Éxodos

Alejándonos del fenómeno migratorio como un asunto sólo de políticas internacionales, es necesario pensar en el sentir de los protagonistas de la trama enjuiciada en vida. Las imágenes de llantos, de madres deshechas por el dolor, de hijos que lloran y gritan, de hombres que mueren o son agredidos en las carreteras y en las cimas de los vagones de carga del ferrocarril son parte de nuestra época, lo mismo que antes lo fueron los éxodos europeos de las pre y posguerras del siglo pasado, de todos los siglos. Los cuadros de los periplos humanos forman parte de nuestra historia. En los cimientos de cada patria está una base nómada, luego sedentaria, que nutre el rizoma de una civilización que a la posteridad logra su identidad. La migración contiene un fuerte grado de victimización agresiva; no mártires sino víctimas a mansalva. El que migra no es sólo el “infeliz”, tengámoslo claro, también hay sedentarios infelices. Alejándonos del reparo determinista de una vida mejor, el “sueño” [y su plural] es motor sin combustible que propicia el movimiento de la humanidad.

Yo crecí en la Zona Norte de la ciudad de Tijuana, a finales de la década de 1970. La casa donde di mis primeros pasos, donde pronuncié las primeras palabras, le pertenecía a mi nana Lupe, una mujer de la sierra de Durango que había llegado a la ciudad durante los años 40. Por las mañanas, ella atendía un restaurante además de cuidar a una señora de la tercera edad. En aquellos años, Tijuana era el lugar de paso de miles de migrantes de México y de sur y centro América… lo es aún. La casa de mi nana siempre estaba habitada por mujeres y hombres que iban de paso en búsqueda del trillado sueño americano o al reencuentro con sus familiares. Era común escucharlos decir: te pareces a mi hijo; mi hijo tiene tu edad. Recuerdo de esos tiempos que la mayoría cruzaba por la canalización de la línea fronteriza previo a la existencia de la barrera metálica. Era monte raso, sin nada más. Otros cruzaban por Tecate, en general todos viajaban por Tijuana a su encuentro con el destino.

Mi nana jamás perdió el contacto con varios de esos viajeros, algunos de los cuales fueron beneficiados con la Ley Simpson-Rodino de 1987. Otros más murieron en la carretera, es un hecho. En ese momento de mi infancia entendía que eran personas que viajaban, pero no comprendía el término que fue construyéndose, eran: “pollos” que un “pollero” cruzaría a Estados Unidos. Otros, casi lo olvidaba, cruzaban por la arena de la playa, pues tampoco existía esa enorme barrera de óxido que ahora divide las aguas. De todos ellos guardo las estampas del dolor, de la falta de sueño, de la sed adelantada por el maratón que deberían emprender cuanto antes, de noche, siempre de noche.

En lo personal no me interesa el destino del migrante, es lógico y sustentado que siempre caminan mujeres y hombres, niños y jóvenes hacia donde piensan que existe un paraíso en la tierra donde serán felices por siempre. Reparo en sus vidas como víctimas, en sus llantos y desgracias; en el racismo que encuentran incluso en su propia tierra. De la migración como fenómeno, de la políticamente correcta movilidad humana lo hemos escuchado todo. Hay libros exóticos y literarios que romantizan el sufrimiento del migrante que todos pretenden entender y “condenar”. Los videos de artistas en blanco y negro son insuficientes. En lo personal, detesto el exótico manejo humanista de la migración donde los “buenos” son los únicos que ganan con las desgracias de los otros.

En la zona urbana de Tijuana, por ejemplo, vaticino que en la próxima década se crearán colonias llamadas: la pequeña Nicaragua, Haití 3, ejido San Salvador, entre otros tantos cúmulos humanos de otras latitudes que, al no poder cruzar a Estados Unidos para cumplir sus sueños, hará de la franja norte de México su lugar de residencia permanente. Los hoteles de la ciudad están habitados por rusos, iraníes, coreanos, entre otras tantas culturas vivas que quizá pronto echen raíces en las avenidas de la ciudad. Cayendo en la obviedad propia del fenómeno, al gobierno mexicano parece no importarle la problemática y la lectura es propia de alguien que sabe perfectamente que los fondos para la atención del migrante se concentran en la frontera sur, cuando la frontera norte es la más urgente y menos socorrida en presupuesto y presencia de la federación.

El año pasado, en el edificio de la Secretaría de Relaciones Exteriores, formé parte de una comitiva que trataba de encontrar una solución a la problemática migratoria del Chaparral, en la garita del lado mexicano. Hasta ese momento, los cálculos diarios arrojaban que unos 400 migrantes eran expulsados en promedio por la garita desde Estados Unidos. La respuesta y propuesta de la responsable de la Cancillería respecto al tema migrante fue: acorralen la zona con malla ciclónica y déjenlos ahí dentro. La comitiva guardó silencio y la responsable de la Cancillería, al ver nuestras caras, desvió la conversación hacia otro tema relevante.

De ese desafortunado encuentro rescato un par de puntos: la migración es un tema exótico que únicamente apela a los funcionarios y “escritores” desde el romanticismo de la existencia de “la gente” que se moviliza para mejorar su vida. Recordemos que, en la medida en que una persona no tenga nombre, su proceder y existencia es nula frente a la masa. Por su condición, los migrantes no tienen nombre, por tanto, no sufren, no aman, no lloran, no tienen sed ni hambre, los derechos están reservados para aquellos que tengan un documento de identidad. Así, la lógica de la funcionaria pública citadina que jamás había puesto un pie en la frontera era bastante extravagante. La migración también es una excelente trama para gestionar culpables y ahorrarse el trabajo sinuoso de aceptar los fracasos de las políticas públicas de cada país. La violencia como resultado lógico de estas fallas.

La respuesta de la funcionaria me llevó a pensar en un mundo utópico, de ciencia ficción. Me explico: el razonamiento de la agente del gobierno fue la de enclaustrar como animales a todos aquellos seres sin nombre, y la ciencia ficción nos ha dado grandes lecciones acerca de cómo hablar de las problemáticas humanas desde la imaginación misma para aminorar el dolor del golpe de realidad. District 9, del director sudafricano Neill BlomKamp, hace un análisis perfecto de la migración desde la perspectiva de la ciencia ficción. En la cinta no son migrantes humanos sino alienígenas varados en la tierra y recluidos en el distrito nueve de Johannesburgo.

En la película, los alienígenas/animales son tratados literalmente como una raza inferior, como una infección que anida por desgracia en la sociedad y de la cual no pueden deshacerse los humanos porque la nave en la cual arribaron está descompuesta. Los visitantes del otro planeta son utilizados como esclavos y prostituidos como conejillos de indias; no tienen voz ni voto y tampoco conocemos sus nombres. La analogía humana se torna salvaje porque es justo en Sudáfrica donde el apartheid se mantiene indemne como el nazismo en Europa y el radicalismo en Estados Unidos. En lo que concierne a nosotros, como mexicanos, el racismo existe de la mano del clasismo que a la fecha repudia colores de piel, apellidos y regiones geográficas.

De vuelta a la cinta, la vida de los visitantes alienígenas se torna útil cuando se descubre que sus extremidades son las únicas que pueden activar las armas que pueden ser utilizadas en la industria militar. Los humanos comienzan a destrozar los cuerpos de los migrantes espaciales y el barbarismo humano sale a relucir.

Lo anterior es ciencia ficción. En el mundo tangible, la funcionaria deseaba meter a los migrantes tras las rejas, como también lo hicieron en Estados Unidos, porque sencillamente no veía en ellos una calidad ni cualidad humana. El gobierno mismo tampoco estuvo presente, salvo en contadas ocasiones, porque un migrante no es un capital político qué presumir. En Europa, el creciente nacionalismo ha ido tornando salvaje el recibimiento de los africanos y árabes hacia tierra occidental. Los cuerpos flotando sobre el mediterráneo o a las orillas de las costas españolas son una metáfora certera del trato de los “hombres” hacia los “hombres sin nombre”. Si el nombre es destino y éxodo/sueño y, si somos sordos al nombre ajeno del caminante, entonces no existe y no tiene destino. Cuando la “sociedad” clama y condena la aparición de los cuerpos de niños ahogados flotando en las costas, de los cuerpos de negros semidesnudos en las orillas de las playas, el espectáculo es un símil de las correrías de las castas salvajes de animales en las campiñas, que pronto se olvidan.

De los éxodos emprendidos por los centenares de visitantes que descansaban en la casa de mi nana rescato sus sueños y su sufrimiento. Ellos para mí siempre tuvieron un nombre, eso es inolvidable: Rómulo, Irene, María, Baltazar, Mateo, Leobardo, entre otros tantos que al verme miraban en mí a sus hijos dejados atrás en sus pueblos, niños con sueños, con sed apenas de un juguete. Aunque tengo esa experiencia de primera mano, y a pesar de haber conocido a mujeres y hombres que lloraban por tener que abandonar México o por haberse trasladado desde Guatemala, desde Honduras, hoy veo el fenómeno migratorio desde la comodidad de un nacionalismo rancio que me dicta como mexicano ver con extrañamiento el éxodo de los otros, de esos que no conozco por nombre. Es de un salvajismo atroz lo que estoy diciendo, pero es cierto.

Entiendo el juego de la separación del fenómeno (o de las problemáticas) para poder funcionar bien como gobierno. Entre más en contacto estés con un problema humano, más propenso estás a que el conflicto te estalle en la cara; no todos tenemos la sangre fría. Retomo el principio de la “soberbia”: en la medida en que validemos el “sueño” de libertad y autosuficiencia de los demás, seremos capaces de entender el derecho a existir de los otros. En la justificación del fenómeno migratorio, el argumento de los cambios climáticos que se avecinan es válido, el auge de la violencia es válido, la falta de trabajo es válida, todo es válido como origen y partida de la migración. No es válido, sin embargo, que una nación desconozca el nombre de sus ciudadanos e ignore así el sufrimiento que llega a encarnar en el rostro de una madre que pierde a su hijo al intentar cruzar una frontera.

Columna publicada en El Universal