Fenómeno

Un fragmento:

En ocasiones llueven varillas desde lo alto de este cielo, es un sueño, quizá. Jamás habría imaginado que llovería acero desde el cielo. A veces quiero tomar las puntas de esas varillas y traer conmigo a este infierno a quien quiera que las entierre. Hijos de puta, pienso, ni aquí en la soledad de esta prisión me dejan descansar. No me gusta escuchar que la gente llora. No puedo arrepentirme de haber nacido, de ser un hijo de puta. Mierda y sangre. Soy un temporal, una máquina, un hijo de mi puta madre. Soy un fenómeno que se destroza a sí mismo. Me traicionaron… te extraño, mamá, jamás deseé empuñar ninguna pistola, ningún rifle, ningún machete. Siempre fui tu niño, pero no estuviste ahí para salvarme. No te culpo, pero aquel día podrías haber dejado el espejo, dejar de verte y amarte en ese espejo. Hablabas con él en lugar de hablar conmigo. Por eso le contaba a mi sombra mis secretos, para que luego ella me contara los suyos. Era impresionante, mamá, cuando mi sombra me contaba los secretos de la tierra y los charcos, después me contaba los secretos de la sangre y de los muertos. Y ahora, aquí, abandonado en este agujero, siento que me arrepiento de todo. Me arrepiento de la luz de la mañana, de la luz que me baña, me arrepiento de no saber qué es Dios, me arrepiento del silencio de los caminos. Me arrepiento del mar, de ver el mar, de oler el mar, de sentir el mar. Me arrepiento de las palabras que se intercalan con el tiempo creando el discurso del amor y el odio. Mamá: me sale humo desde la profundidad de las tripas. Creo que me voy a quemar, pero eso no puede ocurrir. Si eso pasa, me iré corriendo lejos, moviendo los pies en el aire. Oye… ¿me escuchas? ¿Esta es una tumba o una celda, una prisión? ¿Dónde estamos y por qué no me hablas más? ¿Es un sepulcro verdad? ¿A qué hora nos quitaron la vida? ¿Dónde está mi sombra? En el nombre del padre, del hijo, del espíritu santo, no me sé el resto, mamá, nunca me enseñaste a rezar. Me falta el aire, quiero saber mi nombre… no podría morirme sin saberlo.

Circo existencial frente a la cámara negra

I. La violencia que amedrenta a un individuo o destroza a una comunidad ha perdido impacto en la realidad a causa del filtro del mundo digital. En cuanto las redes sociales, o los sitios de video reproducen la catástrofe, ésta pierde su relevancia y se convierte en material que instantáneamente puede ser desechado del imaginario colectivo. Recordamos las imágenes atroces de las guerras del siglo XX en gran medida por la limitante para conocer la profundidad de la desgracia. Vietnam es una guerra mítica porque su historia se ha narrado a cuenta gotas entre cientos de documentales, cada generación descubre linderos por recorrer para reorganizar la historia y construir una sola verdad que perdure, a través de los hechos, en el tiempo.

II. Para que la violencia como suceso histórico sacuda a una sociedad, se necesita del silencio, de momentos de incertidumbre que convoquen a la reflexión del hecho atroz y se generen respuestas contundentes. Hoy, la masacre de una comunidad que es documentada por los medios, los peritos que atienden el caso, los policías que rodean la zona, el transeúnte con ínfulas de reportero, y los allegados de las víctimas, todo en el mismo espacio y tiempo, entorpecen la explicación del momento y este se torna espectáculo, se vuelve comedia.

III. En términos militares, cuando se habla de Teatro se nombra a un territorio sobre el que se dan las batallas de algún conflicto armado. En este instante, el Teatro digital que habitamos es por mucho el más salvaje, no por la concentración de la tragedia humana en él, sino porque el exceso informativo anula la comunicación utópica, la comprensión de los conceptos y las palabras a tal grado que somos animales sin sentido de existencia. Vivimos un solipsismo impuesto por la modernidad de la cual escaparemos únicamente cuando atenten contra nuestros derechos o nuestra vida.

IV. Necesitamos de la violencia y su silencio. Poner un solo rostro al muerto, un nombre que defina a la tragedia. Una violencia que podamos estudiar sin la tecnología digital. Kent Anderson, escritor estadounidense veterano de Vietnam, hace una formulación excepcional para acabar con toda guerra: pónganle nombre y apellidos a los soldados, a esos reclutas que perderán la vida por la patria. Con eso, dice, se crearía conciencia de quién muere por nosotros. El Teatro digital al que le hemos brindado todo el poder nos ha convertido en yonquis que necesitan del viaje para jamás abrir los ojos a las tragedias verdaderas… en este sentido la apuesta de Anderson se invalida… en su mayoría en esa oscuridad la gente tiene nombre.

V. Violencia aplicada. Hay momentos en el día en que pienso estrategias para encumbrar a gobernantes. Me divierte la idea. Alguna vez pensé que, si mi candidato estuviera al borde de perder las elecciones, le pediría que se dejara navajear por un agente controlado por nuestro grupo. Cuando apuñalaron levemente a Jair Bolsonaro, el presidente de Brasil, me desilusionó el hecho de que alguien más pensara lo mismo que yo, pero me entusiasmó el resultado: victoria neta a partir del fanatismo controlado y consumada por las redes sociales. Ahora nadie recuerda el suceso porque, una vez en el gobierno, el personaje es irrelevante y la navaja apenas entró sin causar una verdadera revolución… debió convalecer más días para acentuar el dolor en el pueblo, para ser un mártir hecho y derecho a manos de la violencia política del enemigo.

VI. En ocasiones debemos ver de frente el horizonte ambarino al amanecer, entender que estamos vivos, que somos parte de la existencia salvaje y voraz fuera de los servidores, respirar y decir: está bueno, seré parte de este mundo.

VII. En este momento histórico, trágico y veloz, cualquier pelea política, social, barrial, hogareña es inocua a simple vista en el mundo real, pero tiene en el estadio digital su campo predilecto para hacer de la nimiedad un problema de Estado. Las dos arenas de la realidad, que simétricamente se conjugan, son pasiones que se nutren y equilibran regalándonos “ídolos” al por mayor, en esta sustitución de lo humano en el ciberespacio paradisiaco que vivimos con entereza y que nos brinda paz emocional.

VIII. El mundo digital es un museo de muertos sin seguidores. En ese vacío oscuro de lenguajes programáticos están grabados los nombres de los ciudadanos que no fueron Titanes; discursos y videos a los cuales regresamos remotamente para redimir con la burla su arcaísmo. Los canales digitales son vías de crisis que proyectan hechos, causas y efectos a tal velocidad, que sustituyen nuestra capacidad para hacer lo más básico: cuestionar. Ese mundo de fibras ópticas es un artefacto político intangible, un arma maquiavélica de segregación social, justo lo que en principio se quiso eliminar, o nos dijeron que se eliminaría, pero es, ante todo, un medio que se nutre del sentimiento puro y vivo. Es el innegable motor de nuestra existencia [en el encierro].

IX. Greta Thunberg es un caso insigne de la sustitución de realidades, es una quimera generacional incendiaria, una mujer nacida ya en la era digital. Dicho sea de paso, hay que tratarla con cuidado, polariza opiniones por su edad y no puede ser criticada abiertamente. Sí, en efecto, estuvo afuera del parlamento sueco manifestándose en contra del cambio climático, y esa imagen fue la revolución. Gracias a eso, participó en foros internacionales sobre el medio ambiente hasta llegar a la ONU, presentación de la cual sólo se recuerda su frase “How dare you?”, que supuestamente cimbró a los líderes mundiales. La joven sueca enloqueció a una generación sentimentalista de jóvenes y adultos activistas natos de las redes sociales que la tomaron como una voz por la cual apostar, una virgen, que condensaba el idealismo de seres pasivos que olvidaron cómo organizar las marchas después de la euforia. Hasta el momento he visto sólo una fotografía de la activista con una planta en la mano, hay más fotos de ella viajando en trenes y cruzando el Atlántico en un velero de lujo (¿cuidando así al medio ambiente?). En términos clásicos: demagogia pura. No interesa lo que diga la activista acerca del cambio climático, son obviedades, que conciernen sus publicistas e ideólogos, genios de la mercadotecnia que rindieron a millones de jóvenes y adultos ante Greta, ante la presencia del ídolo digital equiparable con una incuestionable divinidad cuya furia e indefensión sería un pecado no respetar. CNN la incluyó como analista para hablar acerca de la pandemia, lo cual es incomprensible. En cuanto al Coronavirus, ¿cuál podría ser su aportación al debate? La ciencia no se rinde a los sentimientos. “How dare you?”.

X. Nuestros sentimientos son los que encumbran a estos personajes idolatrados desde la realidad hasta el paraíso digital y su reducto. Parafraseando a John Stuart Mill, no importa cuan equivocados estén estos ídolos (digitales) o qué actos cometan, su defensa cae en el ámbito del sentimiento, y contra eso no existen argumentos lógicos válidos para desenmascararlos. Es interesante la figura del ídolo digital porque es un dios que escucha, desde su paraíso, un dios que está presente y que contesta a las plegarias con mensajes automáticos que generan hermandad. Tenemos tantas ganas de un poco de amor.

XI. Durante siglos el lenguaje y su letanía se ha estudiado con la seriedad propia del problema, para comprender que cada siglo renueva las teorías filosóficas y literarias en torno a las palabras, lo que nombran y sus límites. Desde la disciplina matemática que habla del lenguaje como una ecuación más de la lógica, hasta la postura metafísica que insinúa que todo lo que nombra una palabra existe, nos ayudan a comprender que por medio de las palabras estamos atrapados en una prisión que nos ciñe al contexto de la realidad. Por eso hay quienes guardan silencio, para eliminar el probable destino al que lo lleven sus vociferaciones. Aunque la pasión por pronunciar los vocablos es tal que termina por condenar al héroe… en términos clásicos es su error trágico.

XII. ¿Cómo podemos escapar a la trampa del lenguaje, a la mentira discrecional de la época y los actores que la proclaman para generar realidades extraordinarias pero falsas? La pregunta es pertinente porque la respuesta sugiere un continuo progreso idealista, como si de un juego de naipes se tratara, que baraja conceptos como: bienestar, justicia e igualdad, entre otros, que no logran consumar el deseo general de la sociedad que busca el bien común, pero que siempre están en un juego sinfín. Si los ideales se consumaran, la mentira social no tendría razón para existir. El juego político radica perversamente en instaurar la ilusión del progreso duradero, aunque inmóvil, creando espejismos y empatías ciudadanas. El lenguaje inclusivo y su progresismo es una trampa.

XIII. El adoctrinamiento cristiano que reza: “todos iguales ante la mirada de Dios”, es una fórmula ideal para el engaño social. ¿Realmente nos interesa ser iguales? En un sentido estrictamente existencialista no me interesa estar en comunión con los demás, ser igual a los otros. Si como ser humano renuncio a mi necesidad espiritual que conlleva una fuerte dosis de egoísmo, cedo pues mis ideales a otro que podrá saquearme a diestra y siniestra. Mi obligación dentro de la sociedad me exige a no claudicar mis intereses por los de otro, a no ser políticamente correcto. Hemos cedido demasiado poder al gobernante, al ministro, al presidente y con esto renunciamos a vivir en sociedad porque sus objetivos no impulsan el progreso social en sí mismo.

XIV. Me impacta el miedo que vivimos, que se acentúa con la pandemia. Miedo a la caída de la economía. Miedo a la pérdida de la libertad, a la muerte por el virus y cómo no tenerlo. Miedo a no poder soñar más. Parte de este miedo radica en la nula renovación de las figuras políticas de los últimos cincuenta años, los mismos rostros continúan gobernando y pasaran la estafeta a sus vástagos. Mientras no se dé ese cambio continuaremos en la mediocridad ideológica decimonónica. No cederé mi voto a futuro a nadie, por ejemplo, que provenga de cualquier casta rancia. La pregunta que debo hacerme es si existirán ídolos nuevos, otras ideas que me inciten a dejar de ser un niño perdido en una isla sin destino. La furia que identifico en mí es la misma que sienten varios miles de individuos que se hartaron del estupor del cadáver sobre el escenario presidencial.

XV. Previo a este exhausto momento histórico de encierros, desde hace años, se fue acentuando una profunda censura auto impuesta gracias a las miles de voces que rondan los pasillos digitales de las redes sociales, a las que la gran mayoría tenemos contacto sea por cuestiones laborales o divertimento, situación que se agravó con el confinamiento. En ese universo etéreo al que cedemos con gusto nuestra alma, toda palabra es campo minado. ¿Acaso vale la pena la auto censura por algunos buenos comentarios de personas que nunca conocerás? La ilusión de ser queridos y aceptados es bastante deprimente. Aún más deprimente es no ejercer el derecho a disentir por miedo a las hordas de salvajes que en un fuerte ejercicio de auto complacencia se erigirán como seres morales superiores que exigirán con su dedo flamígero tu condenación eterna.

XVI. Abandonemos toda proposición filosófica acerca del mundo digital. Partamos en principio de lo físico. Crecimos leyendo revistas, no hablamos de literatura en este momento, vimos miles de horas de programas televisivos, consumimos millones de imágenes previo a la aparición del mundo digital que nos vendían una ilusión, ustedes decidan la pasión que anhelaban, nos deslumbraron miles de escenas cinematográficas que forman parte de nuestra experiencia. Durante décadas consumimos rostros perfectos, cuerpos idóneos, y aprendimos las palabras correctas para entablar una conversación. Nuestra existencia ha participado de ilusiones que nos mantienen con vida, felices o infelices, pero en equilibrio. El cuerpo de la mujer sobre la página nunca estuvo desnudo, sino que el corrector que retocaba la imagen se encargaba de eliminar la ropa que cubría a la modelo; no en todos los casos, no hay motivo para sufrir, pero el fundamento erótico y sexual de millones de adolescentes estaba basado en la habilidad del retocador de la imagen. Oh, desventura.

XVII. ¿Acaso vale la pena la auto censura por algunos buenos comentarios de personas que nunca conocerás? Repito la pregunta por la pertinencia. Una de las grandes ilusiones que nos ha vendido la modernidad del siglo XXI es que somos buenas personas y por tanto tenemos la capacidad, por esa gracia divina, de crear mundos salvajemente felices siempre que sea en el espacio digital, el campo de acción de las buenas conciencias que fortalecen la idea de la corrección política que todo lo destruye. En ese mundo digital e incluyente ocurre lo mismo que en cualquier marcha a ras de calle con templete. Se corre la voz: habrá una marcha por los derechos de las personas a disentir por cualquier tema social, me interesa. Perfecto. Soy el participante número 50 mil en la caravana, pero jamás llego al templete, ni conozco al que está sobre las tablas lanzando sus consignas. No sé si mis necesidades son expresadas con coherencia por ese individuo. Me pregunto por qué está él en el templete. ¿Quién lo puso ahí? ¿Quién es? ¿Por qué estoy en medio de la masa si mi voz no se escucha? Si no conozco al que lleva la voz sobre las tablas, ¿por qué me sumo al movimiento? El primer error es pensar que formamos parte de una comunidad.

Fragmento del ensayo que aparecerá en la Colección de Ensayo II de la UNAM, 2021

Bots para el nuevo régimen

El grito de Independencia, esta tradición de celebrar la autonomía del pueblo que inició hace más de 200 años, incluye una conmemoración tácita por la libertad de expresión que también fue parte de esa lucha histórica, aunque tal vez no recapacitamos en ello. En lo personal, no me embriaga la pasión celebratoria por la fiesta patria, no por un sentimiento de malinchismo, sino porque pienso que hay formas más sofisticadas de rendir honor al Estado del que formamos parte que signifiquen más que los gritos, llantos y oropeles tricolor, basura inmediata pasado el grito a la medianoche.

Es complicado, desde el idealismo de Nación en que vivimos, celebrar y portar una máscara de armonía frente al caos que enfrentamos como país, sobre todo cuando el uso del “poder” del Estado dejó de ser “suave” para convertirse pronto en una maquinaria de dominación despótica que atenta contra aquello que se opone a sus intereses. En últimas fechas vimos, pues es imposible no hacerlo, al presidente Andrés Manuel López Obrador, atacar de manera frontal al periódico El Universal y Reforma, a las revistas literarias y de crítica cultural como Letras Libres (Enrique Krauze) y Nexos (Héctor Aguilar Camín y Rafael Pérez Gay), al periodista Carlos Loret de Mola y a Víctor Trujillo, bajo su personaje Brozo. Son medios y personajes periodísticos nacionales que hacen una dura crítica a los proyectos del gobierno cuestionables por la mala estrategia de ejecución y viabilidad. Los medios sediciosos que envenenan al pueblo bueno.

El proceder imperioso de López Obrador desde la tribuna de gobierno contra los medios de comunicación es un ataque directo al libre pensamiento, que tiene en la crítica plural su única herramienta para propiciar el diálogo-debate entre el pueblo y los gobernantes, un acto que no debe entorpecerse. Si bien no es un misterio que las estrategias primarias de la política se basan en el ataque directo al adversario-enemigo, es innegable que las “formas” en el despliegue de la fuerza del Estado son ineludibles para evitar el choque desigual y condenatorio aunque existan declaraciones de guerra entre ambos.

Después de casi dos años de conferencias presidenciales a horas canónicas podemos definir el concepto de “la libertad de expresión” de López Obrador bajo la tesis certera de Salman Rushdie: “¿Qué es la libertad de expresión? Si no tenemos libertad para ofender, [la libertad de expresión] deja de existir?”. Hoy, por desgracia, no hay en México un gremio, sociedad civil, fideicomiso, líder de opinión, grupo empresarial, gobernante estatal, núcleos científicos, agrupaciones deportivas y culturales que, al no compartir el punto de vista del presidente, no sea vilipendiado. ¿Acaso los aludidos o agredidos sentirán que deben celebrar el grito de Independencia del Ciudadano que gobierna a los mexicanos, que ataca a los mexicanos, que deja morir a los mexicanos por la pandemia y su estrategia de inmunidad de rebaño obligada? Manchar reputaciones es el pilar sobre el que se sustenta la libertad de expresión del presidente, quien, bajo su lógica no perfectible, tiene el derecho de hacer o decir cualquier cosa sin asumir la responsabilidad básica que conlleva abrir la boca.

En la actualidad vivimos bajo el yugo de una segregación ideológica interesante y poco sutil, espejo de otra realidad que reconocemos en Estados Unidos, por ejemplo, y sería en lo único que podemos equipararnos con el primer mundo. Tanto López Obrador como Donald Trump son individuos unidimensionales. Herbert Marcuse se deleitaría al estudiarlos, enemigos de la libertad de expresión, pues se sienten desnudos al encarar hechos que no controlan; que se caracterizan por vivir un constante delirio de persecución donde el pueblo es el opositor a vencer, ese antagonista que se opone a sus objetivos políticos. Ambos sujetos, cual prestidigitadores, hacen del pueblo que habita la realidad virtual a través de las redes sociales, termómetros y voces latentes que alimentan sus paranoias. Para ellos, ajenos a la certidumbre de los hechos, solo existe lo que está dentro de sus parámetros de creencias sin ser capaces de tolerar un pensamiento crítico real y contrario a sus deseos; y, por división de ideales, desde la rabia del poder segregan al pueblo convertido en enemigo de sí mismo y obligado a pensar de forma mecánica y repetitiva como bots orgánicos y asumidos en su rol de choque sin ideas ni argumentos originales.

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La corrupción político-cultural en México

La semana pasada hubo en México contrastes políticos y divertimentos absurdos. Observamos con interés el circo digital de los videos atribuidos al informante Emilio Lozoya Austin, ex director de Petróleos Mexicanos, que dejaban claro una vez más los graves casos de corrupción de los sexenios anteriores. Los videos muestran a cuadro a funcionarios panistas contabilizando maletas con dinero, sin que sepamos bien a bien su procedencia. En este momento histórico, las imágenes a treinta cuadros por segundo validaban la lucha de Andrés Manuel López Obrador contra la “Corrupción”, esa práctica “cultural” tan arraigada en nuestro pueblo. Los videos, filtrados sin remitente, además de ser un espectáculo de circo itinerante eran la clave que fraguaba las bases de las elecciones del 2021; el prólogo de la próxima victoria del partido en el poder que, momentáneamente, desvió la atención de las decenas de miles de muertos por la pandemia, el cáncer, la violencia y la tragedia económica.

Gibrán Ramírez, candidato precoz para la presidencia de Morena, enarboló durante esos días la bandera del puritanismo bajo el argumento triunfalista “por fin sabemos que el presidente siempre tuvo razón respecto a la corrupción de los gobiernos anteriores”; sin embargo, poco antes del fin de semana, Carlos Loret de Mola presentó un par de videos en los que se apreciaba a Pío López Obrador, hermano del presidente, recibiendo algunos sobres con dinero de manos de David León, funcionario en ciernes del gobierno honesto de la Cuarta Transformación. La estrategia, por demás obvia, tanto del presidente como de sus allegados, se basó en alterar las palabras en su discurso y a la corrupción se le denominó en tono triunfal “aportación”.

Así pues, aunque en primera instancia el dinero permutado de manera clandestina entre ambos personajes cercanos al presidente es a todas luces una acción ilícita, no califica como un acto de corrupción, sino que fueron aportaciones honestas a la causa de Morena. Dinero que, de viva voz, Andrés Manuel López Obrador reconoció que fue utilizado a lo largo de los años en sus giras de campaña por todo el país. Entonces, entendemos que las declaraciones ad libitum del presidente en las que aseguraba que vivía de sus regalías no son ciertas, pues nadie vive en este país de las ganancias literarias, ni mucho menos ejercía la austeridad, tan socorrida en sus letanías, sino que vivía de la clandestinidad económica gracias a sus operadores políticos.

La defensa de su cortejo ideológico no se hizo esperar. Mario Delgado, presidente de la Junta de Coordinación Política de la Cámara de Diputados, declaró que la aparición del video que inculpaba al hermano del presidente era un golpe de la derecha para desacreditar la imagen de López Obrador. Gracias a este video, el movimiento, que hasta hace unas semanas se promovía moralmente superior, demostró que sus raíces se humedecen en el fango al igual que las de otros protagonistas políticos de sexenios anteriores. El cliché se torna realidad.

También la semana pasada durante la emisión del programa “Es la hora de opinar” que conduce Leo Zuckermann, el periodista Pablo Majluf, durante un debate acerca de la corrupción, comentó que ésta formaba parte de una u otra manera de la médula de nuestra cultura debido a que los gobernantes provenían del pueblo. En respuesta a esta declaración impopular tanto Denise Dresser, Mario Arriagada y Zuckermann negaron la propuesta de Majluf argumentando que defender esa tesis era bastante arriesgado, por demás reduccionista e ilógico. En todo caso, continuaron, deberíamos entender que la Corrupción forma parte del sistema de valores que la política en su práctica tolera gracias al orden de sus partes. Me inclino bastante a defender la idea nada popular de que la herencia cultural que determina las prácticas de corrupción no exime a ninguna clase social ni de México ni de ningún otro país. No obstante, creo que la cuna sí define el grado de acercamiento a las prácticas corruptas expuestas en un lienzo de matices sociales, aceptados o no por el núcleo al cual pertenecemos.

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La Cruzada de Hugo López-Gatell

En febrero de 2013 el gobierno del entonces Primer Ministro, Tony Blair, resistió una sacudida que si bien no anuló su mandato, propició que tanto a él como a su gabinete se les recuerde como seres sin escrúpulos que llevaron a la muerte a miles de jóvenes soldados del Reino Unido que combatieron en la segunda guerra de Irak. La confrontación bélica hechiza por George Bush Jr., presidente de Estados Unidos, fue dirigida para fortalecer su gobierno como estratega defensor del mundo libre durante su persecución terrorista. Sadam Husein, era el objetivo, derrocar al dictador que durante más de dos décadas fue la figura incómoda del mundo árabe para ese entonces inservible como pieza geopolítica.

Katharine Gun, una traductora del Centro de Comunicaciones del Gobierno (GCHQ por sus siglas en inglés), recibió el correo electrónico de un funcionario de la Agencia Nacional de Seguridad estadounidense solicitando espiar a las delegaciones de países como Chile y Camerún, que no formaban parte de la comisión permanente de seguridad de la ONU, para obligarlos a votar a favor de la guerra injustificada contra Irak que dio inicio el mes de mazo de 2003 y finalizó hasta diciembre de 2011.

Katharine filtró la información de inteligencia al periódico dominical “The Observer”, que generó frustración y enojo en la sociedad británica y, por supuesto, el gobierno de Blair negó todo acto de espionaje hasta que en 2010 se aceptó la colusión con Estados Unidos para declarar la guerra a Irak bajo el argumento perenne de querer asegurar las armas de destrucción masiva que poseía Husein. Además, se dio a conocer que el gobierno del Primer Ministro fue asesorado por el ahora ex fiscal general Peter Goldsmith para no participar en la guerra, aunque sus palabras fueron ignoradas y prevaleció el interés de Blair de potenciar el mercado de guerra que estrechó los lazos utópicos de hermandad entre el Reino Unido y Estados Unidos.

“El último rey de Escocia”, del escritor inglés Giles Foden, narra las atrocidades cometidas por el dictador de Uganda, Idi Amin Dada, durante el periodo de su gobierno en la década de los setenta del siglo pasado. La pasión del ugandés por el pueblo escoto lo lleva a declarar en su locura que “si la gente se lo pidiera, aceptaría ser rey de Escocia”, delirio de grandilocuencia y mesianismo presente en las figuras enfermas de poder. Atroz es el único adjetivo que nombro para definir la novela de Foden. Palabra a palabra nos adentra en un violento mundo-postal del populismo africano que nos ayuda a entender los vicios y controles idealistas que potencian las palabras adecuadas sobre la mente del pueblo.

África es un continente destinado al fracaso, estadio de esclavos, de trata, de violaciones, de conflictos religiosos que no atienden ni a Cristo ni a Mahoma ni a dioses primigenios. La avaricia plena que provoca, y provocó durante siglos, la piel como moneda de cambio mantiene al continente asediado, fuera de la esperanza y la paz. Además, el asistencialismo del primer mundo ampara en la miseria a las etnias negras que jamás escapan de la hambruna.

Idi Amin llega al poder gracias al hartazgo del pueblo por ser gobernados durante generaciones por líderes corruptos. Amin bailaba sobre templetes. Se dejaba adornar de flores, tomaba entre sus manos lanzas y escudos, gritaba  diatribas contra los corruptos y aseveraba frente a la gente “yo soy ustedes”. La masa estallaba en risas y aceptaba la llegada del nuevo gobernante, “el deseado de todas las gentes”. Un payaso maquiavélico, como tantos en Latinoamérica, como uno en México.

Pronto en el poder, Amin, se torna un líder sin empatía por su gente que advierte en cada ciudadano a un contendiente en potencia, un enemigo que quiere su trono. Amin asesina a quien se anteponga a sus deseos. Cual piezas de ajedrez manipula a sus jefes de Estado a quienes asesina al sentirse burlado. Inicia obras de infraestructura, ministerios de salud, embajadas, universidades sin estudiantes. Obras que apoyan su locura. El genocidio de las etnias Acholi y Lango bajo su yugo se extiende por Uganda para lograr la pureza de la nación.

Lo que une a Idi Amin con la cultura inglesa es su formación como parte del cuerpo de Los Fusileros Africanos del Rey (KAR, por sus siglas en inglés), donde aprendió las tácticas de guerrilla que lo encumbraron. En 1977 rompe alianzas con el gobierno del Reino Unido, acto que presume como la derrota del Imperio Británico por sus propias manos. Su confrontación con los ingleses aceleró su caída en 1979. Los dioses del pueblo bueno dejaron de sonreírle. Murió exiliado, sin gloria, sin reino, sin Inglaterra. Sin ser rey.

Idi Amin Dada no formó parte de la realeza política británica. Del currículo que ostentaba jamás se borró su papel como fusilero, un nombramiento sofisticado para un súbdito y esclavo más de la corona. Tony Blair y George Bush Jr. no fueron mejores que el africano ante los deseos de ejercer su control geopolítico. Sacrificaron la vida de su gente en Irak, la sangre de su sangre si les otorgamos el título de padres patrióticos, la más alta traición.

De frente a la pandemia el Primer Ministro Británico actual, Boris Johnson, puso en peligro la vida de sus compatriotas por la tozudez de su accionar. Su inmunidad de rebaño lo llevó a estar hospitalizado por padecer covid-19, habría sido absurda su muerte y no por eso menos cómica en su tragedia. El hombre necio aún reniega por no domar a la pandemia bajo sus propios términos, peca de populista cual ignorante que huye de la ciencia; y de esa cepa de mandatarios se desprende Hugo López-Gatell, el afamado subsecretario de Salud mexicano que dejó bajo llave el juramento a Hipócrates para ejercer de tribuno.

Desde el inicio de la pandemia en México, López-Gatell, se ha comportado como una cortesana al servicio del presidente mexicano a quien le endulza el oído frente a la masa. Seamos honestos, las declaraciones del doctor rayan en la zalamería con frases como “el presidente es una fuerza moral, no de contagio”. Al inicio de la pandemia el subsecretario se posicionó como una voz única en el gabinete de Andrés Manuel López Obrador, y su apariencia amigable le ganó seguidores por ser la única figura de la cuarta transformación que simulaba mayor empatía con la gente.

Las primeras mentiras que el doctor fue construyendo iniciaron con su soliloquio acerca de la estrategia del gobierno para contener la pandemia, que hoy intuimos apostó también por la inmunidad de rebaño como Boris Johnson. En marzo mencionaba que desde el mes de enero tenían una estrategia para atender el virus del SARS-CoV-2, lo cual era una falacia ya que los reportajes hechos por el suplemento cultural “Confabulario” acerca de la previsión del gobierno para contar con ventiladores para atender la pandemia (https://bit.ly/2YcrDuQ y https://bit.ly/3g5tZ4E), demostraron que no existió tal estrategia. Además, ni la Secretaría de Salud ni la Secretaría de Economía que dirige la doctora Graciela Márquez Colín, llevaron a cabo acuerdos con las compañías extranjeras en suelo mexicano, que podrían haber ayudado a paliar la pandemia con el suministro de ventiladores, entre otros insumos médicos.

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Radicalismo acrítico en México

De frente a la angustia. Durante las últimas horas hemos observado una marea de procederes radicales y violentos por las desapariciones de los 109 fideicomisos que representan un total aproximado de 68 mil 478 millones de pesos, los cuales incluyen un fondo de apoyo a la cinematografía, además de otros apoyos a la ciencia, por no mencionar los de salud y medioambiente, bases económicas que se perderán en la opacidad de su manejo inmediato. Las conversaciones al respecto, las diatribas y encontronazos entre diputados sobre la tribuna que terminaron a golpes, lo cual se asemeja más a las riñas cotidianas en los tinglados políticos asiáticos que se televisan para el divertimento de todo el orbe. El llanto y los lamentos de artistas e intelectuales también se ha hecho escuchar con justa razón.

Como alguien que ha hecho de la cultura una forma de vida, que ha trabajado desde esa plataforma intelectual a lo largo de casi tres décadas, puedo compartir el profundo desencanto por la muerte de estos fideicomisos porque, si los dimensionamos apenas desde la superficie, fueron ahorros generados a lo largo de más de 30 años. Sin necesidad de ser matemáticos, sabemos que eso implica que a partir de estas fechas necesitaríamos otras tres décadas, si no es que cuatro, para volver a lograr los ahorros existentes, muchos de nosotros no estaremos vivos para ver la recuperación de esos fondos que lo mismo atienden desastres que dan voz y rostro a la cultura, la ciencia, el turismo, la infraestructura y las acciones transversales entre organismos internos del poder que necesitaban de esas bases económicas para no mermar el gasto líquido.

Criticar al Poder en turno se convierte cada día más en una postura de lugares comunes de la cual es difícil escapar y eludirla del todo, pues de manera cotidiana el ejecutivo brinda miles de aristas que atacar y esgrimir para intentar darle coherencia a lo que está ocurriendo en el país. El ejecutivo, ese hombre sobre el estrado, sin duda tiene una capacidad avasalladora para modificar agendas, darte trabajo que te mantenga entretenido sin llegar al fondo de ninguna problemática en sí; el presidente hace las veces de un boxeador mañoso en su estrategia como lo fuera Cassius Clay, sobre todo en su combate contra George Foreman en la batalla denominada The Rumble in the Jungle, en la República del Congo antes conocida como República de Zaire. La estrategia de Clay fue sencilla: agotar al oponente y utilizar su agresión, llamémosla “radicalismo”, sobre el cuadrilátero para vencer a Foreman.

La analogía boxística es ideal para este momento pues medios, periodistas, escritores (que no comentaristas de ocasión en redes sociales, error común de la intelectualidad mexicana), todos estamos entrando en una fatiga mental ocasionada por el gran cúmulo de batallas abiertas en las trincheras cada vez más debilitadas. Sobre el cuadrilátero del país, el pueblo (juez y verdugo) está perdiendo, lo cual se asemeja más a un pronóstico de proporciones psicológicas indeterminado, a una enfermedad del pueblo total. La estrategia desde las esferas del poder, valga la metáfora clínica, apela más a una lobotomía masificada que ata de manos y de pensamiento al pueblo cuya estrategia consiste en curarnos de la enfermedad emocional de ejercer la crítica como debe ser. Gottlieb Burckhardt, António Egas Moniz y Walter Freeman, los padres del procedimiento entre el siglo XIX y XX estarían felices de ver la consolidación de su técnica de amansamiento ejercida sobre el pueblo y a partir de este.

En diversas ocasiones he abordado la nula capacidad crítica que, aunque no la generalizo, por los menos está latente en un alto porcentaje de la población sin importar clases sociales, niveles académicos o intelectuales. Pareciera que, como miembros de este concepto de lo que es México, no estamos preparados para cuestionar, sino que apelamos a partir de nuestra herencia romántica, que se confrontaría a profundidad con la tradición francesa, de ejercer el diálogo y la defensa de los ideales, no con el intelecto sino con el corazón. Por romántico que esto parezca es el diagnóstico que resalto.

A lo largo de más de un siglo, las corrientes marxistas, comunistas e idealistas de la igualdad de clases han predominado en gran parte de la cultura del centro del país. Figuras como Leon Trotsky, en su momento abrazado por intelectuales como Diego Rivera, que intercedió con el presidente Lázaro Cárdenas para que se aceptara su exilio en el país, dotó de un halo imaginario la lucha e igualdad de clases, algo inusitado para un país que se dirigía hacia el modelo de estabilización de la lejana posguerra europea que comenzaba a tomar forma con Cárdenas, pasando por Manuel Ávila Camacho, Miguel Alemán Valdés y Adolfo Ruiz Cortines, mientras que en el mundo se tramaban las revoluciones a mediados del siglo XX, en el árido escenario geopolítico de la Guerra Fría.

La llegada de Andrés Manuel López Obrador a la presidencia de México, por supuesto, ocurre debido a un hartazgo de la población; es la idea del lugar común que todos hemos escuchado en más de una ocasión y es el argumento ideal que se esgrime en las tertulias familiares y en los foros de discusión política. Sin embargo, el arribo del tabasqueño a la presidencia se dio gracias al nulo ejercicio crítico de la población acerca de la figura que se presentaba como la mejor opción. Con esto no apelo ni pretendo ensalzar al resto de los candidatos presidenciales del momento, no obstante, decir que López Obrador era la “opción menos peor”, no nos edifica como cultura.

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Privilegio e ignorancia para el pueblo

I. En los diarios de George Orwell, y en toda su obra si la estudiamos a conciencia luego de abandonar el romanticismo juvenil de Rebelión en la granja y 1984, el autor plantea una idea inmisericorde hacia nuestro proceder que lastimaría a las mejores mentes propagandistas de la generosidad, presentes en éste y todos los pueblos, sobre todo en los artistas, políticos, intelectuales, la sociedad civil et al. “El poder de enfrentarse a hechos (acciones) desagradables”, es una frase retórica en todo su sentido, profunda y devastadora, claro está si somos nosotros los protagonistas-ejecutantes de los “hechos” o “acciones” desagradables que no estaríamos en condiciones de aceptar porque la paja siempre está en el ojo ajeno.

En distintos momentos he abordado el tema de la corrupción eliminando el significado puro que la atañe al crimen, pues es más que eso, y la ligo de manera directa con el instinto primigenio de supervivencia una vez que entendemos nuestro paso por este mundo. Pero ¿qué hay del privilegio? En principio, podemos hacer una apología del privilegio ganado, ese que se obtiene empezando desde abajo, propio de mujeres y hombres que pican piedra, sin romanticismo, y se colocan por encima de las circunstancias adversas en determinado momento, se tragan las humillaciones, forjan carácter y triunfan. 

También están los otros privilegiados, quizá herederos de los ya mencionados, que llegan al mundo con preceptos ingenuos donde el merecer es innato. Estos, en la gran mayoría de los casos, son un tanto miserables pues, al creer que todo les pertenece por su condición dinástica y autoengaño de mérito forjado en solitario, pisotean a otros que luchan como lo hicieron sus padres por lograr la subsistencia; peor aún, no reconocen sus acciones, la disculpa es una palabra desconocida. Se victimizarán para justificar sus procederes continuos y lastimeros ante los de su clase, quienes los exculparán, apelando al discurso del “sentir”, del “vibrar” por encima del “deber”, de la “civilidad” de confrontar su errores. Oh, mediocridad. Oh, cultura.

¿Es corrupción el privilegio? Digamos que es un excelente motor para generar caos en las entrañas del pueblo. Sus significados están entramados de manera sutil y debatible. Unas de las acepciones de la corrupción, según la Real Academia Española, se limita a definirla como “la practica consistente en la utilización de los medios (en provecho y a favor) económicos o de otra índole por parte de los gestores”, mientras que el privilegio es por definición “la ventaja exclusiva o especial que goza alguien por concesión de un superior o no, o por determinada circunstancia propia”. La frontera es tan delgada que las interpretaciones son interminables, por eso mejor acudir a la neutralidad del diccionario.

De los privilegiados, Martin Luther King Jr., comenta que jamás renunciarán voluntariamente a su condición y a ejercer su derecho a sobrevivir a pesar de todos; incurrirán tarde o temprano en actos consecuentes de corrupción. Retomo entonces a Orwell: ¿Acaso estamos preparados para confrontar nuestros procederes desde nuestro privilegio?

No lo estamos porque no creemos ser privilegiados de facto. Es un concepto tan complejo que vivimos de manera grata en una mentira que disculpa el escarnio de nuestro bienestar a costa de los demás. ¿Son nuestros objetivos y deseos más importantes que los sueños del otro, que los privilegios del otro? Es una pregunta válida que debemos hacernos cuando el duende de la corrección política, el activismo, la ejecución artística y empresarial, toque a nuestra puerta y nos pida ser honestos eliminando las bohemias y el lenguaje inclusivo. El privilegio equipara su accionar con una antropofagia social curiosa pues la frase “el hombre es un lobo para el hombre” define de lo que se trata ser humano a pesar de los demás. Pero no debe existir la culpa… ése es el acertijo.

II. Abandonando la postura moral del primer apartado, me interesa ahondar en el juego de las palabras que construyen ídolos, generan privilegios sobre personajes áridos, dan poder a los bufones vueltos mesías. Quienes hayan padecido por las dinámicas de confrontarse con seres mejor posicionados en el mundo, aquellos que hacen del privilegio su carta de presentación y razón de ser, entenderán que el engaño es una de las herramientas fundamentales para eliminar todo rastro aparente del juego de jerarquías desde el privilegio.

Vivimos en un instante de repeticiones históricas, algo que llamo obviedad del pensamiento. No hay hilos nuevos que tirar, nuevas vanguardias o posturas políticas, inclusive el avance tecnológico, aunque notable, ronda las ideas de antaño renombradas. Tan sólo a un siglo de distancia, tomamos como destino una ruta determinada y ya conocida hacia el caos, guerras y armisticios. En Europa, la extrema derecha y el populismo ejercen un poder sutil que se cristaliza a partir del empuje de la clase obrera (de nuevo la clase obrera como herramienta política), que tiene en Marine Le Pen a una posible candidata para vencer a Emmanuel Macron en 2022. No obstante, la lucha interna y familiar por el poder entre Marine y su sobrina Marion Maréchal es trágica, pues la segunda quiere recoger bajo su ala a los huérfanos radicales y racistas que habrían congeniado de mejor manera con el patriarca de la familia, Jean-Marie Le Pen. Privilegios sociales hechos política en juego.

Alemania, país bajo el mando de Angela Merkel, es envidiado por el resto de la Unión Europea por sus sólidas bases industriales y económicas que le permitieron controlar hasta cierto punto la pandemia coronavírica mejor que otros países de la región. No obstante, deben convivir con el movimiento esotérico de ultraderecha Reichsbürger (Ciudadanos del Imperio), que no reconoce la legitimidad y existencia del estado Alemán, además de sentirse víctimas de la Segunda Guerra y reafirmar que sólo enferman de Covid-19 aquellos que no están en armonía con su cuerpo. Por tanto, desean romper con los tratados de paz con Rusia y Estados Unidos, y tienen en Donald Trump una figura de liderazgo, pues su herencia alemana lo valida debido a que el nacionalismo del mandatario, potenciado en su momento por Steve Bannon, es lo que Alemania necesita para lograr la supremacía.

En ambos ejemplos, el privilegio de masa que ostentan los detractores frente a los aparatos del poder es el que les brinda la capacidad para dominar o engañar, según sea el caso, para lograr sus cometidos a pesar del Estado.

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Placebo para el pueblo criminal de México

¿Contra el crimen? Por supuesto. Debemos participar de la idea de poner un alto al crimen y la violencia sin importar su representación, inclusive cultural. Creo que estamos de acuerdo en que nuestros ideales, como piezas móviles del pueblo que habitamos, nos guían de forma expedita y obligada a la desaparición del crimen mediante su combate total, frontal y salvaje (entiendo si mi postura no es popular, pero no me retracto); sin embargo, las “buenas conciencias” combativas, en su cosmopolitismo progresista, se oponen a luchar contra la criminalidad, ejercida por la gente del pueblo, con tácticas agresivas. Después de todo, seguimos a la espera de participar en el escenario internacional dentro del refinado canon del primer mundo y el salvajismo no es bien visto en las tertulias políticas de los derechos humanos. Pero ¿qué crímenes se deben combatir y cómo? En todo caso ¿qué es un crimen? Tarea personal.

Sin entrar en detalles, pues es tema trillado y conocido, a lo largo de la última década se han confrontado hasta el cansancio, con marchas y diatribas intelectuales un tanto oportunistas, la sociedad civil contra la idea de la “Guerra contra el narcotráfico”, conceptos y acción de choque acuñados en 2006 por el gobierno de Felipe Calderón Hinojosa. De esos catorce años posteriores a la declaración de “guerra”, se contabilizan 121 mil 35 muertes violentas durante el mandato de Calderón Hinojosa y 150 mil 992 ejecutados en la presidencia de Enrique Peña Nieto. En la actualidad, bajo el gobierno de Andrés Manuel López Obrador, el conteo de muertes derivadas del crimen rondan las 56 mil 603, según datos del Secretariado Ejecutivo del Sistema Nacional de Seguridad Pública (https://bit.ly/2F1Zssc).

Esa es la realidad del México contemporáneo, a viva voz, aunque la violencia del crimen organizado a lo largo y ancho del país lleva décadas instaurado en la médula de las familias que conforman a la sociedad.

Cuando hablo del oportunismo cultural e intelectual me refiero a que, desde el inicio del mandato de Felipe Calderón Hinojosa, el narcotráfico tomó un auge sin precedentes por su apertura hacia la masa en las entrañas del país. Pronto, desde intelectuales, escritores, poetas, actores, músicos, y otros tantos programas televisivos, cedieron al fenómeno, llamémoslo así, del auge presente de facto de la violencia de México. El narco en su acepción latina de héroe. Se repartieron premios y reconocimientos a escritores y académicos del centro de la nación que hablaban desde el romanticismo en su exposición de una problemática que podía resumirse en todas sus tesis como “el narcotráfico y el crimen (organizado o no) muestra la decadencia del Estado”. Vaya descubrimiento, cuando en los estados del norte y centro occidente del país la problemática enraizada en la realidad de las familias no generaba mayor novedad, con o sin guerra contra el narcotráfico. La violencia y el crimen se convirtieron en productos culturales de consumo masivo y aplaudido.

El oportunismo de las buenas conciencias es un tanto divertido en su exposición. Las marchas, los conciertos, las diatribas de intelectuales que repudiaban las acciones políticas anticrimen de los presidentes, se enfocaban en reprochar la estrategia de choque. En efecto, en retrospectiva, la estrategia no fue la adecuada (aunque hasta la fecha no conozco una sola estrategia efectiva contra el crimen; quizá habría bastado la inteligencia financiera, pero no). Sin embargo, fue una acción desesperada por parte del gobierno por controlar la seguridad de un país, cuyo gobierno sigue desesperado y ahora el pueblo junto con él. A pesar de lo descarnadas que pueden ser las bases intelectuales, así como el resto de la ciudadanía (matizo y no generalizo) estas forman parte del problema de la violencia en el país tal vez de forma ignorante, no obstante activa, y de manera tácita aceptada.

En su “Segundo tratado sobre el gobierno civil”, John Locke explora la idea del crimen como las acciones que violan la ley y desvían de su cauce la norma de la razón, por lo que el hombre, en la medida de su fechoría, causa daño a una persona que es perjudicada por el crimen cometido. Tomando como punto de partida esta disertación de Locke, ¿en qué estadio de la criminalidad se ubican las masas de la sociedad civil, artística e incluso política del país? En semanas anteriores dejé clara la idea, por lo menos para estos ejercicios, del concepto de la Corrupción como un laberinto unívoco que no deberíamos definir sólo a partir del delito, sino que su concepción y arraigo en nuestra casta o cultura inicia con nuestras acciones de supervivencia.

Durante las marchas, mítines masivos en las explanadas a nivel nacional que se daban como protesta contra el despertar intempestivo de la violencia en México por la estrategia Calderón Hinojosa, llamaba mi atención que la misma avanzada artística, intelectual y civil que pedía (y pide hasta la fecha) el cambio de estrategia para luchar contra el crimen forma parte, en su mayoría, de las bases económicas que dan vida al crimen organizado.

Entro al ámbito moral/ético en este sentido: ¿Acaso las drogas, la cocaína, la mariguana, el cristal, los psicotrópicos et. al. utilizados/consumidos en la tertulia bohemia donde se compone y redirecciona el mundo desde el idealismo (democrático, humano, artístico, zapatista, feminista, anárquico), crecen libremente en los árboles de las ciudades que husmean los perros? Más allá del alcohol, toda droga está prohibida en el país. Así pues, ¿a qué juega el pueblo cuando pide la eliminación del crimen organizado, pero sigue manteniendo sus actividades lúdicas, que rayan en la criminalidad y soportan el entramado contra el que protestan? No veo la lógica ni un ápice de verdad… es un terreno pantanoso. En varias ocasiones, al plantear esta idea, la respuesta es: ¿cómo puede afectar a la sociedad que compre un gramo de coca?

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El naufragio de la democracia mexicana

“El radical más revolucionario se convertirá en conservador el día después de la revolución”, declaró Hannah Arendt a The New Yorker en 1972. Hay matices que reflexionar respecto a esta proclamación crítica de la filósofa alemana, catalogada como una de las mejores, a la par de Johann Fichte y Friedrich Shelling. Supongamos que esta meditación breve y devastadora tuvo su raíz en el ascenso rabioso al poder de las ideologías del Partido Nacionalsocialista Obrero Alemán, origen innegable de la barbarie de la Segunda Guerra; supongamos que, a su arribo a Estados Unidos, a principios de 1941, conoció la cultura del país previo a su incursión de lleno en la guerra después del ataque a Pearl Harbor, explosión del nacionalismo estadounidense, que abrió las puertas en la posguerra a la risible caza de brujas de Joseph McCarthy.

Al término de la Segunda Guerra siguieron otras no menos importantes: Corea en el escenario que cedió paso a Vietnam (sin olvidar el conflicto de Indochina), la Revolución cubana y, años más tarde, la ferviente Gran Revolución Cultural Proletaria China desgarradora en el teatro geopolítico, semilla de la potencia mundial moderna. Como toda guerra o movimiento político, la búsqueda de la libertad de la democracia es una moneda ideológica que pone en marcha las maquinarias de la propaganda tan obvias y tibias que el discurso del “cambio” no puede ser más un lema para la manipulación, conquistar votos debería ser tarea ardua para el suplicante que desea acceder al poder absoluto.

Si bien “Los orígenes del totalitarismo”, el prominente libro de Arendt, no aborda ninguno de los conflictos mencionados, sí atiende desde la teoría política aspectos demagógicos que encumbraron a los líderes culpables de los genocidios a manos del nazismo y estalinismo, modelos adelgazados por otras culturas que, como la nuestra en el presente, repiten acciones o idealismos con el cuidado de no ser extremistas. Revisemos los discursos de manipulación actual.

La guerra de Corea resultó en la separación entre el sur y el norte; Vietnam, ese diminuto país selvático, dominó a la potencia de Norte América y no de manera simbólica; la Gran Revolución Cultural Proletaria China eliminó (o casi eliminó) el rastro del capitalismo y de esa cultura milenaria que estuvo relacionada con la explotación del pueblo proletario, lo cual no mejoró con la revolución. ¿Acaso no es China un país capitalista bajo la máscara de una República Popular? Lo es… pero debe decirse con cuidado.

La Revolución cubana, por cierto, a la cual podríamos ligar la Revolución bolivariana de Venezuela de finales del siglo XX, se encargó de hacer del pueblo democrático el mártir por excelencia (que hasta la fecha busca huir del resultado de la revolución misma) y dotar a Latinoamérica de simbolismos que forman parte de la mercadotecnia pura de la “resistencia” en el mundo libre y neoliberal, como por ejemplo los rostros de los valientes Ernesto Guevara, Camilo Cienfuegos y Fidel Castro estampados en camisetas, bolsos y llaveros que pueden encontrar en thechestore.com y redbubble.com, lo cual nos habla de cómo la política y la revolución son espectáculos que cuentan con espectadores leales que desean portar a sus íconos democráticos como marcas sin historia.

De esa Revolución cubana podemos rescatar frases de Fidel Castro renovadas por el movimiento bolivariano de Hugo Chávez y Nicolás Maduro, y exacerbadas por la cuarta transformación de Andrés Manuel López Obrador. Fidel Castro dixit: “Condenarme no importa, la historia me absolverá”, “Dentro de la revolución todo, contra la revolución nada”, “Esta es la revolución socialista y democrática de los humildes, con los humildes y para los humildes”. ¿Acaso no hacen eco estas declaraciones del revolucionario, cuando nuestro presidente lanzó su máxima ‘se está por la transformación o en contra de la transformación? Es trágica esa espiral discursiva.

En el caso de cada uno de estos revolucionarios de campo o escritorio, llegaron al poder con la furia que apunta Hannah Arendt, para desvelar su rostro autoritario a la mañana siguiente de la victoria como actores políticos agobiados por el rumbo de la democracia que ayudaron a hacer valer gracias a su presencia, discurso y aplomo frente a la masa. Ante las primeras demandas del pueblo exigiendo el cumplimiento de las promesas, los capitanes permiten por capricho que el barco naufrague sin posibilidad de salvación, sin que valga la pena achicar y, en medio de la tempestad, los líderes deciden no participar de la democracia por la cual lucharon (según ellos) y culpan al pueblo mismo por reclamar acciones efectivas, pues son críticas directas a la nobleza de sus corazones.

Entre los defectos de la política mesiánica, aquella que posee la fórmula del éxito social, predomina una ilustración malentendida que aplaude a los pilares de la ignorancia para la creación del mundo ideal, donde el pensamiento crítico es enemigo de la democracia misma. La creación perpetua de los enemigos del estado son risibles en su pretendido maquiavelismo y la peligrosidad de la estrategia radica justo en la obviedad de su proceder. Sabemos que cumplen paso a paso con una agenda a la vista de todos y aún así sorprenden, pues resulta increíble el proceder destructivo de sus acciones que no son incoherentes respecto a sus ideales de la creación de un nuevo Estado.

Hannah Arendt dialoga a la perfección con el escritor libanés Amin Maalouf quien, a finales del año pasado con su libro “El naufragio de las civilizaciones”, planteó la existencia de la demagogia y del caos político universal prepandémico. Ahí afirmaba no comprender cómo en este momento histórico, con la revolución tecnológica a partir de Internet, la creación de la Unión Europea y los avances científicos sin precedentes, estamos empantanados en la miseria provocada por los conflictos religiosos convertidos en guerras y los movimientos populistas en todo el orbe. Maalouf advierte que no hemos avanzado, sino que nos aferramos a no buscar del todo la solución a las desgracias humanas que existen y que están por venir. Las guerras no se detendrán, pues el ansia de poder y control es una semilla que nutre a miles de radicales en cada país. Arendt, desde hace más de medio siglo, dio las claves para entender el proceso pedestre por medio del cual se gestan las dictaduras criminales. Maalouf anuncia la debacle política y social para el resto del siglo, problema del cual forma parte nuestro país.

Indignación contra el nuevo régimen

En ocasiones es difícil no criticar. ¿Qué sentido tiene? Utilicemos otra palabra; reflexionemos por qué es tan complicado no reprochar.

La política en su práctica es herencia, casta, industria, estrategia, mentira, retórica, pasión, un redondel de deseos, una nada fina administración del poder irreformable, discurso vacío, estupidez. Al parecer nada bueno, no obstante, nos rige y educa. Durante las últimas semanas, el panorama político y social nacional no ha lucido nada alentador. No vale la pena mencionar la emergencia sanitaria, pues es noticia vieja pero activa y legitimada para su posteridad nacional (Hugo López-Gatell podría objetarlo, sería interesante que nos diera una clase acerca de “comunicación y periodismo”, por qué no, se le da la retórica). Todo lo anterior son obviedades, duele decirlo, un caos perdurable cual naufragio que vuelve nuestra boca salina al escuchar los discursos Ad absurdum del presidente, que no logra fajar su pantalón. Hablar de la violencia que ejerce el crimen organizado no es novedad. En este rubro, millones de mexicanos, de sur a norte, somos analistas expertos sin tecnicismos de seguridad nacional.

Exonerar es un gran vocablo. No lo olvidemos. Tanto en este sexenio como en los anteriores, ha sido el verbo que rige el sistema de justicia del país. Hace apenas unos días, la madre del narcotraficante José Antonio Yépez, mejor conocido como “el Marro”, quedó libre, exonerada, por falta de pruebas en su contra luego de ser detenida por manejar las operaciones financieras del cártel Santa Rosa de Lima. Horas más tarde asesinaron al abogado de la sacrosanta señora. Alguien estaba molesto. Previo a esto, vimos al narcotraficante, hijo pródigo, llorar por su madre mientras amenazaba al gobierno mexicano y agradecía, además, al pueblo bueno que salió en defensa de sus familiares encarcelados. Jamás había visto a un delincuente llorar a cuadro por su progenitora. Lo entendemos, las madres son sagradas; y verlo llorar, clamar justicia, es increíble porque le hablaba a ese pueblo beneficiario del crimen, en mayor o menor medida, que valida sus acciones a pesar de la vida de otros. El delincuente cual mártir.

Más florido y patético fue escuchar el presidente aceptar, en cadena nacional, que dio la orden de liberar a Ovidio Guzmán, en Culiacán, Sinaloa. Mintió cínicamente; algunos se molestarán, pero así lo hizo, bajo el argumento de querer salvar más de doscientas vidas de soldados y civiles gracias a su decisión de Estado… lo cual está en duda. Todo esto remata en un breve video del mandatario diciendo, cual demagogo, que tiene miedo del crimen organizado como cualquier mexicano… sólo que él no es cualquier mexicano… y su gobierno sigue “luchando” contra la violencia al tiempo que Omar García Harfuch se recupera tras el atentado que sufrió en la Ciudad de México… gran escándalo. Aunque pienso, es aún más deprimente saber que nuestro gobernante no cree deberle nada a la sociedad, pues la indignación de la gente no representa ningún conflicto para su mandato, el pueblo ya no es su capital.

Kurt Vonnegut, autor que valdría la pena rescatar del olvido, escribió “Matadero cinco” hace medio siglo. Se trató de un libro que cimbró con su sátira a los veteranos de la Segunda Guerra que veían con horror la espectacularidad trágica de Vietnam. La obra de Vonnegut es bastante divertida en ese caos que aborda el sinsentido bélico, que llama la atención de una raza alienígena del planeta Tralfamadore, la cual se entretiene al ver la capacidad de destrucción de los humanos. No imagino cómo se divertirían hoy. Billy Pilgrim, el joven soldado protagonista de la novela, narra con metáforas psicodélicas su encierro en un matadero luego de ser capturado y sometido por el ejército alemán. Hasta ese momento nada extraño ocurre, sino hasta que los habitantes de Tralfamadore le prestan atención al veterano, a quien adentran en su lógica existencial sin libre albedrío, para convertirlo en animal de zoológico donde lo invitan a procrear con una actriz pornográfica también recluida en el mismo parque-casa habitacional para el entretenimiento de los otros.

La crítica que subyace a la novela alude a la indignación del hombre frente a la guerra, esa lógica existencial tan humana y discursiva que tiene su motor en la destrucción de doctrinas y pueblos. Billy Pilgrim, valga la comparación del Sísifo de Albert Camus, es un personaje destinado a cumplir con su destino sin posibilidad de modificarlo y tiene en los márgenes de esa repetición eterna todo el derecho de indignarse por su condición, la cual debe repetir por el resto de su vida… de nuestra vida.

Indignación. A la par con los sucesos violentos de los últimos días, el tema que es verdaderamente relevante para nuestra realidad política no es otro que los comicios del próximo año, con los cuales se juega el verdadero control del país por lo que resta el sexenio. Es interesante percibir cómo el pueblo en sí no tiene relevancia alguna para dicho procedimiento de elección popular. Siendo justos, el pueblo sólo tiene valor una vez cada sexenio, el resto del tiempo somos agentes sin consideración por demás manipulados, sin voz ni voto. Lo que impacta de este gobierno es que, al menos en los últimos 18 años, es el único que se ha vendido como uno que representa plenamente al pueblo mismo. Estamos de acuerdo en eso, supongo, pero ¿cuál es nuestro papel en este momento en el que una gran fracción del pueblo está inconforme con lo que acontece en el país?

Es sabido que toda gran revolución necesita de mártires que validen las acciones del poder entrante para promover con estas figuras el progreso del proyecto político y social de todo nuevo gobierno; no es ningún descubrimiento. La cuestión es: ¿estamos dispuestos a ser los mártires del cambio de régimen? ¿Acaso el gran número de niños, niñas, mujeres y hombres que viven con cáncer son la materia dispuesta, el sacrificio humano perfecto para el cambio? Por ocioso y reduccionista que sea el planteamiento, no puedo creer que terminar con programas sociales en beneficio de estas poblaciones vulnerables validen el nombre político de un proyecto, de una figura.

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México sin esperanza educativa

1. A las siete cuarenta y cinco de la mañana la mayoría de los niños y jóvenes del país iniciaron sus respectivos ciclos escolares apenas hace una semana. Lo que se extraña en principio es el leve frío de la mañana, el ruido del tráfico que no cesa y la prisa a raudales de familias que intentan llegar a tiempo a las puertas de la escuela, esto en el caso de los estudiantes citadinos. En las extensas zonas rurales y marginales del país anidan otros contextos nada loables para los estudiantes que buscan, a partir del conocimiento, una ruta de escape de la espiral de la pobreza. Entre las clases menos privilegiadas la educación es una herencia, la única, si es que los padres pueden costearla. Ambas realidades dan rostro e identidad a la educación básica e intelectual en México.

A las ocho de la mañana los niños y jóvenes encendieron las computadoras, televisores o tabletas para iniciar sus ciclos de aprendizaje frente a la pantalla, ese espejo profundo y oráculo contemporáneo de nuestros hijos. El ruido de la nueva realidad educativa es castrante. Lo es, olvidemos la falsa cortesía. Las voces de los padres de familia, de los niños y de los profesores religadas con la intermitencia de las transmisiones digitales hace de la tecnología un infierno que asumimos como Sísifos. El carácter y la metodología de los profesores está en juego. Desde el otro lado de la pantalla deben domar su instinto porque ahora no sólo los estudiantes son testigos de sus errores sino que los padres acechan el error. Así pues, la dulzura y amabilidad extrema, la repetición perene de los ejercicios vuelve tormentosa la pasarela del conocimiento que se antoja nulo.

Los padres reviven su infancia obligados, negocian con sus labores cotidianas para mantenerse en pie ante la pandemia. Toman las clases e izan también el título de profesores de sus hijos; y al igual que los educadores deben controlar su carácter ante el televidente del desgraciado Reality show del conocimiento. Los estudiantes, sin embargo, viven un momento extremo. Aprenden el juego del distanciamiento social, de la pérdida de la autoridad del profesorado, de la irrelevancia del aprendizaje por el menoscabo de los retos intelectuales. La extrema amabilidad convierte al educador en un personaje de opciones múltiples cual programa interactivo y a los padres en censores en la cómoda escenografía de su hogar. Todos espectadores de sí mismos frente a la pantalla.

La pandemia nos ha desnudado. El mundo laboral se desploma. Las instituciones públicas intentan justificar su existencia como la Secretaría de Educación Pública que preside Esteban Moctezuma. A la Secretaría de Salud de Jorge Alcocer Varela y Hugo López-Gatell vale la pena dejarlos descansar en sus laureles. Nuestra desesperación se acentúa conforme la debacle económica se torna trágica; y la soledad, amarga amiga para muchos, reposa en cama como fiel amante. La furia es latente por el atroz cambio a las rutinas cotidianas y duele en la médula que nuestra burbuja del bienestar haya reventado. No somos candidatos a ese primer mundo soñado desde hace décadas y nuestra actual posición geopolítica e intelectual está devaluada debido a las ideologías tan modernas en su arcaísmo que nos gobiernan.

2. Hay bastante que decir al respecto del sistema de la educación en México, pero las páginas del día de hoy serían insuficientes. Un breve repaso histórico me lleva a suponer que el proyecto de educación de José Vasconcelos, ideólogo fundador de la Secretaría de Educación Pública, que contó con el apoyo del presidente Álvaro Obregón para sentar las bases del gran programa intelectual del país, fracasó en su intento idealista de impulsar las escuelas rurales, eliminar el analfabetismo y fortalecer las redes de bibliotecas que continúan a la deriva, sin libros ni lectores. Hoy, por cierto, las bibliotecas se hunden bajo la capitanía de Max Arriaga. Vasconcelos palidecería frente al nuevo rol de las bellas artes en este periodo gubernativo cuando el artesanado y el barro se ubican por encima de la abstracción y el mármol. José Vasconcelos fue la piedra angular de un proyecto educativo nacional y republicano, esperanzador, que permanece hasta la fecha sin cristalizarse.

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La corrupción educativa en México

La educación es el enemigo íntimo que un Estado despótico debe vigilar y menguar. Se debe controlar el semillero de los conceptos científicos, filosóficos y políticos que nutrirán de conocimiento al pueblo en aras de encontrar vías para su progreso. Al conocimiento como herramienta de supervivencia hay que sobajarlo y difamarlo frente a las clases sociales más cercanas a la pobreza para eliminar de sus ideales el deseo por aprender, y ayudarlos a romantizar hasta el extremo la idea de la humildad y la riqueza espiritual que otorga el trabajo que no requiere de preparación escolar.

En México, la tarea de los profesores a lo largo de la historia posrevolucionaria, se ha concentrado en educar a generaciones enteras de mexicanos sin capacidad de discernimiento, porque el Estado no ha brindado ni los presupuestos necesarios para la educación ni la preparación adecuada para los profesores que, en su mayoría, recurren a las aulas como modo de supervivencia y no por vocación. También las preocupaciones sindicales nimias de los profesores, como ejemplo el magisterio de Oaxaca, son más importantes que la educación y estos personajes vividores del sistema educativo nacional existen como rémoras que navegan infinitamente unidas al pueblo que las pasea sobre sus espaldas.

Mientras estudiaba en la Universidad Autónoma de Baja California, tuve como profesor a una leyenda intelectual de Tijuana, director de la Preparatoria Federal Lázaro Cárdenas la más prestigiada, cronista y figura incuestionable del honor local, educado en la Ciudad de México. Pecaba, como otros tantos, de una soberbia impecable que otorgan los círculos “eruditos”. Hundía los sueños de sus estudiantes porque no merecían el honor de su presencia. “Ustedes, no podrían acceder a estudiar por ejemplo en el Colegio de México, son espacios selectos para los cuales no están preparados”, comentó en alguna ocasión el gentilhombre en el salón de clases. Frase que jamás olvidé por su mediocridad que herró el pensamiento de varios compañeros. Queda claro que el afamado cronista no estaba educado para encausar a sus alumnos a sobrepasarlo.

Al poco tiempo, estuve frente a un grupo de preparatorianos estatales a los que alistaban como afanadores mecánicos que darían mantenimiento a las maquiladoras de la región. La preparatoria era vespertina y sus instalaciones pertenecían a una primaria rural en medio de la “citadina” Tijuana. Presioné bastante a los estudiantes para que ejercieran la crítica con argumentos, lo cual no fue muy agradecido por la planta de profesores, me llamaron la atención los inspectores de la zona estudiantil, no hice caso. Varios de aquellos jóvenes descubrieron que existían becas, oportunidades y profesiones inimaginables. Algunos no deseaban estudiar por no contar con los medios económicos, y aun así varios llegaron hasta la universidad dejando atrás el destino escogido para ellos por el Estado como simples afanadores. De mi experiencia como estudiante y profesor entendí que la educación es un falso privilegio al cual todos podemos acceder. ¿En verdad necesitamos de un privilegio defectuoso en su raíz?

No somos una cultura educada para pensar. Educada para ejercer y comprender la crítica hecha hacia nuestro ejercicio intelectual. Los mexicanos huimos de la crítica frontal, y para decir lo que verdaderamente pensamos es necesario hacer un tratado de disculpas previo a manifestar lo que deseamos por miedo a herir susceptibilidades, es nuestra cruz siempre en ruta hacia el Calvario. Tampoco sabemos escribir y es trascendental para el ejercicio del pensamiento. ¿Cómo lograr la coherencia discursiva de aquello que deseamos comunicar si no trazamos primero el mapa? Además, somos bastante influenciables, atendemos a figuras intelectuales que validamos por extranjeras, lo cual habla mal de nuestro discernimiento. ¿Para qué nos preparan en el sistema educativo y académico mexicano? Contamos con grandes mentes en reposo, temerosas a decir la verdad acerca del caos científico que vivimos en este momento.

A partir del arribo del gobierno de la transformación sufragada por millones de mexicanos, hemos visto cómo sus acciones políticas han desmantelado, con una ruta establecida de antemano, el sistema educativo y científico nacional. La sensación que existe entre las sociedades científicas es la de una persecución tácita impulsada por la degradación abrupta del Consejo Nacional de Ciencia y Tecnología que preside la doctora María Elena Álvarez-Buylla. La ciencia en la actualidad es un ejercicio intelectual desechable y juzgado a partir de discursos morales por supuesto no verificables. Al no fundamentarse el conocimiento científico en las raíces ancestrales de la cultura popular-indígena de la nación, éste no tiene relevancia porque no hay cantos ni ceremoniales con copal que validen su existencia. Es alarmante que la doctora Álvarez-Buylla, secundada por Hugo López-Gatell, desprecie el conocimiento científico para apoyar la ideología del actual mandatario ávido por descubrir en las hortalizas la tónica para el triunfo del estado mexicano frente a la pandemia.

Estamos, al parecer, en los primeros años de la revolución rusa, ahora en México. Aquella que inició entre bolcheviques eliminando la pluralidad educativa hasta convertirla en un proyecto técnico y de propaganda política. Labor titánica del Comisariado Popular para la Instrucción Pública, el Narkompros, encabezado por el dramaturgo Anatoli Vasílievich Lunacharski defensor, por cierto, de las artes lo cual se contrapone con nuestro gobierno.

Fue de este movimiento revolucionario del cual se tomaron las ideas adjudicadas a nuestro presidente: la venta de ediciones populares de literatura, sagrada bandera de Paco Ignacio Taibo II, director del Fondo de Cultura Económica; la educación popular sin calificaciones, con la eliminación de exámenes porque la enseñanza es un “privilegio” para todos; además del énfasis puesto en el estudio de oficios más no en la capacitación intelectual. Propuestas de las que no emite juicio alguno el Secretario de Educación Esteban Moctezuma Barragán.

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La república amorosa

No pretenda tocarme, señor, aquí no hay nada sino viento. Luego el silencio. Esta es una confesión de dolor, de un amor imposible entre el músico y compositor, ícono de la viola da gamba Monsieur de Sainte-Colombe, y el espectro imaginario de su mujer fallecida que lo visita noche a noche mientras toca su viola e intenta imitar con sus melodías el lamento de los muertos. Esta breve e inolvidable escena es de “Todas las mañanas del mundo”, del novelista francés Pascal Quignard, que después llevó al cine Alain Corneau. Tanto la novela como el filme, son obras maestras que abordan el concepto del amor desde la imposibilidad de poder nombrarlo, apenas sentirlo, hasta la médula. Disculpen mi atrevimiento. La escena más romántica y sensual de la literatura universal la escribió el escritor japonés nacionalizado inglés, Kazuo Ishiguro, en su obra “Lo que queda del día”, que cobra vida gracias al director cinematográfico James Ivory y que reúne al viejo mayordomo de un aristócrata con una ama de llaves que lo descubre en la privacidad de su estudio leyendo novelas amorosas so pretexto de enriquecer su vocabulario. El mayordomo descubierto oculta el libro que la ama de llaves, enamorada del caballero, le arrebata con supra delicadeza mientras sus rostros guardan cinco centímetros de distancia, sin romper las formas. El mayordomo se sonroja, y ella no tiene más que decirle a un hombre descubierto en su fragilidad espiritual.

Vale la pena releer ambas obras y escudriñarlas no únicamente por el discurso que he reducido a propósito del amor (¿acaso negaríamos esa pasión al pie del cadalso?), sino porque en ellas subyace el espíritu del deber y la obligación social que le debe el pueblo al estado monárquico o político y no al revés.

Monsieur de Sainte-Colombe, un hombre descrito como un ermitaño que se dedica a componer sus centenares de piezas, y dar algunas clases y recitales, se ve atacado por un clérigo de la corte de Louis XIV quien, al escuchar acerca del virtuosismo del maestro, lo urge a pertenecer a la corte del rey porque, de lo contrario, su talento mismo no tendrá más valor que el aroma fétido de los peces muertos de los mercados. Ante las declaraciones del abate, Monsieur de Sainte-Colombe monta en ira y lo corre de su casa a empujones. La venganza es sólo una, nunca más vuelve a dar un recital, ni llegan los alumnos a su puerta. El rechazo al poder lo sumerge en la desgracia.

La vida amorosa del mayordomo y el ama de llaves ocurre durante un periodo de coqueteo entre la aristocracia inglesa con la diplomacia prebélica del Fürher en el denominado período Europeo de la Realpolitik, pragmatismo político dicho de otra manera, posterior a la primera guerra mundial. Según la novela, en ese instante, al menos un grupo determinado de la aristocracia inglesa se inclina a participar en la alianza entre Alemania e Inglaterra frente a las naciones europeas, decisión anárquica sucedida por la Segunda Guerra que lleva a la desgracia a los miembros de ese círculo de Lores fariseos de la patria. Una de las escenas aborda a la perfección el retrato de la clase trabajadora respecto a la  política-empresarial. Un aristócrata le lanza al mayordomo una pregunta tras otra acerca de la diplomacia y gobernabilidad, pero éste no responde pues no es de su competencia. El final es magnífico: “¿Cómo podemos dejar que esta gente tome decisiones por el país si no tienen idea de nada?”, cuestiona el burgués para humillar al mayordomo.

Hace unos días, en este mismo espacio, escribí que “ignorar al pueblo mismo es vencerlo, contrarrestar su voz, castrarlo de raíz, aplicando el desprecio como herramienta de sometimiento, porque en este acto de ninguneo anida la esperanza de ser escuchados”. Continúo defendiendo esa tesis, no cederé y me llamó la atención la gran cantidad de agresiones en contra de estas palabras, me divirtió sobre todo pensar ¿dónde quedó la ‘república amorosa’? ¿Acaso no era esa la tesis del libro “Hacia una economía moral”, publicado por nuestro presidente, con la cual pretendía y cito: “cultivar los mejores sentimientos y actitudes con nuestros semejantes […] regenerar la vida pública de México, mediante una nueva forma de hacer política”?.

Apelando a las palabras de Lee McIntyre, soy honrado en mis análisis, pero no puedo prometer ser ecuánime sobre todo cuando, como individuo del pueblo, percibo los errores que se cometen en aras del bienestar y progreso ficticio de los proyectos del actual gobierno que, aclaro, me incomoda en sus prácticas de la misma forma en que otros lo hicieron. Estoy convencido de que le damos demasiada importancia al presidente, yo el primero. Sería mejor fiscalizar a los miembros de las cámaras que, al igual que el primer mandatario, están más preocupados por las elecciones del 2021 clamando un fraude electoral precoz (cinceladas en la mente del votante ingenuo), que por la pandemia, la crisis económica y el aumento de la violencia. ¿Con qué objetivo gobiernan pues, si los problemas inmediatos no convocan su atención? La posibilidad de la permanencia en la curul es tal que ciega a las bestias políticas, los torna salvajes y en su peregrinar lo avasallan todo: la paz, la unidad y el bienestar de la gente de a pie. El poder absoluto degenera y ensordece. Nuestro pueblo es a los ojos de los líderes en turno lo mismo que el mayordomo de Ishiguro al aristócrata inglés: tan sólo la masa estúpida, peor aún: estadística pura sin necesidades.

¿Dónde quedó la ‘república amorosa’? No existe. Es un concepto mal fraguado, tibio y, por tanto, apto para vomitarse, según el Apocalipsis. La república está perdida entre chismes, dimes y diretes; perdida entre defensas de la primera dama que no existe, pero cuya presencia es férrea entre la sonrisa amable y digital; extraviada en riñas con personajes de las redes sociales que dan batalla; en la victimización y revictimización del mandatario, que no atiende a la regla aprendida en el jardín de niños: ’sin llorar’; en la negación de los problemas que atañen a cada uno de los poderes del Estado; en la muerte a cuestas de infinidad ciudadanos por los recortes presupuestarios a la salud; en la destrucción del aparato cultural, un despropósito en sí mismo, pues hoy la Secretaría de Cultura cumple con tareas de bienestar y no de la defensa de las Bellas Artes; en la aniquilación de las instituciones autónomas, pero impertinentes para el cambio obligado, el INE bajo fuego; está en la negación misma de la anarquía de la república sustentada en un caos autogenerado y proverbial.

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Desgracia de los bárbaros

JM Coetzee es uno de los grandes escritores de finales del siglo XX. Pocos se atreven a esgrimir el contraargumento que invalide la obra literaria, filosófica y política del ganador del Premio Nobel que estremeció con su narrativa a las buenas conciencias sudafricanas blancas y negras que desean, hasta la fecha, olvidar el largo periodo del Apartheid que finalizó en 1994, pero que sigue vigente de manera tácita.

Desgracia”, escrita por Coetzee y publicada en 1999, es una pieza dolorosa, no por la tragedia y la miseria del ser humano que plantea: la vida de David Lurie, el eminente profesor avergonzando y refugiado en la granja de su hija, en alguna parte del país africano, sino porque la obra nos ayuda a comprender que la violencia es una herramienta empuñada con habilidad por las costumbres y tradiciones de un pueblo sin importar cual, acogido por el barbarismo periférico de toda metrópoli. Cualquier arbitrariedad cometida por un municipio pobre y marginado es disculpada por el manto de usos y costumbres, donde habita también la religión.

En la novela de Coetzee, la mujer blanca, hija del profesor, será subyugada por la comunidad negra hasta borrarla del mapa, no mediante el asesinato, sino a través de su conversión en una mujer más del harén pueblerino, su pasaporte para ser aceptada por los “dioses” y la “religión” de la tribu africana. Este hecho es algo que el profesor universitario no comprende y, a pesar de su proceder racional, no logra convencer a su hija granjera para que rechace su destino auto impuesto, como esposa del negro a quien le cederá su propiedad, pues éste la protegerá de la violencia regional y tendrá un nombre entre los parias sudafricanos. Todo esto por dejar vivir a la mujer blanca y educada en ese refugio agreste, apartado de la civilidad. Un fenómeno al que Ralph Ziman, otro escritor sudafricano y cineasta, nombra como el descubrimiento exótico de la pobreza por parte de los blancos que exculpan a sus antepasados.

La realidad en nuestro país no está tan alejada de esta trama africana que a simple vista nos es ajena. Si hablamos de usos y costumbres degenerados por la violencia, tenemos un foco rojo en Tlaxcala, con el tráfico de mujeres, y otro en Oaxaca y Chiapas con las bodas pedófilas y consentidas por los padres de las víctimas. O veamos el caso de Puebla e Hidalgo, por ejemplo, con el crimen arraigado entre sus habitantes de municipios periféricos que apelan a sus tradiciones como salvaguarda para quemar y mutilar a extraños.

Estos pueblos buenos hacen justicia por propia mano en contra de aquello considerado incorruptible en su tierra. A su parecer, delinquir es algo justo porque brinda bienestar a sus pobladores (el robo de combustible es una práctica generacional, por ejemplo en las regiones periféricas del sureste), mientras repican las campanas de las parroquias, o entran en trance los pastores, en apoyo y grito de guerra para abominar, unidos por la fe, aquello que no sea propio o en beneficio de su cultura rural y “originaria”.

Durante las últimas semanas, centenares de médicos, practicantes y enfermeros han sido agredidos por riadas de familiares y enfermos que niegan, unos, la peligrosidad de la pandemia porque es una enfermedad inexistente, otros porque argumentan exaltados que serán contagiados con vileza por el personal mismo que arriesga su vida para salvar a sus comunidades. La ignorancia reina entre todos ellos y aclaro que la falta de sentido común y la educación como un valor moral, que da paso a la estupidez, no tiene nada que ver con la condición social. La riqueza por sí sola tampoco crea buenos ciudadanos.

Hace días, familiares y conocidos de un muerto por Covid-19 irrumpieron en un hospital de Ecatepec, Estado de México, propiciando el caos y amedrentando al personal sanitario porque asesinaron a su “gentilhombre” al suministrarle una inyección letal con la enfermedad de moda. Para cerrar con broche de oro, una de las mujeres, la madre, gritó frente a los medios de comunicación que el virus que provocó esta pandemia no existe… Otra más en la trifulca (al parecer llorando) clamaba a Dios que el personal estaba asesinando a los pacientes. Esto no es propio sólo de esa parte de México, lo mismo ocurre en el norte y otras regiones donde el pueblo violenta por derecho y temor a los trabajadores de la salud.

Aclaremos que lo que generó este caos fue la falta de comunicación de las instituciones sanitarias con los familiares de enfermos en este momento de crisis, sumado a la desesperación e ignorancia o desinterés de la población ante la gravedad de la emergencia sanitaria. Llamó mi atención que entre los argumentos de defensa y apoyo hacia los pobladores de esta región del país se dijera que: “como son de Ecatepec son muy bravos y nadie se mete con ellos”. Esa disculpa generalizada tan mezquina apoya aún más la ignorancia normada del llamado pueblo bueno y lo estigmatiza. Así podemos recorrer todo el país identificando este rostro de la miseria desde Baja California hasta Quintana Roo.

Inocentemente, siempre me he preguntado si existe algún programa o acuerdo internacional que premie a los Estados con mayores índices de pobreza de tal manera que sea necesario mantener a una parte de la población en carencia obligada. Al revisar el directorio de la ONU, en su apartado Fondos, Programas, Agencias, cuento 36 organismos que ayudan a gestionar y reducir la pobreza a nivel mundial (además de las problemáticas que conlleva) que jamás desaparece.

Leyendo las reflexiones de Angus Deaton, Premio Nobel en Economía, entiendo según sus investigaciones que no sirve el derroche de apoyos internacionales en países en vías de desarrollo como el nuestro porque potencia la ineficacia de los gobiernos que creen beneficiar. Vuelven pasivos a los gobernantes y pobladores eliminando las responsabilidades que como sociedad democrática deben atender.

Esto me lleva a cuestionar de manera romántica cómo, después del periodo revolucionario en México, los problemas de subsistencia en las regiones marginadas continúan vigentes, sin importar el gobierno en turno. Las ayudas internacionales con las que ha contado el país a lo largo de los años han beneficiado a ciertos sectores de la población que están económicamente activos, olvidando a las poblaciones en desventaja que son en su mayoría, por siempre, la mano de obra. En esto sí ha fallado el modelo neoliberal que ahora mueve su foco de inversión hacia los programas sociales como se plantea ya en Alemania a partir de la pandemia.

Nuestro país es especialista en formar analfabetas funcionales (que apenas saben leer y escribir), aquellos que habitan en las zonas conurbadas o en las periferias de las grandes ciudades, de las barriadas, donde no se favorece a la educación formal, menos la tecnológica, en serio, y subsiste la cultura del sálvese quien pueda que abre la puerta a la religión. Ni siquiera hablo de Dios en principio, sino de otros rituales como la santería.

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Del fanatismo al amor por la patria morena

El título de la obra de Cormac McCarthy, “No Country for Old Men”, fue traducido por Luis Murillo Fort como “No es país para viejos”, aunque me parece que debió ser “No es tierra para viejos”, ya que la obra misma, a través de la voz de Ed Tom Bell, alguacil al borde de la jubilación y personaje clave de la obra, reflexiona acerca de cómo la violencia que existe en esa región apartada del paraíso cristiano habría sido inimaginable para los viejos alguaciles de inicios del siglo XX. Esos que no llegaron a desenfundar su revólver cuando ejercieron como representantes de la Ley, en el agreste rincón infernal fronterizo dominado por el narcotráfico de finales de los años setenta.

La novela de McCarthy reflexiona acerca del “deber” en sus múltiples facetas. El deber criminal, de justicia y supervivencia. La acción de la obra se detona cuando el veterano de Vietnam, Llewelyn Moss, recupera un maletín con dinero de una negociación fallida entre mafiosos texanos y coahuilenses. La situación se complica cuando entra en escena el sicario Anton Chigurh, que tiene como deber recuperar el maletín a expensas de la vida de quienes interfieran con su objetivo, sin odio y sin revanchismo… tan sólo cumple con la tarea de recuperar un maletín. Podríamos aseverar que es un criminal equilibrado, el punto medio entre el bien y el mal que, por supuesto, ama el combate. Al verse frente a la muerte, en más de una ocasión las víctimas de la novela declaran: “no tienes que hacer esto”, para luego ser abatidas, pues no debe quedar rastro de los involucrados en la tragedia.

Conforme avanzan los meses, entre pandemia, criminalidad, ocaso económico, confrontaciones geopolíticas entre el agonizante Estados Unidos y la resentida China, y el resurgir de los grupos neonazis dentro del ejército alemán con el sueño de hacer realidad el “Día X”, las propuestas de nuestro gobierno, se tornan absurdas al grado de someternos por medio del discurso oficialista a la condena de vivir adentrados en tramas infantiles, sin reglas éticas ni morales, donde todo puede suceder.

Hemos comenzado a perder el sentido del humor por una urgencia apocalíptica que nos obliga a cuestionarnos: ¿Qué pasará el próximo año? Si bien la caída económica está presente, no será sino hasta el 2021 cuando tocaremos fondo, quizá. No obstante, el subgobernador de Banxico, Gerardo Esquivel (de las pocas voces a veces coherentes dentro del actual gobierno), pide al pueblo tener paciencia pues no estamos tan mal. Nos hundiremos, sí, pero saldremos a flote hacia el 2022 cuando se logrará recobrar la estabilidad previa a la pandemia, lo cual tampoco es un logos económico para presumir. Vamos todos en un mismo barco hacia el desierto marino, donde cada navegante canibaliza lo que puede.

Conforme pasan los meses, aparecen y desaparecen voces de la resistencia del gobierno actual como Hernán Gómez Bruera, apologista caído de la gracia del poder de forma intempestiva, que desde la barrera admira a Gibrán Ramírez. Otros, como Katu Arkonada, el más articulado (o combativo) en su defensa de la izquierda viciada; Abraham Mendieta, el gesticulador político; Estefanía Veloz y Andrea Chávez, las jóvenes feministas de la izquierda; entre otras figuras de bajo perfil, se empoderan en sus reuniones a lo largo y ancho del país preparando sus bases o cuadros políticos al grito de “Calderón a prisión”, una nada brillante estrategia de confrontación política que es posible gracias al trabajo de Gonzalo López Beltrán, hijo del presidente encargado, cual guerrillero ideológico, de crear durante la campaña electoral de 2018 una red excepcional de operadores en cada estado de la república que hoy rinde sus frutos y sus fallas. López Beltrán es el abogado del diablo al que pocos temen, pero no hay que perderlo de vista.

Entre las frases aprendidas a lo largo de los años hay una atribuida a Vladimir Ilich Lenin que tiene bastante sentido en este momento histórico: “Los extremos se tocan”, razonamiento del soviético que parte de una lectura apasionada de la obra del alemán Georg Wilhelm Friedrich Hegel. En sus “Cuadernos filosóficos”, Lenin reflexiona acerca de la dialéctica (tesis, antítesis, síntesis) de Hegel argumentando que, una vez cumplidos los pasos del movimiento dialéctico, se retorna a un origen primigenio de las ideas que se contraponen entre sí para generar conocimiento verdadero, según el contexto. Esto es, cuando las ideas, o ideologías (como, por ejemplo, la extrema derecha y la izquierda radical) se encuentran, en ambas hay rasgos que se identifican y al mismo tiempo se repelen para crear revoluciones o cambios desmedidos. El planteamiento es genial, sobre todo cuando escuchamos una y otra vez la frase del ejecutivo “no somos iguales”, que, si los personajes antes mencionados lo entienden, sabrán pues que forman parte del mismo problema que combaten desde su trinchera a gritos incoherentes.

Steve Bannon, uno de los grandes estrategas políticos de la extrema derecha estadounidense, fue una de las mentes detrás del empoderamiento de Donald Trump desde la publicación periódica de Breitbart News. Bannon es un defensor del nacionalismo extremo que culpa a la economía de llevar a la quiebra moral a todos los pueblos del mundo y que apuesta por el aislacionismo y un control marcial de los gobiernos sobre los pueblos. Durante el brevísimo tiempo de gloria de Trump, Breitbart News tuvo el apoyo de otra celebridad del mundo virtual de nombre Milo Yiannopoulos, un apuesto hombre blanco homosexual de la ultraderecha que impulsaba la agenda joven y daba voz al movimiento neonazi en Estados Unidos.

Mientras que Bannon pasó de dar conferencias magistrales a formar parte del gabinete de Trump para luego renunciar, cansado del lirismo de Trump, Yiannopoulos pasó de ser un enfant terrible de la política estadounidense que lanzaba consignas contra los gobiernos demócratas en plazas públicas y universidades, a ser un apestado por sus declaraciones pedófilas, lo cual acabó con su brillante carrera al no entender los límites del pueblo mismo. Bannon se mantiene activo promoviendo su agenda nacionalista en Europa, mientras que el joven rebelde Yiannopoulos se lamenta en redes sociales por la nula repercusión de sus ideas en la cultura que lo ensalzó hace apenas cuatro años. Y aunque ambos fueron encumbrados por el periodismo, son acérrimos enemigos de la prensa crítica hacia el extremismo ideológico contrario a su juego discursivo.

De regreso a “No Country for Old Men”, en específico a los personajes Anton Chigurh y Llewelyn Moss, ambos son el retrato de la naturaleza del pueblo que vale la pena analizar. Moss, es un tipo común y corriente que vive en una casa rodante y que, al ver la oportunidad de hacerse del dinero que yace al lado de cuerpos en descomposición, no duda en tomarlo por el bienestar que le otorgará. A éste, la guerra no le hizo justicia y debe buscar todas las posibilidades infinitas para subsistir. Chigurh no entiende romanticismos, es coherente con su objetivo y deber: recuperar el dinero y asesinar a quien lo tenga. Su lid pragmática es honorable. Ni uno ni otro polemiza para hacer de su condición un martirio, accionan y con esa tarea nos permiten comprender los motivos que impulsan la progresión de ambos en la historia. No hay mentiras, orgullos malentendidos, ni deseos ocultos, sino objetivos que te permiten validar las trayectorias de ambos sin paternalismos. Bell, el alguacil, es la conciencia que nos invita a reflexionar cómo las pasiones humanas lo destruyen todo… y en la política aún más.

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