La religión como insurrección en México

A mediados de los años noventa del siglo pasado, el director de cine francés Patrice Leconte dirigió «Ridicule«, una película que retrataba al pueblo francés cortesano y afianzado en el palacio de Versalles del otrora delfín Louis XVI. Que daba fe de la nauseabunda existencia de los aduladores del poder que embellecían el reinado caótico del monarca galo, ejecutado en la guillotina, y predecesor del gobierno imperial de Napoleón Bonaparte. El filme escrito por Rémi Waterhouse, Michel Fessler y Eric Vicaut es una farsa excepcional que se resume de manera sencilla: un ingeniero desea drenar unos pantanos cerca de Lyon en beneficio de los campesinos que viven en condiciones deplorables por la plaga de mosquitos que los acecha. Así pues, el ingeniero, si desea obtener el permiso del rey para tal hazaña debe participar de los encuentros entre el escarnio de las Prima donnas aristócratas.

Una de las escenas fundamentales de «Ridicule» inicia con un capellán lanzando un discurso trémulo acerca de la existencia de Dios, frente a Louis XVI. Si el cosmos, los océanos, las aves y todo lo que existe en este mundo es bello es gracias a Dios, comenta al tiempo que, tanto el rey como los súbditos, suspiran extasiados y agitan sus pañoletas exaltando la emoción del instante. La escena estalla en aplausos… sin embargo, el capellán que deseaba trepar los escalafones clericales comete un error y culmina con una declaración, propia, por supuesto de la ingenuidad: así como he demostrado que Dios es el creador de todas las cosas, remata, cuando usted lo quiera (refiriéndose al rey) puedo demostrar lo contrario. Acto seguido Louis XVI sale enfurecido del salón y el capellán queda en ridículo, por jugar con el nombre de Dios y la religión de forma utilitaria.

La meditación del uso del discurso religioso que hace «Ridicule» es impresionante, porque es maleable y manipulable como son los creyentes insensatos que tienen en la devoción la piedra angular para disculpar cualquier proceder bárbaro. A lo largo de los años, he defendido que la religión debe enseñarse en las escuelas como historia universal de las ideas; eliminando la fe como el ingrediente que turbe el objetivo del conocimiento. Mi apuesta es quitar a la religión el poder utilitario que fortalece el sinfín de discursos de grupos extremos, sectas e ideologías, movimientos políticos que manipulan el nombre de Dios como los ingredientes que potencian en la mayoría de los casos las falsedades como verdades absolutas, por demás peligrosas.

La religión y la guerra son delirios entramados históricamente, por lo menos para este ejercicio, desde las Cruzadas de la Edad Media cuando la voluntad del judeocristiano era el acto divino que sometía al sarraceno para conquistar la tierra santa con el fin del posicionamiento geopolítico europeo de aquellos siglos sobre Medio Oriente. Dios fue pretexto para asesinar, emascular y dividir a las culturas, eliminar al Islam y a los musulmanes como estrategia cristiana para dominar la riqueza del mundo conocido. Los papas fueron los mayúsculos jerarcas de la fe y sumaron a la iglesia un porcentaje del usufructo obtenido de las guerras. La diferencia entre el Estado papal y la monarquía era nulo. Reyes y Papas dominaban la tierra seleccionados por la gracia divina para establecer conquistas y exterminios.

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