In memoriam siglo XX

Siempre he pensado que, cuando muera mi madre, morirá con ella el mundo que conozco. Solos, ambos, caminamos durante décadas porque no teníamos familia cercana. Fue una decisión de vida que tomó ella y más tarde comprendí. Lo que conozco en principio, hablar, soñar, reñir, lo aprendí de ella y a su manera; como todo hijo he intentado con el paso de los años dar vida a mi propia identidad. Sin embargo, soy parte de ella y de mi padre, pero ella me trajo al mundo, por tanto, le debo más. Al quedar viuda me cuidó lo suficientemente bien, me dio educación, gracias, mamá. Soy, como miles de millones de seres humanos, hijo del siglo XX, de un momento histórico irrepetible que revolucionó todos los campos de la tecnología, el pensamiento, la economía y la tecnología militar. Pero ese siglo que nos dio vida ha muerto, su eco pierde reverberación.


En los últimos meses, dejaron de existir algunos personajes de la cultura popular que formaron parte activa de la memoria de fin de siglo. El actor Ray Liotta, el músico Andy Fletcher, y el escritor Domingo Villar, están lejos pero jamás serán olvidados. El primero es ícono cinematográfico, el segundo un músico de vanguardia y el tercero un escritor que dejó huella en su generación. Previo a la partida de estos, partieron otros músicos, poetas, actores, escritores, que nos arrebataron sus voces. Jamás volveremos a leerlos, a escucharlos, a sentirlos. Esto me llevó a reflexionar que todos forman parte de la generación de mi madre, por tanto, ella tal vez pronto partirá. No lo sé, no lo deseo, pero es una posibilidad. A esto sumo que, después de ella, morirán quienes considero mis maestros y pronto mi generación arribará puntual al ocaso. Reflexionar sobre mi propia muerte me lleva a tomar de Rubén Bonifaz Nuño estos versos: “porque soy hombre aguanto sin quejarme que la vida me pese; porque soy hombre, puedo. He conseguido que ni tú misma sepas que estoy quebrado en dos, que disimulo; que no soy yo quien habla con las gentes. que mis dientes se ríen por su cuenta mientras estoy, aquí detrás, llorando”. Aunque son versos que le hablan al amor, los podemos adaptar a la existencia en cualquiera de sus formas.


Mueren los ídolos, los maestros. Muere el tiempo, por supuesto y qué estupidez porque él no muere, perdura, nos marchamos nosotros. El siglo XX fue extraordinario, el pináculo de la civilización, hasta el momento donde la física clásica reinaba, lejana y divertida, de la ingeniería digital que poco a poco se deshace de nuestro cuerpo. Ese fue un siglo de dos grandes guerras y de luchas férreas que separaron países y otros tantos, caídos en desgracia, quedaron a la deriva sociopolítica. Hoy recuerdo, por la cultura popular del siglo pasado, las películas, libros y melodías, las guerras de Siria, Irán, Afganistán, Irak, de nuevo Afganistán, de nuevo Irak; la tercera guerra de los Balcanes.


Fuera de la Guerra de Vietnam no hubo otra que pudiéramos señalar como el fracaso de la humanidad gracias a su espectacularidad. La Segunda Guerra fue el fracaso de la humanidad desde su condición sensible, ninguna otra con ese salvajismo dentro de los campos de concentración que se ocultaron a más no poder. El libro abierto que fue Vietnam nos permitió conocer la miseria casi en vivo… “Live Death”; en esa guerra el gobierno abrió las puertas del infierno a los periodistas que retrataron, cada respiración e instante de una batalla perdida, de hombres lastimados por una política sin sentido. Qué curioso resulta que, en pleno siglo XXI, cuando la tecnología de transmisión es ilimitada, no vemos muertos en nuestras pantallas por el conflicto social, que no guerra, en Ucrania.


Vivimos un momento interesante en el que los ídolos de carne y hueso realmente no existen. Se autonombra alguno que otro despistado, pero no logra llegar a la cima de la beatificación. Hasta la fecha ningún líder social me inspira ni un ápice de confianza. Es terrible. Los políticos naufragan completamente amotinados por sus ideologías que, si bien no convencen a nadie, ahora empujan su idealismo a la fuerza sobre el manto acrítico de la gente. En la medida en que los gobiernos “democráticos” pierden credibilidad buscan y generan agendas que prometen paz más equidad. Dichas agendas son cada vez tan agresivas que generan la repulsión generalizada, excepto de aquellos que piden a gritos “derechos” para el absurdo mismo.


El principio de la libertad radica en que todos podemos pensar lo que nos venga en gana, así pues, ¿por qué debo de estar de acuerdo con todos y todo?, sólo por el temor a ser rechazado, ¿por qué debo cambiar el nombre de las cosas para que otros no se ofendan? ¿Por qué debo acceder a que se modifique el planteamiento mismo de lo que es una familia?, ¿por qué un amante de los animales puede ofenderse al decirle que un perro no es un niño? Qué complicado es caer en obviedades que están al nivel del sentido común.


Es divertido y tétrico ver las conferencias del Foro Económico Mundial. Los poderes económicos y políticos se erigen como una pésima caricatura del olimpo, donde se decide el futuro de la humanidad. Será bastante divertido y trágico presenciar cuando la propuesta actual del Foro Económico Mundial del uso de tu propio dinero se mida y limite, por fin, por tu huella de carbono. Hoy es una “súper” idea que no lo parecerá cuando sobre pases tus índices de contaminación, y te retiren tus “derechos” económicos.


Cuando Lars von Trier en “Manderlay” planteó al personaje cinematográfico, libertario y “woke” de Grace, se atrevió a mostrarnos cómo una persona aspiracionista, sin conocimiento verdadero de las causas que rigen un contexto, puede llegar a cualquier destino o institución y descomponerlo todo. Grace es la encarnación de un político, de un activista, de una persona ignorante, en algunos casos, bien intencionada. Grace, la pelirroja, arriba al pueblo, detiene el castigo de un personaje negro, pronto se hace cargo del campo de esclavos y, cuando menos lo imagina, los esclavos terminan por dominarla, para hacerla entender cómo el problema que intentaba resolver es imposible desde el idealismo. El final de esa película es extraordinario, Grace declara, parafraseo: “ahora pueden hacer lo que deseen”. A lo que los personajes negros contestan: “somos esclavos, no puedes cambiar eso. Pero puedes quedarte con nosotros para que entiendas”.


Extraño el siglo XX porque mis ídolos fueron de esa época, por supuesto, me duele, no hay otra palabra, pensar en cómo todos mueren, tarde o temprano moriré, no hay más, es muy poco tiempo el que estamos en esta tierra. Pronto mi generación comenzará también a quedar huérfana de ídolos que son escritores, deportistas, cantantes, políticos, activistas que en verdad lucharon por sus causas. Este cambio de siglo era inevitable, pero el sentimiento de desarraigo es brutal. No comparto el jolgorio de personajes como Klaus Schwab, del Foro Económico Mundial, que se aferra hasta el último segundo de su vida por el control del pensamiento mundial; pero tal vez no es el control por el control. Quizá, como tantos políticos, tiene miedo de perder el poder porque sabe lo mucho que ha dañado a la sociedad misma que pretende ayudar, tiene miedo a ser llamado a cuentas. Sobre todo, tiene miedo a enfermar de su propia plaga.


Adiós, siglo XX, de tu tiempo extraño la libertad. Mientras escribo no mido quién puede sentirse lastimado, qué más da. Nunca he tenido poder, si alguien se siente aludido que cierre la página.

Columna publicada en El Universal