Privilegio e ignorancia para el pueblo

I. En los diarios de George Orwell, y en toda su obra si la estudiamos a conciencia luego de abandonar el romanticismo juvenil de Rebelión en la granja y 1984, el autor plantea una idea inmisericorde hacia nuestro proceder que lastimaría a las mejores mentes propagandistas de la generosidad, presentes en éste y todos los pueblos, sobre todo en los artistas, políticos, intelectuales, la sociedad civil et al. “El poder de enfrentarse a hechos (acciones) desagradables”, es una frase retórica en todo su sentido, profunda y devastadora, claro está si somos nosotros los protagonistas-ejecutantes de los “hechos” o “acciones” desagradables que no estaríamos en condiciones de aceptar porque la paja siempre está en el ojo ajeno.

En distintos momentos he abordado el tema de la corrupción eliminando el significado puro que la atañe al crimen, pues es más que eso, y la ligo de manera directa con el instinto primigenio de supervivencia una vez que entendemos nuestro paso por este mundo. Pero ¿qué hay del privilegio? En principio, podemos hacer una apología del privilegio ganado, ese que se obtiene empezando desde abajo, propio de mujeres y hombres que pican piedra, sin romanticismo, y se colocan por encima de las circunstancias adversas en determinado momento, se tragan las humillaciones, forjan carácter y triunfan. 

También están los otros privilegiados, quizá herederos de los ya mencionados, que llegan al mundo con preceptos ingenuos donde el merecer es innato. Estos, en la gran mayoría de los casos, son un tanto miserables pues, al creer que todo les pertenece por su condición dinástica y autoengaño de mérito forjado en solitario, pisotean a otros que luchan como lo hicieron sus padres por lograr la subsistencia; peor aún, no reconocen sus acciones, la disculpa es una palabra desconocida. Se victimizarán para justificar sus procederes continuos y lastimeros ante los de su clase, quienes los exculparán, apelando al discurso del “sentir”, del “vibrar” por encima del “deber”, de la “civilidad” de confrontar su errores. Oh, mediocridad. Oh, cultura.

¿Es corrupción el privilegio? Digamos que es un excelente motor para generar caos en las entrañas del pueblo. Sus significados están entramados de manera sutil y debatible. Unas de las acepciones de la corrupción, según la Real Academia Española, se limita a definirla como “la practica consistente en la utilización de los medios (en provecho y a favor) económicos o de otra índole por parte de los gestores”, mientras que el privilegio es por definición “la ventaja exclusiva o especial que goza alguien por concesión de un superior o no, o por determinada circunstancia propia”. La frontera es tan delgada que las interpretaciones son interminables, por eso mejor acudir a la neutralidad del diccionario.

De los privilegiados, Martin Luther King Jr., comenta que jamás renunciarán voluntariamente a su condición y a ejercer su derecho a sobrevivir a pesar de todos; incurrirán tarde o temprano en actos consecuentes de corrupción. Retomo entonces a Orwell: ¿Acaso estamos preparados para confrontar nuestros procederes desde nuestro privilegio?

No lo estamos porque no creemos ser privilegiados de facto. Es un concepto tan complejo que vivimos de manera grata en una mentira que disculpa el escarnio de nuestro bienestar a costa de los demás. ¿Son nuestros objetivos y deseos más importantes que los sueños del otro, que los privilegios del otro? Es una pregunta válida que debemos hacernos cuando el duende de la corrección política, el activismo, la ejecución artística y empresarial, toque a nuestra puerta y nos pida ser honestos eliminando las bohemias y el lenguaje inclusivo. El privilegio equipara su accionar con una antropofagia social curiosa pues la frase “el hombre es un lobo para el hombre” define de lo que se trata ser humano a pesar de los demás. Pero no debe existir la culpa… ése es el acertijo.

II. Abandonando la postura moral del primer apartado, me interesa ahondar en el juego de las palabras que construyen ídolos, generan privilegios sobre personajes áridos, dan poder a los bufones vueltos mesías. Quienes hayan padecido por las dinámicas de confrontarse con seres mejor posicionados en el mundo, aquellos que hacen del privilegio su carta de presentación y razón de ser, entenderán que el engaño es una de las herramientas fundamentales para eliminar todo rastro aparente del juego de jerarquías desde el privilegio.

Vivimos en un instante de repeticiones históricas, algo que llamo obviedad del pensamiento. No hay hilos nuevos que tirar, nuevas vanguardias o posturas políticas, inclusive el avance tecnológico, aunque notable, ronda las ideas de antaño renombradas. Tan sólo a un siglo de distancia, tomamos como destino una ruta determinada y ya conocida hacia el caos, guerras y armisticios. En Europa, la extrema derecha y el populismo ejercen un poder sutil que se cristaliza a partir del empuje de la clase obrera (de nuevo la clase obrera como herramienta política), que tiene en Marine Le Pen a una posible candidata para vencer a Emmanuel Macron en 2022. No obstante, la lucha interna y familiar por el poder entre Marine y su sobrina Marion Maréchal es trágica, pues la segunda quiere recoger bajo su ala a los huérfanos radicales y racistas que habrían congeniado de mejor manera con el patriarca de la familia, Jean-Marie Le Pen. Privilegios sociales hechos política en juego.

Alemania, país bajo el mando de Angela Merkel, es envidiado por el resto de la Unión Europea por sus sólidas bases industriales y económicas que le permitieron controlar hasta cierto punto la pandemia coronavírica mejor que otros países de la región. No obstante, deben convivir con el movimiento esotérico de ultraderecha Reichsbürger (Ciudadanos del Imperio), que no reconoce la legitimidad y existencia del estado Alemán, además de sentirse víctimas de la Segunda Guerra y reafirmar que sólo enferman de Covid-19 aquellos que no están en armonía con su cuerpo. Por tanto, desean romper con los tratados de paz con Rusia y Estados Unidos, y tienen en Donald Trump una figura de liderazgo, pues su herencia alemana lo valida debido a que el nacionalismo del mandatario, potenciado en su momento por Steve Bannon, es lo que Alemania necesita para lograr la supremacía.

En ambos ejemplos, el privilegio de masa que ostentan los detractores frente a los aparatos del poder es el que les brinda la capacidad para dominar o engañar, según sea el caso, para lograr sus cometidos a pesar del Estado.

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La moral de un ídolo mexicano

Hace apenas unos días, Hugo López-Gatell, el subsecretario de Prevención y Promoción de la Salud de la Secretaría de Salud, dando aspavientos con la mirada perdida por la desesperación de su desprestigio gritaba iracundo que nos encontramos en emergencia sanitaria por la pandemia. Aseveraba en su conferencia vespertina y monótona que este era el momento de guardar distancia y enclaustrarnos, de utilizar el cubrebocas en todo momento. Los medios y la opinión pública se lanzaron en su contra por faltar a la verdad. La guillotina imaginaria de la masa dio con su cuello. Es un funcionario destinado a la hoguera simbólica que alimentan los miles de enfermos y muertos que lleva a cuestas el epidemiólogo por sus decisiones políticas que buscaban la venia del presidente, alejado de la ética de su profesión.

“Lo torcido no se puede enderezar y lo incompleto no se puede contar”, dice el Eclesiastés en su meditación acerca de la vanidad, ese pecado capital que todo lo nubla porque la alabanza de los otros a nuestra imagen es una droga absoluta que nos oculta la verdad. Nuestro Zar anti Covid-19 se dejó seducir por los likes en su cuenta de Twitter que lo tildaron de “sex symbol” al inicio de la catástrofe sanitaria… A decir verdad, era el rostro de la esperanza para algunos mexicanos que confiaron en su palabra.

La representación y caída de López-Gatell era de esperarse porque desde la embriaguez de los fresneles sobre su rostro perdió el foco de su tarea en un momento catártico y de proporción mundial. Se convirtió en una figura pública expuesta al escrutinio del pueblo que, si bien olvida con el tiempo, lo desprecia de raíz en el presente. Es una celebridad más caída en desgracia, un médico sin amor por la vida lo cual es imperdonable. Un político que no sabe de política o que nada entre tiburones sin saber cazar.

A principios de la pandemia en el mes de marzo del 2020, cuando el epidemiólogo López-Gatell se presentó en los escenarios nacionales como una incuestionable autoridad, escribí para “Confabulario” un reportaje titulado “Los ventiladores hechos en México no son para mexicanos“, donde hablé acerca de las fallas en la estrategia de prevención, nunca ejecutada, por el Subsecretario y su equipo que mintió acerca de las medidas tomadas por el gobierno, en su totalidad, para proteger a la ciudadanía. En ese momento no hacía falta mentir, era el instante ideal para que el gobierno de Andrés Manuel López Obrador se hiciera de la credibilidad necesaria para sentar las bases de su anhelada transformación política y social… hoy no a todos encanta el silbido del presidente.

López-Gatell, encumbrado y embriagado por la excitación del poder, se convirtió raudo en una figura pública deseado por todas las gentes (disculpen la referencia del texto Adventista). Le bastaron diez meses para caer en desgracia no sólo ante la opinión pública sino hacia el interior del gabinete por la ultranza de sus ideales. Pretendió controlar, inclusive, los deberes del canciller Marcelo Ebrard en la adquisición de las vacunas; una movida atroz sobre el tablero político frente a un jugador transexenal como Ebrard. Vale la pena no perder de vista que, ante cualquier fracaso a partir de ahora, el especialista epidemiológico es el Subsecretario y no el presidente. Los dedos apuntan ya hacia una ruta específica en la repartición de culpas. El epidemiólogo, encumbrado por la inmediatez del paraíso digital, perdió el carisma que le brindó la novedad para convertirse, muy a su pesar, en un mesías que ahuyenta incluso a los creyentes en la transformación del país. No lo escuchan más cuando lee poesía y habla acerca de sus gustos cinematográficos.

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