«Por debajo de la noche» de Reynol Pérez Vázquez

Recién Ediciones El Milagro publicó el libro de Por debajo de la noche de Reynol Pérez Vázquez.  La publicación está prologada por Rogelio Villarreal Elizondo y la presentación es por parte de Hugo Alfredo Hinojosa. Abajo la reproducción del texto de presentación de este excelente libro.

Poéticas del norte o introducción

Sobre Por debajo de la noche de Reynol Pérez Vázquez 

Publicar dramaturgia en estos tiempos no sólo es un logro digno de una gran ovación, sino un reto superado que debe tomarse en cuenta, sobre todo cuando los fueros del país están inmiscuidos en una miseria digna de nuestros mejores –e iletrados– héroes políticos contemporáneos. Vamos, hay bastante material de donde partir para crear excelentes sátiras o tragedias de un tema como ése, algo en qué pensar, por supuesto. Pero no hablemos de política, esa puesta en escena es tan compleja y risible como el Quijote y tan llena de personajes como el Fausto de Goethe.

      Por otra parte, hablar de teatro mexicano, o mejor dicho de dramaturgia mexicana da pie a discursos apologéticos que no llevan a nada. Hace más de 15 años, Luis de Tavira elaboró una declaración donde establecía las bases de un Teatro Nacional, documento perdido ahora en las hemerotecas del olvido y francamente pasado de moda hasta para su autor, quien ahora preside la Compañía Nacional de Teatro, donde los dramaturgos mexicanos han sido olvidados. Así pues, hablar de teatro mexicano implica llegar a definiciones abstractas y metafísicas inexplicables para el mejor filósofo. ¿De qué México hablamos cuando hablamos de Teatro?, pregunta llena de matices con respuestas salvajes, dependiendo de la zona, pero siempre de cara al discernimiento necesario, dudoso y violento en su médula.

      Hoy en día, vivimos inmersos en una geoteatralidad confusa, ignoramos posturas y cosmovisiones –mundos ajenos dentro del mismo territorio con obsesiones precisas, universales– necesarias para encontrar eso de lo que carecemos: una identidad teatral, no diría urgente (hay mucho que aprender), pero sí obligatoria. Tenemos un teatro de aspiraciones universales atrapado en un localismo nacional, nosotros sumidos en una circular (y enemiga) primera personal del plural. Sin duda hay que ensayar más al respecto, sin concesiones ni miedos, aunque parezca casi imposible de lograr.

      Ahora bien, entre los dramaturgos mexicanos que vale la pena revisar y rescatar se encuentra el neoleonés Reynol Pérez Vázquez que, a la par de autores como Hugo Salcedo, Enrique Mijares, Ángel Norzagaray, Jorge Celaya y ahora, Mario Cantú Toscano, Bárbara Colio y Daniel Serrano, se han encargado de dar vida y definir la dramaturgia contemporánea del norte del país que no habla ni de narcotráfico ni de asesinatos por venganzas, sino de pasiones humanas –¿acaso existe algo más universal?–, que rompen con ese fácil  y engañoso estigma regionalista.

      Con Por debajo de la noche Reynol se toma una licencia divina al fabular con la infinita soledad humana hasta un límite violento, donde la incertidumbre es simplemente una herramienta que potencia la miseria de los personajes. Entre los aciertos plausibles de este texto se puede resaltar el excelente y delicado uso del lenguaje, la estructura que rompe con la linealidad temporal y el espacio sin ataduras; tres herramientas básicas que un buen dramaturgo debe comprender para dar vida a situaciones y personajes entrañables.

      En el prólogo a El tren nuestro de cada día, nueve obras de teatro (2000), Vicente Leñero elogió los tintes líricos y rulfianos de este autor, tan bien utilizado en este nuevo texto. Los personajes dialogan entre sí utilizando metáforas que vuelven un simple parlamento en una confesión irreparable que modifica la vida de los personajes y del simple lector. Alguna parte del lirismo violento de Jesús González Dávila se nota por momentos en Por debajo de la noche, incluso la exactitud del lenguaje de Elena Garro se deja ver entre la miseria de Laura, Mariana, Jerónimo y Luis, mismos que dejan escapar las palabras apenas como susurros que muestran la profundidad de su pensamiento profuso y sumido en un clásico solipsismo siempre digno de explorarse.

      Por otra parte, tanto el uso del espacio como el tiempo son esenciales en este texto tan oscuro donde las relaciones entre los personajes se desenvuelven lentamente. Un espacio universal, sin complicaciones, es decir, una obra que bien puede montarse sobre un gran escenario o sobre un espacio vacío. Para Reynol el tiempo en su obra es más bien un deleite, una herramienta que dilata las sorpresas y revelaciones de los misterios, excelente manejo de estas categorías que dan vida a la vida teatral.

      Por debajo de la noche es un texto lleno de matices que sólo un autor de agudeza infinita puede lograr, quizá preguntaría al autor qué tan necesarias son las acotaciones en un texto como éste, ya que parecen innecesarias gracias al buen manejo del lenguaje a lo largo de esta pieza. La obra de este autor merece una detenida lectura que devele misterios para el crítico más escéptico; autores como Reynol, callados y laboriosos, deberían ocupar lugares más sobresalientes en la dramaturgia nacional. Aquí una obra más, otra apuesta para la escena.