Bots para el nuevo régimen

El grito de Independencia, esta tradición de celebrar la autonomía del pueblo que inició hace más de 200 años, incluye una conmemoración tácita por la libertad de expresión que también fue parte de esa lucha histórica, aunque tal vez no recapacitamos en ello. En lo personal, no me embriaga la pasión celebratoria por la fiesta patria, no por un sentimiento de malinchismo, sino porque pienso que hay formas más sofisticadas de rendir honor al Estado del que formamos parte que signifiquen más que los gritos, llantos y oropeles tricolor, basura inmediata pasado el grito a la medianoche.

Es complicado, desde el idealismo de Nación en que vivimos, celebrar y portar una máscara de armonía frente al caos que enfrentamos como país, sobre todo cuando el uso del “poder” del Estado dejó de ser “suave” para convertirse pronto en una maquinaria de dominación despótica que atenta contra aquello que se opone a sus intereses. En últimas fechas vimos, pues es imposible no hacerlo, al presidente Andrés Manuel López Obrador, atacar de manera frontal al periódico El Universal y Reforma, a las revistas literarias y de crítica cultural como Letras Libres (Enrique Krauze) y Nexos (Héctor Aguilar Camín y Rafael Pérez Gay), al periodista Carlos Loret de Mola y a Víctor Trujillo, bajo su personaje Brozo. Son medios y personajes periodísticos nacionales que hacen una dura crítica a los proyectos del gobierno cuestionables por la mala estrategia de ejecución y viabilidad. Los medios sediciosos que envenenan al pueblo bueno.

El proceder imperioso de López Obrador desde la tribuna de gobierno contra los medios de comunicación es un ataque directo al libre pensamiento, que tiene en la crítica plural su única herramienta para propiciar el diálogo-debate entre el pueblo y los gobernantes, un acto que no debe entorpecerse. Si bien no es un misterio que las estrategias primarias de la política se basan en el ataque directo al adversario-enemigo, es innegable que las “formas” en el despliegue de la fuerza del Estado son ineludibles para evitar el choque desigual y condenatorio aunque existan declaraciones de guerra entre ambos.

Después de casi dos años de conferencias presidenciales a horas canónicas podemos definir el concepto de “la libertad de expresión” de López Obrador bajo la tesis certera de Salman Rushdie: “¿Qué es la libertad de expresión? Si no tenemos libertad para ofender, [la libertad de expresión] deja de existir?”. Hoy, por desgracia, no hay en México un gremio, sociedad civil, fideicomiso, líder de opinión, grupo empresarial, gobernante estatal, núcleos científicos, agrupaciones deportivas y culturales que, al no compartir el punto de vista del presidente, no sea vilipendiado. ¿Acaso los aludidos o agredidos sentirán que deben celebrar el grito de Independencia del Ciudadano que gobierna a los mexicanos, que ataca a los mexicanos, que deja morir a los mexicanos por la pandemia y su estrategia de inmunidad de rebaño obligada? Manchar reputaciones es el pilar sobre el que se sustenta la libertad de expresión del presidente, quien, bajo su lógica no perfectible, tiene el derecho de hacer o decir cualquier cosa sin asumir la responsabilidad básica que conlleva abrir la boca.

En la actualidad vivimos bajo el yugo de una segregación ideológica interesante y poco sutil, espejo de otra realidad que reconocemos en Estados Unidos, por ejemplo, y sería en lo único que podemos equipararnos con el primer mundo. Tanto López Obrador como Donald Trump son individuos unidimensionales. Herbert Marcuse se deleitaría al estudiarlos, enemigos de la libertad de expresión, pues se sienten desnudos al encarar hechos que no controlan; que se caracterizan por vivir un constante delirio de persecución donde el pueblo es el opositor a vencer, ese antagonista que se opone a sus objetivos políticos. Ambos sujetos, cual prestidigitadores, hacen del pueblo que habita la realidad virtual a través de las redes sociales, termómetros y voces latentes que alimentan sus paranoias. Para ellos, ajenos a la certidumbre de los hechos, solo existe lo que está dentro de sus parámetros de creencias sin ser capaces de tolerar un pensamiento crítico real y contrario a sus deseos; y, por división de ideales, desde la rabia del poder segregan al pueblo convertido en enemigo de sí mismo y obligado a pensar de forma mecánica y repetitiva como bots orgánicos y asumidos en su rol de choque sin ideas ni argumentos originales.

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La corrupción político-cultural en México

La semana pasada hubo en México contrastes políticos y divertimentos absurdos. Observamos con interés el circo digital de los videos atribuidos al informante Emilio Lozoya Austin, ex director de Petróleos Mexicanos, que dejaban claro una vez más los graves casos de corrupción de los sexenios anteriores. Los videos muestran a cuadro a funcionarios panistas contabilizando maletas con dinero, sin que sepamos bien a bien su procedencia. En este momento histórico, las imágenes a treinta cuadros por segundo validaban la lucha de Andrés Manuel López Obrador contra la “Corrupción”, esa práctica “cultural” tan arraigada en nuestro pueblo. Los videos, filtrados sin remitente, además de ser un espectáculo de circo itinerante eran la clave que fraguaba las bases de las elecciones del 2021; el prólogo de la próxima victoria del partido en el poder que, momentáneamente, desvió la atención de las decenas de miles de muertos por la pandemia, el cáncer, la violencia y la tragedia económica.

Gibrán Ramírez, candidato precoz para la presidencia de Morena, enarboló durante esos días la bandera del puritanismo bajo el argumento triunfalista “por fin sabemos que el presidente siempre tuvo razón respecto a la corrupción de los gobiernos anteriores”; sin embargo, poco antes del fin de semana, Carlos Loret de Mola presentó un par de videos en los que se apreciaba a Pío López Obrador, hermano del presidente, recibiendo algunos sobres con dinero de manos de David León, funcionario en ciernes del gobierno honesto de la Cuarta Transformación. La estrategia, por demás obvia, tanto del presidente como de sus allegados, se basó en alterar las palabras en su discurso y a la corrupción se le denominó en tono triunfal “aportación”.

Así pues, aunque en primera instancia el dinero permutado de manera clandestina entre ambos personajes cercanos al presidente es a todas luces una acción ilícita, no califica como un acto de corrupción, sino que fueron aportaciones honestas a la causa de Morena. Dinero que, de viva voz, Andrés Manuel López Obrador reconoció que fue utilizado a lo largo de los años en sus giras de campaña por todo el país. Entonces, entendemos que las declaraciones ad libitum del presidente en las que aseguraba que vivía de sus regalías no son ciertas, pues nadie vive en este país de las ganancias literarias, ni mucho menos ejercía la austeridad, tan socorrida en sus letanías, sino que vivía de la clandestinidad económica gracias a sus operadores políticos.

La defensa de su cortejo ideológico no se hizo esperar. Mario Delgado, presidente de la Junta de Coordinación Política de la Cámara de Diputados, declaró que la aparición del video que inculpaba al hermano del presidente era un golpe de la derecha para desacreditar la imagen de López Obrador. Gracias a este video, el movimiento, que hasta hace unas semanas se promovía moralmente superior, demostró que sus raíces se humedecen en el fango al igual que las de otros protagonistas políticos de sexenios anteriores. El cliché se torna realidad.

También la semana pasada durante la emisión del programa “Es la hora de opinar” que conduce Leo Zuckermann, el periodista Pablo Majluf, durante un debate acerca de la corrupción, comentó que ésta formaba parte de una u otra manera de la médula de nuestra cultura debido a que los gobernantes provenían del pueblo. En respuesta a esta declaración impopular tanto Denise Dresser, Mario Arriagada y Zuckermann negaron la propuesta de Majluf argumentando que defender esa tesis era bastante arriesgado, por demás reduccionista e ilógico. En todo caso, continuaron, deberíamos entender que la Corrupción forma parte del sistema de valores que la política en su práctica tolera gracias al orden de sus partes. Me inclino bastante a defender la idea nada popular de que la herencia cultural que determina las prácticas de corrupción no exime a ninguna clase social ni de México ni de ningún otro país. No obstante, creo que la cuna sí define el grado de acercamiento a las prácticas corruptas expuestas en un lienzo de matices sociales, aceptados o no por el núcleo al cual pertenecemos.

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El naufragio de la democracia mexicana

“El radical más revolucionario se convertirá en conservador el día después de la revolución”, declaró Hannah Arendt a The New Yorker en 1972. Hay matices que reflexionar respecto a esta proclamación crítica de la filósofa alemana, catalogada como una de las mejores, a la par de Johann Fichte y Friedrich Shelling. Supongamos que esta meditación breve y devastadora tuvo su raíz en el ascenso rabioso al poder de las ideologías del Partido Nacionalsocialista Obrero Alemán, origen innegable de la barbarie de la Segunda Guerra; supongamos que, a su arribo a Estados Unidos, a principios de 1941, conoció la cultura del país previo a su incursión de lleno en la guerra después del ataque a Pearl Harbor, explosión del nacionalismo estadounidense, que abrió las puertas en la posguerra a la risible caza de brujas de Joseph McCarthy.

Al término de la Segunda Guerra siguieron otras no menos importantes: Corea en el escenario que cedió paso a Vietnam (sin olvidar el conflicto de Indochina), la Revolución cubana y, años más tarde, la ferviente Gran Revolución Cultural Proletaria China desgarradora en el teatro geopolítico, semilla de la potencia mundial moderna. Como toda guerra o movimiento político, la búsqueda de la libertad de la democracia es una moneda ideológica que pone en marcha las maquinarias de la propaganda tan obvias y tibias que el discurso del “cambio” no puede ser más un lema para la manipulación, conquistar votos debería ser tarea ardua para el suplicante que desea acceder al poder absoluto.

Si bien “Los orígenes del totalitarismo”, el prominente libro de Arendt, no aborda ninguno de los conflictos mencionados, sí atiende desde la teoría política aspectos demagógicos que encumbraron a los líderes culpables de los genocidios a manos del nazismo y estalinismo, modelos adelgazados por otras culturas que, como la nuestra en el presente, repiten acciones o idealismos con el cuidado de no ser extremistas. Revisemos los discursos de manipulación actual.

La guerra de Corea resultó en la separación entre el sur y el norte; Vietnam, ese diminuto país selvático, dominó a la potencia de Norte América y no de manera simbólica; la Gran Revolución Cultural Proletaria China eliminó (o casi eliminó) el rastro del capitalismo y de esa cultura milenaria que estuvo relacionada con la explotación del pueblo proletario, lo cual no mejoró con la revolución. ¿Acaso no es China un país capitalista bajo la máscara de una República Popular? Lo es… pero debe decirse con cuidado.

La Revolución cubana, por cierto, a la cual podríamos ligar la Revolución bolivariana de Venezuela de finales del siglo XX, se encargó de hacer del pueblo democrático el mártir por excelencia (que hasta la fecha busca huir del resultado de la revolución misma) y dotar a Latinoamérica de simbolismos que forman parte de la mercadotecnia pura de la “resistencia” en el mundo libre y neoliberal, como por ejemplo los rostros de los valientes Ernesto Guevara, Camilo Cienfuegos y Fidel Castro estampados en camisetas, bolsos y llaveros que pueden encontrar en thechestore.com y redbubble.com, lo cual nos habla de cómo la política y la revolución son espectáculos que cuentan con espectadores leales que desean portar a sus íconos democráticos como marcas sin historia.

De esa Revolución cubana podemos rescatar frases de Fidel Castro renovadas por el movimiento bolivariano de Hugo Chávez y Nicolás Maduro, y exacerbadas por la cuarta transformación de Andrés Manuel López Obrador. Fidel Castro dixit: “Condenarme no importa, la historia me absolverá”, “Dentro de la revolución todo, contra la revolución nada”, “Esta es la revolución socialista y democrática de los humildes, con los humildes y para los humildes”. ¿Acaso no hacen eco estas declaraciones del revolucionario, cuando nuestro presidente lanzó su máxima ‘se está por la transformación o en contra de la transformación? Es trágica esa espiral discursiva.

En el caso de cada uno de estos revolucionarios de campo o escritorio, llegaron al poder con la furia que apunta Hannah Arendt, para desvelar su rostro autoritario a la mañana siguiente de la victoria como actores políticos agobiados por el rumbo de la democracia que ayudaron a hacer valer gracias a su presencia, discurso y aplomo frente a la masa. Ante las primeras demandas del pueblo exigiendo el cumplimiento de las promesas, los capitanes permiten por capricho que el barco naufrague sin posibilidad de salvación, sin que valga la pena achicar y, en medio de la tempestad, los líderes deciden no participar de la democracia por la cual lucharon (según ellos) y culpan al pueblo mismo por reclamar acciones efectivas, pues son críticas directas a la nobleza de sus corazones.

Entre los defectos de la política mesiánica, aquella que posee la fórmula del éxito social, predomina una ilustración malentendida que aplaude a los pilares de la ignorancia para la creación del mundo ideal, donde el pensamiento crítico es enemigo de la democracia misma. La creación perpetua de los enemigos del estado son risibles en su pretendido maquiavelismo y la peligrosidad de la estrategia radica justo en la obviedad de su proceder. Sabemos que cumplen paso a paso con una agenda a la vista de todos y aún así sorprenden, pues resulta increíble el proceder destructivo de sus acciones que no son incoherentes respecto a sus ideales de la creación de un nuevo Estado.

Hannah Arendt dialoga a la perfección con el escritor libanés Amin Maalouf quien, a finales del año pasado con su libro “El naufragio de las civilizaciones”, planteó la existencia de la demagogia y del caos político universal prepandémico. Ahí afirmaba no comprender cómo en este momento histórico, con la revolución tecnológica a partir de Internet, la creación de la Unión Europea y los avances científicos sin precedentes, estamos empantanados en la miseria provocada por los conflictos religiosos convertidos en guerras y los movimientos populistas en todo el orbe. Maalouf advierte que no hemos avanzado, sino que nos aferramos a no buscar del todo la solución a las desgracias humanas que existen y que están por venir. Las guerras no se detendrán, pues el ansia de poder y control es una semilla que nutre a miles de radicales en cada país. Arendt, desde hace más de medio siglo, dio las claves para entender el proceso pedestre por medio del cual se gestan las dictaduras criminales. Maalouf anuncia la debacle política y social para el resto del siglo, problema del cual forma parte nuestro país.

Indignación contra el nuevo régimen

En ocasiones es difícil no criticar. ¿Qué sentido tiene? Utilicemos otra palabra; reflexionemos por qué es tan complicado no reprochar.

La política en su práctica es herencia, casta, industria, estrategia, mentira, retórica, pasión, un redondel de deseos, una nada fina administración del poder irreformable, discurso vacío, estupidez. Al parecer nada bueno, no obstante, nos rige y educa. Durante las últimas semanas, el panorama político y social nacional no ha lucido nada alentador. No vale la pena mencionar la emergencia sanitaria, pues es noticia vieja pero activa y legitimada para su posteridad nacional (Hugo López-Gatell podría objetarlo, sería interesante que nos diera una clase acerca de “comunicación y periodismo”, por qué no, se le da la retórica). Todo lo anterior son obviedades, duele decirlo, un caos perdurable cual naufragio que vuelve nuestra boca salina al escuchar los discursos Ad absurdum del presidente, que no logra fajar su pantalón. Hablar de la violencia que ejerce el crimen organizado no es novedad. En este rubro, millones de mexicanos, de sur a norte, somos analistas expertos sin tecnicismos de seguridad nacional.

Exonerar es un gran vocablo. No lo olvidemos. Tanto en este sexenio como en los anteriores, ha sido el verbo que rige el sistema de justicia del país. Hace apenas unos días, la madre del narcotraficante José Antonio Yépez, mejor conocido como “el Marro”, quedó libre, exonerada, por falta de pruebas en su contra luego de ser detenida por manejar las operaciones financieras del cártel Santa Rosa de Lima. Horas más tarde asesinaron al abogado de la sacrosanta señora. Alguien estaba molesto. Previo a esto, vimos al narcotraficante, hijo pródigo, llorar por su madre mientras amenazaba al gobierno mexicano y agradecía, además, al pueblo bueno que salió en defensa de sus familiares encarcelados. Jamás había visto a un delincuente llorar a cuadro por su progenitora. Lo entendemos, las madres son sagradas; y verlo llorar, clamar justicia, es increíble porque le hablaba a ese pueblo beneficiario del crimen, en mayor o menor medida, que valida sus acciones a pesar de la vida de otros. El delincuente cual mártir.

Más florido y patético fue escuchar el presidente aceptar, en cadena nacional, que dio la orden de liberar a Ovidio Guzmán, en Culiacán, Sinaloa. Mintió cínicamente; algunos se molestarán, pero así lo hizo, bajo el argumento de querer salvar más de doscientas vidas de soldados y civiles gracias a su decisión de Estado… lo cual está en duda. Todo esto remata en un breve video del mandatario diciendo, cual demagogo, que tiene miedo del crimen organizado como cualquier mexicano… sólo que él no es cualquier mexicano… y su gobierno sigue “luchando” contra la violencia al tiempo que Omar García Harfuch se recupera tras el atentado que sufrió en la Ciudad de México… gran escándalo. Aunque pienso, es aún más deprimente saber que nuestro gobernante no cree deberle nada a la sociedad, pues la indignación de la gente no representa ningún conflicto para su mandato, el pueblo ya no es su capital.

Kurt Vonnegut, autor que valdría la pena rescatar del olvido, escribió “Matadero cinco” hace medio siglo. Se trató de un libro que cimbró con su sátira a los veteranos de la Segunda Guerra que veían con horror la espectacularidad trágica de Vietnam. La obra de Vonnegut es bastante divertida en ese caos que aborda el sinsentido bélico, que llama la atención de una raza alienígena del planeta Tralfamadore, la cual se entretiene al ver la capacidad de destrucción de los humanos. No imagino cómo se divertirían hoy. Billy Pilgrim, el joven soldado protagonista de la novela, narra con metáforas psicodélicas su encierro en un matadero luego de ser capturado y sometido por el ejército alemán. Hasta ese momento nada extraño ocurre, sino hasta que los habitantes de Tralfamadore le prestan atención al veterano, a quien adentran en su lógica existencial sin libre albedrío, para convertirlo en animal de zoológico donde lo invitan a procrear con una actriz pornográfica también recluida en el mismo parque-casa habitacional para el entretenimiento de los otros.

La crítica que subyace a la novela alude a la indignación del hombre frente a la guerra, esa lógica existencial tan humana y discursiva que tiene su motor en la destrucción de doctrinas y pueblos. Billy Pilgrim, valga la comparación del Sísifo de Albert Camus, es un personaje destinado a cumplir con su destino sin posibilidad de modificarlo y tiene en los márgenes de esa repetición eterna todo el derecho de indignarse por su condición, la cual debe repetir por el resto de su vida… de nuestra vida.

Indignación. A la par con los sucesos violentos de los últimos días, el tema que es verdaderamente relevante para nuestra realidad política no es otro que los comicios del próximo año, con los cuales se juega el verdadero control del país por lo que resta el sexenio. Es interesante percibir cómo el pueblo en sí no tiene relevancia alguna para dicho procedimiento de elección popular. Siendo justos, el pueblo sólo tiene valor una vez cada sexenio, el resto del tiempo somos agentes sin consideración por demás manipulados, sin voz ni voto. Lo que impacta de este gobierno es que, al menos en los últimos 18 años, es el único que se ha vendido como uno que representa plenamente al pueblo mismo. Estamos de acuerdo en eso, supongo, pero ¿cuál es nuestro papel en este momento en el que una gran fracción del pueblo está inconforme con lo que acontece en el país?

Es sabido que toda gran revolución necesita de mártires que validen las acciones del poder entrante para promover con estas figuras el progreso del proyecto político y social de todo nuevo gobierno; no es ningún descubrimiento. La cuestión es: ¿estamos dispuestos a ser los mártires del cambio de régimen? ¿Acaso el gran número de niños, niñas, mujeres y hombres que viven con cáncer son la materia dispuesta, el sacrificio humano perfecto para el cambio? Por ocioso y reduccionista que sea el planteamiento, no puedo creer que terminar con programas sociales en beneficio de estas poblaciones vulnerables validen el nombre político de un proyecto, de una figura.

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La corrupción educativa en México

La educación es el enemigo íntimo que un Estado despótico debe vigilar y menguar. Se debe controlar el semillero de los conceptos científicos, filosóficos y políticos que nutrirán de conocimiento al pueblo en aras de encontrar vías para su progreso. Al conocimiento como herramienta de supervivencia hay que sobajarlo y difamarlo frente a las clases sociales más cercanas a la pobreza para eliminar de sus ideales el deseo por aprender, y ayudarlos a romantizar hasta el extremo la idea de la humildad y la riqueza espiritual que otorga el trabajo que no requiere de preparación escolar.

En México, la tarea de los profesores a lo largo de la historia posrevolucionaria, se ha concentrado en educar a generaciones enteras de mexicanos sin capacidad de discernimiento, porque el Estado no ha brindado ni los presupuestos necesarios para la educación ni la preparación adecuada para los profesores que, en su mayoría, recurren a las aulas como modo de supervivencia y no por vocación. También las preocupaciones sindicales nimias de los profesores, como ejemplo el magisterio de Oaxaca, son más importantes que la educación y estos personajes vividores del sistema educativo nacional existen como rémoras que navegan infinitamente unidas al pueblo que las pasea sobre sus espaldas.

Mientras estudiaba en la Universidad Autónoma de Baja California, tuve como profesor a una leyenda intelectual de Tijuana, director de la Preparatoria Federal Lázaro Cárdenas la más prestigiada, cronista y figura incuestionable del honor local, educado en la Ciudad de México. Pecaba, como otros tantos, de una soberbia impecable que otorgan los círculos “eruditos”. Hundía los sueños de sus estudiantes porque no merecían el honor de su presencia. “Ustedes, no podrían acceder a estudiar por ejemplo en el Colegio de México, son espacios selectos para los cuales no están preparados”, comentó en alguna ocasión el gentilhombre en el salón de clases. Frase que jamás olvidé por su mediocridad que herró el pensamiento de varios compañeros. Queda claro que el afamado cronista no estaba educado para encausar a sus alumnos a sobrepasarlo.

Al poco tiempo, estuve frente a un grupo de preparatorianos estatales a los que alistaban como afanadores mecánicos que darían mantenimiento a las maquiladoras de la región. La preparatoria era vespertina y sus instalaciones pertenecían a una primaria rural en medio de la “citadina” Tijuana. Presioné bastante a los estudiantes para que ejercieran la crítica con argumentos, lo cual no fue muy agradecido por la planta de profesores, me llamaron la atención los inspectores de la zona estudiantil, no hice caso. Varios de aquellos jóvenes descubrieron que existían becas, oportunidades y profesiones inimaginables. Algunos no deseaban estudiar por no contar con los medios económicos, y aun así varios llegaron hasta la universidad dejando atrás el destino escogido para ellos por el Estado como simples afanadores. De mi experiencia como estudiante y profesor entendí que la educación es un falso privilegio al cual todos podemos acceder. ¿En verdad necesitamos de un privilegio defectuoso en su raíz?

No somos una cultura educada para pensar. Educada para ejercer y comprender la crítica hecha hacia nuestro ejercicio intelectual. Los mexicanos huimos de la crítica frontal, y para decir lo que verdaderamente pensamos es necesario hacer un tratado de disculpas previo a manifestar lo que deseamos por miedo a herir susceptibilidades, es nuestra cruz siempre en ruta hacia el Calvario. Tampoco sabemos escribir y es trascendental para el ejercicio del pensamiento. ¿Cómo lograr la coherencia discursiva de aquello que deseamos comunicar si no trazamos primero el mapa? Además, somos bastante influenciables, atendemos a figuras intelectuales que validamos por extranjeras, lo cual habla mal de nuestro discernimiento. ¿Para qué nos preparan en el sistema educativo y académico mexicano? Contamos con grandes mentes en reposo, temerosas a decir la verdad acerca del caos científico que vivimos en este momento.

A partir del arribo del gobierno de la transformación sufragada por millones de mexicanos, hemos visto cómo sus acciones políticas han desmantelado, con una ruta establecida de antemano, el sistema educativo y científico nacional. La sensación que existe entre las sociedades científicas es la de una persecución tácita impulsada por la degradación abrupta del Consejo Nacional de Ciencia y Tecnología que preside la doctora María Elena Álvarez-Buylla. La ciencia en la actualidad es un ejercicio intelectual desechable y juzgado a partir de discursos morales por supuesto no verificables. Al no fundamentarse el conocimiento científico en las raíces ancestrales de la cultura popular-indígena de la nación, éste no tiene relevancia porque no hay cantos ni ceremoniales con copal que validen su existencia. Es alarmante que la doctora Álvarez-Buylla, secundada por Hugo López-Gatell, desprecie el conocimiento científico para apoyar la ideología del actual mandatario ávido por descubrir en las hortalizas la tónica para el triunfo del estado mexicano frente a la pandemia.

Estamos, al parecer, en los primeros años de la revolución rusa, ahora en México. Aquella que inició entre bolcheviques eliminando la pluralidad educativa hasta convertirla en un proyecto técnico y de propaganda política. Labor titánica del Comisariado Popular para la Instrucción Pública, el Narkompros, encabezado por el dramaturgo Anatoli Vasílievich Lunacharski defensor, por cierto, de las artes lo cual se contrapone con nuestro gobierno.

Fue de este movimiento revolucionario del cual se tomaron las ideas adjudicadas a nuestro presidente: la venta de ediciones populares de literatura, sagrada bandera de Paco Ignacio Taibo II, director del Fondo de Cultura Económica; la educación popular sin calificaciones, con la eliminación de exámenes porque la enseñanza es un “privilegio” para todos; además del énfasis puesto en el estudio de oficios más no en la capacitación intelectual. Propuestas de las que no emite juicio alguno el Secretario de Educación Esteban Moctezuma Barragán.

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La república amorosa

No pretenda tocarme, señor, aquí no hay nada sino viento. Luego el silencio. Esta es una confesión de dolor, de un amor imposible entre el músico y compositor, ícono de la viola da gamba Monsieur de Sainte-Colombe, y el espectro imaginario de su mujer fallecida que lo visita noche a noche mientras toca su viola e intenta imitar con sus melodías el lamento de los muertos. Esta breve e inolvidable escena es de “Todas las mañanas del mundo”, del novelista francés Pascal Quignard, que después llevó al cine Alain Corneau. Tanto la novela como el filme, son obras maestras que abordan el concepto del amor desde la imposibilidad de poder nombrarlo, apenas sentirlo, hasta la médula. Disculpen mi atrevimiento. La escena más romántica y sensual de la literatura universal la escribió el escritor japonés nacionalizado inglés, Kazuo Ishiguro, en su obra “Lo que queda del día”, que cobra vida gracias al director cinematográfico James Ivory y que reúne al viejo mayordomo de un aristócrata con una ama de llaves que lo descubre en la privacidad de su estudio leyendo novelas amorosas so pretexto de enriquecer su vocabulario. El mayordomo descubierto oculta el libro que la ama de llaves, enamorada del caballero, le arrebata con supra delicadeza mientras sus rostros guardan cinco centímetros de distancia, sin romper las formas. El mayordomo se sonroja, y ella no tiene más que decirle a un hombre descubierto en su fragilidad espiritual.

Vale la pena releer ambas obras y escudriñarlas no únicamente por el discurso que he reducido a propósito del amor (¿acaso negaríamos esa pasión al pie del cadalso?), sino porque en ellas subyace el espíritu del deber y la obligación social que le debe el pueblo al estado monárquico o político y no al revés.

Monsieur de Sainte-Colombe, un hombre descrito como un ermitaño que se dedica a componer sus centenares de piezas, y dar algunas clases y recitales, se ve atacado por un clérigo de la corte de Louis XIV quien, al escuchar acerca del virtuosismo del maestro, lo urge a pertenecer a la corte del rey porque, de lo contrario, su talento mismo no tendrá más valor que el aroma fétido de los peces muertos de los mercados. Ante las declaraciones del abate, Monsieur de Sainte-Colombe monta en ira y lo corre de su casa a empujones. La venganza es sólo una, nunca más vuelve a dar un recital, ni llegan los alumnos a su puerta. El rechazo al poder lo sumerge en la desgracia.

La vida amorosa del mayordomo y el ama de llaves ocurre durante un periodo de coqueteo entre la aristocracia inglesa con la diplomacia prebélica del Fürher en el denominado período Europeo de la Realpolitik, pragmatismo político dicho de otra manera, posterior a la primera guerra mundial. Según la novela, en ese instante, al menos un grupo determinado de la aristocracia inglesa se inclina a participar en la alianza entre Alemania e Inglaterra frente a las naciones europeas, decisión anárquica sucedida por la Segunda Guerra que lleva a la desgracia a los miembros de ese círculo de Lores fariseos de la patria. Una de las escenas aborda a la perfección el retrato de la clase trabajadora respecto a la  política-empresarial. Un aristócrata le lanza al mayordomo una pregunta tras otra acerca de la diplomacia y gobernabilidad, pero éste no responde pues no es de su competencia. El final es magnífico: “¿Cómo podemos dejar que esta gente tome decisiones por el país si no tienen idea de nada?”, cuestiona el burgués para humillar al mayordomo.

Hace unos días, en este mismo espacio, escribí que “ignorar al pueblo mismo es vencerlo, contrarrestar su voz, castrarlo de raíz, aplicando el desprecio como herramienta de sometimiento, porque en este acto de ninguneo anida la esperanza de ser escuchados”. Continúo defendiendo esa tesis, no cederé y me llamó la atención la gran cantidad de agresiones en contra de estas palabras, me divirtió sobre todo pensar ¿dónde quedó la ‘república amorosa’? ¿Acaso no era esa la tesis del libro “Hacia una economía moral”, publicado por nuestro presidente, con la cual pretendía y cito: “cultivar los mejores sentimientos y actitudes con nuestros semejantes […] regenerar la vida pública de México, mediante una nueva forma de hacer política”?.

Apelando a las palabras de Lee McIntyre, soy honrado en mis análisis, pero no puedo prometer ser ecuánime sobre todo cuando, como individuo del pueblo, percibo los errores que se cometen en aras del bienestar y progreso ficticio de los proyectos del actual gobierno que, aclaro, me incomoda en sus prácticas de la misma forma en que otros lo hicieron. Estoy convencido de que le damos demasiada importancia al presidente, yo el primero. Sería mejor fiscalizar a los miembros de las cámaras que, al igual que el primer mandatario, están más preocupados por las elecciones del 2021 clamando un fraude electoral precoz (cinceladas en la mente del votante ingenuo), que por la pandemia, la crisis económica y el aumento de la violencia. ¿Con qué objetivo gobiernan pues, si los problemas inmediatos no convocan su atención? La posibilidad de la permanencia en la curul es tal que ciega a las bestias políticas, los torna salvajes y en su peregrinar lo avasallan todo: la paz, la unidad y el bienestar de la gente de a pie. El poder absoluto degenera y ensordece. Nuestro pueblo es a los ojos de los líderes en turno lo mismo que el mayordomo de Ishiguro al aristócrata inglés: tan sólo la masa estúpida, peor aún: estadística pura sin necesidades.

¿Dónde quedó la ‘república amorosa’? No existe. Es un concepto mal fraguado, tibio y, por tanto, apto para vomitarse, según el Apocalipsis. La república está perdida entre chismes, dimes y diretes; perdida entre defensas de la primera dama que no existe, pero cuya presencia es férrea entre la sonrisa amable y digital; extraviada en riñas con personajes de las redes sociales que dan batalla; en la victimización y revictimización del mandatario, que no atiende a la regla aprendida en el jardín de niños: ’sin llorar’; en la negación de los problemas que atañen a cada uno de los poderes del Estado; en la muerte a cuestas de infinidad ciudadanos por los recortes presupuestarios a la salud; en la destrucción del aparato cultural, un despropósito en sí mismo, pues hoy la Secretaría de Cultura cumple con tareas de bienestar y no de la defensa de las Bellas Artes; en la aniquilación de las instituciones autónomas, pero impertinentes para el cambio obligado, el INE bajo fuego; está en la negación misma de la anarquía de la república sustentada en un caos autogenerado y proverbial.

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Desgracia de los bárbaros

JM Coetzee es uno de los grandes escritores de finales del siglo XX. Pocos se atreven a esgrimir el contraargumento que invalide la obra literaria, filosófica y política del ganador del Premio Nobel que estremeció con su narrativa a las buenas conciencias sudafricanas blancas y negras que desean, hasta la fecha, olvidar el largo periodo del Apartheid que finalizó en 1994, pero que sigue vigente de manera tácita.

Desgracia”, escrita por Coetzee y publicada en 1999, es una pieza dolorosa, no por la tragedia y la miseria del ser humano que plantea: la vida de David Lurie, el eminente profesor avergonzando y refugiado en la granja de su hija, en alguna parte del país africano, sino porque la obra nos ayuda a comprender que la violencia es una herramienta empuñada con habilidad por las costumbres y tradiciones de un pueblo sin importar cual, acogido por el barbarismo periférico de toda metrópoli. Cualquier arbitrariedad cometida por un municipio pobre y marginado es disculpada por el manto de usos y costumbres, donde habita también la religión.

En la novela de Coetzee, la mujer blanca, hija del profesor, será subyugada por la comunidad negra hasta borrarla del mapa, no mediante el asesinato, sino a través de su conversión en una mujer más del harén pueblerino, su pasaporte para ser aceptada por los “dioses” y la “religión” de la tribu africana. Este hecho es algo que el profesor universitario no comprende y, a pesar de su proceder racional, no logra convencer a su hija granjera para que rechace su destino auto impuesto, como esposa del negro a quien le cederá su propiedad, pues éste la protegerá de la violencia regional y tendrá un nombre entre los parias sudafricanos. Todo esto por dejar vivir a la mujer blanca y educada en ese refugio agreste, apartado de la civilidad. Un fenómeno al que Ralph Ziman, otro escritor sudafricano y cineasta, nombra como el descubrimiento exótico de la pobreza por parte de los blancos que exculpan a sus antepasados.

La realidad en nuestro país no está tan alejada de esta trama africana que a simple vista nos es ajena. Si hablamos de usos y costumbres degenerados por la violencia, tenemos un foco rojo en Tlaxcala, con el tráfico de mujeres, y otro en Oaxaca y Chiapas con las bodas pedófilas y consentidas por los padres de las víctimas. O veamos el caso de Puebla e Hidalgo, por ejemplo, con el crimen arraigado entre sus habitantes de municipios periféricos que apelan a sus tradiciones como salvaguarda para quemar y mutilar a extraños.

Estos pueblos buenos hacen justicia por propia mano en contra de aquello considerado incorruptible en su tierra. A su parecer, delinquir es algo justo porque brinda bienestar a sus pobladores (el robo de combustible es una práctica generacional, por ejemplo en las regiones periféricas del sureste), mientras repican las campanas de las parroquias, o entran en trance los pastores, en apoyo y grito de guerra para abominar, unidos por la fe, aquello que no sea propio o en beneficio de su cultura rural y “originaria”.

Durante las últimas semanas, centenares de médicos, practicantes y enfermeros han sido agredidos por riadas de familiares y enfermos que niegan, unos, la peligrosidad de la pandemia porque es una enfermedad inexistente, otros porque argumentan exaltados que serán contagiados con vileza por el personal mismo que arriesga su vida para salvar a sus comunidades. La ignorancia reina entre todos ellos y aclaro que la falta de sentido común y la educación como un valor moral, que da paso a la estupidez, no tiene nada que ver con la condición social. La riqueza por sí sola tampoco crea buenos ciudadanos.

Hace días, familiares y conocidos de un muerto por Covid-19 irrumpieron en un hospital de Ecatepec, Estado de México, propiciando el caos y amedrentando al personal sanitario porque asesinaron a su “gentilhombre” al suministrarle una inyección letal con la enfermedad de moda. Para cerrar con broche de oro, una de las mujeres, la madre, gritó frente a los medios de comunicación que el virus que provocó esta pandemia no existe… Otra más en la trifulca (al parecer llorando) clamaba a Dios que el personal estaba asesinando a los pacientes. Esto no es propio sólo de esa parte de México, lo mismo ocurre en el norte y otras regiones donde el pueblo violenta por derecho y temor a los trabajadores de la salud.

Aclaremos que lo que generó este caos fue la falta de comunicación de las instituciones sanitarias con los familiares de enfermos en este momento de crisis, sumado a la desesperación e ignorancia o desinterés de la población ante la gravedad de la emergencia sanitaria. Llamó mi atención que entre los argumentos de defensa y apoyo hacia los pobladores de esta región del país se dijera que: “como son de Ecatepec son muy bravos y nadie se mete con ellos”. Esa disculpa generalizada tan mezquina apoya aún más la ignorancia normada del llamado pueblo bueno y lo estigmatiza. Así podemos recorrer todo el país identificando este rostro de la miseria desde Baja California hasta Quintana Roo.

Inocentemente, siempre me he preguntado si existe algún programa o acuerdo internacional que premie a los Estados con mayores índices de pobreza de tal manera que sea necesario mantener a una parte de la población en carencia obligada. Al revisar el directorio de la ONU, en su apartado Fondos, Programas, Agencias, cuento 36 organismos que ayudan a gestionar y reducir la pobreza a nivel mundial (además de las problemáticas que conlleva) que jamás desaparece.

Leyendo las reflexiones de Angus Deaton, Premio Nobel en Economía, entiendo según sus investigaciones que no sirve el derroche de apoyos internacionales en países en vías de desarrollo como el nuestro porque potencia la ineficacia de los gobiernos que creen beneficiar. Vuelven pasivos a los gobernantes y pobladores eliminando las responsabilidades que como sociedad democrática deben atender.

Esto me lleva a cuestionar de manera romántica cómo, después del periodo revolucionario en México, los problemas de subsistencia en las regiones marginadas continúan vigentes, sin importar el gobierno en turno. Las ayudas internacionales con las que ha contado el país a lo largo de los años han beneficiado a ciertos sectores de la población que están económicamente activos, olvidando a las poblaciones en desventaja que son en su mayoría, por siempre, la mano de obra. En esto sí ha fallado el modelo neoliberal que ahora mueve su foco de inversión hacia los programas sociales como se plantea ya en Alemania a partir de la pandemia.

Nuestro país es especialista en formar analfabetas funcionales (que apenas saben leer y escribir), aquellos que habitan en las zonas conurbadas o en las periferias de las grandes ciudades, de las barriadas, donde no se favorece a la educación formal, menos la tecnológica, en serio, y subsiste la cultura del sálvese quien pueda que abre la puerta a la religión. Ni siquiera hablo de Dios en principio, sino de otros rituales como la santería.

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Del fanatismo al amor por la patria morena

El título de la obra de Cormac McCarthy, “No Country for Old Men”, fue traducido por Luis Murillo Fort como “No es país para viejos”, aunque me parece que debió ser “No es tierra para viejos”, ya que la obra misma, a través de la voz de Ed Tom Bell, alguacil al borde de la jubilación y personaje clave de la obra, reflexiona acerca de cómo la violencia que existe en esa región apartada del paraíso cristiano habría sido inimaginable para los viejos alguaciles de inicios del siglo XX. Esos que no llegaron a desenfundar su revólver cuando ejercieron como representantes de la Ley, en el agreste rincón infernal fronterizo dominado por el narcotráfico de finales de los años setenta.

La novela de McCarthy reflexiona acerca del “deber” en sus múltiples facetas. El deber criminal, de justicia y supervivencia. La acción de la obra se detona cuando el veterano de Vietnam, Llewelyn Moss, recupera un maletín con dinero de una negociación fallida entre mafiosos texanos y coahuilenses. La situación se complica cuando entra en escena el sicario Anton Chigurh, que tiene como deber recuperar el maletín a expensas de la vida de quienes interfieran con su objetivo, sin odio y sin revanchismo… tan sólo cumple con la tarea de recuperar un maletín. Podríamos aseverar que es un criminal equilibrado, el punto medio entre el bien y el mal que, por supuesto, ama el combate. Al verse frente a la muerte, en más de una ocasión las víctimas de la novela declaran: “no tienes que hacer esto”, para luego ser abatidas, pues no debe quedar rastro de los involucrados en la tragedia.

Conforme avanzan los meses, entre pandemia, criminalidad, ocaso económico, confrontaciones geopolíticas entre el agonizante Estados Unidos y la resentida China, y el resurgir de los grupos neonazis dentro del ejército alemán con el sueño de hacer realidad el “Día X”, las propuestas de nuestro gobierno, se tornan absurdas al grado de someternos por medio del discurso oficialista a la condena de vivir adentrados en tramas infantiles, sin reglas éticas ni morales, donde todo puede suceder.

Hemos comenzado a perder el sentido del humor por una urgencia apocalíptica que nos obliga a cuestionarnos: ¿Qué pasará el próximo año? Si bien la caída económica está presente, no será sino hasta el 2021 cuando tocaremos fondo, quizá. No obstante, el subgobernador de Banxico, Gerardo Esquivel (de las pocas voces a veces coherentes dentro del actual gobierno), pide al pueblo tener paciencia pues no estamos tan mal. Nos hundiremos, sí, pero saldremos a flote hacia el 2022 cuando se logrará recobrar la estabilidad previa a la pandemia, lo cual tampoco es un logos económico para presumir. Vamos todos en un mismo barco hacia el desierto marino, donde cada navegante canibaliza lo que puede.

Conforme pasan los meses, aparecen y desaparecen voces de la resistencia del gobierno actual como Hernán Gómez Bruera, apologista caído de la gracia del poder de forma intempestiva, que desde la barrera admira a Gibrán Ramírez. Otros, como Katu Arkonada, el más articulado (o combativo) en su defensa de la izquierda viciada; Abraham Mendieta, el gesticulador político; Estefanía Veloz y Andrea Chávez, las jóvenes feministas de la izquierda; entre otras figuras de bajo perfil, se empoderan en sus reuniones a lo largo y ancho del país preparando sus bases o cuadros políticos al grito de “Calderón a prisión”, una nada brillante estrategia de confrontación política que es posible gracias al trabajo de Gonzalo López Beltrán, hijo del presidente encargado, cual guerrillero ideológico, de crear durante la campaña electoral de 2018 una red excepcional de operadores en cada estado de la república que hoy rinde sus frutos y sus fallas. López Beltrán es el abogado del diablo al que pocos temen, pero no hay que perderlo de vista.

Entre las frases aprendidas a lo largo de los años hay una atribuida a Vladimir Ilich Lenin que tiene bastante sentido en este momento histórico: “Los extremos se tocan”, razonamiento del soviético que parte de una lectura apasionada de la obra del alemán Georg Wilhelm Friedrich Hegel. En sus “Cuadernos filosóficos”, Lenin reflexiona acerca de la dialéctica (tesis, antítesis, síntesis) de Hegel argumentando que, una vez cumplidos los pasos del movimiento dialéctico, se retorna a un origen primigenio de las ideas que se contraponen entre sí para generar conocimiento verdadero, según el contexto. Esto es, cuando las ideas, o ideologías (como, por ejemplo, la extrema derecha y la izquierda radical) se encuentran, en ambas hay rasgos que se identifican y al mismo tiempo se repelen para crear revoluciones o cambios desmedidos. El planteamiento es genial, sobre todo cuando escuchamos una y otra vez la frase del ejecutivo “no somos iguales”, que, si los personajes antes mencionados lo entienden, sabrán pues que forman parte del mismo problema que combaten desde su trinchera a gritos incoherentes.

Steve Bannon, uno de los grandes estrategas políticos de la extrema derecha estadounidense, fue una de las mentes detrás del empoderamiento de Donald Trump desde la publicación periódica de Breitbart News. Bannon es un defensor del nacionalismo extremo que culpa a la economía de llevar a la quiebra moral a todos los pueblos del mundo y que apuesta por el aislacionismo y un control marcial de los gobiernos sobre los pueblos. Durante el brevísimo tiempo de gloria de Trump, Breitbart News tuvo el apoyo de otra celebridad del mundo virtual de nombre Milo Yiannopoulos, un apuesto hombre blanco homosexual de la ultraderecha que impulsaba la agenda joven y daba voz al movimiento neonazi en Estados Unidos.

Mientras que Bannon pasó de dar conferencias magistrales a formar parte del gabinete de Trump para luego renunciar, cansado del lirismo de Trump, Yiannopoulos pasó de ser un enfant terrible de la política estadounidense que lanzaba consignas contra los gobiernos demócratas en plazas públicas y universidades, a ser un apestado por sus declaraciones pedófilas, lo cual acabó con su brillante carrera al no entender los límites del pueblo mismo. Bannon se mantiene activo promoviendo su agenda nacionalista en Europa, mientras que el joven rebelde Yiannopoulos se lamenta en redes sociales por la nula repercusión de sus ideas en la cultura que lo ensalzó hace apenas cuatro años. Y aunque ambos fueron encumbrados por el periodismo, son acérrimos enemigos de la prensa crítica hacia el extremismo ideológico contrario a su juego discursivo.

De regreso a “No Country for Old Men”, en específico a los personajes Anton Chigurh y Llewelyn Moss, ambos son el retrato de la naturaleza del pueblo que vale la pena analizar. Moss, es un tipo común y corriente que vive en una casa rodante y que, al ver la oportunidad de hacerse del dinero que yace al lado de cuerpos en descomposición, no duda en tomarlo por el bienestar que le otorgará. A éste, la guerra no le hizo justicia y debe buscar todas las posibilidades infinitas para subsistir. Chigurh no entiende romanticismos, es coherente con su objetivo y deber: recuperar el dinero y asesinar a quien lo tenga. Su lid pragmática es honorable. Ni uno ni otro polemiza para hacer de su condición un martirio, accionan y con esa tarea nos permiten comprender los motivos que impulsan la progresión de ambos en la historia. No hay mentiras, orgullos malentendidos, ni deseos ocultos, sino objetivos que te permiten validar las trayectorias de ambos sin paternalismos. Bell, el alguacil, es la conciencia que nos invita a reflexionar cómo las pasiones humanas lo destruyen todo… y en la política aún más.

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AMLO y Trump sin palabra ni honor

La semana pasada y los primeros días de ésta, fueron gloriosos en términos de simbolismos y acciones políticas mundiales que mantienen viva la llama crítica no sólo debido a la pandemia (que por sí misma, sin restarle gravedad, comienza a ser parte de la cotidianidad más que aceptada), sino porque inician las luchas electorales por el poder, al menos en México y Estados Unidos, vecinos integrales de la desgracia social contemporánea. Aunque se niegue, en esta nueva normalidad la emergencia sanitaria ha perdido fuerza como noticia de interés para el pueblo que olvida, a cuenta gotas, el miedo a la tragedia y la muerte. Salir a la calle y respirar el aire fresco es necesario para muchos, ya sea para disipar la depresión o sencillamente para retomar la obligada tarea por la supervivencia ante el inevitable declive económico.

Mientras que en Brasil Jair Bolsonaro dio positivo en su prueba de coronavirus por segunda ocasión, lo cual es un golpe inesperado para su imagen de superhombre cristiano, Donald Trump declaró finalmente que usar cubrebocas es un acto patriótico ante el caos de muertes estadounidenses; en México, Andrés Manuel López Obrador, cede despacio al uso del cubrebocas en sus vuelos comerciales y por fin accedió a mencionar que la pandemia es una amenaza real, al tiempo que se transmiten, con el vértigo de las redes sociales, las imágenes de grupos armados del narcotráfico que controlan el occidente del país… desestimadas, claro, por el ejecutivo.

En otras latitudes, el Arte perdió un museo, el Hagia Sophia (Patrimonio de la Humanidad de la UNESCO), y la religión ganó una mezquita gracias al presidente turco Recep Tayyip Erdogan, de la misma corriente filosófica-política no oficialista que los tres mandatarios de América que hemos mencionado. Con esto se reaviva un conflicto religioso entre ortodoxos y musulmanes que le gana votos en su base nacionalista, sin importar el caos que pueda generarse a través de atentados o la segregación religiosa exacerbada y ciudadana… De nuevo un “Dios” se entromete en la vida política de una nación.

La Unión Europea se debatió y validó un plan de rescate económico, un paliativo para la crisis pandémica que se anuncia como la madre de todas las debacles financieras, las figuras aplaudidas por este gran logro son Angela Merkel de Alemania, Emmanuel Macron de Francia y Charles Michel, presidente del consejo Europeo. Se aprobaron 390 mil millones de euros para el rescate de las 27 economías de la zona euro en subvenciones y 360 mil millones en créditos que se inyectarán inclusive como fondos muertos a las empresas para la reactivación económica. Mientras tanto, en México las empresas quiebran, los trabajadores del Estado pierden sus computadoras y se presume la llegada del extraditado Emilio Lozoya (ex director de Pemex), una carta bajo la manga para ejercer presión simbólica, que no activa, a los enemigos de nuestra república noble, un fantasma sin voz propia hasta el momento.

Vale la pena mencionar, no sin tristeza, que nuestra atención se centra más en los resultados de los comicios del 2021 que en los muertos por la pandemia. Un tema de suma emergencia, como lo es la salud de los mexicanos, es ya comidilla diaria para denostar la incapacidad aceptada de Hugo López-Gatell que cual personaje de carpa juega con las palabras para no decir verdades, sino hacer grilla en contra de los estados de la nación. Pero en México no son tantos los muertos respecto a otros países como Italia, no debemos preocuparnos, según declara el neo-conservador Gibrán Ramírez.

La semana pasada apareció en los escenarios de la política nacional el nombre de Mario Puzo, el célebre escritor de “El padrino”, novela que inmortalizó Francis Ford Coppola en el cine mundial. El motivo un tanto nimio de la mención de Puzo se debió a la crítica de nuestro presidente hacia los profesionistas que estudian en el extranjero; otros argumentan que en realidad era una burla hacia el padrino del mismo Lozoya. No lo sé de cierto, pero este fue un tema más que se suma a la interminable cartera de tópicos chabacanos que divergen la atención de los ciudadanos, combustible para las redes sociales, maldita obviedad. En el ánimo de corregir las palabras del mandatario, las oleadas salieron a clarificar el destino de Michael Corleone que, a decir verdad, a quién le importa.

“El padrino” es una novela cuidadosamente construida por Mario Puzo a partir de su bagaje cultural como heredero de una familia de la Provincia de Avellino en Italia. El joven autor formó parte de la Fuerza Aérea estadounidense durante la Segunda Guerra, pero jamás participó del campo de batalla por sus problemas visuales. Como autor, pensó estratégicamente, así lo confesó, en construir una novela para la masa; ese fue el objetivo, pues deseaba tener los medios para poder alimentar a su familia y nada más. Una necesidad tan básica, sin una pretensión literaria exquisita. Esta obra tan aplaudida durante la semana tiene en su entraña una reflexión mediata que habla del respeto y de honrar como hombre o mujer a tu “palabra”. No hay más. Por cierto, si no queda claro, dar tu palabra es empeñar tu honor.

Durante la campaña presidencial, nuestro mandatario declaró hasta el cansancio que llegado el momento se mediría con Donald Trump para increparlo por su falta de respeto hacia el pueblo de México. La declaración, aunque increíble, me llevó a pensar que por fin tendríamos a un presidente que se enfrentara a sus pares. Años más tarde, el momento llegó gracias a la entrada en vigor del TMEC. De frente, Donald Trump y Andrés Manuel López Obrador, protagonizaron una escena risible en todos los aspectos, donde los dos furiosos mandatarios afables y zalameros intercambiaban risas y miradas discretas. La furia de ambos se vio taimada por la obligada diplomacia, lo entendemos, tampoco queríamos el caos. “No nos confrontaremos”, declaró Obrador. Está bien, señor presidente… sólo valdría recordarle que, como mexicano, a los ojos de Trump y lo que representa, es usted también un criminal y violador.

Entre las tantas frases de “El padrino” hay varias que bien podemos retomar para explicarnos no sólo la realidad mexicana sino la estadounidense. “No confío en la sociedad misma para protegernos, no deseo depositar mi fe en las manos de los hombres que tienen, como único logro, el haber engañado a la gente para votar por ellos”, escribe Puzo. Ante esta declaración de principios, defiendo mi incredulidad en la sociedad que entiendo como un cúmulo de individuos que, como hormigas, luchan por su lugar anteponiendo sus intereses que no son mis intereses, que no son los intereses de 30 millones de votantes por convicción o acarreo, quienes validan hasta la fecha el nulo cumplimiento de la palabra del presidente ante sus acciones y, por tanto, participan de su inmoralidad, aunque algunos busquen la redención al lamentar su voto pues lo hicieron por el cambio, sí… por la palabra y el empeño del honor de un hombre.

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La transformación moralmente sadista

“Marat/Sade”, de Peter Weiss, es una obra fundamental de la literatura dramática de la segunda mitad del siglo XX que hace una crítica a la revolución francesa ataviada por el sentimiento humanista e ilustrado de fin del siglo XVIII, a través de la mirada ficticia del político Jean-Paul Marat, desde el punto de vista también artificial de Donatien Alphonse François, conocido como el Marqués de Sade, durante su estancia en el manicomio de Charenton. La pieza en sí misma es una meditación político-filosófica que, desde el escarnio, aborda la muerte de Marat por sus convicciones que entorpecen los deseos de otros políticos de su tiempo. Para lograr una meditación plena de la vida de Marat, Weiss recurre a la figura del Marqués de Sade y critica desde el absurdo los ideales del galo que no entendió, como lo hizo el autor alemán a través de Sade, que la política revolucionaria es parecida al acto de copular.

Así la representación Sade: escribe desde el manicomio la vida y obra de Marat que será representada por los enfermos mentales… el pueblo.

Marat (un loco), desilusionado del rumbo político de Francia y de sus líderes, lanza una diatriba espectacular en la representación teatral con la cual Sade narra la vida y obra del revolucionario que anuncia cómo se engaña al pueblo después de haber triunfado sobre éste: “no se dejen engañar; se les dirá que todo está bien aunque sea mentira; que no existe la pobreza, porque está bien oculta; se les hará creer en la ilusión del bienestar y la equidad, aunque esos mismos que los engañan poseen más que ustedes, y a sus costillas… no son sus pares. No se dejen embaucar cuando les den una palmada paternalista en el hombro y les hagan creer que no vale la pena hablar más de inequidades e injusticias y que, por tanto, deben dejar de luchar. Si ustedes les creen, ellos los habrán dominado por completo y los gobernarán desde sus casas lujosas y sus bancos de granito desde donde roban aún más, bajo el supuesto de dar libertad al pueblo. Así que tengan cuidado, porque cuando se cansen de ustedes, los harán pelear para distraerlos”.

Más tarde, Marat narra con desprecio cómo los políticos no pueden dejar de hablar del pasado, pues en eso radica su poder de manipulación. Se aferran a los errores, a las mansiones, a las riquezas y a todo aquello que puedan manipular frente a la mirada del pueblo para ganar su confianza. En ese justo instante interviene Sade en la representación de la obra y declara, cual bestia sin tacto, que Marat, al igual que el resto de los enfermos del manicomio, el pueblo ficticio y querido fue, es y será fornicado por la revolución que apoyaron.

El primero de septiembre de 2019, durante su “tercer” informe de gobierno, Andrés Manuel López Obrador declaró que los conservadores opositores estaban moralmente derrotados, y celebró la inexistencia de un bloque reaccionario con verdadera fuerza opositora. Hasta el momento se trata de una declaración divertida, por decir lo menos, y en efecto no hay oposición, por ahora no se vislumbra, lo cual es deprimente. ¿Qué es estar moralmente derrotados? Si nos detenemos a analizarlo desde la convicción religiosa del señor presidente donde sólo hay dos estados de la materia espiritual humana: lo bueno y lo malo, podríamos decir que los “malos” partidos y políticos perdieron, ante el poder iluminado de la transformación verdadera, toda oportunidad de luchar desde la virtud, y por tanto deberán pagar sus pecados de soberbia siendo repudiados por el pueblo. Se entiende perfectamente.

Desde esas declaraciones del presidente hace diez meses, el panorama nacional ha cambiado bastante. El hombre sereno que gobierna de blanco ha perdido la paciencia sobre todo al ser cuestionado en cada una de sus decisiones. La pandemia redujo al mandatario a un ser aparentemente inocuo con bastante poder (preocupante) y que tiene entre sus únicos logros una visita a la Casa Blanca con Donald Trump. Se trató de una reunión magnífica, pero simbólica, en la que nuestro presidente se comportó como un hombre inmoral y sin virtudes, lo cual lo convierte en un peligro. Si bien no dijo barbaridades, pues tampoco se le abrió el micrófono, ni se tomaron decisiones a la luz pública que valiera la pena reportar porque todo se hizo bajo la sombra, vimos en López Obrador a un individuo sin escrúpulos capaz de convertirse en el césped de las bestias. Vaya, nada que ver con el hombre bragado que inclusive escribió un libro para hacer frente al presidente estadounidense. A su regreso a México, adoptó de nuevo esa postura soberbia y triunfalista que sólo su séquito aplaude para no perder el fuero, como nuestro subsecretario de Salud, Hugo López-Gatell, otro inmoral. El único logro de ese viaje fue ver a López Obrador con cubrebocas.

La revolución que López Obrador se inventó se asemeja mucho a la visión sadista de Peter Weiss y sus personajes icónicos del siglo XVIII, lo cual es patético por ser cierto. Del monólogo de Marat acerca de la polarización, resultan impresionantes las certezas del discurso, pues la división del país preocupa y divierte a la vez, mientras vemos cómo el fanatismo aumenta a medida que incrementan las estupideces que se pronuncian desde Palacio Nacional. Hoy mismo, al tiempo que escribo estas palabras, el presidente declara que en México ya no existen las masacres, la tortura, la corrupción, entre otros tantos mantras matinales que tienen como objetivo quitar el foco a los problemas adornándolos con palabrejas… De nuevo Marat…

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Libertad condicionada

Philip Roth… Leí “El teatro de Sabbath” por su portada, no me apena decirlo. El marinero-demonio que seduce a la chica-prostituta en la litografía de Otto Dix de 1926, que identifica a la primera edición en español de 1995, favoreció mi providencial encuentro con el autor. La vida del titiritero pervertido Mickey Sabbath, protagonista de la novela, es la metáfora palpitante del sexo, del descaro, como motor de la decadencia licenciosa que confronta a la muerte sin aceptarla no por temor sino por desprecio. Las pasiones e instintos de Sabbath, el manipulador que atormenta a su familia y seres queridos, que se masturba sobre la tumba de su amante, nos alecciona desde la literatura, para reclamar la libertad absoluta de la que huimos por temor a ser juzgados.

Roth cimbró las buenas conciencias judeocristianas estadounidenses de fin de siglo que aún imploran a Dios, como el ex presidente de Estados Unidos George Bush Jr., en plena guerra contra el terrorismo a inicios del siglo XXI, para que éste tome las decisiones atinadas cediéndole el honor de nuestras glorias y desgracias, exculpándonos.

Si bien la novela me hizo valorar el suicido en la vejez, poniéndome en los zapatos de Mickey Sabbath, reconocí el valor conceptual de la Libertad; eliminar los atavíos culposos de las enseñanzas religiosas que rigen mis culpas, y las de otros, sin permitirme romper las reglas más comunes. Un problema existencial, sin duda. Con “El teatro de Sabbath”, Roth desnuda el espíritu humano que no se sirve del semblante tespiano; sin embargo, con “Pastoral Americano” (1997), asesta un golpe a la maquinaria impecable estadounidense que erige sociedades sobre pilares ilusorios, mas disfrutables.

La trama de Pastoral es sencilla: Seymour Irving Levov es un ciudadano casado con una mujer bellísima, padre de una hija pequeña, dueño de una fábrica y vive sin preocupaciones. Pronto su hija crecerá y, en el contexto de la Guerra de Vietnam y las revueltas sociales de 1968, ésta hace estallar explosivos en diferentes lugares de Nueva Jersey, asesinando a una persona. Al poco tiempo, Seymour descubre que su mujer lo engaña, que su hija ya adulta vive como indigente por decisión propia. Esta revelación echa abajo el mundo conservador del hombre exitoso que hasta ese momento se cuestiona acerca de su vida y los parámetros sociales que siempre respetó, sobre los cuales cimentó su éxito y su paz alejado de las revueltas del mundo que lo rodeaba.

Tanto Mickey Sabbath como Seymour Irving Levov naufragan en las aguas de la realidad sin ilusiones sociales, dejando en el olvido los espejismos, confrontando verdades absolutas: la Libertad, entonces, es juez y verdugo que castra a su víctima y hace de ella una bestia en campo raso, inmóvil y temerosa, ante las infinitas posibilidades de andar sin miramientos por cualquier sendero.

Hace un par de semanas, Ricardo Salinas Pliego, presidente de Grupo Salinas, lanzó una serie de propuestas para que los mexicanos, sobre todo sus empleados, salieran a las calles a retomar su libertad en medio de la pandemia. Antes que él, Elon Musk, el creador de Space X y PayPal, llamaba al gobierno de Estados Unidos y a sus ciudadanos a dejar los miedos, a recobrar su libertad para reactivar la economía. Por supuesto, Donald Trump accede y comparte la visión de Musk, la tragedia está consumada; y Andrés Manuel López Obrador, guardando toda proporción, comparte y obedece a los ideales de su aliado Salinas Pliego, y hace un llamado tajante a retomar nuestra libertad, a disfrutar de la naturaleza… frases que poco o nada tienen que ver con una verdadera postura ante la pandemia.

En el caso de los empresarios, quedan claras sus estrategias económicas. Siendo honestos y olvidando nuestros idealismos, no podemos culparlos aunque señalemos con oprobio sus declaraciones cuando a la fecha han muerto 123 mil personas en Estados Unidos y 23,377 en México como consecuencia del Covid-19. Llama mi atención la postura tanto de Trump como de Obrador, sobre todo cuando ambas figuras enfrentan comicios clave: el estadounidense se juega la reelección y el mexicano su poder en 2021. La desesperación por mantener el control absolutista los corrompe al grado de olvidar las obligaciones inmediatas de todo gobernante que, en el caso de ambos, no tienen más que ofrecer a sus gobernados, sino indignación. Ni hablar de los comparsas partidistas de cada figura, para ellos el mundo es completamente azul previo al cielo gris del “Rey Burgués”, de Rubén Darío.

Del discurso del par político-empresarial rescato la necesidad de mencionar la Libertad, recobrarla, vivirla, hacerla nuestra de nuevo. Ante tales declaraciones, descubrí que no supe cuándo la perdí y ahora que la recobro debo ejercerla, lo cual resulta complejo porque los discursos de éstos, que no narrativas, nos hablan de una Libertad que, así como la Verdad, está subordinada a la realidad política y vulgar moderna, sea cual sea la regla de uso.

Considero que estamos en un momento enrarecido en el cual la frase imperativa es que: debemos estar del lado correcto de la historia. Confieso que al nombrarlo como “lado”, me pierdo en la terminología y no sé cuál es; y tampoco sé si realmente quiero formar parte de eso, por lo menos de manera consciente. Es interesante descubrir cómo el orden natural de las cosas, de los discursos, se va modificando gracias a una suerte de revisionismo que todo lo reordena y somete al escrutinio público, pasado por el tamiz del estadio digital que pronto toma protagonismo en el mundo real convertido en normas políticamente aceptadas que someten a la libertad, no conceptual sino práctica. Con este revisionismo se anulan las posibilidades de polemizar acerca de un tema debido a que toda palabra fuera de la norma infiere error.

Hace unos días escuché un debate acerca del racismo y su relación con la comedia, o su mala aplicación en esta. El argumento que utilizó uno de los participantes, que también es actor, fue el siguiente: “Debemos hacer comedia desde otro lado” y continuó explicando el profundo racismo y clasismo que existe en el país. Todas eran verdades absolutas. Aunque el argumento de “solucionar las cosas desde otro lado” es vacío y no significa nada, entre celebridades y gente del espectáculo que opina, es la herramienta ideal de escape que les brinda la libertad de expresión. Está al nivel del “yo no sé, pero algo debe hacerse”. Si no sabes nombrar lo que propones, no tienes idea de lo que defiendes, y hay que tener cuidado porque entonces el esfuerzo por denunciar es vano.

“Gentleman”, la última película del director inglés Guy Ritchie, tiene un momento que define perfectamente esa comedia “desde el otro lado”, o que al menos yo interpreto así. Un gitano le dice a un negro: “Oye, negro estúpido, ponte a entrenar”. El negro contesta, “me estás diciendo ‘negro estúpido’, no puedes hacer eso porque es racista”. Un tercer personaje con autoridad reafirma: “No, esos son los hechos, eres negro y eres estúpido, además, no se refiere a la raza negra, sino a ti y, si no me equivoco, te lo dice desde la relación amistosa que ambos tienen. Así que podrías llamarlo ‘gitano idiota’”. Definir y explicar el contexto desde dónde surge el chiste ayuda a eliminar toda polémica desde la inteligencia. Cosa que no ocurre con la gran mayoría de temas que la horda intenta desaparecer del imaginario por el nulo reconocimiento de contextos discursivos. Reparo en este ejemplo porque es ideal desde la cultura pop para abordar cómo funciona tanto la libertad de expresión como la verdad que pudo haberse manipulado desde el inicio.

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