Neoverdad

I. La verdad como técnica

Después de 20 años entendí algunas lecciones que tenía pendientes de mis clases de Antropología filosófica. Hoy, las lecturas de aquella época cobran sentido, duelen de manera simbólica, me ponen alerta en este mundo que, según existe, y veo con tristeza cómo las utopías son distopías certeras. La mayoría de las lecturas hablaban acerca de cómo la “técnica”, al acorralar al ser humano [el autoflagelo], le quitaría no sólo la razón sino el placer, el amor, la identidad, el ritmo, el sentimiento, el “ethos”, el codiciado libre albedrío… todo sin pensarlo, todo sin límites. La técnica entregaría, entiendo, un bienestar fugaz material que ahora es intangible en la consumación de su conquista para el siglo XXI. Las lecturas ovillaban las ideas de Gianni Vattimo a Pierre Bourdieu, de Martin Heidegger a Michel Foucault, entre tantos que anunciaban desde la filosofía el Apocalipsis cum figuris tan desencarnado y cristalizado de esta época.

Aunque la técnica industrial-maquinal-digital es la espina dorsal de occidente, me atrevo a decir que la “verdad”, alejada del carácter mecánico, es la “técnica” reconfigurada y destinada a definir la historia de la humanidad, por lo menos en los albores del siglo XXI. La “verdad” es la medición, construcción y producción en masa del momento; es una industria per se calibrada para satisfacernos, valga la obviedad.

El desencuentro territorial-político entre Ucrania y Rusia [me resisto a llamarlo guerra] nos da pauta y fe acerca de cómo la “verdad” como técnica es una maquinaria orgánica, engrasada y sublimada, que produce sin descanso, a gran escala, una exacerbación de discursos que siembran incertidumbre y vértigo.

II. Neoverdad

(La “verdad” nos tiene como materia prima; siembra esperanza, nos lanza al caos. En lo personal, me divierten bastante los líderes de opinión, ver cómo se rasgan las vestiduras cual plañideras griegas de la antigüedad, todo por tener la razón aparente, su “verdad”). Me detengo en esto: lo que importa no es la verdad como la aprendimos desde la infancia, herencia de milenios, a partir de un hecho corroborable, lo que importa es que la “verdad”, sin ser real, unifique el sentimiento de la masa; que todos sean buenas personas, de gran calidad moral sin serlo: “condenar” es la consumación de lo políticamente correcto. Así pues, todos condenamos sin saber ni conocer el escenario real sobre el que se cimienta un conflicto. Lo único real de la problemática entre Rusia y Ucrania es la muerte, lo que no podemos saber con certeza es quién ha asesinado a quién. Recordemos que los mártires siempre son necesarios. Recordemos también que sólo un país se está armando hasta los dientes.

No hablo de la “posverdad”. Estamos ante una “neoverdad” [desconozco si ya fue acuñado el término, me lo he apropiado]. La posverdad necesita de la masa para generarse y fortalecerse, de la validación general donde los datos reales no importan. La “neoverdad” es un acto de fe individual donde la fe misma es la batería que mueve el engranaje de nuestra necesidad por estar o no del lado correcto de la historia. La “neoverdad” es más un símil y revalidación de la religión, donde los datos no importan, la masa no importa y lo etéreo [digital o no], es dios. Como todos somos dioses en la maraña digital [y real], somos religiones privadas, debemos respetar la libertad del culto, así como sus radicalidades. La Real Academia Española define la “verdad” como: (la) “conformidad de lo que se dice o se piensa”; “juicio o proposición que no se puede negar racionalmente”. Por otra parte, la “técnica” es (la) “habilidad para ejecutar cualquier cosa, o para conseguir algo”. Ambas definiciones me conducen hacia la arbitrariedad. Así pues, la “neoverdad” es tan arbitraria como el humor por levantarse con el pie izquierdo.

El destino contemporáneo es el caos. Vivimos en él, en el reordenamiento de la política económica-geográfica donde la humanidad misma es un problema y nuestra existencia, si no se concentra en la producción, es inocua. La otrora imposible ciencia ficción retoma una fuerza inimaginable porque sus profecías, por absurdas, son las soluciones modernas de los científicos. Desde el consumo impensable de carne humana, pasando por la castración absoluta de nuestra identidad, ideas por demás locuaces, han tomado una fuerza inimaginable. Tengo miedo del futuro que viene, de la enfermedad mental que nos azota tanto por lo clínico como por lo ideológico. En otro orden de ideas, los seres humanos somos los personajes de los hermanos Grimm, Hansel y Gretel, reacondicionados por el gobierno y la libre empresa para engordarnos mentalmente hasta el sacrificio.

¿Importa acaso que Elon Musk se apodere de Twitter? La opinión pública debate con sus neoverdades acerca del dolor de perder la libertad de expresión. ¿Acaso necesitas de una red social para lograr la libre expresión? Todas las opiniones, como verdades, expresadas por la gente respecto a este tema es basura que debatimos como dioses en el olimpo… y la verdad como técnica, en su acepción de producir, se unifica lejos de la realidad, de la tierra en las manos, toda producción en serie pierde originalidad y valor. Estamos en un momento donde practicar la epojé [el distanciamiento de todo] de Edmond Husserl nos vendría bien para pasar de la “neoverdad”, como técnica, hacia los hechos.

La comunicación gubernamental y política adentra a la gente en un caos perfecto donde el dolor, el remedio para el dolor y el olvido del dolor, parten de una misma maquinaria que le da a la gente migajas de información para fortalecer su fe, necesaria en la política, para generar la defensa absoluta de aquella ideología que les haya brindado a todos la capacidad de elegir a un mesías que antes era análogo, pero ahora, desde el universo digital, es el dios con el que se puede dialogar… entre dioses.

III. Caos

A propósito del caos, pienso que en México el cambio de gobierno fue bueno. Sostengo que la aplicación de las estrategias para el desarrollo de dicha ideología es un fracaso, gracias a los protagonistas que comandan el país como se organiza una batalla campal, pero, ¿acaso importa? Lo que importa en nuestro país, como en el resto del mundo, es el caos, la esperanza que emana de éste. Aunque no soy partícipe de la verdad como “técnica”, sí aplaudo el caos propio de nuestras culturas latinas. Ahora lo entiendo:

Latinoamérica, según aquellas clases de Antropología filosófica, era vista como una tierra exótica, salvaje e indómita para los europeos. Lo aplaudo porque en la medida que nuestro destino sea caótico y se aleje del claustro seriado obligado de occidente, continuaremos gozando de una libertad absoluta. Con el paso de los años, he tenido la oportunidad de estar en algunos países sudamericanos caóticos, consumando el ethos de nuestras raíces. Veo con curiosidad cómo la agenda 2030 tiene un plan específico cultural, tecnológico, ontológico, político y medio ambiental, más sus ramificaciones. Ésta intenta permear sin éxito aún en los modelos del pensar latinoamericanos, aunque presionando para que los jóvenes aplaudan, abracen y mastiquen el futuro sin identidad que les espera. Regreso a George Orwell. Los ministerios desean eliminar nuestro destino, el caos estorba. Siempre será mejor que todos piensen igual. La añoranza, empero, es: la consumación identitaria del futuro se dará, nos guste o no; debemos intentar retrasar la unificación estática de la humanidad. Por supuesto, comprar todas las verdades, como unos desfachatados, atenderlas sin consumarlas. La propuesta reciente del gobierno estadounidense de crear el “Disinformation Board”, para que sea el gobierno mismo quien valide qué es verdad y qué no lo es, es un paso amable y certero hacia el control total de la palabra y su verdad, un paso hacia la consumación técnica, todo bajo el manto de la seguridad nacional.

En determinado momento, los personajes de Orwell afirman que 2 + 2 = 5. El Ministerio de la verdad [“Disinformation Board”] obliga al héroe Smith a reconocer que es una declaración verdadera. Así lo hace y se le perdona momentáneamente. Aquí, en nuestro mundo que comprende todos los mundos posibles es: nunca antes la humanidad había gozado de tanto bienestar. ¿Cuál humanidad? Todos somos humanos, pues, es la realidad, pero no todos somos la humanidad, esa es la verdad.

Así como la “neoverdad” como la llamo, es la técnica contemporánea desde mi perspectiva, el caos es la esencia natural y obligada de nuestra realidad como país en “vías de desarrollo”. Más allá de la violencia que, por cierto, no existe en nuestro país, abrazo el caos que me brinda una libertad absoluta. Los esquemas, aunque necesarios en ocasiones, son nulos en México y el resto de Latinoamérica. Este ethos indómito es el que rechaza una agenda 2030, nuestra participación uniforme con el mundo europeo que no es todo el orbe.

En la búsqueda de la libertad, me impacta cómo las nuevas generaciones, y mi generación, encuentran en la pérdida misma de la individualidad su liberación absoluta. Aman la verdad como técnica y aborrecen el caos. Aspiran a la supuesta rectitud europea de la cual, por cierto, miles de europeos huyen cada año, para reencontrarse libres en Latinoamérica. Las agendas políticas, por ejemplo, progresistas, que se intentan aplicar en México con calzador, no son propias de nuestra naturaleza como país. Las naciones como las nuestras donde el drenaje, el alumbrado público, el encarpetamiento asfáltico, la seguridad y la subsistencia son los temas cotidianos, difícilmente la sociedad podrá abrazar cualquier modelo pensado desde Europa.

En el mundo de quienes subsisten y apenas comen, no existe la verdad como técnica… existe el caos como una realidad innegable. México, como país y concepto, subsiste. Aun así, hay quienes desean contar con la verdad como una técnica sin entender que somos caos, que somos libres. Es justo esa libertad la que está en juego…

Columna publicada en El Universal