Las estampas del teatro de la violencia

“Los bosnios”, de Velibor Čolić, es una novela corta que materializa sin poesía un breviario de miseria humana. Las escenas que refiere la obra engloban la historia trágica de la última Guerra de los Balcanes también conocida como las Guerras Yugoslavas o la Tercera Guerra de los Balcanes, estampas irreales de una violencia extrema que no respeta edades ni sexos. El conflicto que desencadenó la confrontación en 1991 inició con el recelo étnico de castas, aunado al choque religioso entre musulmanes y cristianos, en Bosnia y Serbia, aunque fue una pugna por conquista territorial, con Kosovo como foco del problema centenario. Supongo que Peter Handke, el ganador del Nobel de Literatura, tenía claro el conflicto cuando decidió apoyar al presidente serbio Slobodan Milošević, un acción que le ganó el repudio de la gente.

Entre las múltiples escenas de dolor que surgen de la realidad, apunto tres que concretan el universo de Čolić: la muerte de un jorobado por empalamiento para enderezarle la columna vertebral; el asesinato de una niña que yace boca abajo violada-desnuda, dentro de una revolvedora de cemento; y el relato de un tipo que se balancea en un columpio jugando con la puntería del francotirador enemigo. Las anécdotas del autor nos confrontan con un mundo violento, tanto, que huimos de sus palabras irreales. Al leer la historia de estos pueblos entendemos que las disputas ideológicas son fundamentales del ethos eslavo. Lo que nos muestra Čolić es un reducto del salvajismo que inconscientemente romantizamos pues el caos marcial europeo tiene estirpe.

Durante el mismo año del conflicto balcánico, la prensa internacional transmitió un video en el que se apreciaba la golpiza que la policía de Los Ángeles, California, en Estados Unidos, le propinó a Rodney King, un conductor negro de ese condado. Posteriormente, en 1992, cuando los policías que agredieron a King fueron sentenciados con penas mínimas y exonerados, iniciaron los disturbios de la comunidad negra que desaprobaba y despreciaba el veredicto de la corte. Los tumultos se tornaron agresivos porque revivieron las disputas racistas de los núcleos asiáticos contra la población negra, que le prendía fuego a los negocios orientales y golpeaban a cuanto blanco encontraran en su camino.

Hay un instante que quedó grabado en video para la posteridad. Mientras un hombre negro permanecía en medio del caos con un auto incendiándose a sus espaldas, daba instrucciones comunitarias sencillas: “jodan a los asiáticos, no a los mexicanos, ni a los latinos”. En efecto la turba destruyó en su mayoría negocios orientales respetando los Taco shops de la zona. Esto tiene su relevancia porque, por nimio que parezca, ambas comunidades durante décadas asumieron con entereza, mas no con estoicismo, la violencia ejercida en su contra por su condición de minoría en Estados Unidos, cumpliendo el obligado sueño americano en la tierra de la libertad. Hoy se vive otro punto de quiebre histórico con la muerte de George Floyd a manos, una vez más, de un policía con entrenamiento marcial.

Meditemos sobre ambas comunidades. Los núcleos latinos, en este caso los mexicanos, han jugado un rol fundamental en la economía estadounidense como mano de obra barata, vaya revelación, que ha luchado por lograr la permanencia y protagonismo en la vida política, social y cultural de Estados Unidos. No olvidemos que los mexicanos formamos parte de la historia de ese país, esa tierra nos fue propia, detalle a considerar, no olvidemos el siglo XIX. Pero la nuestra es una cultura maniatada en esa tierra ahora sajona, ya que no se nos debe nada.

A decir de las comunidades negras, estas continuarán relegadas porque llevan a cuestas el estigma de la esclavitud. Son hombres y mujeres extranjeros, sin tierra firme, que caminan sobre islas minúsculas que apenas ganaron al lograr su libertad en siglo XIX, y apoyados por su Movimiento por los derechos civiles en la década de 1960. Reconozcamos que Martin Luther King generó una revolución para que su raza buscara el protagonismo intelectual a partir de su doctrina cristiana-protestante, mientras que César Chávez concibió un cambio que estructuró al pueblo mexicano en Estados Unidos, pero su movimiento católico fracasó. La diferencia estuvo en la interpretación de la doctrina: en una se lee la biblia, en la otra te la recitan.

Negros y latinos comparten el estigma de la raza. Ambos luchan por conquistar espacios, por derribar mitos; sin embargo, allá el mexicano no asciende al poder, digamos a la presidencia, porque es un campesino por tradición que cobra por piscar en los solares, no hay culpa del patrón. La raza negra se hizo de la presidencia, les fue permitido para limpiar las blancas conciencias, pero eso no les garantiza derecho de piso.

Mientras la Guerra de los Balcanes estallaba y la ciudad de Los Ángeles ardía, en Tijuana la generación de los narcojuniors, hijos de familias adineradas, dominaban el trasiego de la droga en la frontera norte. Tijuana era una ciudad nada ajena al crimen, pero pacífica, donde se convivía con el narcotráfico sin mayor problema, volverlo más exótico es demagogia. La ruptura de los pactos de palabra de las viejas guardias del narco que se dieron con los nuevos protagonistas como la familia Arellano Félix, patrocinadora de los narcojuniors, según lo documentó Jesús Blancornelas, director del semanario Zeta editado en Tijuana, fue la antesala de este periodo de violencia en el país, que posicionó al narco como una entelequia de gobierno alterno que explora otras vías de la democracia y la religión.

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Fantasías para fanáticos necesitados

Cuando leí por primera vez “Fahrenheit 451” de Ray Bradbury cuestioné el valor no de los libros sino de la palabra escrita hecha literatura y memoria. Estaba en el proceso de generar mis primeras verdades acerca del funcionamiento del mundo y cómo se ejercía la manipulación sobre la masa. No era complejo hacer los paralelismos entre la dictadura marcial alemana y la quema de libros en la década de 1930, con las iniciativas de censura de las artes y la literatura del senador estadounidense Joseph McCarthy entre 1950 y 1956. Para el político, el conocimiento no validado por gobierno, era subversivo y no representaba los ideales del Estado. Situación curiosa que define nuestra realidad a la perfección.

En esa etapa de descubrimiento literario ninguna obra me inquietó tanto como “La tercera expedición”, un relato fantástico publicado en 1948 como “Mars is Heaven”, que forma parte de “Las crónicas marcianas”, publicación editada en 1950 y escrita también por Bradbury. Me cautivó el maquiavelismo de los marcianos que manipulaban el pensamiento y las ideas de los humanos que arribaron a Marte en búsqueda de una nueva frontera por conquistar. La trama es sencilla: los humanos aterrizan su cohete, bajan de la nave, descubren en la superficie un pueblo estadounidense típico de la época habitado por amigos, viejos amores, familiares y conocidos lo cual emociona a los viajeros interplanetarios que piensan haber descubierto el paraíso fuera de la tierra, olvidando a Dios. Pero una vez que los humanos bajan la guardia y duermen, después de disfrutar la mentira, por las palabras, que les fue proyectada para su divertimento, mueren asesinados a mano de los marcianos.

Declaraba Ray Bradbury que “Las crónicas marcianas” no era una obra de ciencia ficción sino de fantasía, una representación de lo irreal; por eso mismo permanecerían como un mito griego, por tanto trágico, en el tiempo. La ciencia ficción, por contraparte, es una representación de la realidad que nos alcanza sin darnos tregua. Es un género literario ideal para presentarnos de frente el historial de errores que cometemos sin eliminar la estupidez de nuestra espiral existencial.

Con la relectura interpreto “La tercera expedición” como un tratado breve de la ingenuidad y la mentira. La ingenuidad presume inocencia y es un detonante eventual que la memoria termina por dejar en el pasado. No obstante la mentira, como forma de la verdad, es una de las grandes herramientas conceptuales con las que cuenta el ser humano. Es perfecta en su ritmo, cual serpiente cristiana todo lo manipula, es un bien preciado al que ninguna sociedad o individuo renuncia porque le da sentido de pertenencia. Nos permite sustituir la realidad sin tecnología digital y brinda felicidad u oprobio a través del lenguaje y sus palabras, lo cual es profundamente espiritual.

Durante siglos el lenguaje y su letanía se ha estudiado con la seriedad propia del problema, para comprender que cada siglo renueva las teorías filosóficas y literarias en torno a las palabras, lo que nombran y sus límites. Desde la disciplina matemática que habla del lenguaje como una ecuación más de la lógica, hasta la postura metafísica que insinúa que todo lo que nombra una palabra existe, nos ayuda a comprender que por medio de las palabras estamos atrapados en una prisión que nos ciñe al contexto de la realidad. Por eso hay quienes guardan silencio, para eliminar el probable destino al que lo lleven sus vociferaciones. Aunque la pasión por pronunciar los vocablos es tal que termina por condenar al héroe… en términos clásicos es su error trágico.

¿Cómo podemos escapar a la trampa del lenguaje, a la mentira discrecional de la época y los actores que la proclaman para generar realidades extraordinarias pero falsas? La pregunta es pertinente porque la respuesta sugiere un continuo progreso idealista, como si de un juego de naipes se tratara, que baraja conceptos como: bienestar, justicia e igualdad, entre otros, que no logran consumar el deseo general de la sociedad que busca el bien común, pero que siempre están en un juego sinfín. Si los ideales se consumaran la mentira social no tendría razón para existir. El juego político radica perversamente en instaurar la ilusión del progreso duradero, aunque inmóvil, creando espejismos y empatías ciudadanas.

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Ilusiones para un mundo salvajemente feliz

Yo soy Espartaco. No, yo soy Espartaco”. Con estos lances en medio del ensangrentado campo de batalla, el arruinado ejército de esclavos fortalece su hermandad con bravura a viva voz, para defender al líder de la rebelión que los llevó a la libertad momentánea, previo a su crucifixión a mano del confundido ejército romano. Espartaco, el gladiador y símbolo de la libertad combativa al que hago referencia, personaje emblemático del cine mundial, es creación de Stanley Kubrick, ideado por el guionista y perseguido político Dalton Trumbo, quien tomó la novela homónima del comunista Howard Fast para exaltar los valores de la libertad a través de la vida y muerte del gladiador tracio.

Trumbo y Fast fueron enemigos comunes del pueblo estadounidense en la primera mitad del siglo XX, por formar parte del Partido Comunista, un pecado capital inimaginable y, a decir verdad, anti natura para el ethos de ese pueblo de oferta y demanda que entendía bien el Comité de Actividades Antiamericanas de la Cámara de Representantes del Congreso de los Estados Unidos. ¿Cómo podía un ciudadano del mundo libre apelar al yugo del comunismo? Las utopías eran válidas, inclusive en el seno del capitalismo, pero como símbolos exóticos. Fue también en ese contexto histórico que cobró más fuerza el Capitán América (Steve Rogers), el súper soldado y enemigo de la amenaza roja (Red Skull), descifrado como una bandera humana y viril por J.M. Coetzee en sus ensayos, figura de la justicia a partir de la guerra, siempre justificada.

“Espartaco”, la novela, fue escrita en prisión durante el tiempo que Howard Fast estuvo recluido purgando condena debido a que su nombre figuraba en la lista negra de la cultura americana, junto con Lillian Hellman, Langston Hughes y Orson Welles, entre otros, que controlaba el comité que allanaba el paso para la exitosa caza de brujas de Joseph McCarthy. La cultura era un enemigo a vencer, la escritura no necesitaba más que polvo para sembrar el caos. La apuesta de Howard Fast no era nada compleja en su exposición política y discursiva a través de la construcción narrativa de su obra. Abordó la historia de Espartaco, el esclavo y gladiador tracio que se rebela al igual que sus compañeros durante la Tercera guerra servil o Guerra de los gladiadores contra del ejército romano, por la crueldad que vivían. Los esclavos de la época, según la historia clásica, eran tratados como animales, lo cual sigue vigente en este tiempo de conquistas aeroespaciales; oh, cuánto hemos avanzado. Espartaco, entendido a partir de las crónicas romanas, contó con la aprobación de los historiadores que aplaudieron la valentía del gladiador y su lucha por los derechos de su pueblo conformado por guerreros, asesinos, criminales y parias de otras regiones. Carl Marx, el nunca olvidado pensador alemán, lo tomó como modelo porque materializaba la imagen del hombre proletario que se rebela contra el cacique, sin importar las consecuencias, para privilegiar el deseo comunitario por encima del autoritarismo del poderoso.

El Espartaco de Trumbo y Fast, el que retrata Kubrick hacia el final de la cinta, una vez crucificado, conoce a su hijo que crecerá en libertad. El anti héroe vive un instante de plenitud existencial porque su lucha no fue en vano. Espartaco transita pues del sentimiento comunitario hacia la gloria personal, la consumación del individualismo. Repito, todo esto en la versión cinematográfica, en esa ilusión donde la vida de los otros pierde valor ante la realización material de los deseos de Espartaco. ¿Acaso los muertos en vida sobre las cruces defenderían al gladiador frente al ejército romano una vez más? ¿Qué sueños consumaban con su propia muerte los otros miembros de la comunidad? Digamos que, si la libertad era el fin último, aún clavados a la cruz, disfrutaban de la gloria después de haber sido carne en los establos.

Previo a este exhausto momento histórico, desde hace años, se fue acentuando una profunda censura auto impuesta gracias a las miles de voces que rondan los pasillos digitales de las redes sociales, a las que la gran mayoría tenemos contacto sea por cuestiones laborales o divertimento, situación que se agravó con el confinamiento. En ese universo etéreo al que cedemos con gusto nuestra alma, toda palabra es campo minado. ¿Acaso vale la pena la auto censura por algunos buenos comentarios de personas que nunca conocerás? La ilusión de ser queridos y aceptados es bastante deprimente. Aún más deprimente es no ejercer el derecho a disentir por miedo a las hordas de salvajes que en un fuerte ejercicio de auto complacencia se erigirán como seres morales superiores que exigirán con su dedo flamígero tu condenación eterna.

Abandonemos toda proposición filosófica acerca del mundo digital. Partamos en principio de lo físico. Crecimos leyendo revistas, no hablamos de literatura en este momento, vimos miles de horas de programas televisivos, consumimos millones de imágenes previo a la aparición del mundo digital que nos vendían una ilusión, ustedes decidan la pasión que anhelaban, no deslumbraron miles de escenas cinematográficas que forman parte de nuestra experiencia. Durante décadas consumimos rostros perfectos, cuerpos idóneos, y aprendimos las palabras correctas para entablar una conversación. Nuestra existencia ha participado de ilusiones que nos mantienen con vida, felices o infelices, pero en equilibrio. El cuerpo de la mujer sobre la página nunca estuvo desnudo, sino que el corrector que retocaba la imagen se encargaba de eliminar la ropa que cubría a la modelo; no en todos los casos, no hay motivo para sufrir, pero el fundamento erótico y sexual de millones de adolescentes estaba basado en la habilidad del retocador de la imagen. Oh, desventura.

¿Acaso vale la pena la auto censura por algunos buenos comentarios de personas que nunca conocerás? Repito la pregunta por la pertinencia. Una de las grandes ilusiones que nos ha vendido la modernidad del siglo XXI es que somos buenas personas y por tanto tenemos la capacidad, por esa gracia divina, de crear mundos salvajemente felices siempre que sea en el espacio digital, el campo de acción de las buenas conciencias que fortalecen la idea de la corrección política que todo lo destruye. En ese mundo digital e incluyente ocurre lo mismo que en cualquier marcha a ras de calle con templete. Se corre la voz: habrá una marcha por los derechos de las personas a disentir por cualquier tema social, me interesa. Perfecto. Soy el participante número 50 mil en la caravana, pero jamás llego al templete, ni conozco al que está sobre las tablas lanzando sus consignas. No sé si mis necesidades son expresadas con coherencia por ese individuo. Me pregunto por qué está él en el templete. ¿Quién lo puso ahí? ¿Quién es? ¿Por qué estoy en medio de la masa si mi voz no se escucha? Si no conozco al que lleva la voz sobre las tablas, ¿por qué me sumo al movimiento? El primer error es pensar que formamos parte de una comunidad.

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El vuelo de los cerdos entre las moscas

La cabeza del jabalí clavada a la estaca como ofrenda y los moscardones que la rondan con sus agitados zumbidos, la escena misma, es un instante fundamental y simbólico de “El señor de las moscas”, primera novela de William Golding, pieza cardinal del existencialismo inglés de la posguerra, escrita por el veterano de la Marina Real británica; autor que participó en la batalla de Normandía pilotando una lancha de desembarco desde la cual lanzaban cohetes hacia la playa enemiga. Golding escribió una obra concisa que hace del naufragio el detonante idóneo para la desgracia arraigada en la creación de una sociedad salvaje y juvenil en una isla en medio de ninguna parte.

De la novela me atrae el concepto de Sociedad y la lógica bestial e inocente de los niños para establecer el orden en su solitaria existencia oceánica que, tarde o temprano, necesita de un ente sobrenatural al que temerle, sólo que Dios jamás llega al encuentro, no hay altares y la fe se perdió con las mareas. Es el demonio no obstante, el instinto de supervivencia real e imaginario, quien reina en la isla y desata el holocausto. Del imaginario de Golding me entusiasma, hasta la fecha, la tragedia generada por esos inexpertos escuadrones de críos y adolescentes que trotaban por la selva cazando, mutilando bestias y subyugando a la naturaleza. Eran libres para devorarlo todo incluidos ellos mismos sin reparos, pasando del juego a la risa y al asesinato sin dudarlo.

Cuando erigen la cabeza del jabalí en medio de la selva se arraiga el espíritu pagano, en términos cristianos, de rendir culto al animal que asesinaron para alimentarse, además de brindarles paz espiritual; es la imagen del Baal bíblico en carne y hueso que encuentra un hogar en la tierra a través de quienes son dueños del reino de los cielos. Con el paso de los días, los críos y adolescentes, al igual que las moscas, rondan la cabeza decapitada de la bestia que se pudre al tiempo que su sociedad isleña se fractura, hasta llegar al frenesí: se asesinan los unos y otros. Instinto salvaje que se reprime al momento que aparecen los adultos en la playa y rompen el encanto de la Sociedad infantil, Dios no ha muerto.

Según la Real Academia Española la Sociedad se define como: “un conjunto de personas, pueblos o naciones que conviven bajo normas comunes”. Entiendo que la sociedad no es una comunidad porque no busca un bien común. La Sociedad se compone por individuos, digamos, diferentes entre sí que intentan consolidar un fin personal utilizando a otros que buscan los canales necesarios para cumplir con sus propios objetivos, seamos románticos y digamos sueños. En todo caso, la Sociedad es un espejismo, un péndulo afilado, necesario para cumplir mis objetivos por encima de los otros que necesita de la simulación grupal para mantener su pulso y ficción. ¿Luego entonces qué es la justicia? Qué importa si no somos una comunidad.

El caos en el “Señor de las moscas” inicia con la lucha por el poder entre dos compañeros, uno fuerte y otro ecuánime que gana la jefatura de la manada por la vía democrática que, dicho se de paso, no deseaba el título nobiliario que le brindó la sociedad. El fuerte se convierte en líder de los reaccionarios infantes que se especializan en cazar; quienes participan de su grupo deben elegir entre estar o no con él. Mientras, el jefe de la manada explora la isla y busca que todos estén en paz. Pronto el fortachón lucha por obtener el poder argumentando que su habilidad para cazar lo convierte en el líder natural. Se encapricha al no lograr su objetivo y aumenta la violencia sistemática entre la manada hasta fracturarla.

Macbeth, el rey de Escocia, en la tragedia de William Shakespeare, asesina y pierde la vida por su ambición de poder; aunque atendió al capricho de Lady Macbeth por ser reina. Creonte, el rey de Tebas en ausencia de Edipo, enfermó de poder y luchó hasta el final para no entregar el cetro a ninguno de los hijos del rey ciego y tuvo que jugar tramposamente con la sucesión del reino hasta su muerte. El capitán Ahab, protagonista de “Moby-Dick”, novela de Herman Melville, lucha por dominar con su poderío no sólo a la ballena que caza sino que quiere que el océano se rinda a sus pies, un capricho vuelto fanatismo. El Poder es una droga caprichosa que tiene en el infantilismo su raíz.

Formamos parte de esta sociedad, no hay argumento que invalide esa premisa. Ejercemos funciones acorde a las reglas que asumimos sin cuestionarlas inclusive en desacuerdo. Ejercemos la ecuanimidad que nos aleja de la confrontación. Nuestros deseos se cumplen a cuenta gotas y así conquistamos el derecho a coexistir a pesar de los demás. Cedemos amargamente nuestro albedrío idealista para ser funcionales aunque reprimidos en nuestras pasiones más elementales. Participamos de la religión o creencias paganas para sentir pertenencia. La única forma de escapar de este control implícito es marchándonos a una isla al fin del mundo, pero ésta le pertenece a una sociedad que plantearía normas. Oh, encrucijada. Atendemos con lo anterior al capricho de otros que dictan las reglas, reunión a la cual no fuimos invitados, de la misma forma que no invitamos a otros a la toma de decisiones de sus vidas, la cadena de mando social se mantiene erguida.

¿Al capricho de quién reaccionamos en la sociedad y qué obtenemos a cambio? ¿En qué momento endiosamos y mantenemos en el poder a personajes que no sirven a nuestros objetivos? ¿Qué nos hace respetar la noción de Estado? ¿Qué es aquello que no podemos cuestionar? Son preguntas demasiado obvias que no articulamos y que no tienen una sola respuesta. Todos los días mi hijo, siete años, hace lo que le pido y ordeno, cuestiona porque sabe reñir, al final se rinde a la autoridad. Hago de él un individuo que respeta normas a regañadientes, que cumple ciertas tareas y deberes, le enseño vías cortas para solucionar problemas, pero sin duda lo obligo a razonar; no le enseño comportamientos heredados de la conquista, no hay sumisión. No refuerzo el servilismo, ni ideas religiosas que no cuestione, intento que no cometa los mismos errores que yo por mi educación, y no le oculto la realidad: un muerto es un muerto, un miserable es un miserable, el lenguaje es lo que es, no escondo sus significados en la realidad.

Me pregunto: ¿por qué me hace caso ese niño de siete años? Quizá porque le doy cobijo, le cumplo deseos, de vez en cuando lo regaño. Para él simplemente soy un adulto. Recibí una educación mucho más férrea que aprendí sin cuestionar; mi madre aún peor y la cadena se extiende hasta el pasado finito cuando se superponía la violencia del más fuerte que ejercía su poder contra la tribu que lo encumbró y que nadie cuestionaba por miedo a convertirse en un marginado; en este sentido, el origen de la sumisión que mantiene en pie a la sociedad es el miedo. Nadie es más temeroso que un niño desarraigado…

El cineasta húngaro, István Szabó, hace un planteamiento aterrador acerca de la convención de la humanidad frente al miedo. En su película “Sunshine” (1999), narra la experiencia de un prisionero judío en un campo de exterminio que estaba custodiado, junto con sus compañeros, por sólo 13 guardias; dos mil judíos no pudieron sublevarse contra ese número de escoltas. La respuesta que dio el hombre por no haberse rebelado fue que, para poder sobrevivir, debían mantenerse unidos, tenían tanto miedo que no actuaron por no saber cómo sobrevivirían a la libertad, así que ni uno solo fue capaz de actuar por miedo a sentirse fuera de la manada, de la sociedad. Se puede argumentar que fue un momento fuera de lo común, pero inclusive antes de entrar en cautiverio esa población de judíos estaba paralizada por el fanatismo violento de quien ejercía el poder sobre ellos, sus propios líderes sociales.

El fracaso de los críos belicosos de Golding se debe al infantilismo que dominaba a las bases de la oposición que quería dominar el juego de mandar a como diera lugar, generando pánico. Los niños todos eran las moscas que acompañaban a la cabeza vetusta del jabalí hasta secarse. Nosotros somos, en nuestro ideal de sociedad, esas moscas que rondan la carroña del ídolo erigido por nosotros mismos, del gobernante que nutre nuestra imaginación y espíritu con sus sueños pedestres. Somos un instrumento para sus objetivos pero tenemos prohibido soñar lo propio para cumplir nuestros deseos y, en ese sentido, no se cumple el objetivo de la participación del individuo en la sociedad.

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