Petros Márkaris, su voz como un coro de verdades

No hay nada más valioso en la vida que la voz de los viejos. Las memorias que tejen los ancianos son volúmenes de historias únicas, de vidas extraordinarias que jamás se repetirán. Valdría la pena comprenderlo con suma sapiencia porque en la vastedad del mundo exacerbado de información, las verdades yacen bajo el manto de la piel de los viejos, inclusive aquellas fabricadas para mentir. Recuerdo que, desde la infancia, siempre me interesó hablar con los ancianos. Qué maravilla aprender de ellos fórmulas específicas para domar taimados, aprender de sus tragedias y otrora estrategias para no perder la esperanza… Si algo puede aprenderse de los viejos es a “no perder la esperanza”. Lo han visto todo, lo han sentido todo y, nos guste o no, la esperanza es el fundamento que sustenta la historia de la humanidad. Por fatídicas que sean nuestras pasiones, la esperanza siempre arropa con su manto la somnolencia de nuestro espíritu.
Una odisea a la manera griega en su viaje finito es apenas un periplo entre puertos ficticios o no, un viaje entre las olas espirituales que nos deberán confrontar con algunos corifeos extraños a la manera de una novela policiaca, donde subyacen las pistas del destino y nos corresponde ahondar en las preguntas ineludibles para descubrir las respuestas de nuestro viaje. Petros Márkaris (1937), el escritor nacido en Turquía, formado en Alemania y afincado en Grecia, cuenta con una historia de vida excepcional donde la escritura lo ha mantenido con la brújula en norte por más de seis décadas como un dramaturgo consolidado, narrador absoluto de las obras que inventan al héroe detective Kostas Jaritos, y guionista inolvidable de Theo Angelopoulos. Juntos deslumbraron a la industria cinematográfica con La mirada de Ulises en 1995 y, con La eternidad y un día de 1998, lo conquistaron todo.
Márkaris es un autor que guarda silencio, apenas el necesario, para disimular su profunda mirada crítica de la cultura y la política de nuestro tiempo; hombre que vale la pena conocer, un viejo al que debemos escuchar en su infinita sencillez. Su nombre se suma a otros de la literatura universal moderna como Yorgos Seferis, Odysséas Elýtis, Constantino Cavafis y, el más popular por su irreverencia guiada hacia el cine, Nikos Kazantzakis, cada uno con obras perdurables porque rasgan el espíritu.
Cuarentena, de Márkaris, colección de relatos publicado a principios del 2022 por Tusquets, es un tratado político salvajemente sutil en contra de la crisis económica griega, el encierro por el coronavirus y la incapacidad moderna de sentir empatía por la humanidad. Es una obra truculenta, vale la pena aclararlo, porque la simpleza de su construcción traiciona hasta hacernos pensar que estamos frente a una obra menor del autor. No obstante, se trata justo un libro construido desde la libertad absoluta de un viejo que puede abrir su pecho y poner la cabeza en la guillotina sin temor a la crítica. La obviedad del título es una provocación deliberada y cada relato una declaración de principios. El autor ha eliminado la poesía de la escritura, no la necesita porque el sentido común impera en su narración. Este es el punto medular de su oficio; es un autor sin regodeos que lleva su narrativa al pragmatismo total, no hace barrocos innecesarios, no desea demostrarle a nadie su “inteligencia”.
Lo primero que recibo de él al encontrarnos es una sonrisa, que devuelvo para estar a tono. Después nos saludamos; noto en su mirada un poco de dificultad para enfocar el espacio, uno de sus ojos no está bien. Eliminamos el protocolo de los saludos y las cuestiones banales que, sinceramente, es información vacía. A toda pregunta del estado de las cosas, las respuestas serán: (estoy) “bien”, “excelente”, “de maravilla”. Prefiero platicar, me dice; comencemos, contesto.

El periplo
Su libro me ha recordado a una odisea en el sentido más puro. Sus personajes van de un lugar a otro, intentan buscar y echar raíces, lograr una paz absoluta y encontrar sobre todo un lenguaje en común. “Me gusta la idea”, afirma, “de que te haya generado la sensación de un viaje porque eso es. Es otro tipo de odisea donde los personajes intentan, a través de las historias, no encontrar el sentido de la mitología sino el sentido del mundo moderno. De eso se trata. Cada una de las historias en su centro tiene implícito un movimiento, un viaje necesario hacia un destino incierto”. Al leer Cuarentena no dejé de pensar en la preponderancia de una economía en declive en cada uno de los escenarios griegos que plantea. Esa odisea, como la llama Márkaris, está ligada a la desgracia de Grecia como uno de los primeros países afectados por la gran crisis económica del 2008.
“Pensé mucho en Samuel Beckett cuando me enfrenté a los relatos de los indigentes a lo largo del libro. Sí, Esperando a Godot es lo más obvio, pero Mercier y Camier, con sus viajes matemáticos y estudiados, me recordaron el tránsito general de sus personajes en medio de la indigencia”, le comento a un Márkaris que sigue atento. Pero dígame algo: “En este momento usted parte de escenarios casi apocalípticos y solitarios en su narrativa debido a la pandemia, sin embargo, ¿no es también otra forma de hablar de la desgracia económica de Grecia, como antes lo mencionamos?”.
“Por supuesto”, contesta, al tiempo que articula cada idea intentando apelar al discurso que ha manejado por lo menos durante la última década. “Grecia fue, si no me equivoco, uno de los primeros países, si no el primero, en tener que ser rescatado durante la crisis internacional que se acentúo en el 2009. Luego se vinieron otros apoyos económicos en 2015, cambios políticos, prohibiciones, exigencias, un ahorcamiento social, entre otras tantas cosas y ahora, 15 años más tarde, puedo decir que el país no logra recuperarse, menos ahora gracias a la pandemia. Existe una crisis muy acentuada donde miles de personas lo han perdido todo. Y, por otra parte, quienes aún conservan su trabajo están obligados a vivir al límite. ¿Qué hace la gente cuando está al límite? No quiero decir que se vuelvan criminales o asesinos, pero su concepción del mundo cambia. Si una persona no tiene nada más que perder, qué sentido puede tener el mundo. Por supuesto que existen indigentes en búsqueda de la felicidad en Grecia, son problemas ocasionados por un destino económico complicado. En general, la humanidad está al borde de un límite, hoy más que nunca”.
“¿Cómo condiciona la tecnología toda esta catástrofe?”, pregunto. “Por supuesto que la crisis financiera es medular, pero ¿cómo ve usted la trama digital? Me sorprendió el uso de las videollamadas en uno de los relatos del comisario Jaritos que prácticamente se vale del Zoom [nosotros ahora mismo conversamos en otro huso horario] para solucionar los problemas criminales. “La tecnología es muy necesaria”, contesta Márkaris sin perder el tiempo, “pero la tecnología también va generando no solamente las llamadas fake news, sino también una realidad muy falsa. Falsa entre izquierda y derecha, si hablamos de política; falsa en la economía, en la salud, en la felicidad misma. Entiendo si un político miente y es hipócrita, no hay nada nuevo en ello, pero hoy la gente también es hipócrita por todas estas falsas realidades”.

Las certidumbres políticas
Este libro de relatos de Márkaris habla de la migración, aborda el tema medular del siglo XXI que tiene a Grecia como trampolín hacia el interior de Europa del Este hasta la parte más occidental del continente. Cómo olvidar cada escena (una más desgraciada que otra) de los periplos africanos, árabes y sirios que intentan cruzar el Mediterráneo. Algunos tienen la suerte de lograrlo, pero muchos más mueren en el intento. No quiero ni puedo imaginar la angustia de aquel pequeño que perdió la vida ahogado y fue arrojado por el mar a orillas de las islas griegas hacia el 2015; sin embargo, ese es el rostro del tránsito humano que se agudiza mientras las economías mundiales se concentran más en occidente. El propio Márkaris es un migrante nacido en Turquía y preparado en Alemania que por fin encontró su morada en Grecia. A lo largo de su obra, leo un choque de culturas y no pierdo la oportunidad de cuestionarlo.
“Pienso que la migración es, por supuesto, un derecho”, define el autor sin atadura alguna. “Qué país no se ha formado con base en la migración. No obstante, las naciones no pueden recibir migraciones absolutas, ningún país puede recibirlos a todos. Las personas tienen derecho a buscar un presente y un futuro mejor para sus familias. No tengo fórmulas que dictar, pero entiendo que muchos migrantes son, mejor dicho, refugiados que no desean abandonar su lugar de origen, pero las circunstancias los obligan a dejarlo todo. Ahora bien, un refugiado que teme por su vida es un ser sensible que bien puede huir a causa de una guerra o, como vemos ahora, debido a circunstancias climáticas. Son muchas las variables. La migración es un derecho, sí, mas no podemos perder de vista que las hostilidades en los países de destino pueden estar presentes y son una realidad. No todo es romanticismo. Recordemos, por ejemplo, la gran migración que se dio en Grecia hace precisamente cien años, en 1922. La cantidad de refugiados fue tal que los habitantes locales temían quedarse sin comida porque era una sociedad en crisis económica y surgieron las hostilidades”.
Uno de los relatos de Cuarentena, titulado “La taberna de Karaguiosis”, habla del choque cultural entre griegos y turcos en Alemania, una realidad que Márkaris conoce a la perfección y de la que pronto habla una vez que la migración se vuelve el foco de la charla. “Pienso que, en la distancia, en otro país ajeno, pueden darse las relaciones entre seres humanos y que, sin embargo, no se dan la oportunidad de descubrirse por temores, rencores y recelos mal entendidos. Es demasiado común. El relato del que me hablas es todo eso. Una necesidad por hacer de las diferencias culturales un canal de comunicación que puede tornarse feliz. Karaguiosis es un personaje del teatro de sombras tanto griego como turco, un punto de encuentro entre mundos y culturas, por eso escribí ese relato que parte de la sombra de la nulidad de dos hombres tan cercanos culturalmente que pueden llegar a odiarse sin motivo”.
Apenas concluye la idea, lo cuestiono acerca del desencuentro regional entre Ucrania y Rusia que ha propiciado una ola migratoria hacia todos los puntos cardinales del orbe. No me permite concluir el cuestionamiento y se lanza a dar una respuesta: “Esa ‘guerra’ ha sido el peor error de Europa en la modernidad. La peor estrategia. Todos celebraban una victoria pronta que debilitaría a Rusia y no lo han logrado. Es un espectáculo sin destino, un conflicto que se perpetuará sin sentido ni rumbo. En cuanto a la migración, es una lástima; sin embargo, lo único que es necesario es dejar que las partes involucradas resuelvan sus problemas. No hay que polemizar más donde no existe un conflicto real. Si fuera una guerra de relevancia, el foco seguiría ahí. No obstante, vale la pena reflexionar en torno a la izquierda y cómo este movimiento e ideario político ha ido fracasando. Ahora la izquierda es parte del sistema que la hizo fracasar. La extrema derecha avanza en Europa a pasos agigantados gracias al fracaso de una izquierda abaratada que ahora intenta gobernar. No sé qué pasa en otros lados del mundo, pero habría que preguntarse qué significa ser de izquierda. La izquierda en su raíz jamás debe pertenecer al sistema, debe cuestionarlo. Pensar en formar parte de este es fracasar. Antes, quizá la gente de mi generación ubicaba bien el rostro del enemigo. Ahora que los jóvenes parecen interesarse menos en la política, ¿a quién tienen como enemigo?”.
Antes de que el tiempo se agote lanzo la última pregunta: “¿Qué opina de la pobreza no sólo en Europa sino en el mundo?”.
“Ese es un tema muy interesante. La pobreza es una forma de vida que se hereda y se aprende, así como la riqueza también es una forma de vida y herencia. La gente que está acostumbrada a vivir en pobreza (porque ese es el destino de su país) vivirá eternamente en esa encrucijada. Por ejemplo, ahora mismo, Grecia está acostumbrada a vivir en pobreza. Es lo único que la ciudadanía entiende y conoce. Es nuestra forma de vida que nos ha permitido vivir con dignidad y decencia. Lo que los griegos no han logado aprender es a vivir con riquezas porque estuvimos muy alejados del renacimiento que finca y es pilar de un pensamiento de la riqueza. Fuimos parte del imperio otomano y eso nos limitó bastante. La fatalidad radica en que ahora la pobreza es una herramienta de control absoluto. La pobreza como forma de control es trágica, limita los sueños. Me preocupan los jóvenes que tienen mucho que reclamar; falta ver si sabrán cómo hacerlo. Habrá que descubrir pronto si nosotros los viejos les heredamos las herramientas necesarias para cuestionar bien el mundo”.
Petros Márkaris se despide de nuevo con una sonrisa. Le muestro su libro que he devorado, finge dedicármelo y se lo agradezco. Es un gran escritor, pienso, porque utiliza su conocimiento para confrontar a la realidad, falsa o no, sin ínfulas de grandeza y con la mirada de un hombre que es un niño y que en algún momento se enfrentará a la eternidad.

Publicado en Confabulario

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