La república amorosa

No pretenda tocarme, señor, aquí no hay nada sino viento. Luego el silencio. Esta es una confesión de dolor, de un amor imposible entre el músico y compositor, ícono de la viola da gamba Monsieur de Sainte-Colombe, y el espectro imaginario de su mujer fallecida que lo visita noche a noche mientras toca su viola e intenta imitar con sus melodías el lamento de los muertos. Esta breve e inolvidable escena es de “Todas las mañanas del mundo”, del novelista francés Pascal Quignard, que después llevó al cine Alain Corneau. Tanto la novela como el filme, son obras maestras que abordan el concepto del amor desde la imposibilidad de poder nombrarlo, apenas sentirlo, hasta la médula. Disculpen mi atrevimiento. La escena más romántica y sensual de la literatura universal la escribió el escritor japonés nacionalizado inglés, Kazuo Ishiguro, en su obra “Lo que queda del día”, que cobra vida gracias al director cinematográfico James Ivory y que reúne al viejo mayordomo de un aristócrata con una ama de llaves que lo descubre en la privacidad de su estudio leyendo novelas amorosas so pretexto de enriquecer su vocabulario. El mayordomo descubierto oculta el libro que la ama de llaves, enamorada del caballero, le arrebata con supra delicadeza mientras sus rostros guardan cinco centímetros de distancia, sin romper las formas. El mayordomo se sonroja, y ella no tiene más que decirle a un hombre descubierto en su fragilidad espiritual.

Vale la pena releer ambas obras y escudriñarlas no únicamente por el discurso que he reducido a propósito del amor (¿acaso negaríamos esa pasión al pie del cadalso?), sino porque en ellas subyace el espíritu del deber y la obligación social que le debe el pueblo al estado monárquico o político y no al revés.

Monsieur de Sainte-Colombe, un hombre descrito como un ermitaño que se dedica a componer sus centenares de piezas, y dar algunas clases y recitales, se ve atacado por un clérigo de la corte de Louis XIV quien, al escuchar acerca del virtuosismo del maestro, lo urge a pertenecer a la corte del rey porque, de lo contrario, su talento mismo no tendrá más valor que el aroma fétido de los peces muertos de los mercados. Ante las declaraciones del abate, Monsieur de Sainte-Colombe monta en ira y lo corre de su casa a empujones. La venganza es sólo una, nunca más vuelve a dar un recital, ni llegan los alumnos a su puerta. El rechazo al poder lo sumerge en la desgracia.

La vida amorosa del mayordomo y el ama de llaves ocurre durante un periodo de coqueteo entre la aristocracia inglesa con la diplomacia prebélica del Fürher en el denominado período Europeo de la Realpolitik, pragmatismo político dicho de otra manera, posterior a la primera guerra mundial. Según la novela, en ese instante, al menos un grupo determinado de la aristocracia inglesa se inclina a participar en la alianza entre Alemania e Inglaterra frente a las naciones europeas, decisión anárquica sucedida por la Segunda Guerra que lleva a la desgracia a los miembros de ese círculo de Lores fariseos de la patria. Una de las escenas aborda a la perfección el retrato de la clase trabajadora respecto a la  política-empresarial. Un aristócrata le lanza al mayordomo una pregunta tras otra acerca de la diplomacia y gobernabilidad, pero éste no responde pues no es de su competencia. El final es magnífico: “¿Cómo podemos dejar que esta gente tome decisiones por el país si no tienen idea de nada?”, cuestiona el burgués para humillar al mayordomo.

Hace unos días, en este mismo espacio, escribí que “ignorar al pueblo mismo es vencerlo, contrarrestar su voz, castrarlo de raíz, aplicando el desprecio como herramienta de sometimiento, porque en este acto de ninguneo anida la esperanza de ser escuchados”. Continúo defendiendo esa tesis, no cederé y me llamó la atención la gran cantidad de agresiones en contra de estas palabras, me divirtió sobre todo pensar ¿dónde quedó la ‘república amorosa’? ¿Acaso no era esa la tesis del libro “Hacia una economía moral”, publicado por nuestro presidente, con la cual pretendía y cito: “cultivar los mejores sentimientos y actitudes con nuestros semejantes […] regenerar la vida pública de México, mediante una nueva forma de hacer política”?.

Apelando a las palabras de Lee McIntyre, soy honrado en mis análisis, pero no puedo prometer ser ecuánime sobre todo cuando, como individuo del pueblo, percibo los errores que se cometen en aras del bienestar y progreso ficticio de los proyectos del actual gobierno que, aclaro, me incomoda en sus prácticas de la misma forma en que otros lo hicieron. Estoy convencido de que le damos demasiada importancia al presidente, yo el primero. Sería mejor fiscalizar a los miembros de las cámaras que, al igual que el primer mandatario, están más preocupados por las elecciones del 2021 clamando un fraude electoral precoz (cinceladas en la mente del votante ingenuo), que por la pandemia, la crisis económica y el aumento de la violencia. ¿Con qué objetivo gobiernan pues, si los problemas inmediatos no convocan su atención? La posibilidad de la permanencia en la curul es tal que ciega a las bestias políticas, los torna salvajes y en su peregrinar lo avasallan todo: la paz, la unidad y el bienestar de la gente de a pie. El poder absoluto degenera y ensordece. Nuestro pueblo es a los ojos de los líderes en turno lo mismo que el mayordomo de Ishiguro al aristócrata inglés: tan sólo la masa estúpida, peor aún: estadística pura sin necesidades.

¿Dónde quedó la ‘república amorosa’? No existe. Es un concepto mal fraguado, tibio y, por tanto, apto para vomitarse, según el Apocalipsis. La república está perdida entre chismes, dimes y diretes; perdida entre defensas de la primera dama que no existe, pero cuya presencia es férrea entre la sonrisa amable y digital; extraviada en riñas con personajes de las redes sociales que dan batalla; en la victimización y revictimización del mandatario, que no atiende a la regla aprendida en el jardín de niños: ’sin llorar’; en la negación de los problemas que atañen a cada uno de los poderes del Estado; en la muerte a cuestas de infinidad ciudadanos por los recortes presupuestarios a la salud; en la destrucción del aparato cultural, un despropósito en sí mismo, pues hoy la Secretaría de Cultura cumple con tareas de bienestar y no de la defensa de las Bellas Artes; en la aniquilación de las instituciones autónomas, pero impertinentes para el cambio obligado, el INE bajo fuego; está en la negación misma de la anarquía de la república sustentada en un caos autogenerado y proverbial.

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Desgracia de los bárbaros

JM Coetzee es uno de los grandes escritores de finales del siglo XX. Pocos se atreven a esgrimir el contraargumento que invalide la obra literaria, filosófica y política del ganador del Premio Nobel que estremeció con su narrativa a las buenas conciencias sudafricanas blancas y negras que desean, hasta la fecha, olvidar el largo periodo del Apartheid que finalizó en 1994, pero que sigue vigente de manera tácita.

Desgracia”, escrita por Coetzee y publicada en 1999, es una pieza dolorosa, no por la tragedia y la miseria del ser humano que plantea: la vida de David Lurie, el eminente profesor avergonzando y refugiado en la granja de su hija, en alguna parte del país africano, sino porque la obra nos ayuda a comprender que la violencia es una herramienta empuñada con habilidad por las costumbres y tradiciones de un pueblo sin importar cual, acogido por el barbarismo periférico de toda metrópoli. Cualquier arbitrariedad cometida por un municipio pobre y marginado es disculpada por el manto de usos y costumbres, donde habita también la religión.

En la novela de Coetzee, la mujer blanca, hija del profesor, será subyugada por la comunidad negra hasta borrarla del mapa, no mediante el asesinato, sino a través de su conversión en una mujer más del harén pueblerino, su pasaporte para ser aceptada por los “dioses” y la “religión” de la tribu africana. Este hecho es algo que el profesor universitario no comprende y, a pesar de su proceder racional, no logra convencer a su hija granjera para que rechace su destino auto impuesto, como esposa del negro a quien le cederá su propiedad, pues éste la protegerá de la violencia regional y tendrá un nombre entre los parias sudafricanos. Todo esto por dejar vivir a la mujer blanca y educada en ese refugio agreste, apartado de la civilidad. Un fenómeno al que Ralph Ziman, otro escritor sudafricano y cineasta, nombra como el descubrimiento exótico de la pobreza por parte de los blancos que exculpan a sus antepasados.

La realidad en nuestro país no está tan alejada de esta trama africana que a simple vista nos es ajena. Si hablamos de usos y costumbres degenerados por la violencia, tenemos un foco rojo en Tlaxcala, con el tráfico de mujeres, y otro en Oaxaca y Chiapas con las bodas pedófilas y consentidas por los padres de las víctimas. O veamos el caso de Puebla e Hidalgo, por ejemplo, con el crimen arraigado entre sus habitantes de municipios periféricos que apelan a sus tradiciones como salvaguarda para quemar y mutilar a extraños.

Estos pueblos buenos hacen justicia por propia mano en contra de aquello considerado incorruptible en su tierra. A su parecer, delinquir es algo justo porque brinda bienestar a sus pobladores (el robo de combustible es una práctica generacional, por ejemplo en las regiones periféricas del sureste), mientras repican las campanas de las parroquias, o entran en trance los pastores, en apoyo y grito de guerra para abominar, unidos por la fe, aquello que no sea propio o en beneficio de su cultura rural y “originaria”.

Durante las últimas semanas, centenares de médicos, practicantes y enfermeros han sido agredidos por riadas de familiares y enfermos que niegan, unos, la peligrosidad de la pandemia porque es una enfermedad inexistente, otros porque argumentan exaltados que serán contagiados con vileza por el personal mismo que arriesga su vida para salvar a sus comunidades. La ignorancia reina entre todos ellos y aclaro que la falta de sentido común y la educación como un valor moral, que da paso a la estupidez, no tiene nada que ver con la condición social. La riqueza por sí sola tampoco crea buenos ciudadanos.

Hace días, familiares y conocidos de un muerto por Covid-19 irrumpieron en un hospital de Ecatepec, Estado de México, propiciando el caos y amedrentando al personal sanitario porque asesinaron a su “gentilhombre” al suministrarle una inyección letal con la enfermedad de moda. Para cerrar con broche de oro, una de las mujeres, la madre, gritó frente a los medios de comunicación que el virus que provocó esta pandemia no existe… Otra más en la trifulca (al parecer llorando) clamaba a Dios que el personal estaba asesinando a los pacientes. Esto no es propio sólo de esa parte de México, lo mismo ocurre en el norte y otras regiones donde el pueblo violenta por derecho y temor a los trabajadores de la salud.

Aclaremos que lo que generó este caos fue la falta de comunicación de las instituciones sanitarias con los familiares de enfermos en este momento de crisis, sumado a la desesperación e ignorancia o desinterés de la población ante la gravedad de la emergencia sanitaria. Llamó mi atención que entre los argumentos de defensa y apoyo hacia los pobladores de esta región del país se dijera que: “como son de Ecatepec son muy bravos y nadie se mete con ellos”. Esa disculpa generalizada tan mezquina apoya aún más la ignorancia normada del llamado pueblo bueno y lo estigmatiza. Así podemos recorrer todo el país identificando este rostro de la miseria desde Baja California hasta Quintana Roo.

Inocentemente, siempre me he preguntado si existe algún programa o acuerdo internacional que premie a los Estados con mayores índices de pobreza de tal manera que sea necesario mantener a una parte de la población en carencia obligada. Al revisar el directorio de la ONU, en su apartado Fondos, Programas, Agencias, cuento 36 organismos que ayudan a gestionar y reducir la pobreza a nivel mundial (además de las problemáticas que conlleva) que jamás desaparece.

Leyendo las reflexiones de Angus Deaton, Premio Nobel en Economía, entiendo según sus investigaciones que no sirve el derroche de apoyos internacionales en países en vías de desarrollo como el nuestro porque potencia la ineficacia de los gobiernos que creen beneficiar. Vuelven pasivos a los gobernantes y pobladores eliminando las responsabilidades que como sociedad democrática deben atender.

Esto me lleva a cuestionar de manera romántica cómo, después del periodo revolucionario en México, los problemas de subsistencia en las regiones marginadas continúan vigentes, sin importar el gobierno en turno. Las ayudas internacionales con las que ha contado el país a lo largo de los años han beneficiado a ciertos sectores de la población que están económicamente activos, olvidando a las poblaciones en desventaja que son en su mayoría, por siempre, la mano de obra. En esto sí ha fallado el modelo neoliberal que ahora mueve su foco de inversión hacia los programas sociales como se plantea ya en Alemania a partir de la pandemia.

Nuestro país es especialista en formar analfabetas funcionales (que apenas saben leer y escribir), aquellos que habitan en las zonas conurbadas o en las periferias de las grandes ciudades, de las barriadas, donde no se favorece a la educación formal, menos la tecnológica, en serio, y subsiste la cultura del sálvese quien pueda que abre la puerta a la religión. Ni siquiera hablo de Dios en principio, sino de otros rituales como la santería.

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Del fanatismo al amor por la patria morena

El título de la obra de Cormac McCarthy, “No Country for Old Men”, fue traducido por Luis Murillo Fort como “No es país para viejos”, aunque me parece que debió ser “No es tierra para viejos”, ya que la obra misma, a través de la voz de Ed Tom Bell, alguacil al borde de la jubilación y personaje clave de la obra, reflexiona acerca de cómo la violencia que existe en esa región apartada del paraíso cristiano habría sido inimaginable para los viejos alguaciles de inicios del siglo XX. Esos que no llegaron a desenfundar su revólver cuando ejercieron como representantes de la Ley, en el agreste rincón infernal fronterizo dominado por el narcotráfico de finales de los años setenta.

La novela de McCarthy reflexiona acerca del “deber” en sus múltiples facetas. El deber criminal, de justicia y supervivencia. La acción de la obra se detona cuando el veterano de Vietnam, Llewelyn Moss, recupera un maletín con dinero de una negociación fallida entre mafiosos texanos y coahuilenses. La situación se complica cuando entra en escena el sicario Anton Chigurh, que tiene como deber recuperar el maletín a expensas de la vida de quienes interfieran con su objetivo, sin odio y sin revanchismo… tan sólo cumple con la tarea de recuperar un maletín. Podríamos aseverar que es un criminal equilibrado, el punto medio entre el bien y el mal que, por supuesto, ama el combate. Al verse frente a la muerte, en más de una ocasión las víctimas de la novela declaran: “no tienes que hacer esto”, para luego ser abatidas, pues no debe quedar rastro de los involucrados en la tragedia.

Conforme avanzan los meses, entre pandemia, criminalidad, ocaso económico, confrontaciones geopolíticas entre el agonizante Estados Unidos y la resentida China, y el resurgir de los grupos neonazis dentro del ejército alemán con el sueño de hacer realidad el “Día X”, las propuestas de nuestro gobierno, se tornan absurdas al grado de someternos por medio del discurso oficialista a la condena de vivir adentrados en tramas infantiles, sin reglas éticas ni morales, donde todo puede suceder.

Hemos comenzado a perder el sentido del humor por una urgencia apocalíptica que nos obliga a cuestionarnos: ¿Qué pasará el próximo año? Si bien la caída económica está presente, no será sino hasta el 2021 cuando tocaremos fondo, quizá. No obstante, el subgobernador de Banxico, Gerardo Esquivel (de las pocas voces a veces coherentes dentro del actual gobierno), pide al pueblo tener paciencia pues no estamos tan mal. Nos hundiremos, sí, pero saldremos a flote hacia el 2022 cuando se logrará recobrar la estabilidad previa a la pandemia, lo cual tampoco es un logos económico para presumir. Vamos todos en un mismo barco hacia el desierto marino, donde cada navegante canibaliza lo que puede.

Conforme pasan los meses, aparecen y desaparecen voces de la resistencia del gobierno actual como Hernán Gómez Bruera, apologista caído de la gracia del poder de forma intempestiva, que desde la barrera admira a Gibrán Ramírez. Otros, como Katu Arkonada, el más articulado (o combativo) en su defensa de la izquierda viciada; Abraham Mendieta, el gesticulador político; Estefanía Veloz y Andrea Chávez, las jóvenes feministas de la izquierda; entre otras figuras de bajo perfil, se empoderan en sus reuniones a lo largo y ancho del país preparando sus bases o cuadros políticos al grito de “Calderón a prisión”, una nada brillante estrategia de confrontación política que es posible gracias al trabajo de Gonzalo López Beltrán, hijo del presidente encargado, cual guerrillero ideológico, de crear durante la campaña electoral de 2018 una red excepcional de operadores en cada estado de la república que hoy rinde sus frutos y sus fallas. López Beltrán es el abogado del diablo al que pocos temen, pero no hay que perderlo de vista.

Entre las frases aprendidas a lo largo de los años hay una atribuida a Vladimir Ilich Lenin que tiene bastante sentido en este momento histórico: “Los extremos se tocan”, razonamiento del soviético que parte de una lectura apasionada de la obra del alemán Georg Wilhelm Friedrich Hegel. En sus “Cuadernos filosóficos”, Lenin reflexiona acerca de la dialéctica (tesis, antítesis, síntesis) de Hegel argumentando que, una vez cumplidos los pasos del movimiento dialéctico, se retorna a un origen primigenio de las ideas que se contraponen entre sí para generar conocimiento verdadero, según el contexto. Esto es, cuando las ideas, o ideologías (como, por ejemplo, la extrema derecha y la izquierda radical) se encuentran, en ambas hay rasgos que se identifican y al mismo tiempo se repelen para crear revoluciones o cambios desmedidos. El planteamiento es genial, sobre todo cuando escuchamos una y otra vez la frase del ejecutivo “no somos iguales”, que, si los personajes antes mencionados lo entienden, sabrán pues que forman parte del mismo problema que combaten desde su trinchera a gritos incoherentes.

Steve Bannon, uno de los grandes estrategas políticos de la extrema derecha estadounidense, fue una de las mentes detrás del empoderamiento de Donald Trump desde la publicación periódica de Breitbart News. Bannon es un defensor del nacionalismo extremo que culpa a la economía de llevar a la quiebra moral a todos los pueblos del mundo y que apuesta por el aislacionismo y un control marcial de los gobiernos sobre los pueblos. Durante el brevísimo tiempo de gloria de Trump, Breitbart News tuvo el apoyo de otra celebridad del mundo virtual de nombre Milo Yiannopoulos, un apuesto hombre blanco homosexual de la ultraderecha que impulsaba la agenda joven y daba voz al movimiento neonazi en Estados Unidos.

Mientras que Bannon pasó de dar conferencias magistrales a formar parte del gabinete de Trump para luego renunciar, cansado del lirismo de Trump, Yiannopoulos pasó de ser un enfant terrible de la política estadounidense que lanzaba consignas contra los gobiernos demócratas en plazas públicas y universidades, a ser un apestado por sus declaraciones pedófilas, lo cual acabó con su brillante carrera al no entender los límites del pueblo mismo. Bannon se mantiene activo promoviendo su agenda nacionalista en Europa, mientras que el joven rebelde Yiannopoulos se lamenta en redes sociales por la nula repercusión de sus ideas en la cultura que lo ensalzó hace apenas cuatro años. Y aunque ambos fueron encumbrados por el periodismo, son acérrimos enemigos de la prensa crítica hacia el extremismo ideológico contrario a su juego discursivo.

De regreso a “No Country for Old Men”, en específico a los personajes Anton Chigurh y Llewelyn Moss, ambos son el retrato de la naturaleza del pueblo que vale la pena analizar. Moss, es un tipo común y corriente que vive en una casa rodante y que, al ver la oportunidad de hacerse del dinero que yace al lado de cuerpos en descomposición, no duda en tomarlo por el bienestar que le otorgará. A éste, la guerra no le hizo justicia y debe buscar todas las posibilidades infinitas para subsistir. Chigurh no entiende romanticismos, es coherente con su objetivo y deber: recuperar el dinero y asesinar a quien lo tenga. Su lid pragmática es honorable. Ni uno ni otro polemiza para hacer de su condición un martirio, accionan y con esa tarea nos permiten comprender los motivos que impulsan la progresión de ambos en la historia. No hay mentiras, orgullos malentendidos, ni deseos ocultos, sino objetivos que te permiten validar las trayectorias de ambos sin paternalismos. Bell, el alguacil, es la conciencia que nos invita a reflexionar cómo las pasiones humanas lo destruyen todo… y en la política aún más.

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