La verdad contemporánea

Desde 2016 la política, por lo menos la que interesa para este ejercicio, entró de lleno en el escenario artificioso del espectáculo con el arribo de Donald Trump a la presidencia de Estados Unidos. Para quienes crecimos con su imagen estilizada y bronceada en las pantallas de televisión, y bufón empresarial de los años 80, lo mismo negociante que actor de reparto. No deja de impactarnos su heráldica como mandatario de la región norte que acuñó a mansalva “el sueño americano”, lugar común y máxima fullera de esa Colonia pantanosa de soñadores modernos que viven pesadillas perpetuas, sin riqueza ni sueños.

La grandeza del presidente radica en su colosal conocimiento de los medios masivos y en su capacidad para construir verdades eliminando los hechos que las sustentan. Utiliza su discurso a partir de estocadas, vocifero sinfín, para demostrar que basta su palabra como ciudadano mandatario para hacer verdadera cualquier aseveración falsa por encima y a partir de la masa. Trump conceptualiza fantasías, se rodea de ellas, miles que trastocan la realidad del país otrora más poderoso del mundo. Las bases republicanas, protestantes y extremistas que dan su espaldarazo al presidente viven una hiperrealidad apoyada en las falsedades potenciadas por los medios de comunicación comparsas del sistema, de la figura presidencial, no del pueblo que las consume y se dejan guiar por los conductores de noticieros, esos exaltados de collar blanco, en su tarea por controlar la opinión pública de piel blanca.

Trump es la medida de otros gobernantes del mundo que como Jair Bolsonaro, Andrés Manuel López Obrador, Recep Tayyip Erdogan, Rodrigo Duterte y, aunque más moderado en apariencia, Boris Johnson negocian desde sus tribunas cotidianas con hechos inexistentes y maleables que les permiten construir verdades, ni siquiera a medias, negando la realidad en sí misma. Además, no sólo potencian las noticias falsas (fake news) que encienden a la opinión pública sino que mienten para mantener bajo control a su público que, necesitado de guías espirituales y morales compran las ideas, los fracasos del gobernante y asumen su rol en el rebaño.

Hace un par de semanas salió a la luz que Donald Trump mintió a su pueblo acerca de la pandemia para no alarmarnos con su gravedad, craso error. No solo mintió sino que puso en riesgo la vida de miles de ciudadanos al negar la letalidad del SARS-CoV-2. Lo mismo ocurrió en México, desde hace meses se aceptó que el gobierno no quiso generar el pánico, noticia sin mayor impacto en la sociedad que no cuestionó las palabras del presidente ante la fatiga de su imagen cotidiana en los medios.

La “posverdad”, ese concepto tan socorrido y manoseado de nuestro tiempo, encausa el rumbo y ritmo del mundo por su aparente novedosa existencia. Sin embargo, el concepto tal cual y su aplicación ha estado presente a lo largo de la historia de la humanidad. Es la herramienta imprescindible de líderes morales, autoridades y estadistas para llevar a las sociedades a la guerra. Basta con estudiar el ascenso de Adolf Hitler en Alemania, o la presencia intermitente del ideólogo estadounidense Steve Bannon en Europa, agitando con su discurso nacionalista el levantamiento de las sociedades en contra de la multiculturalidad a través del odio que germina el miedo que apela a la naturaleza humana en su instinto de supervivencia.

Lee McIntyre con su libro Posverdad y Michiko Kakutani con La muerte de la verdad exploran desde la mirada filosófica y sociológica, el primero, y la segunda desde la visión crítica de la cultura estadunidense, cómo la verdad es trastocada por Trump. Además, exploran los procederes de los gobiernos populistas que tienen como objetivo anular la capacidad de toda sociedad para reconocer en qué realidad se encuentran, es decir ante las mentiras son náufragos geopolíticos. La hiperrealidad construida desde el discurso político de Trump ha llegado a tal nivel que, sin existir amenazas preponderantes, la sociedad pretende y espera el estallido de una guerra para demostrar que Estados Unidos continúa ostentando el poderío consumado después de la posguerra del Teatro Europeo.

La gravedad de la posverdad como arma política, apuntan Kakutani y McIntyre, está en que bien utilizada en su “veracidad” inmediata puede llevar a la ruina a un país que, frente a su incapacidad analítica e ignorancia, se hará trizas por la estupidez humana de depositar la fe en los gobernantes que tienen en la ocurrencia la verdad absoluta para enviar a la muerte al pueblo que los encumbró.

Texto publicado en Armas y Letras de la UANL