Serenidad en el caos

Nunca he creído en los grandes sistemas, ingenierías, renovaciones, arquitecturas, modelos y aquellos conceptos atribuidos en primera instancia al lenguaje dramático, a la obra, amén de las modas que llevan en su nombre la penitencia; ni qué decir de las puestas en escena. Dudo de quienes hacen mal uso de los postulados filosóficos y sus conceptos para aplicarlos erróneamente a las teorías dramáticas, desnutridas en sus pilares, que venden como teoría crítica. Apuesto por la exploración de la palabra para construir el drama y nada más. Palabra que deriva en acción, conflicto, progresión; apuesto por quitar el velo por instantes a la naturaleza humana que perdurará en el tiempo cual estampa mientras los vocablos estén unidos sobre el papel.


Esto en cuanto a la obra escrita, pues sabemos que los ejecutantes y la puesta en escena no necesitan de nuestra pluma. Vivimos el renacer del existencialismo en pleno siglo XXI, aprender a conocernos, a interpretar nuestra libertad, a ser humanos en soledad sin temores, a conjugar la realidad con el universo digital, ese vacío oscuro de lenguajes programáticos, vías de crisis que proyectan hechos, causas y efectos a tal velocidad que sustituyen nuestra capacidad para hacer lo más básico: cuestionar. Ese mundo de fibras ópticas es un artefacto político intangible, pero es, ante todo, un medio que se nutre del sentimiento arrollador puro y vivo… de nosotros. Es el innegable motor de nuestra existencia en el encierro que provoca angustia y un cuestionar incesante por la vida. Y sobre todo en el absurdo cotidiano, por lo menos hoy, impacta en la imaginación sedienta de tierra. Entre el insomnio y la falta de interlocutores de carne y hueso, las sombras se convierten en compañeras
ineludibles para ensayar sueños y mundos posibles.


Conexión inestable
, de Teatro UNAM, es un excelente ejercicio de libertad, es su aportación al teatro mundial y debe resaltarse ese logro. A lo largo de los años, el proyecto universitario ha sido la casa de las vanguardias escénicas, del descubrimiento para Latinoamérica de las voces internacionales que dan identidad al teatro en este rincón del planeta; y la apertura de la Dirección de Teatro UNAM para explorar la creación en este salvaje instante histórico ha dejado huella. Cada una de las obras que tuve la oportunidad de descubrir, planteaba retos conceptuales y discursivos, políticos, sociales y violentos, ecos sutiles del encierro humano en un presente trágico que se mantendrá latente por siempre en nuestra memoria.


Las obras tejidas me invitaban a reflexionar en la tarea más básica del escritor para la escena, plantear conflictos, mover el barco hacia una tierra incierta donde la risa, el llanto o el oprobio mantuvieran la atención del espectador. Tal vez, y sólo tal vez, deberemos replantear la forma dramática para esa diminuta pantalla virtual, intermitente e impalpable donde el tiempo del drama se divide entre la realidad y la simulación. El drama que no ocurre y es ficción pura, diría Jean Baudrillard en el sentido bélico, porque los soldados no probaron el campo de batalla en la primera Guerra del Golfo.


No obstante, vale la pena reflexionar el sentido marcial del ejercicio de más de dos centenares de creadores. El rigor con el cual fueron escritas las piezas sopesando los pormenores de las formas, los espacios, los temas de exposición y el tiempo apelaron a un teatro de guerrilla que prescinde del artificio de la producción, acciones en su más pura transmutación para entrar en comunión con los espectadores. En la semilla de cada obra había un naturalismo presente y sin temores, curioso, dada la naturaleza del ejercicio y el atavío intangible. Mejor aún, cada texto, espectáculo en potencia, es diálogo solitario. Sobre las tablas, el actor está acompañado, es un animal salvaje de frente a otros. En
la representación virtual, los avatares del espectáculo no cuentan con libertad alguna, son números infinitos, sujetos sin escapatoria, otro tipo de animal que teme al contacto humano y que nos refleja. Vaya encrucijada.


Por lo menos durante los próximos años, seguiremos contando, estructurando estos ejercicios de mejor manera, canalizando fórmulas de otros géneros literarios para el mejor funcionamiento de la escritura para el espectáculo virtual que no me atrevo a llamar del todo Teatro y, sin embargo, esta convocatoria es una vía para la revolución escénica. Agradezco a Jorge Volpi, coordinador de Difusión Cultural de la UNAM, y a Juan Meliá, director de Teatro UNAM, por su generosa invitación para formar parte de este proyecto que propone un encuentro entre las artes escénicas y el mundo digital que ya plantean nuevas rutas para la creación, no sólo en este momento de emergencia pandémica. Estoy seguro de que a esta primera convocatoria se sumarán nuevos retos que nutrirán con ideas renovadas las propuestas de los creadores teatrales de Latinoamérica y el resto del mundo.

Texto publicado en el libro Conexión inestable editado por Teatro UNAM y la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad de Buenos Aires, abril 2021.

Tom Stoppard, Rock ‘n’ Roll

I

Es común que los dramaturgos sean poco o nada conocidos dentro del repertorio triunfal de los géneros de la escritura en Latinoamérica. En cambio, los narradores son quienes se llevan las palmas y aun así sienten la necesidad de validarse como dramaturgos tarde o temprano. En la lista de autores que no han podido negarse al drama se encuentra Octavio Paz. Los más recientes son Juan Villoro Jorge Volpi, quienes se suman al incompleto repaso de autores que coquetean con el teatro. Algunos narradores exóticos, sin verdadero interés por la dramaturgia, logran el “éxito”; sobre todo los autores de renombre, ya que existe un temor político de sus comparsas a confesarles: “Señores eso que escribieron no es teatro”. Es curioso cómo en nuestro país se desdeña la escritura dramática y, sin embargo, desde aquí se aplaude el legado renacentista de Jean-Paul SartreAlbert CamusGünter Grass, Samuel BeckettIngmar Bergman, los Nobel Harold Pinter y Peter Handke como novelistas, dramaturgos, poetas, pensadores político-filosóficos y guionistas cinematográficos [todos con fuertes convicciones políticas sin titubeos]. La estrechez intelectual mexicana delimita los géneros celosamente y evita el tránsito libre de autores entre disciplinas; no obstante, aplauden con fervor el ingenio extranjero que aquí sofocan.

Este celo intelectual, miedo y mezquindad gremial por negar los procesos artísticos de otros creadores se suma a la estupidez y a la ignorancia de los circuitos intelectuales del país que disfrutan desde la mediocridad sus triunfos locales. Otro ejemplo más: el dramaturgo, guionista y director irlandés Martin McDonagh, de ser mexicano, estaría destinado a no ser nadie, pues no lograría ese libre tránsito ni admiración y no habría logrado el éxito que tuvo con Three Billboards Outside Ebbing, Missouri, cinta ganadora de varios premios internacionales.

El dramaturgo, novelista y guionista británico Tom Stoppard (Checoeslovaquia, 1937) pertenece a este perfil ecléctico que anida en los confines dramáticos con maestría, lo mismo explorando la política internacional que el teatro isabelino de William Shakespeare desde una reinterpretación de la realidad pasada por el tamiz de la literatura. Durante las últimas seis décadas, Stoppard ha marcado el rumbo del teatro inglés. Su punto de partida como autor de culto inicia con una peculiar y multirepresentada obra titulada Rosencrantz & Guildenstern Are Dead una pieza existencial y absurda que narra el enredo de los otrora amigos de Hamlet, el príncipe de Dinamarca, a quien deben traicionar. Los otros personajes de esta obra como Hamlet, Polonio, Ofelia y Fortinbras retratan la existencia compleja y trágica de sus procederes como la del héroe sonámbulo de El extranjero, de Albert Camus.

Stoppard fue uno de los primeros hombres del siglo pasado, en ponerse al tú por tú con Shakespeare y sus personajes; y es uno de los dramaturgos y guionistas más representados en Europa, Estados Unidos, Australia y Canadá, ganó el Oscar por Shakespeare in Love y escribió también Empire of the Sun, que dirigió Steven Spielberg, y Brazil que llevó a la pantalla Terry Gilliam. Si tuviéramos que hablar de una de sus piezas más emblemáticas tendríamos que retomar Rock ‘n’ Roll y su crítica frontal al romanticismo político desde la burguesía académica.II

Stoppard se me aparece de frente con una gran sonrisa, un cigarro en la mano y un vaso desechable de té en la otra. Llega al salón donde tomaríamos el brevísimo seminario y se acerca al oído rodeado de una abundante cabellera de Elyse Dodgson, directora del Programa Internacional de dramaturgia de la Royal Court Theatre en Londres. Ambos se sonríen y Stoppard se lleva otro cigarro a la boca, el cual no podrá encender a lo largo del seminario. Se conformará con el té y una galleta que jamás comerá.

“No me gusta hablar”, declara Stoppard. “Si no preguntan nada, no tengo más que decir; sería injusto que nos sentáramos a escucharme dictar un largo monólogo, para mí es más interesante oír todo eso que tienen en sus mentes. Les puedo contar que todos los días leo los diarios; antes leía hasta cuatro periódicos al día, pero he dejado de hacerlo. Es tanta la información que existe que no puedes leerlo todo, ni saberlo todo. El mundo contemporáneo maneja más información que en mis tiempos de juventud. Es difícil competir contra el tiempo mismo. Cada noticia tiene un momento específico de vida y cuando se cree que se tiene una idea clara de las cosas que deseamos contar (a veces pienso: tal idea serviría para una muy buena obra de teatro) el momento de esa historia queda en mi pasado. Creo entonces que esas anécdotas son las que los jóvenes deberían de contar, ustedes saben mejor cómo funciona este tiempo”.

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