A la memoria de Tim Hetherington

Cada generación de periodistas de guerra tiene sus muertos. A menudo, son los mejores: Gerda Taro (España), Enrie Pyle (Pacífico), Robert Capa (Indochina), David Seymour (Egipto), Kurk Schork, Miguel Gil (Sierra Leona)… Muertes que impactan en los demás porque recuerdan que no existen los inmortales, que las guerras destruyen, hieren, mutilan. Donde caen soldados y milicianos, caen periodistas. Las muertes de Tim Hetherington y Chris Hondros, el pasado 20 de abril en Misrata, han conmocionado a una profesión sacudida por la crisis, la incertidumbre, la desorientación y la escasez publicitaria. Se acabaron los tiempos de las grandes coberturas sin límite de gasto; ahora se cuenta cada euro como si fuera el último de un manantial que se seca.

La primavera árabe es la primavera del periodismo de guerra. Tras dos conflictos terribles, Irak y Afganistán, donde no ha sido posible moverse libremente porque un bando no quería -el bando que secuestraba y degollaba-, ha regresado la guerra de siempre, la de Bosnia, la de Líbano, en la que la parte débil acoge a los reporteros extranjeros porque quieren que su historia se conozca; esa es, a veces, su única munición para ganar la guerra.

Hetherington, 40 años, no tenía nada que demostrar: venía de ganar en Sundance el premio al mejor documental estadounidense conRestrepo, realizado junto a Sebastian Junger, 49 años, que lo acaba de plasmar en un libro: Guerra(Crítica).

Libia no era un viaje como otros, era el inicio de un nuevo proyecto con Junger, un trabajo en profundidad que les iba a ocupar meses. Llegó a Bengasi y buscó a Jon Lee Anderson, un viejo amigo, para pedirle consejo. No le gustó el ambiente, el caos que reinaba en la capital rebelde y a los cuatro días decidió regresar a casa. «El asunto estaba muy loco», asegura Anderson en conversación telefónica. Pero Hetherington no duró mucho en Nueva York. A las 48 horas tomó un avión y volvió a El Cairo. «Decía que un bichito le comía por dentro, que las guerras se retroalimentan con las imágenes y que él quería trabajar con detenimiento sobre esto», cuenta Lee.

Jon Lee le conocía bien, de la guerra de Liberia, una de las más crueles de África con Sierra Leona y Congo. «Tim era poco inglés. Había estudiado en Oxford, pero no se le notaba. Creo que la culpa la tenía Nueva York, y África. Era un hombre muy amable, unpana, como dicen en América Latina. Pese al éxito de Restrepo no tenía demasiado dinero. A Libia llegó como freelance (por libre) sin ninguna garantía. Era un aventurero que se había humanizado. La última noche que nos vimos en El Cairo hablamos de cosas personales. Me contó su plan de casarse con su novia somalí».

«La amígdala puede procesar una señal auditiva en 15 milisegundos, el tiempo que tardaría una bala en recorrer unos nueve metros. La amígdala es rápida, pero muy limitada: solo puede provocar un reflejo y esperar a que el pensamiento consciente lo recoja. Es lo que se conoce como reacción de alarma e incluye movimientos de protección», escribe Junger en Guerra.

«Tenía que haber ido con él a Misrata. No lo hice por un problema personal [su mujer estaba embarazada]. Teníamos un nuevo proyecto, queríamos hacer un trabajo que nos iba a ocupar hasta otoño. Ahora me siento triste y estoy desorientado», explica Junger desde Nueva York. «Existe una progresión vital natural en la que el reportero necesita trasladar su trabajo a los libros y a los documentales. Con el paso de los años no tienes la misma energía; cuando eres joven y tienes esa energía careces de la sabiduría necesaria».

Los periodistas que van a guerras son supersticiosos, como los toreros. Miman los detalles esenciales: la misma agencia de viajes, la misma maleta, la misma ropa a la ida y a la vuelta, no cambiar nunca de conductor en mitad de la misión, no permitir que le saquen fotografías…

A Hetherington le generó inseguridad viajar a Libia sin su amigo, su compadre, Sebastian Junger. Cinco meses juntos en el valle de Korengal, el valle de la muerte, hermanan: cinco viajes entre junio de 2007 y junio de 2008 empotrados en la segunda sección de la compañía Batalla: 150 hombres que libraban la quinta parte de los enfrentamientos de la OTAN en Afganistán. Sin Junger, Tim se sintió huérfano. Le animó a regresar a Libia saber que su amigo Chris Hondros, 41 años, el experto en guerras de la agencia Getty, se encontraba de camino o a punto de viajar con destino a Misrata.

Hondros, como Hetherington, pertenecía a la generación de las guerras de Irak y Afganistán, fotógrafos que han construido sus reputaciones en los últimos 10 años. Es la generación que comienza a trabajar en Kosovo, en 1999, o tras el 11-S. «Lo ocurrido en Misrata me recuerda a lo que pasó con Kurt Schork y Miguel Gil en 1999. También eran dos de los mejores y sus muertes tuvieron un hondo efecto en sus amigos, la generación criada en las guerras de los Balcanes, sobre todo en Bosnia. Cuando sucede una desgracia así, los periodistas se plantean si merece la pena seguir. Se trata de una decisión personal», asegura Santiago Lyon, jefe de fotografía de Associated Press y veterano de Bosnia.

«La amígdala no necesita más que una sola experiencia negativa para decidir que algo constituye una amenaza, y después de un tiroteo, todos los hombres de la sección habrán aprendido a reaccionar al chasquido de las balas y a ignorar los sonidos mucho más fuertes de los hombres que hay a su lado devolviendo fuego», asegura Junger enGuerra.

Hondros era un fotógrafo valiente. Siempre demasiado cerca, como Goran Tomasevic, 42 años, de la agencia Reuters. «La mañana del día en el que murió, Chris entró en un edificio ocupado por soldados de Gadafi pegado a una unidad rebelde que trataba de tomarlo. Si observas esas fotos», dice Lyon, «te das cuenta de lo cerca que estaba de la acción, más cerca imposible. Ese es el trabajo: meterse en situaciones peligrosas y salir de ellas, pero no funciona». El miércoles, una semana después de la muerte de Hondros, se celebró en Brooklyn su funeral. Acudieron más de mil personas. Entre ellas, su novia, con quien se iba a casar en esa misma iglesia en agosto.

Robert Capa, el fotoperiodista de guerra por excelencia, decía: «Si tu foto no es suficientemente buena, es que no estás suficientemente cerca». Capa no solo se refería a la distancia física, también a la mental y emocional.

Enrique Meneses, 81 años, autor de las célebres fotos de Fidel Castro y el Che Guevara en Sierra Maestra, ha pasado parte de su vida coqueteando con esa cercanía. Meneses sostiene que «el fotoperiodismo es contar una historia con una cámara; cómo vive el soldado, cómo se cansa, cómo se deprime». «Para contar una guerra hay que estar allí, no en la fronte

ra viendo pasar refugiados. Libia está lleno de gente joven, de freelanceque se buscan la vida, que quieren estar donde se encuentra la acción, persiguiendo la foto que puede dar la vuelta al mundo».

«La mayoría de los tiroteos se desarrolla con tanta rapidez que los actos de valentía o cobardía son prácticamente espontáneos. Un soldado puede vivir el resto de su vida lamentándose por una decisión que ni siquiera recuerda haber tomado; puede recibir una medalla por hacer algo que había acabado antes incluso de saber que lo estaba haciendo». (Junger, Guerra).

Cada generación tiene sus muertos y sus fotos-símbolo. Sucede con la más importante, la de Vi

etnam. Aquella fue una guerra tan bien narrada y fotografiada que EE UU la perdió tras perder el apoyo de su opinión pública. Vietnam esconde miles de tragedias: gas naranja, napalm, May Lai. Para los fotoperiodistas de aquella generación, a la que pertenece Manu Leguineche, hay una fecha maldita: 10 de febrero de 1971. Cuatro de los mejores fotógrafos, Henri Huet (43 años), de AP; Larry Burrows (44), de Life; Kent Potter, 23 de UPI, y Kaisaburo Shimamoto (34), de Newsweek, perdieron la vida cuando su helicóptero se extravió y fue abatido.

Sudáfrica fue otra escuela de excelentes fotoperiodistas: produjo el Club del Bang Bang. Cuatro fotógrafos -Greg Marinovich, João Silva, Kevin Carter y Ken Ken Oosterbroek- crecieron como reporteros y personas en la lucha contra el apartheid.Dos de ellos están muertos. A Oosterbroek lo mató una bala de francotirador en 1994 y a Carter, autor de la foto de la niña sudanesa desmayada sobre una tierra yerma con un buitre detrás, lo mató su desgana por sobrevivir. Marinovich resultó herido cuatro veces en su carrera; Silva perdió sus piernas en octubre en Afganistán.

«Yo era el tercer hombre en la línea, y de repente puse mi pie quizá un poco más a la izquierda o un poco más a la derecha y bam», explicaba Silva en el programa Fresh Air,de Terry Gross, desde el centro médico Walter Reed Army, donde aprende a caminar con prótesis. «Básicamente, escuché un sonido metálico, ¡bang!, y salí despedido. Mi reacción inicial fue pedir ayuda a los que estaban cerca, también aturdidos por la explosión, pero me agarraron con fuerza y me sacaron de la zona de muerte».

La emisora estadounidense PBS (Public Broadcasting System) contó, en un programa emitido tras las muertes de Tim y Chris en Misrata, que Silva siguió tomando fotografías mientras le evacuaban y que le pidió a su compañera del The New York Times, Carlotta Gall, que le prestara el teléfono satélite. «Llamé a mi mujer. Le dije: escucha, he visto cómo mis piernas se han ido, pero creo que voy a estar bien. Creo que voy a sobrevivir».

«Por alguna razón, fue entonces cuando me di cuenta de lo fácil que es pasar de los vivos a los muertos: un día te enteras que han matado a alguien en Las Vegas, y al día siguiente tú eres ese muerto para una tercera persona». (Junger en Guerra).

Emilio Morenatti trabaja en Associated Press. Sus compañeros le destacan por su exquisita calidad. «Sabes que es una foto de Morenatti nada más verla; tienen sello propio», dice uno de ellos. Emilio tuvo más suerte que João Silva. Cuando viajaba en agosto de 2009 empotrado con las tropas estadounidenses en Kandahar, su vehículo pisó una mina anticarro. Todos los que iban dentro resultaron heridos. Él perdió la pierna izquierda por debajo de la rodilla. Tras una larga rehabilitación, también en el Walter Reed (quería estar con los soldados que habían pasado por lo mismo que él), ha vuelto al trabajo: Haití, Egipto, Túnez, Libia.

«Cuando te llega una noticia como la de Tim y Chris, lo primero que piensas es que no puede ser real. Si algo así sucede a los mejores, a los más experimentados, significa que nadie está a salvo. He visto a gente 

herida a mi lado y después he sido yo el herido. No es la experiencia lo que te protege, te protege la buena o mala suerte. Cuando estás en la primera línea del frente, como estaban ellos, es necesaria una mayor cantidad de suerte».

A Morenatti no le preocupa el futuro de la profesión: «Al final, siempre son los mismos. La experiencia es la que te permite fotografiar mejor. No me preocupa si son de plantilla o freelance, lo que me preocupa es no hay nadie en Siria, que dependemos de los sirios que colocan en Internet vídeos tomados con sus teléfonos. No me da miedo el cambio. Empecé hace 25 años y entonces había personas que se resistían al paso del blanco y negro al color; después de la fotografía analógica a la digital. Siempre habrá alguien dispuesto a pagar por fotografías de alta calidad».

En una entrevista, hace años, Silva definió con inteligencia y emoción la esencia del oficio: «Tengo esta fascinación, la de ser testigo de primera mano de la historia. Siempre quise mostrar la realidad de una zona de guerra a aquellos que son lo suficientemente afortunados de no vivir las realidades de las zonas de guerra. Nosotros vamos allí y nos exponemos creyendo que nuestro trabajo tiene un impacto en la sociedad».

 

Wittgenstein: decid a los amigos que he sido feliz

Una tragedia no es que se muera tu abuela a los 85 años en una mecedora, sino soportar dos guerras mundiales en tu propia casa y que durante la paz se suiciden a tu alrededor varios hermanos y a uno de ellos, pianista de gran fama, tuvieran que cortarle un brazo. Karl Wittgenstein, judío vienés converso, rey del hierro y del acero, heredero de una dinastía de grandes financieros del imperio austrohúngaro, tuvo con su mujer Leopoldine ocho vástagos, cada uno más tronado: Kurt, Helene, Rudi, Hermine, Hans, Gretl, Paul y Ludwig. Fue una familia marcada por la locura y el dinero en una época en que la dulzura de los violines del Danubio comenzó a ser sustituida por los timbales de Wagner y estos terminaron siendo los cañonazos, que reducirían a escombros el pastel de dioses, atlantes y ninfas de mármol del fastuoso palacio de los Wittgenstein en Viena donde en tiempo de esplendor se daban cita Sigmund Freud, los músicos Brahms, Strauss y Mahler, el pintor Klimt, el poeta Rilke, el escritor Robert Musil y otros seres divinos atraídos por la mano dadivosa del mecenas.

Entre los ocho hermanos Wittgenstein, solo dos sobrevolaron las convulsiones de su inmensa fortuna. A Paul lo salvó el piano, pese a ser manco, y a Ludwig la filosofía del lenguaje, que ejerció como un profeta evangélico. Los seis vástagos restantes desbarrancaron en disputas y cuchilladas domésticas, bodas de conveniencia, pactos dementes, sanatorios psiquiátricos, quiebras y suicidios, hasta que el destino los disolvió en el basurero de la historia, no sin antes obligarles a entregar gran parte de sus empresas, como chantaje, a los nazis, quienes al final dieron por bueno que esta familia de conversos tenía un antepasado que fue un príncipe ario en el siglo XVIII y así se libró del campo de exterminio.

El 1 de diciembre de 1913, a los 26 años, Paul debutó como concertista de piano en el Grosser Musikverein, en cuya Sala de Oro estrenaron sus obras Brahms, Bruckner y Mahler. Desde allí se trasmiten los valses y las polcas de Año Nuevo. El auditorio tiene 1.654 butacas. La familia compró todo el aforo para llenarlo solo con los amigos dispuestos a aplaudir a toda costa. Pero Paul tenía talento. De hecho, cuando en la Gran Guerra un mortero se le llevó por delante el brazo derecho, Maurice Ravel le compuso el famoso Concierto para la mano izquierda. Y con una sola mano siguió Paul interpretando con éxito piezas propias y las que el preceptor ciego Josef Labor componía para él exclusivamente.

Pero de aquella saga de reyes de la siderurgia austriaca fue Ludwig, el último de los hermanos, el que salvó el apellido Wittgenstein y lo hizo célebre al elevarlo a la cumbre de la filosofía hermética. Había nacido en Viena en abril de 1889. Hasta los 14 años fue educado en su palacio con preceptores y desde este espacio insonorizado pasó a un centro de Linz donde tuvo a Hitler como compañero de pupitre. En 1908 su padre lo mandó a Manchester a estudiar aeronáutica y allí diseñó un ingenio de propulsión a chorro para la aviación. A través de la ingeniería se adentró en las matemáticas hasta desembocar en la filosofía y esta pasión le llevó a conocer a Bertrand Russell en Cambridge. Ambos quedaron mutuamente imantados. Russell lo adoptó como discípulo y le animó a escribir filosofía y después de asombrar a todos con el primero de sus aforismos: El mundo no es todas las cosas, sino todos los hechos, a Wittgenstein le dio un brote de misantropía, se fue a Noruega y se estableció en una cabaña para pensar en soledad.

De aquella nota surgió su famosa obra Tractatus Logico- Philosophicus, un libro de 70 páginas, de apenas veinte mil palabras, que revolucionó el pensamiento analítico del lenguaje. Lo escribió entre cañonazos en las trincheras de Italia durante la Gran Guerra en la que se había alistado como voluntario y logró salvarlo mediante cartas que mandaba a Russell desde Monte Casino donde permaneció como prisionero. Era un texto críptico. Para unos positivista lógico, para otros ético, para otros místico. En plena guerra Ludwig había comprado en una librería de Tarnow, un pueblo a 40 kilómetros de Cracovia, el único libro que había en los estantes. Era el Evangelio Abreviado de Tolstói. Le causó tanta impresión que lo llevó siempre consigo durante la contienda y en el cautiverio, hasta el punto que estructuró su Tractatus en seis partes, exactamente igual, como Tolstói, en forma de pensamientos, de cuya enigmática complejidad le sobrevino la fama.

Terminada la guerra a Ludwig Wittgenstein le dio otro brote de misantropía y donó toda su fortuna a dos de sus hermanas y en 1920 se convirtió en maestro de escuela en pequeños pueblos de Austria. Su rigor le trajo problemas con los padres de algunos alumnos a los que azotaba de forma inmisericorde si erraban en matemáticas. Para eludir la justicia escolar, en 1926, abandonó la docencia y trabajó de jardinero en un monasterio, pero aburrido de podar rosales, en vez de suicidarse como era tradición en su familia, volvió a Cambridge donde su Tractatus era estudiado como un devocionario y allí desembarcó en medio del grupo de Bloomsbury, una dorada pandilla de evanescentes esnobs que se movían entre el cinismo intelectual, el escarceo con el partido comunista, la ambigua sexualidad y el placer del espionaje soviético. Pese a ser tímido, tenso y tartamudo, según la descripción de su amigo homosexual John Niemeyer, a los cuarenta años Ludwig parecía un joven de veinte, con una belleza propia de los dioses, rasgo siempre importante en Cambridge, con los ojos azules y el pelo rubio, como un Apolo que hubiera saltado de su propia estatua. Lo rodeaba una especie de santidad filosófica, un aura misteriosa que expandía también cuando comenzó a dar lecciones de lógica en la universidad. Un grupo reducido de fervorosos alumnos le seguía como a un profeta y no les preocupaba no entenderle, les bastaba con estar cerca y asistir al espectáculo de su pensamiento. Daba las lecciones de lógica en su propia habitación sin usar texto ni notas; se limitaba a pensar en medio de un silencio meditativo que interrumpía para interrogar a sus discípulos. Cuando las clases le agotaban se iba al cine a ver películas del Oeste en primera fila o leía novelas de detectives y cuentos de hadas. Le tenían como a un Jesucristo revolucionario porque había comenzado a estudiar ruso y programaba para sí mismo irse a vivir a la Unión Soviética con su amante Francis Skinner, 23 años menor que él. En 1935 visitaron juntos Moscú con idea de establecerse allí. Pero desistieron de ello debido a la dictadura estalinista. Los alumnos de los cursos 1933-1934 y 1934-1935 hicieron circular los apuntes tomados en clase y que después de su muerte verían la luz con los nombres de El Cuaderno AzulEl Cuaderno Marrón.

Con la anexión de Austria por Alemania renunció a su nacionalidad y adquirió la británica. Pero la rutina formal académica le hastiaba. Renunció a su cátedra y en 1947 abandonó Cambridge y se dirigió a Irlanda. Allí residió en el interior de otra cabaña en Galway junto al mar. Durante un viaje a Norteamérica comenzó a tener problemas de salud y, al regresar a Inglaterra se le diagnosticó un cáncer de próstata, que se negó a tratarse.

Los dos últimos años de su vida los pasó con sus amigos de Oxford y Cambridge trabajando en cuestiones de filosofía hasta su muerte, que sucedió el 29 de abril de 1951 en Cambridge, en casa de su médico, el doctor Bevan, donde residía como huésped. Antes de perder la conciencia le susurró: «¡Dígale a los amigos que he tenido una vida maravillosa y que he sido feliz!».

tomado de El País.

Imposible acabar con wikileaks

By Dave Winer

We’re having a Rbooting The News moment here with WikiLeaks. Joe Lieberman calls Amazon to say they should cut them off. Amazon cuts them off, then says the Lieberman call had nothing to do with it. We have no reason to doubt Amazon. It’s consistent with their philosophy of not taking sides in political battles. Still I wish Amazon, who I’m a big fan of, had stood with them, had maintained its neutrality.Then their DNS host cuts them off, claiming they were being hit with a massive Denial-of-Service attack. Again, no reason to doubt their word, but we wish they had found a way to work with them. Then WikiLeaks says you can find them through wikileaks.ch, which redirects to adotted ID. People exchange this information on Twitter. So in a weird sneaker-net sort of waywe have implemented a human DNS. Now France runs a press release saying WikiLeaks can’t be hosted there. We assume they had some reason to think that they might have this problem. All the while there’s a huge glaring 800-pound-gorilla elephant-in-the-room size contradiction. The pols say that businesses can’t support WikiLeaks, but the Guardian and the NY Times and the newspapers inPakistan, Indonesia, Israel — all over the world — they’re businesses too. So if they’re really serious about this, we’re in First Amendment territory. They ought to be careful, because the politicians depend on these businesses to sell their product. Without them, they have no way to lie to us. See the problem isn’t that WikiLeaks is lying, the problem is that they’re telling the truth. This is not business as usual. While the politicians and reporters are getting a fumbling on-the-job education in the architecture of the Internet (an NPR reporter said, hesitatingly, that it appears as if the server is now in Switzerland), the next question is where does the running stop? When does the situation reach equilibrium? What’s the best outcome for the people of the planet? It seems to me that at the end of this chain is BitTorrent. That when WikiLeaks wants to publish the next archive, they can get their best practice from eztv.it, and have 20 people scattered around the globe at the ends of various big pipes ready to seed it. Once the distribution is underway the only way to shut it down will be to shut down the Internet itself. Politicians should be aware that these are the stakes. They either get used operating in the open, where the people they’re governing are in on everything they do, or they go totalitarian, around the globe, now. That must be what they’re discussing behind the scenes in government. And don’t miss that this is equally threatening to media. They won’t be able to engage in spin rooms and situation rooms, appearances and perception. When we can see the real communiques, that kind of mush won’t do. Ethan Zuckerman, via email: «Dave, [the torrents are] already there – the cables themselves are being distributed as a torrent. What’s so crazy about all this is that the ‘illegal content’ everyone claims to be worried about hosting is basically just a promotional page – the sensitive stuff is out there in torrentspace and virtually impossible to stop from being distributed.»

 

 

Carta abierta a los veteranos…

My name is Jason Hurd, a 31-year-old Iraq Veteran from Kingsport, Tenn. I served 10 years as a U.S. Army combat medic from 1997 to 2007.

After spending four years on active duty at Fort Lewis, Wash., I joined the Tennessee National Guard and deployed to central Baghdad from 2004 to 2005. I went to Iraq knowing that our occupation was both illegal and immoral, but as a medic I felt a duty to deploy with my fellow soldiers. The mission of the Army’s medical corps is «to conserve the fighting strength,» i.e. the medic must ensure the health and combat readiness of each soldier under his care.

I forged strong relationships with soldiers in my unit; we were close friends. What if one of them were killed or injured? Could another medic provide the same level of care I could? Despite my moral reservations, I thought my unit would do some positive things during deployment: protect Iraqi civilians and help them rebuild their country.

I was wrong. You can’t protect people while simultaneously oppressing them.

My experiences in occupied Iraq traumatized me. I returned home angry, with debilitating depression and vivid memories playing through my mind like an eight-millimeter reel: dead soldiers, dead civilians, car bombs, IEDs, rockets, the smell of open sewage, bodies splattered on walls, U.S. soldiers firing at unarmed Iraqis. The war followed me home. Despite a rudimentary understanding of Post-traumatic Stress Disorder (PTSD), I never expected the condition to exact such a toll on my life. I destroyed numerous relationships, was fired from my job, attempted suicide in a friend’s bathroom, and spent a week on the psychiatric ward at Charles George VA Medical Center in Asheville, N.C. — all within three years of returning home from Iraq.

Healing the trauma of war never happens overnight and often means a lifelong struggle. In that context, healing requires at least two things: a long-term commitment to health and a supportive community. I found that commitment and community when I joined Iraq Veterans Against the War (IVAW) in August 2007. We are a group of active duty service members and veterans having served since September 11, 2001. IVAW’s mission and goals are three-fold: immediate withdrawal of all occupying forces from Iraq and Afghanistan, reparations paid to Iraqis and Afghans for the destruction we’ve caused and full benefits for all returning veterans regardless of discharge status.

In pursuit of our goals, IVAW recently launched our first national campaign called Operation Recovery: Stop the Deployment of Traumatized Troops. While IVAW seeks to end deployments for all troops, the current wars continue in part because our government denies troops their basic right to heal.

According to the Department of Defense’s own conservative reports, 17 percent of those currently deployed in Afghanistan take at least one psychotropic drug — an antidepressant, a sleeping pill, an anxiety medication — the same drugs that I am prescribed as a disabled veteran. Up to half of deployed troops suffer from PTSD. Sixty percent of women serving in the National Guard and Reserve, along with 27 percent of men, experience Military Sexual Trauma (MST).

According to a recent Government Accountability Office report, the DOD can’t even establish that service members are mentally fit to deploy nor can it ensure accurate mental health assessments when they return. Is it a good idea to deploy a soldier multiple times after she’s been raped? Should we deploy Marines who require psychological help now? Should we force troops to deploy after receiving closed head injuries?

According to current DOD policy, a unit commander can force a traumatized troop to deploy against a medical professional’s advice — all in the name of «combat readiness». I believe these practices are egregious and violate our country’s most basic values. GIs deserve to heal from their wounds — both visible and invisible — before we hand them weapons and return them on a fourth, fifth or sixth combat tour.

IVAW cannot accomplish this alone. Our government needs traumatized troops to fuel the occupations overseas. We need you to fight with us. Visit http://www.ivaw.org/operation-recoveryto learn more about our campaign and sign the pledge supporting no more deployments for traumatized troops.

 

Para comprender a Hitler

Actualmente una exposición en el Museo de Historia Alemana de Berlín repasará, desde mañana y hasta el 6 febrero, la figura de Adolf Hitler con la pretensión de explicar la fascinación que el Führer causó en los alemanes. «Hace falta explicar como el insignificante Adolf Hitler, un hombre que ha vivido 30 años en el anonimato, sin estudios ni experiencia política, pudo convertirse en ese salvador», ha explicado el comisario de la exposición, Hans-Ulrich Thamer.

Ante las críticas de que la muestra pueda convertirse en un punto de peregrinaje para los neonazis, Thamer ha señalado que esas personas «no son público de museos» y ha añadido que la exposición «no trata como un héroe a Hitler» sino que se analiza su figura «desde una distancia crítica». «Queremos explicar la ascensión, el modo de actuar, el ejercicio de poder hasta el final y el increíble potencial de destrucción liberado por el nacionalsocialismo», ha aclaro el comisario.

Bajo el título de Hitler y los alemanes. Comunidad y Crimen, la muestra pretende reflejar como prácticamente todos los niveles de la sociedad alemana contribuyeron a crear un culto al dictador hasta los últimos días de la Segunda Guerra Mundial. Se contraponen documentos sobre el holocausto con la propaganda nazi que llegó a todos los aspectos de la vida. Precisamente la extensa propaganda nazi mostraba a Hitler siempre como un aclamado y exitoso líder nacional y, aunque nunca se negaban los ideales defendidos por el régimen, la publicidad no incluía el fanatismo y brutalidad que se escondían detrás de sus políticas.

Nota tomada de El país

aquí abajo una galería de imágenes y la liga del museo en cuestión.

Museo de Historia Alemana de Berlín

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Nos cambiamos

Querido seguidores y gente que cae por accidente a este sitio…

A partir de esta fecha este blog tendrá contenidos diversos de promoción y difusión de eventos culturales, o la publicación de artículos sobre teatro, cine y filosofía. Asimismo, este blog será una suerte de archivo sobre textos, obras y materiales diversos.

En el sitio www.hugoalfredohinojosa.com se publicarán únicamente textos del autor o materiales que se consideren pertinentes.

Muchas gracias por seguir este blog y vendrán cosas mejores.

El sitio aún está en construcción así que tengan paciencia con el diseño.

Equipo de HH

Aún así seguirán apareciendo textos en esta página.

Saludos

Alain Corneau in memoriam…

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Recuerdo que fue en 1995 cuando vi Todas las mañanas del mundo, la vi solo en el ICBC de Tijuana, vi la película porque no tenía nada más que hacer y creo que ha sido la única vez que sin hacer nada aprendí tanto. Recuerdo la historia de amor de Saint Colombe y Marin Marais, historias truncadas tristes. Cuando terminó la función salí llorando y caminé hasta mi casa (algunos 25 kms) pensando en una historia inexistente y llena de amor, sea lo que sea esa palabra. Cuántas cosas. Creo que Corneau logró lo impensable… generar esa visión utópica de algo tan complejo.

En ese tiempo compré la película, la banda sonora, la novela… y creo que la película sigue siendo mejor.

Muere el director, con él una parte y un ídolo de mi adolescencia. Sin duda un gran maestro.

Hasta pronto maestro…

Para ir a la nota de la muerte de Alain Corneau pinchar aquí ABC.ES

Para la memoria…

El día de la presentación hice una lectura de Calypso, los monólogos del viejo… obra de la cual esperamos pronto el montaje y la traducción al inglés.

Gracias a Ivan Trejo por la invitación, y a todo su equipo.

Páramo ediciones fue patrocinador de este encuentro, esperemos seguir colaborando.

Saludos.

Para ver más información sobre el encuentro ir a esta página…

Serenidad II o el hastío… confesiones…

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Primero deseo y quiero escribir sin parar. Grandes problemas sin solución. Hacerlo así puede ser genial o puedes caer en un laberinto silencioso y oscuro, sin duda, donde puedes andar sin perderte, vaya paradoja, o simplemente te quedas como un tonto esperando que algo o alguien te alumbre el paso para seguir adelante. Claro que eso la gran mayoría de las veces no ocurre. Hace un par de meses di una plática en un lugar donde lo único que existía eran rostros ajenos a la lectura. Para ellos la pétrea idea de abrir un libro significa perder miserablemente el tiempo. No los culpo. Soy un lector tardío y no me preocupa. Comencé a leer, como muchos, algunas obras por obligación sólo que en mi caso me atrapó la lectura pero ni siquiera por la narrativa sino por el teatro… me divertía más la proyección de la naturaleza de los personajes que en la narrativa. En fin. Leo tarde y leo únicamente lo que me interesa, me doy cuenta, sin problema alguno que no me interesa conocerlo todo porque además me interesan tantas otras cosas en la vida que debo descartar lecturas, autores, tiempo… me siento como esos muchachos a los que les di el curso. No leen según ellos porque no tienen tiempo. Ese siempre será el dilema. El tiempo. Descarto lecturas de algunos autores, de aquellos que verdaderamente muestran, según yo la mediocridad más dolorosa al escribir. Descarto lecturas que otros consideran medulares para la cultura contemporánea. No pierdo mi tiempo simplemente con aquello que no deseo leer. Qué leo. Vamos, lo que me gusta. Soy de ésos a los cuales no les da vergüenza aceptar que no aprendió a leer con Borges o Cortázar, ¡DIOS, NO!, aprendí a leer con El libro vaquero, con El sensacional de traileros, Video risa, Mad (la revista americana y en inglés, no la pésima traducción de televisa), ¡Así soy y qué! Historias del futbol (deporte que detesto pero era chistosísimo), Deseada de ultratumba, y tantas más que no recuerdo ahora… me leí la biografía de Bruce Lee, todo lo que encontré en la biblioteca pública de National City sobre el triángulo de las Bermudas, marcianos, la desaparición de Jimmy Hoffa, Bigfoot, fantasmas y grandes películas del cine clásico. Mi hermana fue la televisión. Todo eso me llevó leer a Heiner Müller, Botho Strauss, Saul Bellow, García Márquez, Philip Roth, McCarthy, Mamet, Shepard, Pinter, Carver, Camus, Koltés, Liera, Rulfo, Arreola, Paz, António Lobo, Delibes, Goytisolo, Mishima, Heidegger, Witgenstein, y la lista puede seguir hasta unos cientos más de autores. Ahora que lo pienso también escribí tarde y la vida me dio la buena fortuna de publicar y tener buenos y grandes amigos en la literatura no diré nombres ya que ahora está en boga eso de inventar mafias… hace poco me enteré que soy mafioso (lo mejor de eso es que me reí mucho) y el teatro, no así traductores, sólo conozco a Edith Verónica Luna, genial… los demás deberíamos aceptar que no lo podemos hacer con tanta dedicación. Regreso al curso que comenté al inicio: me preguntaron ¿por qué escribo y cómo me inspiro? Esa niña, debo aceptarlo, me metió en aprietos. Me quedé pensado y pronto le contesté, como pueden ver mi léxico no es tan florido como el de otros, tengo muy pocas palabras alojadas en el cerebro así que uso lo que tengo. Le contesté que escribo porque simplemente es el mejor momento de mi día para conocerme un poco más, eso es verdad, cuando lo hago siempre discuto como un loco conmigo-mismo y más de una vez he pensado en que es probable que termine un tanto loco y sentado en la calle pidiendo limosna y perdido en una idea. Escribo por eso y porque de alguna manera, puedo hilar historias y contar algo, no puedo decir que a todos importe, pero es así. No pretendo que me fichen los de Letras Libres u otra revista elitista (más pobre que elitista, sus pensadores se reciclan como adolescentes) ni nada como eso. Por supuesto, como todos, deseo que se reconozca mi trabajo y al paso que voy se dará antes fuera de México. Empecé a escribir como un juego y luego por una necesidad. Después pensé en que podía publicar. Creí que la escritura me pediría menos tiempo que ensayar para la escena, cosa que es mentira. Odio eso de inventarme metáforas, y si aquí lo hice pido perdón, para explicarlo… cuando comencé a estudiar teatro hace más 17 años me cansaba de escuchar las definiciones de los aspirantes a actores, directores y dramaturgos: ¿Por qué te gusta el teatro?: “es que para mí es como volar sin despegarme del suelo”, “es como vivir miles de vidas”, “es mágico”… bueno, sí, pero dejemos la metafísica a un lado. Cosas como esas sólo provocan que se pierdan generaciones de buenos aspirantes a algo. Soy demasiado pragmático en este sentido. Quieres actuar porque deseas siempre jugar y porque te aburre la cotidianidad. Es lo mismo con la escritura. No deseo reformar el mundo, intento decir lo que traigo y ya… sólo el tiempo dirá si valió la pena dejar la vida, otra vida de lado para seguir ésta. Cómo me inspiro, pues no sé… creo más en un estado de ánimo que a su vez está ligado a un estilo. Ojo a un estilo, para lograrlo no sólo partes de la práctica sino desde lo más solitario, ahí nace el estilo. Si lo tomas de otro lado, según yo, es una mera copia que a final de cuentas terminará por darte alguna pista de todo lo que debes hacer. Escribo sólo cuando me siento bajo de ánimos. La depresión me llega y se marcha así como llega. No soy festivo, desgracia para los demás. Lo siento. Me gusta aguardar en mi choza por días, miserablemente debo trabajar si no me mantendría apartado del mundo. Pero la verdad es que no puedo. Me encanta ver a la gente y eso me mete en problemas. Cómo me inspiro… creo que uno comienza a inspirarse desde que descubre la vida, desde niño. Todo lo que llega a la hoja es un vaciado de ideas que maduraste durante décadas, no todo, claro que siempre hay excepciones. La soledad es lo que me inspira, pero también es mi enemiga. No puedes tener una mujer a tu lado que siempre tolere que te alejes. No puedes. Escribo o no escribo, punto. Mi ejercicio intelectual no necesita de darse un clavado en libros exquisitos ni en filmes magnánimos. Demasiado cliché lo es todo ya, como para todavía crear a partir de la falsa experiencia de no vivir. Creo que esa es la clave. Los escritores, lo digo con distancia porque no encajo en esto, se pasan el tiempo sumidos en el pensamiento intelectual sólo intentando restaurar un gusto universal por la literatura que a nadie importa sino a un grupo reducido. Así como en el teatro los peores dramaturgos son los de escritorio, ésos que no conoce la dinámica de la escena, en la literatura, en general, la pobreza de la experiencia de la vida arruina las posibilidades del escritor. Uno puede notar cuando un escritor no tiene absolutamente nada que decir de SU VIDA, eso hacemos al escribir. Una novela, la escritura por la escritura realizada por intelectuales de capricho no sirve de mucho. Veo con tristeza que eso es lo que más abunda en nuestro tiempo. Me inspiro en la calle y en la gente que veo y en cómo me veo en los espejos de los aparadores cuando estoy frente a ellos, siempre es bueno darse cuenta que la imagen que tienes de ti no es la que se ve… me gusta verme porque me doy risa y en lo que pienso es: si yo fuera otra persona no me acercaría a mí. Me da mucha tristeza que todo gire en torno a la política, aquí y en España, Canadá o EEUU es lo mismo, otro mundo no es distinto, amigos. Me llena de hastío esa constante tarea de mostrarte como un ser que piensa a cada hora cuando estás sentado a la mesa con otros “intelectuales”, llega un momento en el cual me siento fuera de lugar porque prefiero hablar de alguna tontería que de lo magnífico que escribe Pito Pérez. La vida no es la literatura es una parte de la vida, sí… me costó trabajo madurar esa idea para mí, sólo para mí. El teatro no es la vida, la pintura no es la vida… la vida es comer, tener, deber, ser para otros, ser para ti, después lo otro, eso que nos mantiene vivos, escribir, actuar o lo que sea.

La competencia eterna por ver quién es más sagaz  continuará sin ganadores. Pero sé que no quiero estar del lado de los perdedores. Paradoja maldita. Al final de las cosas todos somos siempre perdedores y campeones.

La verdad únicamente es noble en los deportes (y a veces). Dentro de la arena o del campo, nadie puede mentir, el mediocre siempre lo será y el hábil conocerá victorias y derrotas. La literatura es el mejor campo para disimular con propiedad la estupidez. Jamás un boxeador se podrá llamar campeón si se mira sobre la lona round tras round.

HH