las madres de los muertos lo entiendan sobre todo en una tierra como la nuestra donde el crimen es moneda de cambio.

Leer la columna completa en El Universal

Lo nuevo y lo de viejo de McCarthy

BY DAVID CARR
February 10, 2011

In “The Sunset Limited,” an HBO film directed by Tommy Lee Jonesand starring Mr. Jones and Samuel L. Jackson, two men are locked in a room but have almost nothing in common save their time together. In the movie, based on the play by Cormac McCarthy, White, Mr. Jones’s character, is a college professor at the end of the line, a man so pummeled by despair that he attempts to throw himself in front of a train driven by … Black, a redeemed, religious ex-convict played by Mr. Jackson. White is brought back to Black’s spare New York tenement, and they commence a mortal, desperate debate about the value of life and whether ending it — taking the Sunset Limited — is a valid choice given the amount of misery and alienation that can go hand in hand with everyday existence.

Mr. Jones, Mr. Jackson and Mr. McCarthy — the Pulitzer Prize-winning author of “The Road,” “All the Pretty Horses” and “No Country for Old Men” — spent weeks in rehearsal pulling the play apart, examining each passage for meaning, and then Mr. Jones, who directed “The Three Burials of Melquiades Estrada,” deconstructed what is really one long scene into 52 components, each shot from a distinct perspective. The room’s walls were broken into sections so that pieces could “fly” out of the way, allowing the cameras to roam freely and intimately in the space between and around the two men.

Mr. Jones and Mr. Jackson, along with Mr. McCarthy, who rarely does interviews, agreed to meet at the offices of HBO in New York to talk about the film (which has its premiere on Saturday), the play and working with one another. The three collaborators had lunch and after the dishes were cleared away, David Carr hosted a chat that veered into philosophy and some very big themes but had laughs too, not unlike the movie itself. Excerpts of that conversation follow.

Q. The issues you tackle in “The Sunset Limited” don’t come any bigger. Viewers are literally watching a life-and-death struggle unfold right in front of them, although it is the collision of language that creates the sense of danger, not cars or bullets.

TOMMY LEE JONES I don’t think the subject matter is too dark, but it’s big and very old. In Cormac’s hands it’s rendered fresh, original and funny as hell. I think it’s wonderful too to see a play that’s made out of language and see the two characters in the play just loving language, having fun with language.

SAMUEL L. JACKSON It’s two people having a very genuine conversation and enjoying themselves as they’re having it because there

are fun moments between the two of them. They laugh, they get a little testy at times and then a little disappointed, but it’s the full gamut of the emotional spectrum. You don’t get to do that a lot as an actor.

CORMAC MCCARTHY I think that the issue some people had with it is it would be confining, you know, two people in a room, what is that? But as it turns out it’s not that at all. That stage, that room, is the world. Besides, literature is about tragedy.

Q. Without getting deep into spoilers, White, after listening carefully to Black for most of the movie, becomes a kind of evangelist for the darkness, arguing very forcefully that suicide is a rational choice. That’s not exactly your average Hollywood hug of an ending.

JONES A Hollywood hug? I wouldn’t do that to you. But you have to remember that White’s exit to go do what he is going to do is not the end of the play. The end of the play is a plea to God from Black, or at least a question, with him asking if he has done well. He asks, “Is that all right?” It’s a pretty good place for mankind to be in and a pretty happy ending as far as I’m concerned.

MCCARTHY Mother Teresa was in conversation with a reporter one time, and he said, “You must get very discouraged,” because she’s dealing with dying people, and she said, “Well, he didn’t call upon me to be successful, he just called upon me to be faithful.” I think that’s the kind of reassurance that Black is looking for at the very end of the film.

Q. This story goes off in New York City. If people in this city walked around with thought bubbles above them, would some of them read as desperate and scary as the ones in White’s head?

[They all immediately say yes, and laughter breaks out.]

MCCARTHY It’s not just the city, it’s life.

JACKSON The city is the city. I think what we are talking about in the end is the world.

Q. Mr. Jones, you were in “No Country for Old Men,” and you’ve written an adaptation of Mr. McCarthy’s “Blood Meridian.” How did you end up deciding to make a film out of “The Sunset Limited”?

JONES My wife and I were having lunch at the Santacafé in Santa Fe, and we were talking about “Sunset Limited,” and I said I wish I could talk to Cormac about it, and she looked up over my shoulder and said, “Hello, Cormac,” and there he was.

MCCARTHY Tommy is a talented man, and he’s smart. That’s really about all it takes for me, plus having a genuine interest in the project,

which I sensed right away.

Q. In the play White is a man who has read many books, who knows a great deal about a great many things, whereas Black has really read only one book, the Bible. Somewhere in there White suggests all knowledge is vanity. Is there such a thing as knowing too much?

MCCARTHY I’ll say what I said before: I don’t think it’s true that an education necessarily is going to drive you to suicide, but it’s probably true that more educated people commit suicide than people who are not educated.

JONES I don’t believe there’s a message here that says education is the road to suicide.

Q. [to Mr. Jones] So in theatrical terms you are working with an ex-con philosopher and a suicidal professor locked inside a noisy, dangerous New York tenement, an exercise that you describe as one of the happiest professional experiences of your life.

JONES Well, yes, I’m working with Sam Jackson, I’m working with Cormac McCarthy, there’s the three of us in a huge studio by ourselves with only a script girl in attendance putting a play together. The HBO people stopped by for a few days to make sure we weren’t wasting their money, but they mostly sat quietly in the corner with their hands folded in their laps. We worked out the language, I diagrammed the camera angles and then directed the movie. What is there not to be happy about?

 

Tomado de NYT

 

Nos cambiamos

Querido seguidores y gente que cae por accidente a este sitio…

A partir de esta fecha este blog tendrá contenidos diversos de promoción y difusión de eventos culturales, o la publicación de artículos sobre teatro, cine y filosofía. Asimismo, este blog será una suerte de archivo sobre textos, obras y materiales diversos.

En el sitio www.hugoalfredohinojosa.com se publicarán únicamente textos del autor o materiales que se consideren pertinentes.

Muchas gracias por seguir este blog y vendrán cosas mejores.

El sitio aún está en construcción así que tengan paciencia con el diseño.

Equipo de HH

Aún así seguirán apareciendo textos en esta página.

Saludos

Alain Corneau in memoriam…

El pase de diapositivas requiere JavaScript.

Recuerdo que fue en 1995 cuando vi Todas las mañanas del mundo, la vi solo en el ICBC de Tijuana, vi la película porque no tenía nada más que hacer y creo que ha sido la única vez que sin hacer nada aprendí tanto. Recuerdo la historia de amor de Saint Colombe y Marin Marais, historias truncadas tristes. Cuando terminó la función salí llorando y caminé hasta mi casa (algunos 25 kms) pensando en una historia inexistente y llena de amor, sea lo que sea esa palabra. Cuántas cosas. Creo que Corneau logró lo impensable… generar esa visión utópica de algo tan complejo.

En ese tiempo compré la película, la banda sonora, la novela… y creo que la película sigue siendo mejor.

Muere el director, con él una parte y un ídolo de mi adolescencia. Sin duda un gran maestro.

Hasta pronto maestro…

Para ir a la nota de la muerte de Alain Corneau pinchar aquí ABC.ES

HUNGER…

Hace ya un bastantes años vi una película llamada El maquinista donde Christian Bale interpretaba a un hombre que atropella a un niño y esto lo atormenta hasta hacerlo bajar de peso y tener una existencia solitaria y miserable. Esta película fue dirigida por Brad Anderson y el guión fue de Scott Kosar. En verdad esta película me gustó, debo ser honesto, en su momento pensé seriamente que la actuación de Bale merecía conocerse, lo sigo creyendo, sólo que en ese tiempo me cuestioné sobre el porqué no se reconoció más la actuación de este actor que llevó hasta el límite su trabajo corporal. Creo, aunque no lo creo verdaderamente, que me ganó el hecho de saber que este hombre se habría esforzado por bajar de peso y dar vida de manera más tajante a su personaje. Ahora, seis años más tarde, caigo en cuenta de algo. La gravedad de la historia de esa cinta no fue lo suficientemente fuerte como para batir el espíritu del espectador al ver la caída del personaje principal y aunque la actuación de Bale fue convincente lo tramposo fue la historia.

            Hunger de Steve McQueen (escrita por este director y Enda Walsh) y actuada por Michael Fassbender, raya literalmente en una obra de arte. La historia es compleja, por supuesto, como lo es cualquier historia que parte de la realidad: se trata de las últimas seis semanas de la vida de Bobby Sands, un republicano Irlandés que lucha en contra del sistema. A decir de la película francamente es excelente desde su planteamiento dramático. Es un film donde en efecto la acción potenciada por la imagen de tal manera que cada metáfora y catarsis no sólo pasa en los personajes del film sino en el espectador. Una de las escenas más inquietantes y la única que en verdad tiene un intercambio de diálogos donde la actuación de los actores luce, es teatral sin más, el ritmo y la progresión y la tensión dramática que se logra sólo equivaldría al mejor teatro de Pinter. No hay nada más que pedir.

            La actuación de Michael Fassbender supera por mucho a la de Bale en la cinta del maquinista. Ahora bien: la actuación de Fassbender posee la sencilla cualidad de que será recordada por quienes vean la película, no tanto por, aclaro, la actuación solamente, sino porque la historia que se cuenta da una muestra de la identidad humana y de cómo la naturaleza funciona con respecto a los principios. Esto es, el contexto en el cual se postra la actuación de Fassbender ayuda a que el trabajo de este actor no quede en el olvido. En contraste con la actuación de Bale en la otra cinta, el problema radica en que la moral del personaje no termina por crear verdaderos momentos de profundidad. En ese personaje hay un cambio pero por remordimientos no así por la convicción de la miseria del personaje. Por supuesto ambas historias no tiene nada que ver la una con la otra y ambos filmes son buenos. Pero, como lo dije al principio, me quedé con la duda del por qué puedo olvidar con más facilidad la actuación del primero que la actuación de Fassbender.

            Ahora bien, me inquieta, en verdad, que habiendo tan buenos escritores, vamos dramaturgos en México no se puedan lograr resultados como éstos. De qué depende: no lo sé, pero vayamos por partes… aquí literalmente nadie prestaría atención a un tipo que llegue con un guión, siendo nadie. Las puertas no se abrirán porque no hay fe en lo que podemos dar como mexicanos. Es una fila, ésta, interminable de cuestionamientos. Sobra decir que verdaderamente filmes como Hunger dan grandes lecciones de dirección y de guionismo. McQueen da muestra de una madurez y atrevimiento como pocos.

            Invito literalmente a los críticos de cine de Letras Libres, Nexos, Milenio, el Universal, Reforma y otros tantos medios a que cuando hablen de cine vean las películas y no comenten, peor aún, paráfrasis de otros comentarios.

            Saludos.

            HH.

Y no… éstas no son críticas duras ni en forma, es un comentario de blog (para que no se ofendan), de un dramaturgo-guionista que habla sobre lo que ve. Si nos adentramos en crítica el resultado sería otro.

A Esther Seligson in memoriam

Necesitaría horas y horas para poderte escribir (no puedo pensar en nada), hace ya 11 horas que te marchaste, nos quedamos con algunos pendientes que ya luego revisaremos… como siempre discutiendo (nosotros) y luego sin parar de reír por un buen rato. Espero que ahora encuentres ese descanso del que tanto nos hablaste. Aquí ahora te dejo por un tiempo para poder sentarme y vaciar un poco de esas ideas que tanto ayudaste a madurar entre palabrerías y gritos, entre tolerar mis desplantes y esos momentos en los cuales, sabes, que bajaba la cabeza como niño regañado.

Por la mañana cuando recibí la noticias de que te marchaste guardé silencio… ahora siento que se derrumba esa parte del cancer que conoces. Ahora, mientras pienso en ti, recuerdo paso a paso cada momento desde que nos sentamos a beber aquella primera cerveza, una Guiness… después cuando llegaba a tu casa siempre decías “ahí está tu cerveza, HH”. Devoraba tus dulces y luego me regañabas… GORDO, OSO, DRAMATURGO…

Te escribo más tarde,

No se despide HH (que nombre me heredaste),

Te escribo, te lo prometo, más tarde, dejame pensar un poco en todo lo que no te dije… pero que sabías de memoria…

Te quiere y extraña,

Hugo Alfredo.

P.D. Sáludame al Delfín y a todas las personas que ahora están lejos…

No hay oscuro Esther, ni terceras llamadas… sigue, todo sigue…

Ahora todos escribirán de ti… ya escucho tus palabras y sencillas muecas…

Besos para ti siempre…

The Hurt Locker

La guerra es simplemente una manera de vivir en este mundo, todo así, existe, está aunque la gran mayoría de quienes habitamos este mundo lo neguemos. No se trata de apologías ahora… se trata de formas de vislumbrar la naturaleza humana.

En los noventa algunas películas de guerra como Shindler’s List, Saving Private Ryan y The Thin Red Line impactaron a una nueva generación de cineastas y espectadores. Ya entrando al nuevo siglo The pianist conmovió sin más a la par con The Donwfall hasta llegar a Inglorious Basterds (la menos lograda, lo siento, hablar de esta película no es el caso). Pero ninguna de éstas se equipara con Apocalypse Now o Paths of Glory, de Coppola y Kubrick, quizá, por qué no decirlo sólo el filme de Terrence Malick logra capturar el mismo sentimiento solipsista de los directores antes mencionados.

The Hurt Locker de Kathryn Bigelow, rechazando todo acto patriota (de la clásica cinematografía de EEUU), logra dar vida a una cinta que nada tiene que ver con el soldado glorioso y libre de pecados. Este es un film donde sólo se potencia el sentimiento solitario de hombres sumergidos en medio de batallas inexistentes. Nada que ver con la defensa de la política liberal de ese país tan conocido por todos, y que se hunde en la pobreza día con día sin querer abandonar la batuta del salvador del universo. Qué valorar: la buena dirección, el excelente guión a cargo de Mark Boal; las inexistentes menciones de Al-Qaeda y el terrorismo; la fuerza del miedo a la muerte que podemos sentir todos (más unos hombres en medio de la nada); que una mujer, por fin, haya dirigido una película que versa sobre la guerra mejor que cualquier hombre de su generación. A mi parecer hacen falta más mujeres directoras y escritoras que pierdan el miedo a tocar todo tipo de temas, a vencer el caro y velado machismo que, aclaremos, no siempre presente, también utilizan bastantes escritoras para escapar a la crítica y a la confrontación de su obra. Así en todo.

Las actuaciones son más que excelentes y cuentan las historias de un grupo de soldados que van por el desierto desactivando bombas; dicho esto pueden imaginar los momentos de tensión que se logran gracias a la trama y al buen manejo de la cámara (película no apta para quienes se marean con movimientos subjetivos repentinos). Seré franco y no diré nada más de este filme, en realidad, cuando algo logra vencerme como este filme, no sé qué opinar; pero tampoco deseo caer en la clásica y mediocre crítica de algunos fracasados cineastas que sólo publican en revistas literarias… no. Digo lo siguiente: este filme vale la pena verlo sobre todo por la fuerza de su lenguaje y lo que despierta en el espectador. Y para contrastar la triste realidad de ver que, en este país, mientras exista miopía no podrán crearse cintas como éstas: sinceras, fuertes y sin falsas y ostentosas aspiraciones. No todo el cine mexicano debe llenarse de escenas donde predomina: “Vete a la chingada, we”, “no mames”, “puta madre, we”, “yo si te parto tu madre, we”; además de los rostros de siempre y los desnudos obligatorios… actores de cabello largo y con la barba a medio crecer… en México hay miles de temas que tratar, no todo es el centro del país. Aprovéchense de la fama del narcotráfico, ahora otra vez mundial, gracias al nuevo premio de Juan Villoro… ahora nadie dirá que no es chic hablar del narco… ni se criticará a los norteños (¿no que había temas más interesantes… que ese vulgar tema naco?) Pobre Jesús Blancornelas ese verdadero conocedor del tópico quedó en el olvido… Por fin los “conocedores críticos y exquisitos” de este sagrado país comprenderán que fuera del centro, todos los días, se combate… Aunque incomode hay bastante que aprender del cine estadounidense… y de nuestra identidad como mexicanos…

Kathryn Bigelow merece el OSCAR al mejor director, demostró sin problemas una gran capacidad creativa, es una excelente contadora de historias que, como todo un gran creador, recurre a la herramienta más básica del arte: la naturaleza humana. Por supuesto, no ganará… esperemos que sí… y que vengan más mujeres con tremendos pantalones como esta directora. Creo que este es el año del romanticismo y la tecnología, por tanto esta cinta pasará pronto al olvido por muchos…

La carretera de McCarthy

Recién se acaba de estrenar en Estados Unidos la película The Road, basada en la novela de Cormac McCarthy, por si no han leído el libro, esta es una buena oportunidad para leerlo antes del estreno del filme en México; no se preocupen, quizá esta película llegue a México hasta el año que viene… así que sobra tiempo para leer esta excelente novela apocalíptica. Abajo un ensayo sobre La Carretera por William Kennedy, tomado del New York Times.

Left Behind

By WILLIAM KENNEDY
Published: October 8, 2006

Cormac McCarthy’s subject in his new novel is as big as it gets: the end of the civilized world, the dying of life on the planet and the spectacle of it all. He has written a visually stunning picture of how it looks at the end to two pilgrims on the road to nowhere. Color in the world — except for fire and blood — exists mainly in memory or dream. Fire and firestorms have consumed forests and cities, and from the fall of ashes and soot everything is gray, the river water black. Hydrangeas and wild orchids stand in the forest, sculptured by fire into “ashen effigies” of themselves, waiting for the wind to blow them over into dust. Intense heat has melted and tipped a city’s buildings, and window glass hangs frozen down their walls. On the Interstate “long lines of charred and rusting cars” are “sitting in a stiff gray sludge of melted rubber. … The incinerate corpses shrunk to the size of a child and propped on the bare springs of the seats. Ten thousand dreams ensepulchred within their crozzled hearts.”

McCarthy has said that death is the major issue in the world and that writers who don’t address it are not serious. Death reaches very near totality in this novel. Billions of people have died, all animal and plant life, the birds of the air and the fishes of the sea are dead: “At the tide line a woven mat of weeds and the ribs of fishes in their millions stretching along the shore as far as eye could see like an isocline of death.” Forest fires are still being ignited (by lightning? other fires?) after what seems to be a decade since that early morning — 1:17 a.m., no day, month or year specified — when the sky opened with “a long shear of light and then a series of low concussions.” The survivors (not many) of the barbaric wars that followed the event wear masks against the perpetual cloud of soot in the air. Bloodcults are consuming one another. Cannibalism became a major enterprise after the food gave out. Deranged chanting became the music of the new age.

Leer más aquí…