Placebo para el pueblo criminal de México

¿Contra el crimen? Por supuesto. Debemos participar de la idea de poner un alto al crimen y la violencia sin importar su representación, inclusive cultural. Creo que estamos de acuerdo en que nuestros ideales, como piezas móviles del pueblo que habitamos, nos guían de forma expedita y obligada a la desaparición del crimen mediante su combate total, frontal y salvaje (entiendo si mi postura no es popular, pero no me retracto); sin embargo, las “buenas conciencias” combativas, en su cosmopolitismo progresista, se oponen a luchar contra la criminalidad, ejercida por la gente del pueblo, con tácticas agresivas. Después de todo, seguimos a la espera de participar en el escenario internacional dentro del refinado canon del primer mundo y el salvajismo no es bien visto en las tertulias políticas de los derechos humanos. Pero ¿qué crímenes se deben combatir y cómo? En todo caso ¿qué es un crimen? Tarea personal.

Sin entrar en detalles, pues es tema trillado y conocido, a lo largo de la última década se han confrontado hasta el cansancio, con marchas y diatribas intelectuales un tanto oportunistas, la sociedad civil contra la idea de la “Guerra contra el narcotráfico”, conceptos y acción de choque acuñados en 2006 por el gobierno de Felipe Calderón Hinojosa. De esos catorce años posteriores a la declaración de “guerra”, se contabilizan 121 mil 35 muertes violentas durante el mandato de Calderón Hinojosa y 150 mil 992 ejecutados en la presidencia de Enrique Peña Nieto. En la actualidad, bajo el gobierno de Andrés Manuel López Obrador, el conteo de muertes derivadas del crimen rondan las 56 mil 603, según datos del Secretariado Ejecutivo del Sistema Nacional de Seguridad Pública (https://bit.ly/2F1Zssc).

Esa es la realidad del México contemporáneo, a viva voz, aunque la violencia del crimen organizado a lo largo y ancho del país lleva décadas instaurado en la médula de las familias que conforman a la sociedad.

Cuando hablo del oportunismo cultural e intelectual me refiero a que, desde el inicio del mandato de Felipe Calderón Hinojosa, el narcotráfico tomó un auge sin precedentes por su apertura hacia la masa en las entrañas del país. Pronto, desde intelectuales, escritores, poetas, actores, músicos, y otros tantos programas televisivos, cedieron al fenómeno, llamémoslo así, del auge presente de facto de la violencia de México. El narco en su acepción latina de héroe. Se repartieron premios y reconocimientos a escritores y académicos del centro de la nación que hablaban desde el romanticismo en su exposición de una problemática que podía resumirse en todas sus tesis como “el narcotráfico y el crimen (organizado o no) muestra la decadencia del Estado”. Vaya descubrimiento, cuando en los estados del norte y centro occidente del país la problemática enraizada en la realidad de las familias no generaba mayor novedad, con o sin guerra contra el narcotráfico. La violencia y el crimen se convirtieron en productos culturales de consumo masivo y aplaudido.

El oportunismo de las buenas conciencias es un tanto divertido en su exposición. Las marchas, los conciertos, las diatribas de intelectuales que repudiaban las acciones políticas anticrimen de los presidentes, se enfocaban en reprochar la estrategia de choque. En efecto, en retrospectiva, la estrategia no fue la adecuada (aunque hasta la fecha no conozco una sola estrategia efectiva contra el crimen; quizá habría bastado la inteligencia financiera, pero no). Sin embargo, fue una acción desesperada por parte del gobierno por controlar la seguridad de un país, cuyo gobierno sigue desesperado y ahora el pueblo junto con él. A pesar de lo descarnadas que pueden ser las bases intelectuales, así como el resto de la ciudadanía (matizo y no generalizo) estas forman parte del problema de la violencia en el país tal vez de forma ignorante, no obstante activa, y de manera tácita aceptada.

En su “Segundo tratado sobre el gobierno civil”, John Locke explora la idea del crimen como las acciones que violan la ley y desvían de su cauce la norma de la razón, por lo que el hombre, en la medida de su fechoría, causa daño a una persona que es perjudicada por el crimen cometido. Tomando como punto de partida esta disertación de Locke, ¿en qué estadio de la criminalidad se ubican las masas de la sociedad civil, artística e incluso política del país? En semanas anteriores dejé clara la idea, por lo menos para estos ejercicios, del concepto de la Corrupción como un laberinto unívoco que no deberíamos definir sólo a partir del delito, sino que su concepción y arraigo en nuestra casta o cultura inicia con nuestras acciones de supervivencia.

Durante las marchas, mítines masivos en las explanadas a nivel nacional que se daban como protesta contra el despertar intempestivo de la violencia en México por la estrategia Calderón Hinojosa, llamaba mi atención que la misma avanzada artística, intelectual y civil que pedía (y pide hasta la fecha) el cambio de estrategia para luchar contra el crimen forma parte, en su mayoría, de las bases económicas que dan vida al crimen organizado.

Entro al ámbito moral/ético en este sentido: ¿Acaso las drogas, la cocaína, la mariguana, el cristal, los psicotrópicos et. al. utilizados/consumidos en la tertulia bohemia donde se compone y redirecciona el mundo desde el idealismo (democrático, humano, artístico, zapatista, feminista, anárquico), crecen libremente en los árboles de las ciudades que husmean los perros? Más allá del alcohol, toda droga está prohibida en el país. Así pues, ¿a qué juega el pueblo cuando pide la eliminación del crimen organizado, pero sigue manteniendo sus actividades lúdicas, que rayan en la criminalidad y soportan el entramado contra el que protestan? No veo la lógica ni un ápice de verdad… es un terreno pantanoso. En varias ocasiones, al plantear esta idea, la respuesta es: ¿cómo puede afectar a la sociedad que compre un gramo de coca?

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Las estampas del teatro de la violencia

“Los bosnios”, de Velibor Čolić, es una novela corta que materializa sin poesía un breviario de miseria humana. Las escenas que refiere la obra engloban la historia trágica de la última Guerra de los Balcanes también conocida como las Guerras Yugoslavas o la Tercera Guerra de los Balcanes, estampas irreales de una violencia extrema que no respeta edades ni sexos. El conflicto que desencadenó la confrontación en 1991 inició con el recelo étnico de castas, aunado al choque religioso entre musulmanes y cristianos, en Bosnia y Serbia, aunque fue una pugna por conquista territorial, con Kosovo como foco del problema centenario. Supongo que Peter Handke, el ganador del Nobel de Literatura, tenía claro el conflicto cuando decidió apoyar al presidente serbio Slobodan Milošević, un acción que le ganó el repudio de la gente.

Entre las múltiples escenas de dolor que surgen de la realidad, apunto tres que concretan el universo de Čolić: la muerte de un jorobado por empalamiento para enderezarle la columna vertebral; el asesinato de una niña que yace boca abajo violada-desnuda, dentro de una revolvedora de cemento; y el relato de un tipo que se balancea en un columpio jugando con la puntería del francotirador enemigo. Las anécdotas del autor nos confrontan con un mundo violento, tanto, que huimos de sus palabras irreales. Al leer la historia de estos pueblos entendemos que las disputas ideológicas son fundamentales del ethos eslavo. Lo que nos muestra Čolić es un reducto del salvajismo que inconscientemente romantizamos pues el caos marcial europeo tiene estirpe.

Durante el mismo año del conflicto balcánico, la prensa internacional transmitió un video en el que se apreciaba la golpiza que la policía de Los Ángeles, California, en Estados Unidos, le propinó a Rodney King, un conductor negro de ese condado. Posteriormente, en 1992, cuando los policías que agredieron a King fueron sentenciados con penas mínimas y exonerados, iniciaron los disturbios de la comunidad negra que desaprobaba y despreciaba el veredicto de la corte. Los tumultos se tornaron agresivos porque revivieron las disputas racistas de los núcleos asiáticos contra la población negra, que le prendía fuego a los negocios orientales y golpeaban a cuanto blanco encontraran en su camino.

Hay un instante que quedó grabado en video para la posteridad. Mientras un hombre negro permanecía en medio del caos con un auto incendiándose a sus espaldas, daba instrucciones comunitarias sencillas: “jodan a los asiáticos, no a los mexicanos, ni a los latinos”. En efecto la turba destruyó en su mayoría negocios orientales respetando los Taco shops de la zona. Esto tiene su relevancia porque, por nimio que parezca, ambas comunidades durante décadas asumieron con entereza, mas no con estoicismo, la violencia ejercida en su contra por su condición de minoría en Estados Unidos, cumpliendo el obligado sueño americano en la tierra de la libertad. Hoy se vive otro punto de quiebre histórico con la muerte de George Floyd a manos, una vez más, de un policía con entrenamiento marcial.

Meditemos sobre ambas comunidades. Los núcleos latinos, en este caso los mexicanos, han jugado un rol fundamental en la economía estadounidense como mano de obra barata, vaya revelación, que ha luchado por lograr la permanencia y protagonismo en la vida política, social y cultural de Estados Unidos. No olvidemos que los mexicanos formamos parte de la historia de ese país, esa tierra nos fue propia, detalle a considerar, no olvidemos el siglo XIX. Pero la nuestra es una cultura maniatada en esa tierra ahora sajona, ya que no se nos debe nada.

A decir de las comunidades negras, estas continuarán relegadas porque llevan a cuestas el estigma de la esclavitud. Son hombres y mujeres extranjeros, sin tierra firme, que caminan sobre islas minúsculas que apenas ganaron al lograr su libertad en siglo XIX, y apoyados por su Movimiento por los derechos civiles en la década de 1960. Reconozcamos que Martin Luther King generó una revolución para que su raza buscara el protagonismo intelectual a partir de su doctrina cristiana-protestante, mientras que César Chávez concibió un cambio que estructuró al pueblo mexicano en Estados Unidos, pero su movimiento católico fracasó. La diferencia estuvo en la interpretación de la doctrina: en una se lee la biblia, en la otra te la recitan.

Negros y latinos comparten el estigma de la raza. Ambos luchan por conquistar espacios, por derribar mitos; sin embargo, allá el mexicano no asciende al poder, digamos a la presidencia, porque es un campesino por tradición que cobra por piscar en los solares, no hay culpa del patrón. La raza negra se hizo de la presidencia, les fue permitido para limpiar las blancas conciencias, pero eso no les garantiza derecho de piso.

Mientras la Guerra de los Balcanes estallaba y la ciudad de Los Ángeles ardía, en Tijuana la generación de los narcojuniors, hijos de familias adineradas, dominaban el trasiego de la droga en la frontera norte. Tijuana era una ciudad nada ajena al crimen, pero pacífica, donde se convivía con el narcotráfico sin mayor problema, volverlo más exótico es demagogia. La ruptura de los pactos de palabra de las viejas guardias del narco que se dieron con los nuevos protagonistas como la familia Arellano Félix, patrocinadora de los narcojuniors, según lo documentó Jesús Blancornelas, director del semanario Zeta editado en Tijuana, fue la antesala de este periodo de violencia en el país, que posicionó al narco como una entelequia de gobierno alterno que explora otras vías de la democracia y la religión.

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