Derek Walcott

De Garcetas blancas
Qué elegantes, con picos naranjas, las garcetas
blancas, cada una como un aguamanil de airado
paso, los gruesos olivos, cedros que consuelan
el rugir de un arroyo torrencial en el tiempo
de las lluvias; en esa paz, más allá de penas
y anhelos, la que acaso un día pueda alcanzar,
cuyas palmeras se encorvan como un palanquín
al sol con sombras tigresas a sus pies. Allí
estarán, después de que a mi sombra la releguen
a un denso matorral verde de olvido, cargada
de pecados, al salir y ponerse cien soles
en el valle de Santa Cruz, cuando en vano amé»

De Suite siciliana
«Nunca sabemos qué hará la memoria: mi cuerpo
vibraba emocionado, pensé que le crecían
alas a mi pulso y a Siracusa volaba,
a tu puerto, que su viaje volver suponía
a Sicilia y a su error soleado, allí donde
un buque cisterna en lo azul descansaba»

Sesenta años después
«En mi silla de ruedas en el lounge Virgin de Vieux
fort vi, ella sentada en su propia silla de ruedas,
su belleza encorvada como flor atortujada,
de la que habría dicho -también de mi juventud
y su fuego- que por siempre sería de oro y bella
y joven aunque yo me ajara. Era vieja, papada
triple tenía, una irresistible sonrisa presa
de arrugas, mas nos invadió un breve calor, inválidos,
odiando el tiempo y la mentira de los cumplidos.
Pequeñas olas rompen contra el muelle de piedra
en el que un barquero me dejó en la anaranjada
paz del ocaso, hace medio siglo, quizá más
feliz en posición erecta, cierva huraña ella,
yo al acecho de una consumación imposible;
nadie nos hacía juntos, al menos de paseo.
Dagas mudas del interfono hoy nos atraviesan.

38
En la orilla de la mente se acumulan las algas,
en la maraña de coronas, guirnaldas de flores;
el tumulto Atlántico de Cas-en-Bas sube y baja,
hondo suspiro, fleta el claro oleaje cual charca
de nenúfares con densos rizomas y los huecos
que se abren a olas que embisten sin fin, crestas de espuma
cual jinetes de África; llegas a una costa blanca
aun más honda que la marea; si el alma descansa,
Dakar es su siguiente playa. En la arboleda, a lomos
de caballos que relinchan, los turistas, tu nieta;
aquellos campos de algas ya alcanzan hasta Guinea.
Gavias baten las alas cual veleros cruzando aguas
separadoras, tintín de huesos y conchas. ¡Cuánta
carga, qué masa de tiempo aguantas, niña amazona,
cuánta ignorancia en las guirnaldas! ¡No expía esta imagen
los siglos: caballo, niña fulgente, arena y algas!

 

RED – Rothko

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Escape Artist

Mark Rothko onstage.

by John Lahr April 12, 2010

Mark Rothko’s life was a series of abdications: from Russia, when he was ten; from his father, who died six months after arriving in Portland, Oregon; from Yale, after two years; and from life itself, when he committed suicide, on February 25, 1970. A fractious, hard-drinking, unhealthy, and unhappy soul, Rothko was a gourmand of his griefs. By contrast, his large, luminous abstract canvases—spectacles of subtraction of all subject matter, including the self—turned abdication into an art form. Rothko was the first to paint “empty” pictures. His blocks of floating iridescence were the public answer to Action painting; privately, they were also a kind of vanishing act. At a party where Expressionism was being discussed, Rothko leaned over to the art critic Harold Rosenberg and whispered, “I don’t express myself in my paintings; I express my not-self.”

In John Logan’s “Red” (elegantly directed by Michael Grandage, at the Golden), Rothko (Alfred Molina) is onstage twenty minutes before the play begins. He’s in his studio, a vast cave of consciousness that, subtly designed by Christopher Oram, also suggests a sanctuary. Rothko sits in a blue wooden chair with his back to us, surrounded by unfinished canvases that are propped against the high, dingy walls; he is studying one of five huge murals that he’s been commissioned to do for the new Seagram Building. His first gesture, once the play begins, is to walk up to the painting and feel the canvas with the flat of his hand. Rothko is already well inside the painting; the success of Logan’s smart, eloquent entertainment is to bring us in there with him.

For a month in 1949, Rothko went to the Museum of Modern Art to stand in front of Matisse’s “The Red Studio,” which the museum had newly acquired. Looking at it, he said, “you became that color, you became totally saturated with it.” Rothko turned his transcendental experience into an artistic strategy; his work demanded surrender to the physical sensation of color. “Compressing his feelings into a few zones of color,” Rosenberg wrote, “he was at once dramatist, actor, and audience of his self-negation.” Rothko escaped from the hell of personal chaos into the paradise of color. “To paint a small picture is to place yourself outside your experience,” he said. “However, you paint the large picture, you are in it.”

Fragmento tomado de The New Yorker.

Ver más información en Red on Broadway y en The New Yorker

25 años sin Chagall

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«En una naturaleza, en un elemento natural, en un espacio que no es más que un cielo en el que todas las formas retozan completamente libres y gráciles como si fuesen pequeñas criaturas, se emana un color tan fuerte y tan hermoso que parece sobrenatural».

Marc Chagall




Mientras que la abstracción de Rothko o Pollock me inundan de sensaciones imprecisas, la calidez y el desdén que sentía Chagall  por esta vida me llenan de un sentimiento ajeno a lo cotidiano. Marc Chagall un eterno y aguerrido enamorado… ese amor lo inspiró a construir gran parte de su obra, a incluirla a ella, un silente nombre. Solitario y recordando a su mujer imagino a este hombre, después de todo un hombre, que callado, como según lo apuntan sus biógrafos, vivió hasta el último momento de su vida hace 25 años. Imagino que una colorida vaca lo montó sobre su lomo y lo llevó hasta el cielo perdiéndose ambos en el tiempo.

Hasta luego, señor Chagall.

HH