AMLO y Trump sin palabra ni honor

La semana pasada y los primeros días de ésta, fueron gloriosos en términos de simbolismos y acciones políticas mundiales que mantienen viva la llama crítica no sólo debido a la pandemia (que por sí misma, sin restarle gravedad, comienza a ser parte de la cotidianidad más que aceptada), sino porque inician las luchas electorales por el poder, al menos en México y Estados Unidos, vecinos integrales de la desgracia social contemporánea. Aunque se niegue, en esta nueva normalidad la emergencia sanitaria ha perdido fuerza como noticia de interés para el pueblo que olvida, a cuenta gotas, el miedo a la tragedia y la muerte. Salir a la calle y respirar el aire fresco es necesario para muchos, ya sea para disipar la depresión o sencillamente para retomar la obligada tarea por la supervivencia ante el inevitable declive económico.

Mientras que en Brasil Jair Bolsonaro dio positivo en su prueba de coronavirus por segunda ocasión, lo cual es un golpe inesperado para su imagen de superhombre cristiano, Donald Trump declaró finalmente que usar cubrebocas es un acto patriótico ante el caos de muertes estadounidenses; en México, Andrés Manuel López Obrador, cede despacio al uso del cubrebocas en sus vuelos comerciales y por fin accedió a mencionar que la pandemia es una amenaza real, al tiempo que se transmiten, con el vértigo de las redes sociales, las imágenes de grupos armados del narcotráfico que controlan el occidente del país… desestimadas, claro, por el ejecutivo.

En otras latitudes, el Arte perdió un museo, el Hagia Sophia (Patrimonio de la Humanidad de la UNESCO), y la religión ganó una mezquita gracias al presidente turco Recep Tayyip Erdogan, de la misma corriente filosófica-política no oficialista que los tres mandatarios de América que hemos mencionado. Con esto se reaviva un conflicto religioso entre ortodoxos y musulmanes que le gana votos en su base nacionalista, sin importar el caos que pueda generarse a través de atentados o la segregación religiosa exacerbada y ciudadana… De nuevo un “Dios” se entromete en la vida política de una nación.

La Unión Europea se debatió y validó un plan de rescate económico, un paliativo para la crisis pandémica que se anuncia como la madre de todas las debacles financieras, las figuras aplaudidas por este gran logro son Angela Merkel de Alemania, Emmanuel Macron de Francia y Charles Michel, presidente del consejo Europeo. Se aprobaron 390 mil millones de euros para el rescate de las 27 economías de la zona euro en subvenciones y 360 mil millones en créditos que se inyectarán inclusive como fondos muertos a las empresas para la reactivación económica. Mientras tanto, en México las empresas quiebran, los trabajadores del Estado pierden sus computadoras y se presume la llegada del extraditado Emilio Lozoya (ex director de Pemex), una carta bajo la manga para ejercer presión simbólica, que no activa, a los enemigos de nuestra república noble, un fantasma sin voz propia hasta el momento.

Vale la pena mencionar, no sin tristeza, que nuestra atención se centra más en los resultados de los comicios del 2021 que en los muertos por la pandemia. Un tema de suma emergencia, como lo es la salud de los mexicanos, es ya comidilla diaria para denostar la incapacidad aceptada de Hugo López-Gatell que cual personaje de carpa juega con las palabras para no decir verdades, sino hacer grilla en contra de los estados de la nación. Pero en México no son tantos los muertos respecto a otros países como Italia, no debemos preocuparnos, según declara el neo-conservador Gibrán Ramírez.

La semana pasada apareció en los escenarios de la política nacional el nombre de Mario Puzo, el célebre escritor de “El padrino”, novela que inmortalizó Francis Ford Coppola en el cine mundial. El motivo un tanto nimio de la mención de Puzo se debió a la crítica de nuestro presidente hacia los profesionistas que estudian en el extranjero; otros argumentan que en realidad era una burla hacia el padrino del mismo Lozoya. No lo sé de cierto, pero este fue un tema más que se suma a la interminable cartera de tópicos chabacanos que divergen la atención de los ciudadanos, combustible para las redes sociales, maldita obviedad. En el ánimo de corregir las palabras del mandatario, las oleadas salieron a clarificar el destino de Michael Corleone que, a decir verdad, a quién le importa.

“El padrino” es una novela cuidadosamente construida por Mario Puzo a partir de su bagaje cultural como heredero de una familia de la Provincia de Avellino en Italia. El joven autor formó parte de la Fuerza Aérea estadounidense durante la Segunda Guerra, pero jamás participó del campo de batalla por sus problemas visuales. Como autor, pensó estratégicamente, así lo confesó, en construir una novela para la masa; ese fue el objetivo, pues deseaba tener los medios para poder alimentar a su familia y nada más. Una necesidad tan básica, sin una pretensión literaria exquisita. Esta obra tan aplaudida durante la semana tiene en su entraña una reflexión mediata que habla del respeto y de honrar como hombre o mujer a tu “palabra”. No hay más. Por cierto, si no queda claro, dar tu palabra es empeñar tu honor.

Durante la campaña presidencial, nuestro mandatario declaró hasta el cansancio que llegado el momento se mediría con Donald Trump para increparlo por su falta de respeto hacia el pueblo de México. La declaración, aunque increíble, me llevó a pensar que por fin tendríamos a un presidente que se enfrentara a sus pares. Años más tarde, el momento llegó gracias a la entrada en vigor del TMEC. De frente, Donald Trump y Andrés Manuel López Obrador, protagonizaron una escena risible en todos los aspectos, donde los dos furiosos mandatarios afables y zalameros intercambiaban risas y miradas discretas. La furia de ambos se vio taimada por la obligada diplomacia, lo entendemos, tampoco queríamos el caos. “No nos confrontaremos”, declaró Obrador. Está bien, señor presidente… sólo valdría recordarle que, como mexicano, a los ojos de Trump y lo que representa, es usted también un criminal y violador.

Entre las tantas frases de “El padrino” hay varias que bien podemos retomar para explicarnos no sólo la realidad mexicana sino la estadounidense. “No confío en la sociedad misma para protegernos, no deseo depositar mi fe en las manos de los hombres que tienen, como único logro, el haber engañado a la gente para votar por ellos”, escribe Puzo. Ante esta declaración de principios, defiendo mi incredulidad en la sociedad que entiendo como un cúmulo de individuos que, como hormigas, luchan por su lugar anteponiendo sus intereses que no son mis intereses, que no son los intereses de 30 millones de votantes por convicción o acarreo, quienes validan hasta la fecha el nulo cumplimiento de la palabra del presidente ante sus acciones y, por tanto, participan de su inmoralidad, aunque algunos busquen la redención al lamentar su voto pues lo hicieron por el cambio, sí… por la palabra y el empeño del honor de un hombre.

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La transformación moralmente sadista

“Marat/Sade”, de Peter Weiss, es una obra fundamental de la literatura dramática de la segunda mitad del siglo XX que hace una crítica a la revolución francesa ataviada por el sentimiento humanista e ilustrado de fin del siglo XVIII, a través de la mirada ficticia del político Jean-Paul Marat, desde el punto de vista también artificial de Donatien Alphonse François, conocido como el Marqués de Sade, durante su estancia en el manicomio de Charenton. La pieza en sí misma es una meditación político-filosófica que, desde el escarnio, aborda la muerte de Marat por sus convicciones que entorpecen los deseos de otros políticos de su tiempo. Para lograr una meditación plena de la vida de Marat, Weiss recurre a la figura del Marqués de Sade y critica desde el absurdo los ideales del galo que no entendió, como lo hizo el autor alemán a través de Sade, que la política revolucionaria es parecida al acto de copular.

Así la representación Sade: escribe desde el manicomio la vida y obra de Marat que será representada por los enfermos mentales… el pueblo.

Marat (un loco), desilusionado del rumbo político de Francia y de sus líderes, lanza una diatriba espectacular en la representación teatral con la cual Sade narra la vida y obra del revolucionario que anuncia cómo se engaña al pueblo después de haber triunfado sobre éste: “no se dejen engañar; se les dirá que todo está bien aunque sea mentira; que no existe la pobreza, porque está bien oculta; se les hará creer en la ilusión del bienestar y la equidad, aunque esos mismos que los engañan poseen más que ustedes, y a sus costillas… no son sus pares. No se dejen embaucar cuando les den una palmada paternalista en el hombro y les hagan creer que no vale la pena hablar más de inequidades e injusticias y que, por tanto, deben dejar de luchar. Si ustedes les creen, ellos los habrán dominado por completo y los gobernarán desde sus casas lujosas y sus bancos de granito desde donde roban aún más, bajo el supuesto de dar libertad al pueblo. Así que tengan cuidado, porque cuando se cansen de ustedes, los harán pelear para distraerlos”.

Más tarde, Marat narra con desprecio cómo los políticos no pueden dejar de hablar del pasado, pues en eso radica su poder de manipulación. Se aferran a los errores, a las mansiones, a las riquezas y a todo aquello que puedan manipular frente a la mirada del pueblo para ganar su confianza. En ese justo instante interviene Sade en la representación de la obra y declara, cual bestia sin tacto, que Marat, al igual que el resto de los enfermos del manicomio, el pueblo ficticio y querido fue, es y será fornicado por la revolución que apoyaron.

El primero de septiembre de 2019, durante su “tercer” informe de gobierno, Andrés Manuel López Obrador declaró que los conservadores opositores estaban moralmente derrotados, y celebró la inexistencia de un bloque reaccionario con verdadera fuerza opositora. Hasta el momento se trata de una declaración divertida, por decir lo menos, y en efecto no hay oposición, por ahora no se vislumbra, lo cual es deprimente. ¿Qué es estar moralmente derrotados? Si nos detenemos a analizarlo desde la convicción religiosa del señor presidente donde sólo hay dos estados de la materia espiritual humana: lo bueno y lo malo, podríamos decir que los “malos” partidos y políticos perdieron, ante el poder iluminado de la transformación verdadera, toda oportunidad de luchar desde la virtud, y por tanto deberán pagar sus pecados de soberbia siendo repudiados por el pueblo. Se entiende perfectamente.

Desde esas declaraciones del presidente hace diez meses, el panorama nacional ha cambiado bastante. El hombre sereno que gobierna de blanco ha perdido la paciencia sobre todo al ser cuestionado en cada una de sus decisiones. La pandemia redujo al mandatario a un ser aparentemente inocuo con bastante poder (preocupante) y que tiene entre sus únicos logros una visita a la Casa Blanca con Donald Trump. Se trató de una reunión magnífica, pero simbólica, en la que nuestro presidente se comportó como un hombre inmoral y sin virtudes, lo cual lo convierte en un peligro. Si bien no dijo barbaridades, pues tampoco se le abrió el micrófono, ni se tomaron decisiones a la luz pública que valiera la pena reportar porque todo se hizo bajo la sombra, vimos en López Obrador a un individuo sin escrúpulos capaz de convertirse en el césped de las bestias. Vaya, nada que ver con el hombre bragado que inclusive escribió un libro para hacer frente al presidente estadounidense. A su regreso a México, adoptó de nuevo esa postura soberbia y triunfalista que sólo su séquito aplaude para no perder el fuero, como nuestro subsecretario de Salud, Hugo López-Gatell, otro inmoral. El único logro de ese viaje fue ver a López Obrador con cubrebocas.

La revolución que López Obrador se inventó se asemeja mucho a la visión sadista de Peter Weiss y sus personajes icónicos del siglo XVIII, lo cual es patético por ser cierto. Del monólogo de Marat acerca de la polarización, resultan impresionantes las certezas del discurso, pues la división del país preocupa y divierte a la vez, mientras vemos cómo el fanatismo aumenta a medida que incrementan las estupideces que se pronuncian desde Palacio Nacional. Hoy mismo, al tiempo que escribo estas palabras, el presidente declara que en México ya no existen las masacres, la tortura, la corrupción, entre otros tantos mantras matinales que tienen como objetivo quitar el foco a los problemas adornándolos con palabrejas… De nuevo Marat…

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Virilio, Trump, Obrador, Thunberg, idolatrías

Paul Virilio, en sus escritos sobre la velocidad digital y su conjugación política, enunciaba una máxima sobre cómo las cosas al ser creadas llevan manifiesto un destino o “accidente”, como lo llama, que ejemplifica con una frase sencilla: “Al momento que se crea el barco, se crea también el naufragio”. Pero, ¿qué implicaciones tiene en la actualidad un axioma tan metafísico? Traslademos el ejemplo hacia nosotros, sin darnos importancia: “al momento que accedemos al mundo digital, nos devora, y cedemos orgullosos nuestra individualidad”. Aceptamos ser una voz más, una imagen del espectro omnipresente conformado por millones de voces, unas orgánicas, otras ficticias, donde el maniqueísmo es un destino puro e irrevocable, drama vivo, que necesita de “ídolos”, héroes trágicos suicidas, tal vez nosotros, para hacer girar las ruedas de la historia moderna.

Nunca antes vivimos un momento tan espectacular donde nuestro proceder, valores, sentimientos, ideologías, creencias, opiniones y pasiones tuvieran una fecha de expiración precoz, al contrastarse con el pulso de la masa que todo lo certifica en las plataformas sociales, escojan la que prefieran. Nuestra aportación al mundo digital no es sino un tropel de ocurrencias hechas con un conocimiento incuestionable, una “posverdad” (aunque no me agrada el término) que anclamos desde la realidad digital para hacerla funcional en el mundo real y viceversa. Es la reina que ha conquistado el tablero y todo lo controla.

Retomemos a Virilio. El filósofo nos habla de dos mundos que se armonizan de manera simétrica, el real y el digital, para crear un paraíso en la nube que sustituye a los primeros dos, del cual jamás querremos retornar porque alcanzamos la utopía, millones de utopías al instante, un orgasmo infinito, que se cumple desde los hogares en este tiempo, sobre todo si contamos con las herramientas necesarias para participar de la realidad virtual. Si rastreamos el origen del razonamiento del filósofo francés, este se ancla en el protagonismo que tuvo la ciencia, la tecnología y la televisión durante la posguerra, en ese momento idílico cuando la mercadotecnia y sus profetas sembraron sueños imposibles en la mente de los miles de consumidores que buscaban la felicidad.

Durante la década de 1970 y 1980, las grandes compañías tecnológicas y los medios de comunicación experimentaron con la inteligencia artificial a partir de las primeras expediciones en el mundo digital, heredero de miles de pruebas y fracasos desde finales de los años cincuenta. La pasión hacia esa tecnología causaba furor; no obstante, su aplicación o nicho de mercado abierto no estaba definido, por tanto, no tenían consumidores convencidos que pagaran los desarrollos.

En los años noventa se vivió el éxtasis de la tecnología con la apertura del internet, precedido por los ejercicios estadounidenses comerciales de realidad virtual encarnados por el personaje Max Headroom, quien formaba parte de una serie televisiva de ciencia ficción de 1985 y fue adoptado por Coca-Cola para sus campañas que posicionaban la marca hacia el futuro. Aunque el personaje no era del todo una creación digital, provocaba ansiedad en el espectador que deseaba transmutar a esa realidad utópica que tardaría años en consolidarse; sin embargo, los medios exploraban las posibilidades de la tecnología y su efecto en las personas.

La introducción de estas ideas utópicas en el imaginario colectivo de los televidentes cristalizaron los postulados de Virilio acerca de cómo la humanidad entraba en la carrera de “sustituir” la realidad para volvernos etéreos gracias a la tecnología. Una posibilidad, el sueño húmedo de los idealistas, que abría la puerta a la eliminación de las fronteras territoriales, generaría la igualdad entre pares y todos seríamos celebridades de ese espectáculo. Hoy sabemos que esa libertad absoluta es inexistente por lo menos en la primera esfera de las redes.

Desde nuestra perspectiva pacifista, la tecnología debe servir a un bien superior. En cierta media, el mundo digital sirve como un difusor de conocimiento, de interconectividad. No podríamos negarlo, pero cuanto más utilizamos el medio como herramienta sin estar del todo apasionados por vivir en el éter, mayor control cedemos sobre nuestro quehacer. El historial de nuestra existencia digital también es juzgado, la secrecía es un bien añorado. “Al momento que accedemos al mundo digital cedemos orgullosos nuestra individualidad”. ¿Acaso no extrañamos la clandestinidad en sí misma? ¿La intimidad alejada de la tecnología? Lamento el romanticismo, pero soy uno de esos que podrían regresar de inmediato a la clandestinidad y privacidad de la existencia.

La guerra digital que planteó Jean Baudrillard en 1990, cuando inició la operación “Tormenta en el desierto”, que confrontaba a Estados Unidos con Irak, fue inexistente, dijo el filósofo, debido a que fue una guerra simulada y creada para el espectáculo. No hubo sangre sobre el campo de batalla, por lo menos no de manera inmediata. Fue la primera que se combatió cinematográficamente con drones guiados por computadoras e inteligencia artificial.

Controladores, generales, periodistas, todos vivían en tiempo real una batalla televisada en directo y narrada por CNN con tufos de victoria. Fue una guerra bienvenida por el espectador que ansiaba formar parte de la acción, de ese mundo alterno que le presentaba la caja. Virilio rescata un detalle perfecto de esta guerra: no fue una guerra territorial sino virtual, que se dio en el tiempo global, que es de todos, por tanto, mundial. Fue, entonces, cuantificable en tiempo de retención, medida que hoy rige el éxito o el fracaso de cualquier empresa digital.

En este momento histórico, trágico y veloz, cualquier pelea política, social, barrial, hogareña es inocua a simple vista en el mundo real, pero tiene en el estadio digital su campo predilecto para hacer de la nimiedad un problema de Estado. Las dos arenas de la realidad, que simétricamente se conjugan, son pasiones que se nutren y equilibran regalándonos “ídolos” al por mayor, en esta sustitución de lo humano en el ciberespacio paradisiaco que vivimos con entereza y que nos brinda paz emocional

Para quienes crecimos con la imagen de Donald Trump como un magnate fracasado, celebridad sin arte y estrella de televisión, fue inaudito verlo tomar protesta como presidente de los Estados Unidos. Llevaba en el imaginario colectivo poco más de 40 años y apeló al patriotismo militar que reconocía por las campañas marciales: “Be All You Can Be in the Army”, “The Few, The Proud, The Marines”, “Aim High, Airforce” y “Live The Adventure, in The Navy”, de los años ochenta, además de jugar la carta del odio y la segregación.

Sin el paraíso digital, Trump no habría ganado la presidencia. No necesitaba a nadie en el mundo real, pero sí armó el escenario virtual perfecto alimentado por ideas radicales y falsedades que le generaron hordas de votantes, que confiaron, no el político, sino en el hombre americano de cepa, el perdedor vuelto ídolo incuestionable. Trump es un animal de su tiempo que reconoció en Internet a su único aliado.

Andrés Manuel López Obrador ya era un ídolo para la masa, sobre todo en el sur de México, en el norte no percibíamos su protagonismo. Simplemente transfirió a las “benditas redes sociales” su ideología para hablarle a otro público más educado, no así informado. El mundo real llevaba trabajándolo durante décadas y alguno de sus colaboradores supo que a ras de calle no tenía nada más que vender. El ídolo ganó la presidencia por el mismo motivo que Trump, pero en otro contexto. López Obrador era el reflejo del luchador social que necesitaba redimir al pueblo en pobreza por encima de la clase política que, dicho sea de paso, representaba. Al acceder a la realidad digital, su popularidad aumentó y se convirtió en hombre de su tiempo… en apariencia, porque su discurso es arcaico.

Al igual que Trump, López Obrador habla de sus propios datos y verdades. La realidad digital que logró construir, esa que habitan sus seguidores, es perfecta: existe el bienestar, no hay corrupción, la crítica es inaceptable y recibió, al igual que Trump, un país en caída libre. Gran falacia. Ambos utilizan el resentimiento para gobernar, y ambos abandonarán sus palacios aún con resentimiento, sin haber cumplido con sus promesas. Lograron una sustitución existencial perfecta donde la simetría entre el mundo digital y la realidad que respiramos se enlazó irreprochablemente para crear no solo un estado de bienestar momentáneo, sino que cristalizó el sentimiento de democracia de la sociedad.

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Pandemia en el campo de batalla

Hace poco más de una década, Sebastian Junger, periodista y narrador estadounidense, publicó su libro War, en el que hacía una crónica acerca de la vida y misiones de un pelotón de infantería apostado en el valle de Korangal al noreste de Afganistán. Su obra exploraba en letra y video (existe un documental al respecto) una zona remota entre montañas cuyo atractivo militar radicaba en contabilizar las muertes, tanto de soldados estadounidenses como de talibanes, al tiempo que se defendía un flanco que perdió relevancia conforme avanzaba la guerra de ese tiempo.

Ambos bandos, como en toda batalla redentora, tenían a un dios que justificaba la muerte, el patriotismo y el derecho a tener la razón sobre el conflicto que había orillado a la guerra a los países protagonistas, una política de absurdos innegables. Los soldados estadounidenses llevaban la palabra “Infidels” (“Infieles”) tatuada sobre su pecho, pues así los llamaba el enemigo que vivía su guerra santa y ¿por qué no habrían de darles la razón? Una gran parte de estos combatientes regresó a casa con estrés postraumático, padecimiento innegable que he visto de primera mano con soldados de otras zonas de Irak y Afganistán.

Algo relevante que se afirma en el libro es que muchos de los soldados combatientes preferirían regresar al campo de batalla, y no por el gusto de matar, sino porque dentro de la catástrofe encuentran un punto de comunión con sus compañeros. Ahí, aunque postrados ante la dureza de la guerra, no están solos. Son unidad, una que al regresar a casa no existe porque nadie intenta acabar con ellos. En sus casas existe, pues, la demagogia familiar y política que pronto los abandona… el grado de héroe se difumina en la memoria.

Vivimos en un momento histórico de héroes naturales a pie de calle y digitales en el campo minado de las redes sociales, de una abrasiva demagogia nacional que tiene el poder de controlarlo todo: opiniones, gustos, sentires, inclinaciones políticas y sociales sin dar concesiones, obviedades más que estudiadas.

Los mexicanos del momento somos como esos soldados que han regresado de una guerra extraña, hacia la cual jamás partimos, y disfrutamos de los bienes y los traumas de la victoria discursiva en nuestro escenario que es el confinamiento autoimpuesto, y no obligado por el estado, ante la pandemia que encumbra mártires y presenta enemigos matutinos en las conferencias del presidente.

Ante la pandemia, nuestra sociedad se erige como un pilar de la ignorancia que nos interna en una catástrofe. Y en la risa emanada de la ocurrencia de los gobernantes (hasta hace unos días, ya que la realidad ha llegado a sus puertas) tiene a su más fiel aliada para prolongar la estupidez. Basta con ver al senador de la república y representante del estado de Coahuila, Armando Guadiana Tijerina, hacer chistoretes ante los reporteros cuando se le cuestionó por qué no usa un cubrebocas ante la pandemia: “de algo me he de morir”, replicó.

En diferentes puntos del país, noche a noche se escuchan celebraciones, fiestas sinfín de ciudadanos libres, de zonas marginales y también de círculos más acomodados, que luchan con coraje en contra de los oficiales que acaban con sus reuniones en medio de la emergencia sanitaria. Estos dicen no creer que exista una enfermedad que está quitándole la vida a miles de personas diariamente; es lógico que piensen así cuando la tragedia aún no toca a sus puertas. Lo que no es lógico es la ignorancia que ondean como bandera sin tregua.

Pero ¿qué podemos esperar de una sociedad como la nuestra, en la cual los criminales les rezan a los santos cada 28 de mes para luego ejercer su oficio, y el presidente de México eleva por los cielos un escapulario que observa fijamente durante un proceso de transubstanciación que lo prepara para luchar en contra de los “infieles” y herejes que atentan contra su gobierno? Sólo que es el pueblo mismo el enemigo contra el cual lucha y, para domesticarlo, juega la carta cristiana de la culpa, del sacrificio y el flagelo, pero quienes fuimos educados en la fe religiosa sabemos que en los círculos de la fe misma es donde la hipocresía es más férrea.

El éxtasis violento que ha generado la pandemia nos mantiene en tensión, alerta y a la defensiva. Nuestra sociedad, nosotros, estamos separados, por desgracia, en bandos ideológicos en los que unos niegan las realidades sanitarias y otros intentan generar conciencia en sus comunidades. Ambos bandos terminan por enemistarse entre sí y pierden el objetivo común que debe ser, en todo caso, la unidad por el bienestar. Por romántica que parezca esta lógica, es uno de los principios de la paz que debe preponderar por encima del caos en todo momento, y en esta emergencia es vital comprenderlo. Pero entre seguidores de la virgen morena y los “conservadores” es complicado generar consensos.

El juego de los animales políticos debe estar a favor del pueblo y no aprovechar el trauma social por la pandemia para dividir aún más. No obstante, es difícil lograr esa paz y unidad nacional cuando el protagonista, en este caso el presidente Andrés Manuel López Obrador, juega a no ser el líder, a no mancharse las manos con las decisiones que toma tras bambalinas y echa por delante a sus saltimbanquis.

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