Serenidad II o el hastío… confesiones…

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Primero deseo y quiero escribir sin parar. Grandes problemas sin solución. Hacerlo así puede ser genial o puedes caer en un laberinto silencioso y oscuro, sin duda, donde puedes andar sin perderte, vaya paradoja, o simplemente te quedas como un tonto esperando que algo o alguien te alumbre el paso para seguir adelante. Claro que eso la gran mayoría de las veces no ocurre. Hace un par de meses di una plática en un lugar donde lo único que existía eran rostros ajenos a la lectura. Para ellos la pétrea idea de abrir un libro significa perder miserablemente el tiempo. No los culpo. Soy un lector tardío y no me preocupa. Comencé a leer, como muchos, algunas obras por obligación sólo que en mi caso me atrapó la lectura pero ni siquiera por la narrativa sino por el teatro… me divertía más la proyección de la naturaleza de los personajes que en la narrativa. En fin. Leo tarde y leo únicamente lo que me interesa, me doy cuenta, sin problema alguno que no me interesa conocerlo todo porque además me interesan tantas otras cosas en la vida que debo descartar lecturas, autores, tiempo… me siento como esos muchachos a los que les di el curso. No leen según ellos porque no tienen tiempo. Ese siempre será el dilema. El tiempo. Descarto lecturas de algunos autores, de aquellos que verdaderamente muestran, según yo la mediocridad más dolorosa al escribir. Descarto lecturas que otros consideran medulares para la cultura contemporánea. No pierdo mi tiempo simplemente con aquello que no deseo leer. Qué leo. Vamos, lo que me gusta. Soy de ésos a los cuales no les da vergüenza aceptar que no aprendió a leer con Borges o Cortázar, ¡DIOS, NO!, aprendí a leer con El libro vaquero, con El sensacional de traileros, Video risa, Mad (la revista americana y en inglés, no la pésima traducción de televisa), ¡Así soy y qué! Historias del futbol (deporte que detesto pero era chistosísimo), Deseada de ultratumba, y tantas más que no recuerdo ahora… me leí la biografía de Bruce Lee, todo lo que encontré en la biblioteca pública de National City sobre el triángulo de las Bermudas, marcianos, la desaparición de Jimmy Hoffa, Bigfoot, fantasmas y grandes películas del cine clásico. Mi hermana fue la televisión. Todo eso me llevó leer a Heiner Müller, Botho Strauss, Saul Bellow, García Márquez, Philip Roth, McCarthy, Mamet, Shepard, Pinter, Carver, Camus, Koltés, Liera, Rulfo, Arreola, Paz, António Lobo, Delibes, Goytisolo, Mishima, Heidegger, Witgenstein, y la lista puede seguir hasta unos cientos más de autores. Ahora que lo pienso también escribí tarde y la vida me dio la buena fortuna de publicar y tener buenos y grandes amigos en la literatura no diré nombres ya que ahora está en boga eso de inventar mafias… hace poco me enteré que soy mafioso (lo mejor de eso es que me reí mucho) y el teatro, no así traductores, sólo conozco a Edith Verónica Luna, genial… los demás deberíamos aceptar que no lo podemos hacer con tanta dedicación. Regreso al curso que comenté al inicio: me preguntaron ¿por qué escribo y cómo me inspiro? Esa niña, debo aceptarlo, me metió en aprietos. Me quedé pensado y pronto le contesté, como pueden ver mi léxico no es tan florido como el de otros, tengo muy pocas palabras alojadas en el cerebro así que uso lo que tengo. Le contesté que escribo porque simplemente es el mejor momento de mi día para conocerme un poco más, eso es verdad, cuando lo hago siempre discuto como un loco conmigo-mismo y más de una vez he pensado en que es probable que termine un tanto loco y sentado en la calle pidiendo limosna y perdido en una idea. Escribo por eso y porque de alguna manera, puedo hilar historias y contar algo, no puedo decir que a todos importe, pero es así. No pretendo que me fichen los de Letras Libres u otra revista elitista (más pobre que elitista, sus pensadores se reciclan como adolescentes) ni nada como eso. Por supuesto, como todos, deseo que se reconozca mi trabajo y al paso que voy se dará antes fuera de México. Empecé a escribir como un juego y luego por una necesidad. Después pensé en que podía publicar. Creí que la escritura me pediría menos tiempo que ensayar para la escena, cosa que es mentira. Odio eso de inventarme metáforas, y si aquí lo hice pido perdón, para explicarlo… cuando comencé a estudiar teatro hace más 17 años me cansaba de escuchar las definiciones de los aspirantes a actores, directores y dramaturgos: ¿Por qué te gusta el teatro?: “es que para mí es como volar sin despegarme del suelo”, “es como vivir miles de vidas”, “es mágico”… bueno, sí, pero dejemos la metafísica a un lado. Cosas como esas sólo provocan que se pierdan generaciones de buenos aspirantes a algo. Soy demasiado pragmático en este sentido. Quieres actuar porque deseas siempre jugar y porque te aburre la cotidianidad. Es lo mismo con la escritura. No deseo reformar el mundo, intento decir lo que traigo y ya… sólo el tiempo dirá si valió la pena dejar la vida, otra vida de lado para seguir ésta. Cómo me inspiro, pues no sé… creo más en un estado de ánimo que a su vez está ligado a un estilo. Ojo a un estilo, para lograrlo no sólo partes de la práctica sino desde lo más solitario, ahí nace el estilo. Si lo tomas de otro lado, según yo, es una mera copia que a final de cuentas terminará por darte alguna pista de todo lo que debes hacer. Escribo sólo cuando me siento bajo de ánimos. La depresión me llega y se marcha así como llega. No soy festivo, desgracia para los demás. Lo siento. Me gusta aguardar en mi choza por días, miserablemente debo trabajar si no me mantendría apartado del mundo. Pero la verdad es que no puedo. Me encanta ver a la gente y eso me mete en problemas. Cómo me inspiro… creo que uno comienza a inspirarse desde que descubre la vida, desde niño. Todo lo que llega a la hoja es un vaciado de ideas que maduraste durante décadas, no todo, claro que siempre hay excepciones. La soledad es lo que me inspira, pero también es mi enemiga. No puedes tener una mujer a tu lado que siempre tolere que te alejes. No puedes. Escribo o no escribo, punto. Mi ejercicio intelectual no necesita de darse un clavado en libros exquisitos ni en filmes magnánimos. Demasiado cliché lo es todo ya, como para todavía crear a partir de la falsa experiencia de no vivir. Creo que esa es la clave. Los escritores, lo digo con distancia porque no encajo en esto, se pasan el tiempo sumidos en el pensamiento intelectual sólo intentando restaurar un gusto universal por la literatura que a nadie importa sino a un grupo reducido. Así como en el teatro los peores dramaturgos son los de escritorio, ésos que no conoce la dinámica de la escena, en la literatura, en general, la pobreza de la experiencia de la vida arruina las posibilidades del escritor. Uno puede notar cuando un escritor no tiene absolutamente nada que decir de SU VIDA, eso hacemos al escribir. Una novela, la escritura por la escritura realizada por intelectuales de capricho no sirve de mucho. Veo con tristeza que eso es lo que más abunda en nuestro tiempo. Me inspiro en la calle y en la gente que veo y en cómo me veo en los espejos de los aparadores cuando estoy frente a ellos, siempre es bueno darse cuenta que la imagen que tienes de ti no es la que se ve… me gusta verme porque me doy risa y en lo que pienso es: si yo fuera otra persona no me acercaría a mí. Me da mucha tristeza que todo gire en torno a la política, aquí y en España, Canadá o EEUU es lo mismo, otro mundo no es distinto, amigos. Me llena de hastío esa constante tarea de mostrarte como un ser que piensa a cada hora cuando estás sentado a la mesa con otros “intelectuales”, llega un momento en el cual me siento fuera de lugar porque prefiero hablar de alguna tontería que de lo magnífico que escribe Pito Pérez. La vida no es la literatura es una parte de la vida, sí… me costó trabajo madurar esa idea para mí, sólo para mí. El teatro no es la vida, la pintura no es la vida… la vida es comer, tener, deber, ser para otros, ser para ti, después lo otro, eso que nos mantiene vivos, escribir, actuar o lo que sea.

La competencia eterna por ver quién es más sagaz  continuará sin ganadores. Pero sé que no quiero estar del lado de los perdedores. Paradoja maldita. Al final de las cosas todos somos siempre perdedores y campeones.

La verdad únicamente es noble en los deportes (y a veces). Dentro de la arena o del campo, nadie puede mentir, el mediocre siempre lo será y el hábil conocerá victorias y derrotas. La literatura es el mejor campo para disimular con propiedad la estupidez. Jamás un boxeador se podrá llamar campeón si se mira sobre la lona round tras round.

HH

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