Instantánea: 7 preguntas sobre teatro en estos tiempos que corren

¿Cómo iniciaste dentro de la disciplina teatral? ¿Por qué decidiste dedicarte a ella?

Comencé en 1993 a hacer teatro profesional en un taller de actuación donde nos pagaban por cada puesta en escena, lo que saliera de taquilla por supuesto. Ahora que lo pienso hace bastante tiempo de eso, aunque pareciera que inicié apenas hace 15 años con mi arribo a la Ciudad de México gracias a la Fundación para las Letras Mexicanas, lo cual habla bastante del centralismo que aún se vive y de la falta de reconocimiento de currículos fuera de la capital. Tuve que picar piedra en otros escenarios, en otra tradición cultural inclusive, aprender formas y maneras ceremoniosas a las que no estaba acostumbrado, y sobre todo entender que la cultura en la Ciudad de México es política viva.


En un principio no sabía que existían las escuelas de teatro ni las de cine. Entré por accidente al Centro de Artes Escénicas del Noroeste, el diplomado descentralizado del Instituto Nacional de Bellas Artes, ahora inexistente, y fue la plataforma ideal para descubrir que existían un sinnúmero de oportunidades para aprender y crecer dentro del teatro. Ese diplomado me llevó a formar parte en varias ocasiones de los Programas Nacionales de Teatro Escolar bajo el formato de preparación intensiva de los años 90, ya fuera con el equipo de Casa del Teatro o del Foro Contemporáneo, dos formas de ver el teatro, dos formas de entender las artes. Pude aprender de Luis de Tavira y de Ludwik Margules, con quienes después tomé clases de dirección. Para mí fue emocionante conocer en ese momento a tanta gente que llegué a admirar porque sabían cosas que yo no, pero no a tener fe ciega. 


Al no saber de escuelas, ni tendencias, ni de gremios, no les daba importancia a las jerarquías, sólo me interesaba aprender. En ese momento para mí no significaba nada que me dijeran que tal o cual persona era tal o cual autoridad, no lo digo de forma petulante, sino que esa era mi realidad. Tijuana está bastante lejos del centro. Así fue como inicié.

 
Luego de recibir en comodato con el grupo Mexicali a secas el Teatro del IMSS de Mexicali, trabajé varios años como actor hasta que decidí irme a Los Ángeles a hacer mi examen de admisión a la Academia Americana de Artes Dramáticas; pasé el examen, pero la realidad económica me alcanzó y tuve que declinar. Lo mismo me ocurrió en UCLA, al querer estudiar cine, la colegiatura era algo que jamás podría haber pagado y el apoyo familiar era impensable, sobre todo cuando estudiar “artes” no forma parte del imaginario de una cultura del norte donde se apuesta por las ingenierías. 


Así que, de regreso a Tijuana, sencillamente decidí alejarme de todo hasta que Hugo Salcedo, mi profesor de dramaturgia en el diplomado del INBA, me confrontó acerca de qué haría conmigo mismo. A Salcedo debo agradecerle varias cosas, la primera de ellas es que fue el maestro que me tuvo confianza como para ayudarme a publicar mi primera obra escrita. La segunda es que me impulsó a estudiar la universidad. Esto es importante: estudié filosofía porque Jean-Paul Sartre y Albert Camus, eran dramaturgos y después filósofos. Estudiar Literatura jamás fue opción. Así que fueron mis modelos a seguir inclusive a la fecha. De la experiencia universitaria y de las tablas aprendí, además porque lo viví de primera mano, que al no ser hijo, nieto, hermano, sobrino o protegido de nadie, el camino sería largo… por melodramático que se escuche decidí remar siempre a contra corriente. Aquí sigo, aunque la vida misma es un obstáculo a vencer. Comencé a escribir porque pensé que la escritura era más sencilla que los largos procesos de ensayos, gran falsedad. Sobre todo, comencé a escribir porque las obras que veía en la escena no me gustaban, sentía, según yo, que podía hacerlo mejor. 


Hubo dos montajes que me abrieron los ojos: Cuarteto de Heiner Müller, dirigida por Ludwik Margules y Carta al artista adolescente de James Joyce, adaptada por Luis Mario Moncada, puestas en escena inolvidables que me hicieron enamorarme de la escena y que llegaron a mi vida en un momento ideal. 

¿Qué preguntas siguen alimentando tu práctica? ¿Qué anhelos tienes por vivir dentro de las artes escénicas?

No me gusta seguir modas. A mi arribo a la Ciudad de México estaba en auge el Teatro Argentino y ciertas obras del Teatro Alemán, el posdrama, entre otras cosas, que al leerlas, con toda honestidad lo digo, no me parecían lógicas, se me hacían divertimentos con terminología rimbombante. Sobre todo, porque tanto la teoría o las formas que leía eran refritos de teorías y postulados artísticos bastante añejos, digamos, disertaciones con tufo de los años 60 en el siglo XXI. En este sentido, batallé bastante en mi pragmatismo por entender qué era la dramaturgia contemporánea en ese momento. Soy mexicano sí, pero por mi vecindad con Estados Unidos leí primero a autores estadounidenses que a mexicanos, no me apena decirlo. Después descubrí que Sergio Magaña, Juan Tovar, Salvador Novo y Óscar Liera nada tienen que pedirle a los dramaturgos de otras tradiciones. Y tal vez soy un personaje decimonónico, pero siempre apostaré por la estructura aristotélica de inicio, los griegos, por Lessing, por escribir con coherencia. Una vez que logras eso, dar el salto hacia la abstracción es inmediata y sin discursos de “ingenierías teatrales, arquitecturas escénicas, paradigmas y nuevos lenguajes», demagogia pura que vende bien. 


El peligro de las modas está en la repetición de la fórmula y los temas. Hubo una obra llamada La noche árabe de Roland Schimmelpfennig que tuvo gran impacto en el teatro mexicano del centro del país, por lo menos leí cinco obras copiadas al pie de la letra en un afán de los hacedores por ser contemporáneos. Así que al darme cuenta de eso entendí que, si no me interesaban ni esas formas ni las temáticas, debía de ser fiel a mi propio impulso y sensibilidad. De modo que hasta la fecha únicamente escribo acerca de la vejez, el tiempo, la guerra, la política y la soledad, son los temas que retratan a la naturaleza humana como la entiendo desde mi realidad de origen. Mejor aún, son las preocupaciones existencialistas que me ocupan y siempre intento explorar a partir de la lengua, del lenguaje y no de la forma, ni del espacio, alejado de las estructuras obligadas pues… de qué me sirve llenar una hoja de dibujos o palabras volando, cayendo. Sobre el escenario lo que vendes en el papel no es lo que queda al final. Así pues, ¿escribimos para el papel o para las tablas? No invento el hilo negro, ni intento aleccionar, cada quien descubre cómo debe trabajar para ser fiel a su propia naturaleza.


Mi anhelo es seguir escribiendo, consolidar el equipo de trabajo de Calypso Producciones con mi amiga y hermana Graciela Cázares. Hacer teatro bajo nuestras propias condiciones hasta donde sea posible. Crear un equipo de trabajo estable… llegar a la escena siempre.

Describe tu quehacer teatral en tres palabras. ¿Qué hace de tu forma de habitar el teatro una práctica singular y distinta a las demás?

Soy bastante honesto con mi escritura. No vendo espejismos, ni discursos para sonar más inteligente; sencillamente escribo desde una necesidad por explorar el caos humano que de alguna forma le otorga una lógica a mis problemáticas personales. Me gusta el perfeccionismo al escribir. Cada obra que he escrito pasa por un largo proceso de edición. No me gusta soltar obras a medias, me tardo, claro, pero al ser las palabras los detonantes de la acción y la progresión, éstas para mí deben ser las ideales, aunque por supuesto siempre perfectibles. Además, el perfeccionismo es subjetivo. La coherencia es fundamental para escribir. Intento no traicionarme a mí mismo, no repetirme y tratar de escribir así como lo expongo cuando doy un taller. 

Lo único que tal vez puedo hacer diferente a los demás está en la exposición de los temas, en las preocupaciones del alma. Todos podemos escribir, la única diferencia entre unos y otros es la sensibilidad, además del estilo, eso no puede copiarse fielmente.

¿Cuál consideras que es la importancia del teatro en este momento histórico?

Lo primero que preguntaría es: ¿bajo qué contexto? ¿En el contexto pandémico o político? En ambos casos vivimos un momento caótico y existencial parecido a la posguerra de la Segunda Guerra Mundial. Previo a la pandemia, vimos en Europa el resurgir de la extrema derecha, del racismo radical por la necesidad nacionalista de varios países que están de nuevo en una búsqueda de identidad de frente al mundo. Lo cual es un peligro inminente por lejano que parezca. Pareciera que lentamente vamos de regreso a la guerra fría, pero ahora además sumando el universo virtual que es más maleable. En México vivimos un cambio político de proporciones épicas y no positivo del todo. Creo que en nuestro contexto hace falta bastante crítica y honestidad para decir si en verdad vamos bien como país. Creo que no, pero, vaya, mis razones tengo y no intento convencer a nadie.


La pandemia es un mal mayor, una limpia casi mística de la naturaleza sobre el ser humano. Hoy los humanos tienen miedo de otros humanos, algo divertido que puede dar muchas ideas para escribir. No me preocupa tanto la muerte como la permanencia en un mundo cada vez más desolador. La tarea del teatro, en todo caso, está en dejarnos de estupideces y escribir con verdad acerca de cada una de las cosas que nos duelen y afectan, sin impostaciones. Ser sucios… la pandemia en sí misma es suciedad… el arte en sí mismo al estar vivo está relacionado con toda aquella podredumbre, sudor, humores, sentimientos que son metáforas de la enfermedad. Las aristas pandémicas y políticas son infinitas, basta con pensar como hacedores teatrales a qué estamos dispuestos a confrontarnos. A decir la verdad de frente.

¿Qué crees que debería cambiar en nuestro modelo teatral?

Hay que perder el miedo a ser mexicanos, entender que nuestra realidad es exactamente igual de poderosa y universal que aquella de los alemanes, españoles, franceses, ingleses, et. al. Sigo viendo bastante negacionismo cultural. ¿Por qué huimos de nosotros como cultura, acaso no tenemos las mismas problemáticas que los extranjeros? México es más que cultura prehispánica, penachos y mantas sobre la piel, ese es un malentendido.


De las últimas generaciones, esas de las cuales aprendí, David Olguín, Hugo Salcedo, Jaime Chabaud, Luis Mario Moncada, entre otros, nos han enseñado a no temer a lo mexicano, a explorar la vías del discurso nacional. Ni qué decir de Víctor Hugo Rascón Banda, podemos estar de acuerdo o no con sus formas, pero sus logros son mayúsculos. 


Alguna vez tuve un encuentro público con Mike Bartlett, dramaturgo inglés, aquí en la Ciudad de México. Lanzó unas instrucciones bastante desafortunadas a las que ninguno de los asistentes replicó. Dijo: «Soy inglés, clase media, puedo hablar de problemas de pareja, política porque esa es mi realidad; ustedes como mexicanos hablen de lo que son: Frida Kahlo, Diego Rivera». Yo pregunté si, al no ser ingleses, no podemos abordar otros temas que no fueran los que él sugería para los mexicanos. Guardó silencio. 

Si no alzamos la voz, corremos el riesgo de continuar siendo una colonia a la cual se le puede vender cualquier moda a cualquier precio, como siempre ocurre. Es tiempo de confrontarnos con aquello que estamos haciendo mal y no ser consumidores solamente, sino exportadores combativos de nuestra cultura escénica. Perdamos el miedo inclusive a nuestros nombres.

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