El rumor en la sociedad

Afuera está el caos. Desde el quinto piso del edificio donde vivo advierto, a través de los ventanales, cómo la cotidianidad emprende la marcha sin esperar semáforos ni recomendaciones del gobierno. El temor a la pandemia es cosa del pasado, lo fue desde los primeros dos meses, no mintamos. Subsistir a pesar de la tragedia y el declive económico es una labor titánica por demás exasperante. Hasta la fecha, cientos de miles han muerto por la pandemia y dependerá de la religión profesada el nombre del sitio donde morarán esos muertos ahora hechos recuerdos de familias destrozadas. A pesar de la muerte ineludible el mundo gira y sin importar educación o nivel socioeconómico el uso del cubrebocas como salvavidas es despreciado. Un símbolo más que nos enseña cómo la civilidad es una utopía. La estupidez reina por encima de la razón.

Mientras escribo esto, algunos poblados de Tabasco yacen bajo el agua; la gente exige ayuda que no llega y la violencia organizada se corona a lo largo del país. Así, la política nacional indeterminada sucumbe ante su propia indefensión idealista, que no concreta las propuestas ejecutivas presumidas en campaña. Siendo justos, el combate a la corrupción es el único bastión funcional del gobierno que se agota conforme se pierde la validez del discurso oficialista que perdona a unos y condena a otros. En muchos casos el gobierno es un rumor que no forma parte del interés real de la población de a pie, sin embargo, es un mal necesario porque le imprime valor a la moneda con la cual se come.II.

“Conferencia en la noche” (1949), obra pictórica del estadounidense Edward Hopper, retrata nuestro momento histórico de contemplación, contrastes y discusiones sociales y políticas con profunda delicadeza. La totalidad de la obra de Hopper impresiona por el manejo de la luz y las sombras apenas sugeridas que otorgan una carga de nostalgia a las escenas que plasma sobre sus lienzos. Las piezas son de una tristeza profunda bajo el contexto existencialista porque rayan en el absurdo gracias a las tareas rutinarias de sus personajes; que esperan, piensan y monologan silenciosas al contemplar el bosque, al amante, las avenidas, la sillas vacías o leen el periódico como un pasatiempo previo a la caída de la noche. Si habitáramos esos lienzos esperaríamos impacientes la consumación de la pandemia.

Los artistas de la posguerra del Teatro Europeo convergen y dialogan con el mundo asistidos por la embriaguez de su soledad. El idealismo del absurdo domina la escritura; el caos y la contemplación a las artes plásticas; y el llanto contenido, en el mejor de los casos, a la música. Vera Lynn sería el ejemplo de una voz que pacificaba las trincheras y al finalizar la guerra seducía a los miembros de la Marina Real Británica. “Conferencia en la noche” forma parte de esa herencia de recomposición espiritual y reconstrucción de la opinión del pueblo frente a su realidad. El lienzo nos presenta a tres trabajadores textiles. Una mujer y dos hombres conversan en un salón donde al fondo se observa una oficina de madera que bien podría ser un confesionario. De la reunión no podemos inferir mucho. La mujer escucha con atención al hombre sentado sobre la mesa y el tercero, que no sabemos si arriba o se marcha, se mantiene a la espera. La luz que entra por la ventana brinda el halo de misterio al hablante que bien podría estar narrando un cuento, planificando un golpe de estado o una rebelión sindicalista.

La fuerza de esta pintura, más allá de su perfección, está en su contexto histórico. En lo que significó para los espectadores culposos vivir atemorizados por llegar a ser señalados como comunistas en Estados Unidos. Los ciudadanos de la época temían al rumor insustancial que los pudiera nombrar como enemigos públicos. Stephen Clark, el mecenas de Hopper, inclusive regresó al pintor su “Conferencia en la noche” previniendo los señalamientos. No quería ser acusado por tener en su poder una pintura que pareciera invitar a la clandestinidad del comunismo. El mecenas sabía que aún en la Tierra de los libres y el hogar de los valientes bastaba el señalamiento de un fanático para llevarlo a la ruina.

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