El vuelo de los cerdos entre las moscas

La cabeza del jabalí clavada a la estaca como ofrenda y los moscardones que la rondan con sus agitados zumbidos, la escena misma, es un instante fundamental y simbólico de “El señor de las moscas”, primera novela de William Golding, pieza cardinal del existencialismo inglés de la posguerra, escrita por el veterano de la Marina Real británica; autor que participó en la batalla de Normandía pilotando una lancha de desembarco desde la cual lanzaban cohetes hacia la playa enemiga. Golding escribió una obra concisa que hace del naufragio el detonante idóneo para la desgracia arraigada en la creación de una sociedad salvaje y juvenil en una isla en medio de ninguna parte.

De la novela me atrae el concepto de Sociedad y la lógica bestial e inocente de los niños para establecer el orden en su solitaria existencia oceánica que, tarde o temprano, necesita de un ente sobrenatural al que temerle, sólo que Dios jamás llega al encuentro, no hay altares y la fe se perdió con las mareas. Es el demonio no obstante, el instinto de supervivencia real e imaginario, quien reina en la isla y desata el holocausto. Del imaginario de Golding me entusiasma, hasta la fecha, la tragedia generada por esos inexpertos escuadrones de críos y adolescentes que trotaban por la selva cazando, mutilando bestias y subyugando a la naturaleza. Eran libres para devorarlo todo incluidos ellos mismos sin reparos, pasando del juego a la risa y al asesinato sin dudarlo.

Cuando erigen la cabeza del jabalí en medio de la selva se arraiga el espíritu pagano, en términos cristianos, de rendir culto al animal que asesinaron para alimentarse, además de brindarles paz espiritual; es la imagen del Baal bíblico en carne y hueso que encuentra un hogar en la tierra a través de quienes son dueños del reino de los cielos. Con el paso de los días, los críos y adolescentes, al igual que las moscas, rondan la cabeza decapitada de la bestia que se pudre al tiempo que su sociedad isleña se fractura, hasta llegar al frenesí: se asesinan los unos y otros. Instinto salvaje que se reprime al momento que aparecen los adultos en la playa y rompen el encanto de la Sociedad infantil, Dios no ha muerto.

Según la Real Academia Española la Sociedad se define como: “un conjunto de personas, pueblos o naciones que conviven bajo normas comunes”. Entiendo que la sociedad no es una comunidad porque no busca un bien común. La Sociedad se compone por individuos, digamos, diferentes entre sí que intentan consolidar un fin personal utilizando a otros que buscan los canales necesarios para cumplir con sus propios objetivos, seamos románticos y digamos sueños. En todo caso, la Sociedad es un espejismo, un péndulo afilado, necesario para cumplir mis objetivos por encima de los otros que necesita de la simulación grupal para mantener su pulso y ficción. ¿Luego entonces qué es la justicia? Qué importa si no somos una comunidad.

El caos en el “Señor de las moscas” inicia con la lucha por el poder entre dos compañeros, uno fuerte y otro ecuánime que gana la jefatura de la manada por la vía democrática que, dicho se de paso, no deseaba el título nobiliario que le brindó la sociedad. El fuerte se convierte en líder de los reaccionarios infantes que se especializan en cazar; quienes participan de su grupo deben elegir entre estar o no con él. Mientras, el jefe de la manada explora la isla y busca que todos estén en paz. Pronto el fortachón lucha por obtener el poder argumentando que su habilidad para cazar lo convierte en el líder natural. Se encapricha al no lograr su objetivo y aumenta la violencia sistemática entre la manada hasta fracturarla.

Macbeth, el rey de Escocia, en la tragedia de William Shakespeare, asesina y pierde la vida por su ambición de poder; aunque atendió al capricho de Lady Macbeth por ser reina. Creonte, el rey de Tebas en ausencia de Edipo, enfermó de poder y luchó hasta el final para no entregar el cetro a ninguno de los hijos del rey ciego y tuvo que jugar tramposamente con la sucesión del reino hasta su muerte. El capitán Ahab, protagonista de “Moby-Dick”, novela de Herman Melville, lucha por dominar con su poderío no sólo a la ballena que caza sino que quiere que el océano se rinda a sus pies, un capricho vuelto fanatismo. El Poder es una droga caprichosa que tiene en el infantilismo su raíz.

Formamos parte de esta sociedad, no hay argumento que invalide esa premisa. Ejercemos funciones acorde a las reglas que asumimos sin cuestionarlas inclusive en desacuerdo. Ejercemos la ecuanimidad que nos aleja de la confrontación. Nuestros deseos se cumplen a cuenta gotas y así conquistamos el derecho a coexistir a pesar de los demás. Cedemos amargamente nuestro albedrío idealista para ser funcionales aunque reprimidos en nuestras pasiones más elementales. Participamos de la religión o creencias paganas para sentir pertenencia. La única forma de escapar de este control implícito es marchándonos a una isla al fin del mundo, pero ésta le pertenece a una sociedad que plantearía normas. Oh, encrucijada. Atendemos con lo anterior al capricho de otros que dictan las reglas, reunión a la cual no fuimos invitados, de la misma forma que no invitamos a otros a la toma de decisiones de sus vidas, la cadena de mando social se mantiene erguida.

¿Al capricho de quién reaccionamos en la sociedad y qué obtenemos a cambio? ¿En qué momento endiosamos y mantenemos en el poder a personajes que no sirven a nuestros objetivos? ¿Qué nos hace respetar la noción de Estado? ¿Qué es aquello que no podemos cuestionar? Son preguntas demasiado obvias que no articulamos y que no tienen una sola respuesta. Todos los días mi hijo, siete años, hace lo que le pido y ordeno, cuestiona porque sabe reñir, al final se rinde a la autoridad. Hago de él un individuo que respeta normas a regañadientes, que cumple ciertas tareas y deberes, le enseño vías cortas para solucionar problemas, pero sin duda lo obligo a razonar; no le enseño comportamientos heredados de la conquista, no hay sumisión. No refuerzo el servilismo, ni ideas religiosas que no cuestione, intento que no cometa los mismos errores que yo por mi educación, y no le oculto la realidad: un muerto es un muerto, un miserable es un miserable, el lenguaje es lo que es, no escondo sus significados en la realidad.

Me pregunto: ¿por qué me hace caso ese niño de siete años? Quizá porque le doy cobijo, le cumplo deseos, de vez en cuando lo regaño. Para él simplemente soy un adulto. Recibí una educación mucho más férrea que aprendí sin cuestionar; mi madre aún peor y la cadena se extiende hasta el pasado finito cuando se superponía la violencia del más fuerte que ejercía su poder contra la tribu que lo encumbró y que nadie cuestionaba por miedo a convertirse en un marginado; en este sentido, el origen de la sumisión que mantiene en pie a la sociedad es el miedo. Nadie es más temeroso que un niño desarraigado…

El cineasta húngaro, István Szabó, hace un planteamiento aterrador acerca de la convención de la humanidad frente al miedo. En su película “Sunshine” (1999), narra la experiencia de un prisionero judío en un campo de exterminio que estaba custodiado, junto con sus compañeros, por sólo 13 guardias; dos mil judíos no pudieron sublevarse contra ese número de escoltas. La respuesta que dio el hombre por no haberse rebelado fue que, para poder sobrevivir, debían mantenerse unidos, tenían tanto miedo que no actuaron por no saber cómo sobrevivirían a la libertad, así que ni uno solo fue capaz de actuar por miedo a sentirse fuera de la manada, de la sociedad. Se puede argumentar que fue un momento fuera de lo común, pero inclusive antes de entrar en cautiverio esa población de judíos estaba paralizada por el fanatismo violento de quien ejercía el poder sobre ellos, sus propios líderes sociales.

El fracaso de los críos belicosos de Golding se debe al infantilismo que dominaba a las bases de la oposición que quería dominar el juego de mandar a como diera lugar, generando pánico. Los niños todos eran las moscas que acompañaban a la cabeza vetusta del jabalí hasta secarse. Nosotros somos, en nuestro ideal de sociedad, esas moscas que rondan la carroña del ídolo erigido por nosotros mismos, del gobernante que nutre nuestra imaginación y espíritu con sus sueños pedestres. Somos un instrumento para sus objetivos pero tenemos prohibido soñar lo propio para cumplir nuestros deseos y, en ese sentido, no se cumple el objetivo de la participación del individuo en la sociedad.

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