La transformación moralmente sadista

“Marat/Sade”, de Peter Weiss, es una obra fundamental de la literatura dramática de la segunda mitad del siglo XX que hace una crítica a la revolución francesa ataviada por el sentimiento humanista e ilustrado de fin del siglo XVIII, a través de la mirada ficticia del político Jean-Paul Marat, desde el punto de vista también artificial de Donatien Alphonse François, conocido como el Marqués de Sade, durante su estancia en el manicomio de Charenton. La pieza en sí misma es una meditación político-filosófica que, desde el escarnio, aborda la muerte de Marat por sus convicciones que entorpecen los deseos de otros políticos de su tiempo. Para lograr una meditación plena de la vida de Marat, Weiss recurre a la figura del Marqués de Sade y critica desde el absurdo los ideales del galo que no entendió, como lo hizo el autor alemán a través de Sade, que la política revolucionaria es parecida al acto de copular.

Así la representación Sade: escribe desde el manicomio la vida y obra de Marat que será representada por los enfermos mentales… el pueblo.

Marat (un loco), desilusionado del rumbo político de Francia y de sus líderes, lanza una diatriba espectacular en la representación teatral con la cual Sade narra la vida y obra del revolucionario que anuncia cómo se engaña al pueblo después de haber triunfado sobre éste: “no se dejen engañar; se les dirá que todo está bien aunque sea mentira; que no existe la pobreza, porque está bien oculta; se les hará creer en la ilusión del bienestar y la equidad, aunque esos mismos que los engañan poseen más que ustedes, y a sus costillas… no son sus pares. No se dejen embaucar cuando les den una palmada paternalista en el hombro y les hagan creer que no vale la pena hablar más de inequidades e injusticias y que, por tanto, deben dejar de luchar. Si ustedes les creen, ellos los habrán dominado por completo y los gobernarán desde sus casas lujosas y sus bancos de granito desde donde roban aún más, bajo el supuesto de dar libertad al pueblo. Así que tengan cuidado, porque cuando se cansen de ustedes, los harán pelear para distraerlos”.

Más tarde, Marat narra con desprecio cómo los políticos no pueden dejar de hablar del pasado, pues en eso radica su poder de manipulación. Se aferran a los errores, a las mansiones, a las riquezas y a todo aquello que puedan manipular frente a la mirada del pueblo para ganar su confianza. En ese justo instante interviene Sade en la representación de la obra y declara, cual bestia sin tacto, que Marat, al igual que el resto de los enfermos del manicomio, el pueblo ficticio y querido fue, es y será fornicado por la revolución que apoyaron.

El primero de septiembre de 2019, durante su “tercer” informe de gobierno, Andrés Manuel López Obrador declaró que los conservadores opositores estaban moralmente derrotados, y celebró la inexistencia de un bloque reaccionario con verdadera fuerza opositora. Hasta el momento se trata de una declaración divertida, por decir lo menos, y en efecto no hay oposición, por ahora no se vislumbra, lo cual es deprimente. ¿Qué es estar moralmente derrotados? Si nos detenemos a analizarlo desde la convicción religiosa del señor presidente donde sólo hay dos estados de la materia espiritual humana: lo bueno y lo malo, podríamos decir que los “malos” partidos y políticos perdieron, ante el poder iluminado de la transformación verdadera, toda oportunidad de luchar desde la virtud, y por tanto deberán pagar sus pecados de soberbia siendo repudiados por el pueblo. Se entiende perfectamente.

Desde esas declaraciones del presidente hace diez meses, el panorama nacional ha cambiado bastante. El hombre sereno que gobierna de blanco ha perdido la paciencia sobre todo al ser cuestionado en cada una de sus decisiones. La pandemia redujo al mandatario a un ser aparentemente inocuo con bastante poder (preocupante) y que tiene entre sus únicos logros una visita a la Casa Blanca con Donald Trump. Se trató de una reunión magnífica, pero simbólica, en la que nuestro presidente se comportó como un hombre inmoral y sin virtudes, lo cual lo convierte en un peligro. Si bien no dijo barbaridades, pues tampoco se le abrió el micrófono, ni se tomaron decisiones a la luz pública que valiera la pena reportar porque todo se hizo bajo la sombra, vimos en López Obrador a un individuo sin escrúpulos capaz de convertirse en el césped de las bestias. Vaya, nada que ver con el hombre bragado que inclusive escribió un libro para hacer frente al presidente estadounidense. A su regreso a México, adoptó de nuevo esa postura soberbia y triunfalista que sólo su séquito aplaude para no perder el fuero, como nuestro subsecretario de Salud, Hugo López-Gatell, otro inmoral. El único logro de ese viaje fue ver a López Obrador con cubrebocas.

La revolución que López Obrador se inventó se asemeja mucho a la visión sadista de Peter Weiss y sus personajes icónicos del siglo XVIII, lo cual es patético por ser cierto. Del monólogo de Marat acerca de la polarización, resultan impresionantes las certezas del discurso, pues la división del país preocupa y divierte a la vez, mientras vemos cómo el fanatismo aumenta a medida que incrementan las estupideces que se pronuncian desde Palacio Nacional. Hoy mismo, al tiempo que escribo estas palabras, el presidente declara que en México ya no existen las masacres, la tortura, la corrupción, entre otros tantos mantras matinales que tienen como objetivo quitar el foco a los problemas adornándolos con palabrejas… De nuevo Marat…

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Libertad condicionada

Philip Roth… Leí “El teatro de Sabbath” por su portada, no me apena decirlo. El marinero-demonio que seduce a la chica-prostituta en la litografía de Otto Dix de 1926, que identifica a la primera edición en español de 1995, favoreció mi providencial encuentro con el autor. La vida del titiritero pervertido Mickey Sabbath, protagonista de la novela, es la metáfora palpitante del sexo, del descaro, como motor de la decadencia licenciosa que confronta a la muerte sin aceptarla no por temor sino por desprecio. Las pasiones e instintos de Sabbath, el manipulador que atormenta a su familia y seres queridos, que se masturba sobre la tumba de su amante, nos alecciona desde la literatura, para reclamar la libertad absoluta de la que huimos por temor a ser juzgados.

Roth cimbró las buenas conciencias judeocristianas estadounidenses de fin de siglo que aún imploran a Dios, como el ex presidente de Estados Unidos George Bush Jr., en plena guerra contra el terrorismo a inicios del siglo XXI, para que éste tome las decisiones atinadas cediéndole el honor de nuestras glorias y desgracias, exculpándonos.

Si bien la novela me hizo valorar el suicido en la vejez, poniéndome en los zapatos de Mickey Sabbath, reconocí el valor conceptual de la Libertad; eliminar los atavíos culposos de las enseñanzas religiosas que rigen mis culpas, y las de otros, sin permitirme romper las reglas más comunes. Un problema existencial, sin duda. Con “El teatro de Sabbath”, Roth desnuda el espíritu humano que no se sirve del semblante tespiano; sin embargo, con “Pastoral Americano” (1997), asesta un golpe a la maquinaria impecable estadounidense que erige sociedades sobre pilares ilusorios, mas disfrutables.

La trama de Pastoral es sencilla: Seymour Irving Levov es un ciudadano casado con una mujer bellísima, padre de una hija pequeña, dueño de una fábrica y vive sin preocupaciones. Pronto su hija crecerá y, en el contexto de la Guerra de Vietnam y las revueltas sociales de 1968, ésta hace estallar explosivos en diferentes lugares de Nueva Jersey, asesinando a una persona. Al poco tiempo, Seymour descubre que su mujer lo engaña, que su hija ya adulta vive como indigente por decisión propia. Esta revelación echa abajo el mundo conservador del hombre exitoso que hasta ese momento se cuestiona acerca de su vida y los parámetros sociales que siempre respetó, sobre los cuales cimentó su éxito y su paz alejado de las revueltas del mundo que lo rodeaba.

Tanto Mickey Sabbath como Seymour Irving Levov naufragan en las aguas de la realidad sin ilusiones sociales, dejando en el olvido los espejismos, confrontando verdades absolutas: la Libertad, entonces, es juez y verdugo que castra a su víctima y hace de ella una bestia en campo raso, inmóvil y temerosa, ante las infinitas posibilidades de andar sin miramientos por cualquier sendero.

Hace un par de semanas, Ricardo Salinas Pliego, presidente de Grupo Salinas, lanzó una serie de propuestas para que los mexicanos, sobre todo sus empleados, salieran a las calles a retomar su libertad en medio de la pandemia. Antes que él, Elon Musk, el creador de Space X y PayPal, llamaba al gobierno de Estados Unidos y a sus ciudadanos a dejar los miedos, a recobrar su libertad para reactivar la economía. Por supuesto, Donald Trump accede y comparte la visión de Musk, la tragedia está consumada; y Andrés Manuel López Obrador, guardando toda proporción, comparte y obedece a los ideales de su aliado Salinas Pliego, y hace un llamado tajante a retomar nuestra libertad, a disfrutar de la naturaleza… frases que poco o nada tienen que ver con una verdadera postura ante la pandemia.

En el caso de los empresarios, quedan claras sus estrategias económicas. Siendo honestos y olvidando nuestros idealismos, no podemos culparlos aunque señalemos con oprobio sus declaraciones cuando a la fecha han muerto 123 mil personas en Estados Unidos y 23,377 en México como consecuencia del Covid-19. Llama mi atención la postura tanto de Trump como de Obrador, sobre todo cuando ambas figuras enfrentan comicios clave: el estadounidense se juega la reelección y el mexicano su poder en 2021. La desesperación por mantener el control absolutista los corrompe al grado de olvidar las obligaciones inmediatas de todo gobernante que, en el caso de ambos, no tienen más que ofrecer a sus gobernados, sino indignación. Ni hablar de los comparsas partidistas de cada figura, para ellos el mundo es completamente azul previo al cielo gris del “Rey Burgués”, de Rubén Darío.

Del discurso del par político-empresarial rescato la necesidad de mencionar la Libertad, recobrarla, vivirla, hacerla nuestra de nuevo. Ante tales declaraciones, descubrí que no supe cuándo la perdí y ahora que la recobro debo ejercerla, lo cual resulta complejo porque los discursos de éstos, que no narrativas, nos hablan de una Libertad que, así como la Verdad, está subordinada a la realidad política y vulgar moderna, sea cual sea la regla de uso.

Considero que estamos en un momento enrarecido en el cual la frase imperativa es que: debemos estar del lado correcto de la historia. Confieso que al nombrarlo como “lado”, me pierdo en la terminología y no sé cuál es; y tampoco sé si realmente quiero formar parte de eso, por lo menos de manera consciente. Es interesante descubrir cómo el orden natural de las cosas, de los discursos, se va modificando gracias a una suerte de revisionismo que todo lo reordena y somete al escrutinio público, pasado por el tamiz del estadio digital que pronto toma protagonismo en el mundo real convertido en normas políticamente aceptadas que someten a la libertad, no conceptual sino práctica. Con este revisionismo se anulan las posibilidades de polemizar acerca de un tema debido a que toda palabra fuera de la norma infiere error.

Hace unos días escuché un debate acerca del racismo y su relación con la comedia, o su mala aplicación en esta. El argumento que utilizó uno de los participantes, que también es actor, fue el siguiente: “Debemos hacer comedia desde otro lado” y continuó explicando el profundo racismo y clasismo que existe en el país. Todas eran verdades absolutas. Aunque el argumento de “solucionar las cosas desde otro lado” es vacío y no significa nada, entre celebridades y gente del espectáculo que opina, es la herramienta ideal de escape que les brinda la libertad de expresión. Está al nivel del “yo no sé, pero algo debe hacerse”. Si no sabes nombrar lo que propones, no tienes idea de lo que defiendes, y hay que tener cuidado porque entonces el esfuerzo por denunciar es vano.

“Gentleman”, la última película del director inglés Guy Ritchie, tiene un momento que define perfectamente esa comedia “desde el otro lado”, o que al menos yo interpreto así. Un gitano le dice a un negro: “Oye, negro estúpido, ponte a entrenar”. El negro contesta, “me estás diciendo ‘negro estúpido’, no puedes hacer eso porque es racista”. Un tercer personaje con autoridad reafirma: “No, esos son los hechos, eres negro y eres estúpido, además, no se refiere a la raza negra, sino a ti y, si no me equivoco, te lo dice desde la relación amistosa que ambos tienen. Así que podrías llamarlo ‘gitano idiota’”. Definir y explicar el contexto desde dónde surge el chiste ayuda a eliminar toda polémica desde la inteligencia. Cosa que no ocurre con la gran mayoría de temas que la horda intenta desaparecer del imaginario por el nulo reconocimiento de contextos discursivos. Reparo en este ejemplo porque es ideal desde la cultura pop para abordar cómo funciona tanto la libertad de expresión como la verdad que pudo haberse manipulado desde el inicio.

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Las estampas del teatro de la violencia

“Los bosnios”, de Velibor Čolić, es una novela corta que materializa sin poesía un breviario de miseria humana. Las escenas que refiere la obra engloban la historia trágica de la última Guerra de los Balcanes también conocida como las Guerras Yugoslavas o la Tercera Guerra de los Balcanes, estampas irreales de una violencia extrema que no respeta edades ni sexos. El conflicto que desencadenó la confrontación en 1991 inició con el recelo étnico de castas, aunado al choque religioso entre musulmanes y cristianos, en Bosnia y Serbia, aunque fue una pugna por conquista territorial, con Kosovo como foco del problema centenario. Supongo que Peter Handke, el ganador del Nobel de Literatura, tenía claro el conflicto cuando decidió apoyar al presidente serbio Slobodan Milošević, un acción que le ganó el repudio de la gente.

Entre las múltiples escenas de dolor que surgen de la realidad, apunto tres que concretan el universo de Čolić: la muerte de un jorobado por empalamiento para enderezarle la columna vertebral; el asesinato de una niña que yace boca abajo violada-desnuda, dentro de una revolvedora de cemento; y el relato de un tipo que se balancea en un columpio jugando con la puntería del francotirador enemigo. Las anécdotas del autor nos confrontan con un mundo violento, tanto, que huimos de sus palabras irreales. Al leer la historia de estos pueblos entendemos que las disputas ideológicas son fundamentales del ethos eslavo. Lo que nos muestra Čolić es un reducto del salvajismo que inconscientemente romantizamos pues el caos marcial europeo tiene estirpe.

Durante el mismo año del conflicto balcánico, la prensa internacional transmitió un video en el que se apreciaba la golpiza que la policía de Los Ángeles, California, en Estados Unidos, le propinó a Rodney King, un conductor negro de ese condado. Posteriormente, en 1992, cuando los policías que agredieron a King fueron sentenciados con penas mínimas y exonerados, iniciaron los disturbios de la comunidad negra que desaprobaba y despreciaba el veredicto de la corte. Los tumultos se tornaron agresivos porque revivieron las disputas racistas de los núcleos asiáticos contra la población negra, que le prendía fuego a los negocios orientales y golpeaban a cuanto blanco encontraran en su camino.

Hay un instante que quedó grabado en video para la posteridad. Mientras un hombre negro permanecía en medio del caos con un auto incendiándose a sus espaldas, daba instrucciones comunitarias sencillas: “jodan a los asiáticos, no a los mexicanos, ni a los latinos”. En efecto la turba destruyó en su mayoría negocios orientales respetando los Taco shops de la zona. Esto tiene su relevancia porque, por nimio que parezca, ambas comunidades durante décadas asumieron con entereza, mas no con estoicismo, la violencia ejercida en su contra por su condición de minoría en Estados Unidos, cumpliendo el obligado sueño americano en la tierra de la libertad. Hoy se vive otro punto de quiebre histórico con la muerte de George Floyd a manos, una vez más, de un policía con entrenamiento marcial.

Meditemos sobre ambas comunidades. Los núcleos latinos, en este caso los mexicanos, han jugado un rol fundamental en la economía estadounidense como mano de obra barata, vaya revelación, que ha luchado por lograr la permanencia y protagonismo en la vida política, social y cultural de Estados Unidos. No olvidemos que los mexicanos formamos parte de la historia de ese país, esa tierra nos fue propia, detalle a considerar, no olvidemos el siglo XIX. Pero la nuestra es una cultura maniatada en esa tierra ahora sajona, ya que no se nos debe nada.

A decir de las comunidades negras, estas continuarán relegadas porque llevan a cuestas el estigma de la esclavitud. Son hombres y mujeres extranjeros, sin tierra firme, que caminan sobre islas minúsculas que apenas ganaron al lograr su libertad en siglo XIX, y apoyados por su Movimiento por los derechos civiles en la década de 1960. Reconozcamos que Martin Luther King generó una revolución para que su raza buscara el protagonismo intelectual a partir de su doctrina cristiana-protestante, mientras que César Chávez concibió un cambio que estructuró al pueblo mexicano en Estados Unidos, pero su movimiento católico fracasó. La diferencia estuvo en la interpretación de la doctrina: en una se lee la biblia, en la otra te la recitan.

Negros y latinos comparten el estigma de la raza. Ambos luchan por conquistar espacios, por derribar mitos; sin embargo, allá el mexicano no asciende al poder, digamos a la presidencia, porque es un campesino por tradición que cobra por piscar en los solares, no hay culpa del patrón. La raza negra se hizo de la presidencia, les fue permitido para limpiar las blancas conciencias, pero eso no les garantiza derecho de piso.

Mientras la Guerra de los Balcanes estallaba y la ciudad de Los Ángeles ardía, en Tijuana la generación de los narcojuniors, hijos de familias adineradas, dominaban el trasiego de la droga en la frontera norte. Tijuana era una ciudad nada ajena al crimen, pero pacífica, donde se convivía con el narcotráfico sin mayor problema, volverlo más exótico es demagogia. La ruptura de los pactos de palabra de las viejas guardias del narco que se dieron con los nuevos protagonistas como la familia Arellano Félix, patrocinadora de los narcojuniors, según lo documentó Jesús Blancornelas, director del semanario Zeta editado en Tijuana, fue la antesala de este periodo de violencia en el país, que posicionó al narco como una entelequia de gobierno alterno que explora otras vías de la democracia y la religión.

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Fantasías para fanáticos necesitados

Cuando leí por primera vez “Fahrenheit 451” de Ray Bradbury cuestioné el valor no de los libros sino de la palabra escrita hecha literatura y memoria. Estaba en el proceso de generar mis primeras verdades acerca del funcionamiento del mundo y cómo se ejercía la manipulación sobre la masa. No era complejo hacer los paralelismos entre la dictadura marcial alemana y la quema de libros en la década de 1930, con las iniciativas de censura de las artes y la literatura del senador estadounidense Joseph McCarthy entre 1950 y 1956. Para el político, el conocimiento no validado por gobierno, era subversivo y no representaba los ideales del Estado. Situación curiosa que define nuestra realidad a la perfección.

En esa etapa de descubrimiento literario ninguna obra me inquietó tanto como “La tercera expedición”, un relato fantástico publicado en 1948 como “Mars is Heaven”, que forma parte de “Las crónicas marcianas”, publicación editada en 1950 y escrita también por Bradbury. Me cautivó el maquiavelismo de los marcianos que manipulaban el pensamiento y las ideas de los humanos que arribaron a Marte en búsqueda de una nueva frontera por conquistar. La trama es sencilla: los humanos aterrizan su cohete, bajan de la nave, descubren en la superficie un pueblo estadounidense típico de la época habitado por amigos, viejos amores, familiares y conocidos lo cual emociona a los viajeros interplanetarios que piensan haber descubierto el paraíso fuera de la tierra, olvidando a Dios. Pero una vez que los humanos bajan la guardia y duermen, después de disfrutar la mentira, por las palabras, que les fue proyectada para su divertimento, mueren asesinados a mano de los marcianos.

Declaraba Ray Bradbury que “Las crónicas marcianas” no era una obra de ciencia ficción sino de fantasía, una representación de lo irreal; por eso mismo permanecerían como un mito griego, por tanto trágico, en el tiempo. La ciencia ficción, por contraparte, es una representación de la realidad que nos alcanza sin darnos tregua. Es un género literario ideal para presentarnos de frente el historial de errores que cometemos sin eliminar la estupidez de nuestra espiral existencial.

Con la relectura interpreto “La tercera expedición” como un tratado breve de la ingenuidad y la mentira. La ingenuidad presume inocencia y es un detonante eventual que la memoria termina por dejar en el pasado. No obstante la mentira, como forma de la verdad, es una de las grandes herramientas conceptuales con las que cuenta el ser humano. Es perfecta en su ritmo, cual serpiente cristiana todo lo manipula, es un bien preciado al que ninguna sociedad o individuo renuncia porque le da sentido de pertenencia. Nos permite sustituir la realidad sin tecnología digital y brinda felicidad u oprobio a través del lenguaje y sus palabras, lo cual es profundamente espiritual.

Durante siglos el lenguaje y su letanía se ha estudiado con la seriedad propia del problema, para comprender que cada siglo renueva las teorías filosóficas y literarias en torno a las palabras, lo que nombran y sus límites. Desde la disciplina matemática que habla del lenguaje como una ecuación más de la lógica, hasta la postura metafísica que insinúa que todo lo que nombra una palabra existe, nos ayuda a comprender que por medio de las palabras estamos atrapados en una prisión que nos ciñe al contexto de la realidad. Por eso hay quienes guardan silencio, para eliminar el probable destino al que lo lleven sus vociferaciones. Aunque la pasión por pronunciar los vocablos es tal que termina por condenar al héroe… en términos clásicos es su error trágico.

¿Cómo podemos escapar a la trampa del lenguaje, a la mentira discrecional de la época y los actores que la proclaman para generar realidades extraordinarias pero falsas? La pregunta es pertinente porque la respuesta sugiere un continuo progreso idealista, como si de un juego de naipes se tratara, que baraja conceptos como: bienestar, justicia e igualdad, entre otros, que no logran consumar el deseo general de la sociedad que busca el bien común, pero que siempre están en un juego sinfín. Si los ideales se consumaran la mentira social no tendría razón para existir. El juego político radica perversamente en instaurar la ilusión del progreso duradero, aunque inmóvil, creando espejismos y empatías ciudadanas.

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Voluntad política

¿Qué es la Voluntad? Podríamos reducirla a un ejercicio ético de aquello que debemos llevar a cabo, de manera correcta, ejecutar la responsabilidad social con suma disciplina, sobre todo en el ejercicio del Poder; sin embargo, en este sentido sabemos que el “capricho” reina por encima del concepto que nos ocupa. Ejercer la Voluntad tiene un tinte cristiano que posiciona al gobernante por encima de la masa, un ente divino e inalcanzable que apenas se vislumbra a través de los medios de comunicación, detrás, por supuesto, de la ventana de una camioneta en movimiento.

Cuando en Schindler’s List, película dirigida por Steven Spielberg, basada en la novela de Thomas Keneally, y adaptada por Steven Zaillian, hace su aparición el personaje de Amon Göth, comandante de las SS a cargo del campo de concentración de Plaszow, en Polonia, hay una revelación interesante en cuanto al ejercicio del Poder y la Voluntad.

Göth toma el control del campo y, según la novela, comienza a asesinar a diestra y siniestra a todo aquel prisionero judío que se atraviesa en su camino. Aplica en este personaje, por demás humano y otrora criminal de guerra, la frase del escritor albano Ismail Kadaré que dicta: “No existe pasión o pensamiento maléfico, adversidad o catástrofe, rebelión o crimen, que no proyecte su sombra en los sueños antes de materializarse en el mundo”.

Göth encarna, de la realidad a la ficción, la imagen perfecta de un gobernante, en este sentido marcial, que gobierna a capricho: decide y ejecuta, elimina y perdona, desde su estado de ánimo y no desde la reflexión de las acciones sobre las causas. Por supuesto, qué pedirle a un personaje cuya única labor ontológica consistía en asesinar en masa a la masa misma que no cumplía con la pureza de la raza.

De lo narrado en la cinta hay una escena que conjuga la esencia del Poder y la Voluntad. Después de que un adolescente, que limpia la bañera de Göth, comete el error de no eliminar por completo el sarro de la tina, el comandante alemán molesto le pide al adolescente que se marche mientras éste admira sus uñas sucias de sarro frente al espejo. Göth aguarda, estudia su reflejo y se concibe a sí mismo como una divinidad que, incluso, se autobendice.

Es un momento determinante. La secuencia concluye con Göth asesinando al adolescente pues, en su misericordia divina, el joven no merece la vida al no cumplir su labor de prisionero esclavizado. Nadie, por supuesto, protestará por la muerte del adolescente. ¿Cómo cuestionar a la divinidad que todo lo sabe y todo lo puede?

En el ejercicio cotidiano de gobierno es inexplicable cómo existen figuras, calcas en todo caso, del personaje de Göth, incluso con el mismo salvajismo simbólico restándoles la criminalidad. Personajes como éste forman parte del aparato que ejerce un control real (que no simbólico, como ingenuamente piensan algunos) sobre el pueblo que gobiernan para vanagloriarse en su cualidad de intocables.

El Deus vult (“Dios lo quiere”) de las cruzadas cristianas sigue vigente bajo otra lógica humana, una que elimina a la divinidad y su Voluntad de la ecuación y se sujeta a la naturaleza humana caprichosa y voluntariosa. Dios es el hombre elegido por el pueblo, ustedes decidan cual, ejemplos hay por miles en todo el orbe. La masticada palabra que nombra a Dios como tal, a Alá y a Yahveh, tiene su sinónimo en cualquier nombre común y corriente, sin virtudes ni iluminaciones, que ostente el poder vía la elección popular. Dios, bajo el tamiz popular, debe ganarse nuestra fe por la vía del sufragio efectivo.

Toda guerra [o convicción] ideológica deriva en conflicto religioso, esto a raíz de que la fe es el elemento fundamental del ejercicio de la democracia, que atiende y responde al estado de ánimo del pueblo mismo. El puritanismo del ejercicio político intenta retraerse y evadir, como diría Ismail Kadaré, que: “compartir el poder significa antes que nada repartirse los crímenes”. Prueba inefable de la poca comprensión política de los protagonistas del momento, por lo menos en México, que no encuentran en el martirio obligado el camino para la redención, pues desean ser santificados. Los temas que en la actualidad deshilan el manto nacionalista y sagrado llamado México, rayan en el absurdo porque ante su urgencia se opta por un ascetismo sinsentido de cara a los reclamos lógicos de la comunidad.

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Virilio, Trump, Obrador, Thunberg, idolatrías

Paul Virilio, en sus escritos sobre la velocidad digital y su conjugación política, enunciaba una máxima sobre cómo las cosas al ser creadas llevan manifiesto un destino o “accidente”, como lo llama, que ejemplifica con una frase sencilla: “Al momento que se crea el barco, se crea también el naufragio”. Pero, ¿qué implicaciones tiene en la actualidad un axioma tan metafísico? Traslademos el ejemplo hacia nosotros, sin darnos importancia: “al momento que accedemos al mundo digital, nos devora, y cedemos orgullosos nuestra individualidad”. Aceptamos ser una voz más, una imagen del espectro omnipresente conformado por millones de voces, unas orgánicas, otras ficticias, donde el maniqueísmo es un destino puro e irrevocable, drama vivo, que necesita de “ídolos”, héroes trágicos suicidas, tal vez nosotros, para hacer girar las ruedas de la historia moderna.

Nunca antes vivimos un momento tan espectacular donde nuestro proceder, valores, sentimientos, ideologías, creencias, opiniones y pasiones tuvieran una fecha de expiración precoz, al contrastarse con el pulso de la masa que todo lo certifica en las plataformas sociales, escojan la que prefieran. Nuestra aportación al mundo digital no es sino un tropel de ocurrencias hechas con un conocimiento incuestionable, una “posverdad” (aunque no me agrada el término) que anclamos desde la realidad digital para hacerla funcional en el mundo real y viceversa. Es la reina que ha conquistado el tablero y todo lo controla.

Retomemos a Virilio. El filósofo nos habla de dos mundos que se armonizan de manera simétrica, el real y el digital, para crear un paraíso en la nube que sustituye a los primeros dos, del cual jamás querremos retornar porque alcanzamos la utopía, millones de utopías al instante, un orgasmo infinito, que se cumple desde los hogares en este tiempo, sobre todo si contamos con las herramientas necesarias para participar de la realidad virtual. Si rastreamos el origen del razonamiento del filósofo francés, este se ancla en el protagonismo que tuvo la ciencia, la tecnología y la televisión durante la posguerra, en ese momento idílico cuando la mercadotecnia y sus profetas sembraron sueños imposibles en la mente de los miles de consumidores que buscaban la felicidad.

Durante la década de 1970 y 1980, las grandes compañías tecnológicas y los medios de comunicación experimentaron con la inteligencia artificial a partir de las primeras expediciones en el mundo digital, heredero de miles de pruebas y fracasos desde finales de los años cincuenta. La pasión hacia esa tecnología causaba furor; no obstante, su aplicación o nicho de mercado abierto no estaba definido, por tanto, no tenían consumidores convencidos que pagaran los desarrollos.

En los años noventa se vivió el éxtasis de la tecnología con la apertura del internet, precedido por los ejercicios estadounidenses comerciales de realidad virtual encarnados por el personaje Max Headroom, quien formaba parte de una serie televisiva de ciencia ficción de 1985 y fue adoptado por Coca-Cola para sus campañas que posicionaban la marca hacia el futuro. Aunque el personaje no era del todo una creación digital, provocaba ansiedad en el espectador que deseaba transmutar a esa realidad utópica que tardaría años en consolidarse; sin embargo, los medios exploraban las posibilidades de la tecnología y su efecto en las personas.

La introducción de estas ideas utópicas en el imaginario colectivo de los televidentes cristalizaron los postulados de Virilio acerca de cómo la humanidad entraba en la carrera de “sustituir” la realidad para volvernos etéreos gracias a la tecnología. Una posibilidad, el sueño húmedo de los idealistas, que abría la puerta a la eliminación de las fronteras territoriales, generaría la igualdad entre pares y todos seríamos celebridades de ese espectáculo. Hoy sabemos que esa libertad absoluta es inexistente por lo menos en la primera esfera de las redes.

Desde nuestra perspectiva pacifista, la tecnología debe servir a un bien superior. En cierta media, el mundo digital sirve como un difusor de conocimiento, de interconectividad. No podríamos negarlo, pero cuanto más utilizamos el medio como herramienta sin estar del todo apasionados por vivir en el éter, mayor control cedemos sobre nuestro quehacer. El historial de nuestra existencia digital también es juzgado, la secrecía es un bien añorado. “Al momento que accedemos al mundo digital cedemos orgullosos nuestra individualidad”. ¿Acaso no extrañamos la clandestinidad en sí misma? ¿La intimidad alejada de la tecnología? Lamento el romanticismo, pero soy uno de esos que podrían regresar de inmediato a la clandestinidad y privacidad de la existencia.

La guerra digital que planteó Jean Baudrillard en 1990, cuando inició la operación “Tormenta en el desierto”, que confrontaba a Estados Unidos con Irak, fue inexistente, dijo el filósofo, debido a que fue una guerra simulada y creada para el espectáculo. No hubo sangre sobre el campo de batalla, por lo menos no de manera inmediata. Fue la primera que se combatió cinematográficamente con drones guiados por computadoras e inteligencia artificial.

Controladores, generales, periodistas, todos vivían en tiempo real una batalla televisada en directo y narrada por CNN con tufos de victoria. Fue una guerra bienvenida por el espectador que ansiaba formar parte de la acción, de ese mundo alterno que le presentaba la caja. Virilio rescata un detalle perfecto de esta guerra: no fue una guerra territorial sino virtual, que se dio en el tiempo global, que es de todos, por tanto, mundial. Fue, entonces, cuantificable en tiempo de retención, medida que hoy rige el éxito o el fracaso de cualquier empresa digital.

En este momento histórico, trágico y veloz, cualquier pelea política, social, barrial, hogareña es inocua a simple vista en el mundo real, pero tiene en el estadio digital su campo predilecto para hacer de la nimiedad un problema de Estado. Las dos arenas de la realidad, que simétricamente se conjugan, son pasiones que se nutren y equilibran regalándonos “ídolos” al por mayor, en esta sustitución de lo humano en el ciberespacio paradisiaco que vivimos con entereza y que nos brinda paz emocional

Para quienes crecimos con la imagen de Donald Trump como un magnate fracasado, celebridad sin arte y estrella de televisión, fue inaudito verlo tomar protesta como presidente de los Estados Unidos. Llevaba en el imaginario colectivo poco más de 40 años y apeló al patriotismo militar que reconocía por las campañas marciales: “Be All You Can Be in the Army”, “The Few, The Proud, The Marines”, “Aim High, Airforce” y “Live The Adventure, in The Navy”, de los años ochenta, además de jugar la carta del odio y la segregación.

Sin el paraíso digital, Trump no habría ganado la presidencia. No necesitaba a nadie en el mundo real, pero sí armó el escenario virtual perfecto alimentado por ideas radicales y falsedades que le generaron hordas de votantes, que confiaron, no el político, sino en el hombre americano de cepa, el perdedor vuelto ídolo incuestionable. Trump es un animal de su tiempo que reconoció en Internet a su único aliado.

Andrés Manuel López Obrador ya era un ídolo para la masa, sobre todo en el sur de México, en el norte no percibíamos su protagonismo. Simplemente transfirió a las “benditas redes sociales” su ideología para hablarle a otro público más educado, no así informado. El mundo real llevaba trabajándolo durante décadas y alguno de sus colaboradores supo que a ras de calle no tenía nada más que vender. El ídolo ganó la presidencia por el mismo motivo que Trump, pero en otro contexto. López Obrador era el reflejo del luchador social que necesitaba redimir al pueblo en pobreza por encima de la clase política que, dicho sea de paso, representaba. Al acceder a la realidad digital, su popularidad aumentó y se convirtió en hombre de su tiempo… en apariencia, porque su discurso es arcaico.

Al igual que Trump, López Obrador habla de sus propios datos y verdades. La realidad digital que logró construir, esa que habitan sus seguidores, es perfecta: existe el bienestar, no hay corrupción, la crítica es inaceptable y recibió, al igual que Trump, un país en caída libre. Gran falacia. Ambos utilizan el resentimiento para gobernar, y ambos abandonarán sus palacios aún con resentimiento, sin haber cumplido con sus promesas. Lograron una sustitución existencial perfecta donde la simetría entre el mundo digital y la realidad que respiramos se enlazó irreprochablemente para crear no solo un estado de bienestar momentáneo, sino que cristalizó el sentimiento de democracia de la sociedad.

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Ilusiones para un mundo salvajemente feliz

Yo soy Espartaco. No, yo soy Espartaco”. Con estos lances en medio del ensangrentado campo de batalla, el arruinado ejército de esclavos fortalece su hermandad con bravura a viva voz, para defender al líder de la rebelión que los llevó a la libertad momentánea, previo a su crucifixión a mano del confundido ejército romano. Espartaco, el gladiador y símbolo de la libertad combativa al que hago referencia, personaje emblemático del cine mundial, es creación de Stanley Kubrick, ideado por el guionista y perseguido político Dalton Trumbo, quien tomó la novela homónima del comunista Howard Fast para exaltar los valores de la libertad a través de la vida y muerte del gladiador tracio.

Trumbo y Fast fueron enemigos comunes del pueblo estadounidense en la primera mitad del siglo XX, por formar parte del Partido Comunista, un pecado capital inimaginable y, a decir verdad, anti natura para el ethos de ese pueblo de oferta y demanda que entendía bien el Comité de Actividades Antiamericanas de la Cámara de Representantes del Congreso de los Estados Unidos. ¿Cómo podía un ciudadano del mundo libre apelar al yugo del comunismo? Las utopías eran válidas, inclusive en el seno del capitalismo, pero como símbolos exóticos. Fue también en ese contexto histórico que cobró más fuerza el Capitán América (Steve Rogers), el súper soldado y enemigo de la amenaza roja (Red Skull), descifrado como una bandera humana y viril por J.M. Coetzee en sus ensayos, figura de la justicia a partir de la guerra, siempre justificada.

“Espartaco”, la novela, fue escrita en prisión durante el tiempo que Howard Fast estuvo recluido purgando condena debido a que su nombre figuraba en la lista negra de la cultura americana, junto con Lillian Hellman, Langston Hughes y Orson Welles, entre otros, que controlaba el comité que allanaba el paso para la exitosa caza de brujas de Joseph McCarthy. La cultura era un enemigo a vencer, la escritura no necesitaba más que polvo para sembrar el caos. La apuesta de Howard Fast no era nada compleja en su exposición política y discursiva a través de la construcción narrativa de su obra. Abordó la historia de Espartaco, el esclavo y gladiador tracio que se rebela al igual que sus compañeros durante la Tercera guerra servil o Guerra de los gladiadores contra del ejército romano, por la crueldad que vivían. Los esclavos de la época, según la historia clásica, eran tratados como animales, lo cual sigue vigente en este tiempo de conquistas aeroespaciales; oh, cuánto hemos avanzado. Espartaco, entendido a partir de las crónicas romanas, contó con la aprobación de los historiadores que aplaudieron la valentía del gladiador y su lucha por los derechos de su pueblo conformado por guerreros, asesinos, criminales y parias de otras regiones. Carl Marx, el nunca olvidado pensador alemán, lo tomó como modelo porque materializaba la imagen del hombre proletario que se rebela contra el cacique, sin importar las consecuencias, para privilegiar el deseo comunitario por encima del autoritarismo del poderoso.

El Espartaco de Trumbo y Fast, el que retrata Kubrick hacia el final de la cinta, una vez crucificado, conoce a su hijo que crecerá en libertad. El anti héroe vive un instante de plenitud existencial porque su lucha no fue en vano. Espartaco transita pues del sentimiento comunitario hacia la gloria personal, la consumación del individualismo. Repito, todo esto en la versión cinematográfica, en esa ilusión donde la vida de los otros pierde valor ante la realización material de los deseos de Espartaco. ¿Acaso los muertos en vida sobre las cruces defenderían al gladiador frente al ejército romano una vez más? ¿Qué sueños consumaban con su propia muerte los otros miembros de la comunidad? Digamos que, si la libertad era el fin último, aún clavados a la cruz, disfrutaban de la gloria después de haber sido carne en los establos.

Previo a este exhausto momento histórico, desde hace años, se fue acentuando una profunda censura auto impuesta gracias a las miles de voces que rondan los pasillos digitales de las redes sociales, a las que la gran mayoría tenemos contacto sea por cuestiones laborales o divertimento, situación que se agravó con el confinamiento. En ese universo etéreo al que cedemos con gusto nuestra alma, toda palabra es campo minado. ¿Acaso vale la pena la auto censura por algunos buenos comentarios de personas que nunca conocerás? La ilusión de ser queridos y aceptados es bastante deprimente. Aún más deprimente es no ejercer el derecho a disentir por miedo a las hordas de salvajes que en un fuerte ejercicio de auto complacencia se erigirán como seres morales superiores que exigirán con su dedo flamígero tu condenación eterna.

Abandonemos toda proposición filosófica acerca del mundo digital. Partamos en principio de lo físico. Crecimos leyendo revistas, no hablamos de literatura en este momento, vimos miles de horas de programas televisivos, consumimos millones de imágenes previo a la aparición del mundo digital que nos vendían una ilusión, ustedes decidan la pasión que anhelaban, no deslumbraron miles de escenas cinematográficas que forman parte de nuestra experiencia. Durante décadas consumimos rostros perfectos, cuerpos idóneos, y aprendimos las palabras correctas para entablar una conversación. Nuestra existencia ha participado de ilusiones que nos mantienen con vida, felices o infelices, pero en equilibrio. El cuerpo de la mujer sobre la página nunca estuvo desnudo, sino que el corrector que retocaba la imagen se encargaba de eliminar la ropa que cubría a la modelo; no en todos los casos, no hay motivo para sufrir, pero el fundamento erótico y sexual de millones de adolescentes estaba basado en la habilidad del retocador de la imagen. Oh, desventura.

¿Acaso vale la pena la auto censura por algunos buenos comentarios de personas que nunca conocerás? Repito la pregunta por la pertinencia. Una de las grandes ilusiones que nos ha vendido la modernidad del siglo XXI es que somos buenas personas y por tanto tenemos la capacidad, por esa gracia divina, de crear mundos salvajemente felices siempre que sea en el espacio digital, el campo de acción de las buenas conciencias que fortalecen la idea de la corrección política que todo lo destruye. En ese mundo digital e incluyente ocurre lo mismo que en cualquier marcha a ras de calle con templete. Se corre la voz: habrá una marcha por los derechos de las personas a disentir por cualquier tema social, me interesa. Perfecto. Soy el participante número 50 mil en la caravana, pero jamás llego al templete, ni conozco al que está sobre las tablas lanzando sus consignas. No sé si mis necesidades son expresadas con coherencia por ese individuo. Me pregunto por qué está él en el templete. ¿Quién lo puso ahí? ¿Quién es? ¿Por qué estoy en medio de la masa si mi voz no se escucha? Si no conozco al que lleva la voz sobre las tablas, ¿por qué me sumo al movimiento? El primer error es pensar que formamos parte de una comunidad.

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El vuelo de los cerdos entre las moscas

La cabeza del jabalí clavada a la estaca como ofrenda y los moscardones que la rondan con sus agitados zumbidos, la escena misma, es un instante fundamental y simbólico de “El señor de las moscas”, primera novela de William Golding, pieza cardinal del existencialismo inglés de la posguerra, escrita por el veterano de la Marina Real británica; autor que participó en la batalla de Normandía pilotando una lancha de desembarco desde la cual lanzaban cohetes hacia la playa enemiga. Golding escribió una obra concisa que hace del naufragio el detonante idóneo para la desgracia arraigada en la creación de una sociedad salvaje y juvenil en una isla en medio de ninguna parte.

De la novela me atrae el concepto de Sociedad y la lógica bestial e inocente de los niños para establecer el orden en su solitaria existencia oceánica que, tarde o temprano, necesita de un ente sobrenatural al que temerle, sólo que Dios jamás llega al encuentro, no hay altares y la fe se perdió con las mareas. Es el demonio no obstante, el instinto de supervivencia real e imaginario, quien reina en la isla y desata el holocausto. Del imaginario de Golding me entusiasma, hasta la fecha, la tragedia generada por esos inexpertos escuadrones de críos y adolescentes que trotaban por la selva cazando, mutilando bestias y subyugando a la naturaleza. Eran libres para devorarlo todo incluidos ellos mismos sin reparos, pasando del juego a la risa y al asesinato sin dudarlo.

Cuando erigen la cabeza del jabalí en medio de la selva se arraiga el espíritu pagano, en términos cristianos, de rendir culto al animal que asesinaron para alimentarse, además de brindarles paz espiritual; es la imagen del Baal bíblico en carne y hueso que encuentra un hogar en la tierra a través de quienes son dueños del reino de los cielos. Con el paso de los días, los críos y adolescentes, al igual que las moscas, rondan la cabeza decapitada de la bestia que se pudre al tiempo que su sociedad isleña se fractura, hasta llegar al frenesí: se asesinan los unos y otros. Instinto salvaje que se reprime al momento que aparecen los adultos en la playa y rompen el encanto de la Sociedad infantil, Dios no ha muerto.

Según la Real Academia Española la Sociedad se define como: “un conjunto de personas, pueblos o naciones que conviven bajo normas comunes”. Entiendo que la sociedad no es una comunidad porque no busca un bien común. La Sociedad se compone por individuos, digamos, diferentes entre sí que intentan consolidar un fin personal utilizando a otros que buscan los canales necesarios para cumplir con sus propios objetivos, seamos románticos y digamos sueños. En todo caso, la Sociedad es un espejismo, un péndulo afilado, necesario para cumplir mis objetivos por encima de los otros que necesita de la simulación grupal para mantener su pulso y ficción. ¿Luego entonces qué es la justicia? Qué importa si no somos una comunidad.

El caos en el “Señor de las moscas” inicia con la lucha por el poder entre dos compañeros, uno fuerte y otro ecuánime que gana la jefatura de la manada por la vía democrática que, dicho se de paso, no deseaba el título nobiliario que le brindó la sociedad. El fuerte se convierte en líder de los reaccionarios infantes que se especializan en cazar; quienes participan de su grupo deben elegir entre estar o no con él. Mientras, el jefe de la manada explora la isla y busca que todos estén en paz. Pronto el fortachón lucha por obtener el poder argumentando que su habilidad para cazar lo convierte en el líder natural. Se encapricha al no lograr su objetivo y aumenta la violencia sistemática entre la manada hasta fracturarla.

Macbeth, el rey de Escocia, en la tragedia de William Shakespeare, asesina y pierde la vida por su ambición de poder; aunque atendió al capricho de Lady Macbeth por ser reina. Creonte, el rey de Tebas en ausencia de Edipo, enfermó de poder y luchó hasta el final para no entregar el cetro a ninguno de los hijos del rey ciego y tuvo que jugar tramposamente con la sucesión del reino hasta su muerte. El capitán Ahab, protagonista de “Moby-Dick”, novela de Herman Melville, lucha por dominar con su poderío no sólo a la ballena que caza sino que quiere que el océano se rinda a sus pies, un capricho vuelto fanatismo. El Poder es una droga caprichosa que tiene en el infantilismo su raíz.

Formamos parte de esta sociedad, no hay argumento que invalide esa premisa. Ejercemos funciones acorde a las reglas que asumimos sin cuestionarlas inclusive en desacuerdo. Ejercemos la ecuanimidad que nos aleja de la confrontación. Nuestros deseos se cumplen a cuenta gotas y así conquistamos el derecho a coexistir a pesar de los demás. Cedemos amargamente nuestro albedrío idealista para ser funcionales aunque reprimidos en nuestras pasiones más elementales. Participamos de la religión o creencias paganas para sentir pertenencia. La única forma de escapar de este control implícito es marchándonos a una isla al fin del mundo, pero ésta le pertenece a una sociedad que plantearía normas. Oh, encrucijada. Atendemos con lo anterior al capricho de otros que dictan las reglas, reunión a la cual no fuimos invitados, de la misma forma que no invitamos a otros a la toma de decisiones de sus vidas, la cadena de mando social se mantiene erguida.

¿Al capricho de quién reaccionamos en la sociedad y qué obtenemos a cambio? ¿En qué momento endiosamos y mantenemos en el poder a personajes que no sirven a nuestros objetivos? ¿Qué nos hace respetar la noción de Estado? ¿Qué es aquello que no podemos cuestionar? Son preguntas demasiado obvias que no articulamos y que no tienen una sola respuesta. Todos los días mi hijo, siete años, hace lo que le pido y ordeno, cuestiona porque sabe reñir, al final se rinde a la autoridad. Hago de él un individuo que respeta normas a regañadientes, que cumple ciertas tareas y deberes, le enseño vías cortas para solucionar problemas, pero sin duda lo obligo a razonar; no le enseño comportamientos heredados de la conquista, no hay sumisión. No refuerzo el servilismo, ni ideas religiosas que no cuestione, intento que no cometa los mismos errores que yo por mi educación, y no le oculto la realidad: un muerto es un muerto, un miserable es un miserable, el lenguaje es lo que es, no escondo sus significados en la realidad.

Me pregunto: ¿por qué me hace caso ese niño de siete años? Quizá porque le doy cobijo, le cumplo deseos, de vez en cuando lo regaño. Para él simplemente soy un adulto. Recibí una educación mucho más férrea que aprendí sin cuestionar; mi madre aún peor y la cadena se extiende hasta el pasado finito cuando se superponía la violencia del más fuerte que ejercía su poder contra la tribu que lo encumbró y que nadie cuestionaba por miedo a convertirse en un marginado; en este sentido, el origen de la sumisión que mantiene en pie a la sociedad es el miedo. Nadie es más temeroso que un niño desarraigado…

El cineasta húngaro, István Szabó, hace un planteamiento aterrador acerca de la convención de la humanidad frente al miedo. En su película “Sunshine” (1999), narra la experiencia de un prisionero judío en un campo de exterminio que estaba custodiado, junto con sus compañeros, por sólo 13 guardias; dos mil judíos no pudieron sublevarse contra ese número de escoltas. La respuesta que dio el hombre por no haberse rebelado fue que, para poder sobrevivir, debían mantenerse unidos, tenían tanto miedo que no actuaron por no saber cómo sobrevivirían a la libertad, así que ni uno solo fue capaz de actuar por miedo a sentirse fuera de la manada, de la sociedad. Se puede argumentar que fue un momento fuera de lo común, pero inclusive antes de entrar en cautiverio esa población de judíos estaba paralizada por el fanatismo violento de quien ejercía el poder sobre ellos, sus propios líderes sociales.

El fracaso de los críos belicosos de Golding se debe al infantilismo que dominaba a las bases de la oposición que quería dominar el juego de mandar a como diera lugar, generando pánico. Los niños todos eran las moscas que acompañaban a la cabeza vetusta del jabalí hasta secarse. Nosotros somos, en nuestro ideal de sociedad, esas moscas que rondan la carroña del ídolo erigido por nosotros mismos, del gobernante que nutre nuestra imaginación y espíritu con sus sueños pedestres. Somos un instrumento para sus objetivos pero tenemos prohibido soñar lo propio para cumplir nuestros deseos y, en ese sentido, no se cumple el objetivo de la participación del individuo en la sociedad.

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Pandemia en el campo de batalla

Hace poco más de una década, Sebastian Junger, periodista y narrador estadounidense, publicó su libro War, en el que hacía una crónica acerca de la vida y misiones de un pelotón de infantería apostado en el valle de Korangal al noreste de Afganistán. Su obra exploraba en letra y video (existe un documental al respecto) una zona remota entre montañas cuyo atractivo militar radicaba en contabilizar las muertes, tanto de soldados estadounidenses como de talibanes, al tiempo que se defendía un flanco que perdió relevancia conforme avanzaba la guerra de ese tiempo.

Ambos bandos, como en toda batalla redentora, tenían a un dios que justificaba la muerte, el patriotismo y el derecho a tener la razón sobre el conflicto que había orillado a la guerra a los países protagonistas, una política de absurdos innegables. Los soldados estadounidenses llevaban la palabra “Infidels” (“Infieles”) tatuada sobre su pecho, pues así los llamaba el enemigo que vivía su guerra santa y ¿por qué no habrían de darles la razón? Una gran parte de estos combatientes regresó a casa con estrés postraumático, padecimiento innegable que he visto de primera mano con soldados de otras zonas de Irak y Afganistán.

Algo relevante que se afirma en el libro es que muchos de los soldados combatientes preferirían regresar al campo de batalla, y no por el gusto de matar, sino porque dentro de la catástrofe encuentran un punto de comunión con sus compañeros. Ahí, aunque postrados ante la dureza de la guerra, no están solos. Son unidad, una que al regresar a casa no existe porque nadie intenta acabar con ellos. En sus casas existe, pues, la demagogia familiar y política que pronto los abandona… el grado de héroe se difumina en la memoria.

Vivimos en un momento histórico de héroes naturales a pie de calle y digitales en el campo minado de las redes sociales, de una abrasiva demagogia nacional que tiene el poder de controlarlo todo: opiniones, gustos, sentires, inclinaciones políticas y sociales sin dar concesiones, obviedades más que estudiadas.

Los mexicanos del momento somos como esos soldados que han regresado de una guerra extraña, hacia la cual jamás partimos, y disfrutamos de los bienes y los traumas de la victoria discursiva en nuestro escenario que es el confinamiento autoimpuesto, y no obligado por el estado, ante la pandemia que encumbra mártires y presenta enemigos matutinos en las conferencias del presidente.

Ante la pandemia, nuestra sociedad se erige como un pilar de la ignorancia que nos interna en una catástrofe. Y en la risa emanada de la ocurrencia de los gobernantes (hasta hace unos días, ya que la realidad ha llegado a sus puertas) tiene a su más fiel aliada para prolongar la estupidez. Basta con ver al senador de la república y representante del estado de Coahuila, Armando Guadiana Tijerina, hacer chistoretes ante los reporteros cuando se le cuestionó por qué no usa un cubrebocas ante la pandemia: “de algo me he de morir”, replicó.

En diferentes puntos del país, noche a noche se escuchan celebraciones, fiestas sinfín de ciudadanos libres, de zonas marginales y también de círculos más acomodados, que luchan con coraje en contra de los oficiales que acaban con sus reuniones en medio de la emergencia sanitaria. Estos dicen no creer que exista una enfermedad que está quitándole la vida a miles de personas diariamente; es lógico que piensen así cuando la tragedia aún no toca a sus puertas. Lo que no es lógico es la ignorancia que ondean como bandera sin tregua.

Pero ¿qué podemos esperar de una sociedad como la nuestra, en la cual los criminales les rezan a los santos cada 28 de mes para luego ejercer su oficio, y el presidente de México eleva por los cielos un escapulario que observa fijamente durante un proceso de transubstanciación que lo prepara para luchar en contra de los “infieles” y herejes que atentan contra su gobierno? Sólo que es el pueblo mismo el enemigo contra el cual lucha y, para domesticarlo, juega la carta cristiana de la culpa, del sacrificio y el flagelo, pero quienes fuimos educados en la fe religiosa sabemos que en los círculos de la fe misma es donde la hipocresía es más férrea.

El éxtasis violento que ha generado la pandemia nos mantiene en tensión, alerta y a la defensiva. Nuestra sociedad, nosotros, estamos separados, por desgracia, en bandos ideológicos en los que unos niegan las realidades sanitarias y otros intentan generar conciencia en sus comunidades. Ambos bandos terminan por enemistarse entre sí y pierden el objetivo común que debe ser, en todo caso, la unidad por el bienestar. Por romántica que parezca esta lógica, es uno de los principios de la paz que debe preponderar por encima del caos en todo momento, y en esta emergencia es vital comprenderlo. Pero entre seguidores de la virgen morena y los “conservadores” es complicado generar consensos.

El juego de los animales políticos debe estar a favor del pueblo y no aprovechar el trauma social por la pandemia para dividir aún más. No obstante, es difícil lograr esa paz y unidad nacional cuando el protagonista, en este caso el presidente Andrés Manuel López Obrador, juega a no ser el líder, a no mancharse las manos con las decisiones que toma tras bambalinas y echa por delante a sus saltimbanquis.

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Indolencia

The Age of Innocence, escrita originalmente por Edith Wharton y llevada al cine por Martin Scorsese, plantea un escenario bestial dentro del romanticismo de época, de la sociedad estadounidense del siglo XIX. La novela y película narran la incertidumbre de una pareja enamorada que deberá renunciarse por capricho, no de otra mujer u hombre, sino de la sociedad que reprueba la pasión liberal de los personajes principales, ataviados por el conservadurismo de su tiempo, aún tallado en los huesos de nuestra polis a la fecha y que, seamos francos, jamás será acotado. Un revolucionario tiene mucho de conservador.

“El qué dirán”, por ridícula declaración, es la herramienta que desarma a los amantes, los culpa porque la masa, ese cúmulo de personajes resentidos que vituperan y sonríen, dictan la norma que enarbolan con la indolencia que condena a la infelicidad de los personajes centrales. Esa violencia, nada sutil entre sofismas risueños, castra.

¿Por qué partir de un ejemplo frívolo y superficial, en apariencia, para hablar de la indolencia como concepto y acto? Porque éste es justo un concepto frívolo y superficial en nuestro momento; y, sin embargo, retórico en la historia universal. Ser indolentes, perder la empatía por el dolor de los otros, por el sufrimiento del “mundo” es la cicuta moderna, no sentir es el veneno de este tiempo; lento y preciso que exculpa a la masa. Esta indolencia conceptual ligada a la perfección moral de ésta y toda época es la justa medida para la miseria. La sociedad civilizada de The Age of Innocence es un retrato fiel de la soledad, ésa que se desprende de la pretensión que, indolente, defiende la vida y la justicia social, aunque en silencio no le llora a sus muertos, ficticios o no, porque acaecidos en desgracia no son parte de ningún juego.

Durante las últimas semanas, en gran parte de México, se vivieron las contiendas políticas “más importantes” de las últimas décadas, destinadas a dominar regiones pseudoideologizadas, sin proyectos de creatividad sociopolítica en el ejercicio de gobernanza. Las promesas “conspicuas” de los actores políticos, el desvarío ridículo de su proceder, demostró una tajante y nula intelectualidad. Pena ajena es la máxima adecuada. Los hubo escapando de féretros de una muerte anunciada, los que hicieron gala del histrionismo dancístico y otros más proyectaron su discurso hacia perros [mascotas] liliputienses como ciudadanos votantes. Reinaron las estrategias de redes sociales cual tautológica panacea de la política contemporánea.

Los medios de comunicación, sin distinción alguna, fueron altavoces ad hominem que lo mismo condenaban a la resistencia ideológica de los otros grandes partidos, nulificados por el movimiento mermado “simbólicamente” que encabeza el presidente de México; así, la pluralidad de los medios informativos fue inexistente, sin duda, pero instrumental, siempre lo es. ¿Qué son los medios de comunicación en este momento histórico y qué papel juegan? ¿Qué debate se da en esas redes informativas que transgreden con gratuidad efectiva la realidad ad infinitum? La respuesta, demagógica: no todos los medios son iguales. En la médula puritana profesada, lo son. El escenario ideal del debate público que tendría que ser transmitido a la masa, debería ser de propuestas inequívocas que atiendan las necesidades reales, sin caprichos, de una comunidad y no obstante pensar esto es por demás inocente.

Definir las “necesidades” potencia el error capital del candidato apartado de la realidad, que se torna indolente en el sentido llano del significado de la palabra: que no se afecta o conmueve. Recordemos que un aspirante político es en sí mismo la medida de todas las cosas, y tendemos a olvidarlo por el fanatismo que se les llega a profesar de manera abierta o reprimida. Existen gobernantes cuya moral distraída a conveniencia desconoce el dolor de los otros, su gente misma. Pensemos en la muerte de niñas, niños y mujeres con cáncer, tragedia autogestada que nadie olvidará.

Un ejemplo más de la indolente clase política nacional tiene que ver con las consideraciones a su propia estirpe. Durante las campañas electorales murieron asesinados políticos que no merecieron, en la mayoría de los casos, ni un minuto de silencio. Lo que nos lleva a la brillante ecuación: un político no es sino un nombre escrito a lápiz que se borra sin compromiso para plasmar con grafito otro nombre sobre la boleta. La indolencia del momento se reduce a un: la gente pobre entiende que las tragedias ocurren… no sé si las madres de los muertos lo entiendan sobre todo en una tierra como la nuestra donde el crimen es moneda de cambio.

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King Kong Cabaret, UANL

Ya a la venta King Kong Cabaret, publicado por la Casa Universitaria del Libro de la Universidad Autónoma de Nuevo León.

Este volumen compila las obras de teatro DeshonraFariseos y King Kong Cabaret. Un bar clandestino, un reclusorio y un cabaret son los escenarios aquí poblados con personajes que parecen conducirse siguiendo una pulsión de muerte, orientados hacia la destrucción propia y la de los demás. En ellas hay una crítica al sistema político, al sistema penal y al sistema sexo-género como instituciones en nuestra sociedad que producen espacios de violencia, crimen y represión. Es una denuncia que permea la puesta en escena de las pasiones humanas, y puesta en juego de los deseos ocultos, y en última distancia, de nuestra voluntad de ser libres. La dramaturgia de Hinojosa nos seduce hasta estos espacios a la vez oscuros y luminosos en los que cada lector podrá reconocerse plenamente.

Para comprarlo ir directamente al sitio de la Tienda de La Casa del Libro

La verdad contemporánea

Desde 2016 la política, por lo menos la que interesa para este ejercicio, entró de lleno en el escenario artificioso del espectáculo con el arribo de Donald Trump a la presidencia de Estados Unidos. Para quienes crecimos con su imagen estilizada y bronceada en las pantallas de televisión, y bufón empresarial de los años 80, lo mismo negociante que actor de reparto. No deja de impactarnos su heráldica como mandatario de la región norte que acuñó a mansalva “el sueño americano”, lugar común y máxima fullera de esa Colonia pantanosa de soñadores modernos que viven pesadillas perpetuas, sin riqueza ni sueños.

La grandeza del presidente radica en su colosal conocimiento de los medios masivos y en su capacidad para construir verdades eliminando los hechos que las sustentan. Utiliza su discurso a partir de estocadas, vocifero sinfín, para demostrar que basta su palabra como ciudadano mandatario para hacer verdadera cualquier aseveración falsa por encima y a partir de la masa. Trump conceptualiza fantasías, se rodea de ellas, miles que trastocan la realidad del país otrora más poderoso del mundo. Las bases republicanas, protestantes y extremistas que dan su espaldarazo al presidente viven una hiperrealidad apoyada en las falsedades potenciadas por los medios de comunicación comparsas del sistema, de la figura presidencial, no del pueblo que las consume y se dejan guiar por los conductores de noticieros, esos exaltados de collar blanco, en su tarea por controlar la opinión pública de piel blanca.

Trump es la medida de otros gobernantes del mundo que como Jair Bolsonaro, Andrés Manuel López Obrador, Recep Tayyip Erdogan, Rodrigo Duterte y, aunque más moderado en apariencia, Boris Johnson negocian desde sus tribunas cotidianas con hechos inexistentes y maleables que les permiten construir verdades, ni siquiera a medias, negando la realidad en sí misma. Además, no sólo potencian las noticias falsas (fake news) que encienden a la opinión pública sino que mienten para mantener bajo control a su público que, necesitado de guías espirituales y morales compran las ideas, los fracasos del gobernante y asumen su rol en el rebaño.

Hace un par de semanas salió a la luz que Donald Trump mintió a su pueblo acerca de la pandemia para no alarmarnos con su gravedad, craso error. No solo mintió sino que puso en riesgo la vida de miles de ciudadanos al negar la letalidad del SARS-CoV-2. Lo mismo ocurrió en México, desde hace meses se aceptó que el gobierno no quiso generar el pánico, noticia sin mayor impacto en la sociedad que no cuestionó las palabras del presidente ante la fatiga de su imagen cotidiana en los medios.

La “posverdad”, ese concepto tan socorrido y manoseado de nuestro tiempo, encausa el rumbo y ritmo del mundo por su aparente novedosa existencia. Sin embargo, el concepto tal cual y su aplicación ha estado presente a lo largo de la historia de la humanidad. Es la herramienta imprescindible de líderes morales, autoridades y estadistas para llevar a las sociedades a la guerra. Basta con estudiar el ascenso de Adolf Hitler en Alemania, o la presencia intermitente del ideólogo estadounidense Steve Bannon en Europa, agitando con su discurso nacionalista el levantamiento de las sociedades en contra de la multiculturalidad a través del odio que germina el miedo que apela a la naturaleza humana en su instinto de supervivencia.

Lee McIntyre con su libro Posverdad y Michiko Kakutani con La muerte de la verdad exploran desde la mirada filosófica y sociológica, el primero, y la segunda desde la visión crítica de la cultura estadunidense, cómo la verdad es trastocada por Trump. Además, exploran los procederes de los gobiernos populistas que tienen como objetivo anular la capacidad de toda sociedad para reconocer en qué realidad se encuentran, es decir ante las mentiras son náufragos geopolíticos. La hiperrealidad construida desde el discurso político de Trump ha llegado a tal nivel que, sin existir amenazas preponderantes, la sociedad pretende y espera el estallido de una guerra para demostrar que Estados Unidos continúa ostentando el poderío consumado después de la posguerra del Teatro Europeo.

La gravedad de la posverdad como arma política, apuntan Kakutani y McIntyre, está en que bien utilizada en su “veracidad” inmediata puede llevar a la ruina a un país que, frente a su incapacidad analítica e ignorancia, se hará trizas por la estupidez humana de depositar la fe en los gobernantes que tienen en la ocurrencia la verdad absoluta para enviar a la muerte al pueblo que los encumbró.

Texto publicado en Armas y Letras de la UANL

Serenidad en el caos

Nunca he creído en los grandes sistemas, ingenierías, renovaciones, arquitecturas, modelos y aquellos conceptos atribuidos en primera instancia al lenguaje dramático, a la obra, amén de las modas que llevan en su nombre la penitencia; ni qué decir de las puestas en escena. Dudo de quienes hacen mal uso de los postulados filosóficos y sus conceptos para aplicarlos erróneamente a las teorías dramáticas, desnutridas en sus pilares, que venden como teoría crítica. Apuesto por la exploración de la palabra para construir el drama y nada más. Palabra que deriva en acción, conflicto, progresión; apuesto por quitar el velo por instantes a la naturaleza humana que perdurará en el tiempo cual estampa mientras los vocablos estén unidos sobre el papel.


Esto en cuanto a la obra escrita, pues sabemos que los ejecutantes y la puesta en escena no necesitan de nuestra pluma. Vivimos el renacer del existencialismo en pleno siglo XXI, aprender a conocernos, a interpretar nuestra libertad, a ser humanos en soledad sin temores, a conjugar la realidad con el universo digital, ese vacío oscuro de lenguajes programáticos, vías de crisis que proyectan hechos, causas y efectos a tal velocidad que sustituyen nuestra capacidad para hacer lo más básico: cuestionar. Ese mundo de fibras ópticas es un artefacto político intangible, pero es, ante todo, un medio que se nutre del sentimiento arrollador puro y vivo… de nosotros. Es el innegable motor de nuestra existencia en el encierro que provoca angustia y un cuestionar incesante por la vida. Y sobre todo en el absurdo cotidiano, por lo menos hoy, impacta en la imaginación sedienta de tierra. Entre el insomnio y la falta de interlocutores de carne y hueso, las sombras se convierten en compañeras
ineludibles para ensayar sueños y mundos posibles.


Conexión inestable
, de Teatro UNAM, es un excelente ejercicio de libertad, es su aportación al teatro mundial y debe resaltarse ese logro. A lo largo de los años, el proyecto universitario ha sido la casa de las vanguardias escénicas, del descubrimiento para Latinoamérica de las voces internacionales que dan identidad al teatro en este rincón del planeta; y la apertura de la Dirección de Teatro UNAM para explorar la creación en este salvaje instante histórico ha dejado huella. Cada una de las obras que tuve la oportunidad de descubrir, planteaba retos conceptuales y discursivos, políticos, sociales y violentos, ecos sutiles del encierro humano en un presente trágico que se mantendrá latente por siempre en nuestra memoria.


Las obras tejidas me invitaban a reflexionar en la tarea más básica del escritor para la escena, plantear conflictos, mover el barco hacia una tierra incierta donde la risa, el llanto o el oprobio mantuvieran la atención del espectador. Tal vez, y sólo tal vez, deberemos replantear la forma dramática para esa diminuta pantalla virtual, intermitente e impalpable donde el tiempo del drama se divide entre la realidad y la simulación. El drama que no ocurre y es ficción pura, diría Jean Baudrillard en el sentido bélico, porque los soldados no probaron el campo de batalla en la primera Guerra del Golfo.


No obstante, vale la pena reflexionar el sentido marcial del ejercicio de más de dos centenares de creadores. El rigor con el cual fueron escritas las piezas sopesando los pormenores de las formas, los espacios, los temas de exposición y el tiempo apelaron a un teatro de guerrilla que prescinde del artificio de la producción, acciones en su más pura transmutación para entrar en comunión con los espectadores. En la semilla de cada obra había un naturalismo presente y sin temores, curioso, dada la naturaleza del ejercicio y el atavío intangible. Mejor aún, cada texto, espectáculo en potencia, es diálogo solitario. Sobre las tablas, el actor está acompañado, es un animal salvaje de frente a otros. En
la representación virtual, los avatares del espectáculo no cuentan con libertad alguna, son números infinitos, sujetos sin escapatoria, otro tipo de animal que teme al contacto humano y que nos refleja. Vaya encrucijada.


Por lo menos durante los próximos años, seguiremos contando, estructurando estos ejercicios de mejor manera, canalizando fórmulas de otros géneros literarios para el mejor funcionamiento de la escritura para el espectáculo virtual que no me atrevo a llamar del todo Teatro y, sin embargo, esta convocatoria es una vía para la revolución escénica. Agradezco a Jorge Volpi, coordinador de Difusión Cultural de la UNAM, y a Juan Meliá, director de Teatro UNAM, por su generosa invitación para formar parte de este proyecto que propone un encuentro entre las artes escénicas y el mundo digital que ya plantean nuevas rutas para la creación, no sólo en este momento de emergencia pandémica. Estoy seguro de que a esta primera convocatoria se sumarán nuevos retos que nutrirán con ideas renovadas las propuestas de los creadores teatrales de Latinoamérica y el resto del mundo.

Texto publicado en el libro Conexión inestable editado por Teatro UNAM y la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad de Buenos Aires, abril 2021.

Tom Stoppard, Rock ‘n’ Roll

I

Es común que los dramaturgos sean poco o nada conocidos dentro del repertorio triunfal de los géneros de la escritura en Latinoamérica. En cambio, los narradores son quienes se llevan las palmas y aun así sienten la necesidad de validarse como dramaturgos tarde o temprano. En la lista de autores que no han podido negarse al drama se encuentra Octavio Paz. Los más recientes son Juan Villoro Jorge Volpi, quienes se suman al incompleto repaso de autores que coquetean con el teatro. Algunos narradores exóticos, sin verdadero interés por la dramaturgia, logran el “éxito”; sobre todo los autores de renombre, ya que existe un temor político de sus comparsas a confesarles: “Señores eso que escribieron no es teatro”. Es curioso cómo en nuestro país se desdeña la escritura dramática y, sin embargo, desde aquí se aplaude el legado renacentista de Jean-Paul SartreAlbert CamusGünter Grass, Samuel BeckettIngmar Bergman, los Nobel Harold Pinter y Peter Handke como novelistas, dramaturgos, poetas, pensadores político-filosóficos y guionistas cinematográficos [todos con fuertes convicciones políticas sin titubeos]. La estrechez intelectual mexicana delimita los géneros celosamente y evita el tránsito libre de autores entre disciplinas; no obstante, aplauden con fervor el ingenio extranjero que aquí sofocan.

Este celo intelectual, miedo y mezquindad gremial por negar los procesos artísticos de otros creadores se suma a la estupidez y a la ignorancia de los circuitos intelectuales del país que disfrutan desde la mediocridad sus triunfos locales. Otro ejemplo más: el dramaturgo, guionista y director irlandés Martin McDonagh, de ser mexicano, estaría destinado a no ser nadie, pues no lograría ese libre tránsito ni admiración y no habría logrado el éxito que tuvo con Three Billboards Outside Ebbing, Missouri, cinta ganadora de varios premios internacionales.

El dramaturgo, novelista y guionista británico Tom Stoppard (Checoeslovaquia, 1937) pertenece a este perfil ecléctico que anida en los confines dramáticos con maestría, lo mismo explorando la política internacional que el teatro isabelino de William Shakespeare desde una reinterpretación de la realidad pasada por el tamiz de la literatura. Durante las últimas seis décadas, Stoppard ha marcado el rumbo del teatro inglés. Su punto de partida como autor de culto inicia con una peculiar y multirepresentada obra titulada Rosencrantz & Guildenstern Are Dead una pieza existencial y absurda que narra el enredo de los otrora amigos de Hamlet, el príncipe de Dinamarca, a quien deben traicionar. Los otros personajes de esta obra como Hamlet, Polonio, Ofelia y Fortinbras retratan la existencia compleja y trágica de sus procederes como la del héroe sonámbulo de El extranjero, de Albert Camus.

Stoppard fue uno de los primeros hombres del siglo pasado, en ponerse al tú por tú con Shakespeare y sus personajes; y es uno de los dramaturgos y guionistas más representados en Europa, Estados Unidos, Australia y Canadá, ganó el Oscar por Shakespeare in Love y escribió también Empire of the Sun, que dirigió Steven Spielberg, y Brazil que llevó a la pantalla Terry Gilliam. Si tuviéramos que hablar de una de sus piezas más emblemáticas tendríamos que retomar Rock ‘n’ Roll y su crítica frontal al romanticismo político desde la burguesía académica.II

Stoppard se me aparece de frente con una gran sonrisa, un cigarro en la mano y un vaso desechable de té en la otra. Llega al salón donde tomaríamos el brevísimo seminario y se acerca al oído rodeado de una abundante cabellera de Elyse Dodgson, directora del Programa Internacional de dramaturgia de la Royal Court Theatre en Londres. Ambos se sonríen y Stoppard se lleva otro cigarro a la boca, el cual no podrá encender a lo largo del seminario. Se conformará con el té y una galleta que jamás comerá.

“No me gusta hablar”, declara Stoppard. “Si no preguntan nada, no tengo más que decir; sería injusto que nos sentáramos a escucharme dictar un largo monólogo, para mí es más interesante oír todo eso que tienen en sus mentes. Les puedo contar que todos los días leo los diarios; antes leía hasta cuatro periódicos al día, pero he dejado de hacerlo. Es tanta la información que existe que no puedes leerlo todo, ni saberlo todo. El mundo contemporáneo maneja más información que en mis tiempos de juventud. Es difícil competir contra el tiempo mismo. Cada noticia tiene un momento específico de vida y cuando se cree que se tiene una idea clara de las cosas que deseamos contar (a veces pienso: tal idea serviría para una muy buena obra de teatro) el momento de esa historia queda en mi pasado. Creo entonces que esas anécdotas son las que los jóvenes deberían de contar, ustedes saben mejor cómo funciona este tiempo”.

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México: al desamparo de los dioses

Partamos de la ficción:

A inicios de la década de 1960 del siglo pasado, en el auge de la Guerra FríaStanley Kubrick presentó su obra Dr. Strangelove, basada en el libro Red Alert del escritor inglés Peter George. Tanto el libro como el filme, cada uno bajo su propia lógica, abordan el desastre nuclear que podría suscitarse por la ineptitud de los gobiernos que confían sus arsenales a individuos que no están exentos de sentimientos redentores. Previo a la salida de Donald Trump de la presidencia de Estados Unidos, se habló hasta el cansancio de la valija nuclear que estaba bajo el control del mandatario, la Guerra Fría tan presente en el siglo XXI.

Al escuchar las reflexiones de los medios especializados en seguridad, me recordaron la obra absurda de Kubrick donde uno de los personajes principales genera un problema de seguridad global, por creer que el agua contenía agentes que debilitaron su virilidad. En Dr. Strangelove una parte del mundo se destruye por la ignorancia de este personaje que decide el futuro de una nación a partir de sus problemas emocionales. Por si fuera poco, este personaje hace de Dios su cómplice y exclama: “Si Dios quiere, prevaleceremos en paz y libres de todo miedo, a través de la pureza y la esencia de nuestros fluidos corporales. Que Dios los bendiga a todos”. Acto seguido se activan los protocolos de destrucción masiva y el resto es historia.

Por supuesto, Estados Unidos no estalló en pedazos y Trump entregó la valija para que quedara bajo el resguardo de Joe Biden. De la lógica del trabajo de Peter George y Stanley Kubrick, me interesa la figura de Dios como responsable de dar vida a una nación y también como concepto que justifica la destrucción de una nación como la estadounidense. Históricamente, Estados Unidos se ha vanagloriado de ser un país bajo un designio divino fundado por migrantes que eliminaron las herencias culturales de los pueblos indios. Dios, como concepto, es palabra y manto que otorga sentido al nacionalismo estadounidense de costa a costa, que tiene en la Biblia un punto de partida cultural como pilar y manual de su pensamiento moral.

La política en su médula, republicana demócrata, coincide en Dios como origen y alimento infalible para el pueblo. Recordemos las guerras estadounidenses, la figura del capellán castrense, que concede indulgencia cabal, elimina la culpa de los asesinatos cometidos por los soldados y hace de Dios el motor ideológico que mueve a los ejércitos. Si el manual de Moisés dice: “no matarás”, el capellán contraargumenta a favor del bienestar y libertad del pueblo que es la patria y es Dios. Es una contradicción divertida. Si, por ejemplo, Dios apoyó el rumbo de Estados Unidos bajo el mandato de Trump, ¿qué Dios apoyó la embestida política de Joe Biden en contra del primero? Dios, como diría José Revueltas, existe dentro del hombre y no fuera de él. Guste o no, la figura de Dios unifica a la cultura de nuestro vecino del norte; no obstante, deberán prepararse para entender mejor el budismo, taoísmo, hinduismo, jainismo y el islam, pues son el futuro de las deidades globalizadas que cambiarán el rumbo del siglo XXI. Se espera que para el 2035 el islam supere al cristianismo en Estados Unidos.

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