Bots para el nuevo régimen

El grito de Independencia, esta tradición de celebrar la autonomía del pueblo que inició hace más de 200 años, incluye una conmemoración tácita por la libertad de expresión que también fue parte de esa lucha histórica, aunque tal vez no recapacitamos en ello. En lo personal, no me embriaga la pasión celebratoria por la fiesta patria, no por un sentimiento de malinchismo, sino porque pienso que hay formas más sofisticadas de rendir honor al Estado del que formamos parte que signifiquen más que los gritos, llantos y oropeles tricolor, basura inmediata pasado el grito a la medianoche.

Es complicado, desde el idealismo de Nación en que vivimos, celebrar y portar una máscara de armonía frente al caos que enfrentamos como país, sobre todo cuando el uso del “poder” del Estado dejó de ser “suave” para convertirse pronto en una maquinaria de dominación despótica que atenta contra aquello que se opone a sus intereses. En últimas fechas vimos, pues es imposible no hacerlo, al presidente Andrés Manuel López Obrador, atacar de manera frontal al periódico El Universal y Reforma, a las revistas literarias y de crítica cultural como Letras Libres (Enrique Krauze) y Nexos (Héctor Aguilar Camín y Rafael Pérez Gay), al periodista Carlos Loret de Mola y a Víctor Trujillo, bajo su personaje Brozo. Son medios y personajes periodísticos nacionales que hacen una dura crítica a los proyectos del gobierno cuestionables por la mala estrategia de ejecución y viabilidad. Los medios sediciosos que envenenan al pueblo bueno.

El proceder imperioso de López Obrador desde la tribuna de gobierno contra los medios de comunicación es un ataque directo al libre pensamiento, que tiene en la crítica plural su única herramienta para propiciar el diálogo-debate entre el pueblo y los gobernantes, un acto que no debe entorpecerse. Si bien no es un misterio que las estrategias primarias de la política se basan en el ataque directo al adversario-enemigo, es innegable que las “formas” en el despliegue de la fuerza del Estado son ineludibles para evitar el choque desigual y condenatorio aunque existan declaraciones de guerra entre ambos.

Después de casi dos años de conferencias presidenciales a horas canónicas podemos definir el concepto de “la libertad de expresión” de López Obrador bajo la tesis certera de Salman Rushdie: “¿Qué es la libertad de expresión? Si no tenemos libertad para ofender, [la libertad de expresión] deja de existir?”. Hoy, por desgracia, no hay en México un gremio, sociedad civil, fideicomiso, líder de opinión, grupo empresarial, gobernante estatal, núcleos científicos, agrupaciones deportivas y culturales que, al no compartir el punto de vista del presidente, no sea vilipendiado. ¿Acaso los aludidos o agredidos sentirán que deben celebrar el grito de Independencia del Ciudadano que gobierna a los mexicanos, que ataca a los mexicanos, que deja morir a los mexicanos por la pandemia y su estrategia de inmunidad de rebaño obligada? Manchar reputaciones es el pilar sobre el que se sustenta la libertad de expresión del presidente, quien, bajo su lógica no perfectible, tiene el derecho de hacer o decir cualquier cosa sin asumir la responsabilidad básica que conlleva abrir la boca.

En la actualidad vivimos bajo el yugo de una segregación ideológica interesante y poco sutil, espejo de otra realidad que reconocemos en Estados Unidos, por ejemplo, y sería en lo único que podemos equipararnos con el primer mundo. Tanto López Obrador como Donald Trump son individuos unidimensionales. Herbert Marcuse se deleitaría al estudiarlos, enemigos de la libertad de expresión, pues se sienten desnudos al encarar hechos que no controlan; que se caracterizan por vivir un constante delirio de persecución donde el pueblo es el opositor a vencer, ese antagonista que se opone a sus objetivos políticos. Ambos sujetos, cual prestidigitadores, hacen del pueblo que habita la realidad virtual a través de las redes sociales, termómetros y voces latentes que alimentan sus paranoias. Para ellos, ajenos a la certidumbre de los hechos, solo existe lo que está dentro de sus parámetros de creencias sin ser capaces de tolerar un pensamiento crítico real y contrario a sus deseos; y, por división de ideales, desde la rabia del poder segregan al pueblo convertido en enemigo de sí mismo y obligado a pensar de forma mecánica y repetitiva como bots orgánicos y asumidos en su rol de choque sin ideas ni argumentos originales.

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La corrupción político-cultural en México

La semana pasada hubo en México contrastes políticos y divertimentos absurdos. Observamos con interés el circo digital de los videos atribuidos al informante Emilio Lozoya Austin, ex director de Petróleos Mexicanos, que dejaban claro una vez más los graves casos de corrupción de los sexenios anteriores. Los videos muestran a cuadro a funcionarios panistas contabilizando maletas con dinero, sin que sepamos bien a bien su procedencia. En este momento histórico, las imágenes a treinta cuadros por segundo validaban la lucha de Andrés Manuel López Obrador contra la “Corrupción”, esa práctica “cultural” tan arraigada en nuestro pueblo. Los videos, filtrados sin remitente, además de ser un espectáculo de circo itinerante eran la clave que fraguaba las bases de las elecciones del 2021; el prólogo de la próxima victoria del partido en el poder que, momentáneamente, desvió la atención de las decenas de miles de muertos por la pandemia, el cáncer, la violencia y la tragedia económica.

Gibrán Ramírez, candidato precoz para la presidencia de Morena, enarboló durante esos días la bandera del puritanismo bajo el argumento triunfalista “por fin sabemos que el presidente siempre tuvo razón respecto a la corrupción de los gobiernos anteriores”; sin embargo, poco antes del fin de semana, Carlos Loret de Mola presentó un par de videos en los que se apreciaba a Pío López Obrador, hermano del presidente, recibiendo algunos sobres con dinero de manos de David León, funcionario en ciernes del gobierno honesto de la Cuarta Transformación. La estrategia, por demás obvia, tanto del presidente como de sus allegados, se basó en alterar las palabras en su discurso y a la corrupción se le denominó en tono triunfal “aportación”.

Así pues, aunque en primera instancia el dinero permutado de manera clandestina entre ambos personajes cercanos al presidente es a todas luces una acción ilícita, no califica como un acto de corrupción, sino que fueron aportaciones honestas a la causa de Morena. Dinero que, de viva voz, Andrés Manuel López Obrador reconoció que fue utilizado a lo largo de los años en sus giras de campaña por todo el país. Entonces, entendemos que las declaraciones ad libitum del presidente en las que aseguraba que vivía de sus regalías no son ciertas, pues nadie vive en este país de las ganancias literarias, ni mucho menos ejercía la austeridad, tan socorrida en sus letanías, sino que vivía de la clandestinidad económica gracias a sus operadores políticos.

La defensa de su cortejo ideológico no se hizo esperar. Mario Delgado, presidente de la Junta de Coordinación Política de la Cámara de Diputados, declaró que la aparición del video que inculpaba al hermano del presidente era un golpe de la derecha para desacreditar la imagen de López Obrador. Gracias a este video, el movimiento, que hasta hace unas semanas se promovía moralmente superior, demostró que sus raíces se humedecen en el fango al igual que las de otros protagonistas políticos de sexenios anteriores. El cliché se torna realidad.

También la semana pasada durante la emisión del programa “Es la hora de opinar” que conduce Leo Zuckermann, el periodista Pablo Majluf, durante un debate acerca de la corrupción, comentó que ésta formaba parte de una u otra manera de la médula de nuestra cultura debido a que los gobernantes provenían del pueblo. En respuesta a esta declaración impopular tanto Denise Dresser, Mario Arriagada y Zuckermann negaron la propuesta de Majluf argumentando que defender esa tesis era bastante arriesgado, por demás reduccionista e ilógico. En todo caso, continuaron, deberíamos entender que la Corrupción forma parte del sistema de valores que la política en su práctica tolera gracias al orden de sus partes. Me inclino bastante a defender la idea nada popular de que la herencia cultural que determina las prácticas de corrupción no exime a ninguna clase social ni de México ni de ningún otro país. No obstante, creo que la cuna sí define el grado de acercamiento a las prácticas corruptas expuestas en un lienzo de matices sociales, aceptados o no por el núcleo al cual pertenecemos.

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La Cruzada de Hugo López-Gatell

En febrero de 2013 el gobierno del entonces Primer Ministro, Tony Blair, resistió una sacudida que si bien no anuló su mandato, propició que tanto a él como a su gabinete se les recuerde como seres sin escrúpulos que llevaron a la muerte a miles de jóvenes soldados del Reino Unido que combatieron en la segunda guerra de Irak. La confrontación bélica hechiza por George Bush Jr., presidente de Estados Unidos, fue dirigida para fortalecer su gobierno como estratega defensor del mundo libre durante su persecución terrorista. Sadam Husein, era el objetivo, derrocar al dictador que durante más de dos décadas fue la figura incómoda del mundo árabe para ese entonces inservible como pieza geopolítica.

Katharine Gun, una traductora del Centro de Comunicaciones del Gobierno (GCHQ por sus siglas en inglés), recibió el correo electrónico de un funcionario de la Agencia Nacional de Seguridad estadounidense solicitando espiar a las delegaciones de países como Chile y Camerún, que no formaban parte de la comisión permanente de seguridad de la ONU, para obligarlos a votar a favor de la guerra injustificada contra Irak que dio inicio el mes de mazo de 2003 y finalizó hasta diciembre de 2011.

Katharine filtró la información de inteligencia al periódico dominical “The Observer”, que generó frustración y enojo en la sociedad británica y, por supuesto, el gobierno de Blair negó todo acto de espionaje hasta que en 2010 se aceptó la colusión con Estados Unidos para declarar la guerra a Irak bajo el argumento perenne de querer asegurar las armas de destrucción masiva que poseía Husein. Además, se dio a conocer que el gobierno del Primer Ministro fue asesorado por el ahora ex fiscal general Peter Goldsmith para no participar en la guerra, aunque sus palabras fueron ignoradas y prevaleció el interés de Blair de potenciar el mercado de guerra que estrechó los lazos utópicos de hermandad entre el Reino Unido y Estados Unidos.

“El último rey de Escocia”, del escritor inglés Giles Foden, narra las atrocidades cometidas por el dictador de Uganda, Idi Amin Dada, durante el periodo de su gobierno en la década de los setenta del siglo pasado. La pasión del ugandés por el pueblo escoto lo lleva a declarar en su locura que “si la gente se lo pidiera, aceptaría ser rey de Escocia”, delirio de grandilocuencia y mesianismo presente en las figuras enfermas de poder. Atroz es el único adjetivo que nombro para definir la novela de Foden. Palabra a palabra nos adentra en un violento mundo-postal del populismo africano que nos ayuda a entender los vicios y controles idealistas que potencian las palabras adecuadas sobre la mente del pueblo.

África es un continente destinado al fracaso, estadio de esclavos, de trata, de violaciones, de conflictos religiosos que no atienden ni a Cristo ni a Mahoma ni a dioses primigenios. La avaricia plena que provoca, y provocó durante siglos, la piel como moneda de cambio mantiene al continente asediado, fuera de la esperanza y la paz. Además, el asistencialismo del primer mundo ampara en la miseria a las etnias negras que jamás escapan de la hambruna.

Idi Amin llega al poder gracias al hartazgo del pueblo por ser gobernados durante generaciones por líderes corruptos. Amin bailaba sobre templetes. Se dejaba adornar de flores, tomaba entre sus manos lanzas y escudos, gritaba  diatribas contra los corruptos y aseveraba frente a la gente “yo soy ustedes”. La masa estallaba en risas y aceptaba la llegada del nuevo gobernante, “el deseado de todas las gentes”. Un payaso maquiavélico, como tantos en Latinoamérica, como uno en México.

Pronto en el poder, Amin, se torna un líder sin empatía por su gente que advierte en cada ciudadano a un contendiente en potencia, un enemigo que quiere su trono. Amin asesina a quien se anteponga a sus deseos. Cual piezas de ajedrez manipula a sus jefes de Estado a quienes asesina al sentirse burlado. Inicia obras de infraestructura, ministerios de salud, embajadas, universidades sin estudiantes. Obras que apoyan su locura. El genocidio de las etnias Acholi y Lango bajo su yugo se extiende por Uganda para lograr la pureza de la nación.

Lo que une a Idi Amin con la cultura inglesa es su formación como parte del cuerpo de Los Fusileros Africanos del Rey (KAR, por sus siglas en inglés), donde aprendió las tácticas de guerrilla que lo encumbraron. En 1977 rompe alianzas con el gobierno del Reino Unido, acto que presume como la derrota del Imperio Británico por sus propias manos. Su confrontación con los ingleses aceleró su caída en 1979. Los dioses del pueblo bueno dejaron de sonreírle. Murió exiliado, sin gloria, sin reino, sin Inglaterra. Sin ser rey.

Idi Amin Dada no formó parte de la realeza política británica. Del currículo que ostentaba jamás se borró su papel como fusilero, un nombramiento sofisticado para un súbdito y esclavo más de la corona. Tony Blair y George Bush Jr. no fueron mejores que el africano ante los deseos de ejercer su control geopolítico. Sacrificaron la vida de su gente en Irak, la sangre de su sangre si les otorgamos el título de padres patrióticos, la más alta traición.

De frente a la pandemia el Primer Ministro Británico actual, Boris Johnson, puso en peligro la vida de sus compatriotas por la tozudez de su accionar. Su inmunidad de rebaño lo llevó a estar hospitalizado por padecer covid-19, habría sido absurda su muerte y no por eso menos cómica en su tragedia. El hombre necio aún reniega por no domar a la pandemia bajo sus propios términos, peca de populista cual ignorante que huye de la ciencia; y de esa cepa de mandatarios se desprende Hugo López-Gatell, el afamado subsecretario de Salud mexicano que dejó bajo llave el juramento a Hipócrates para ejercer de tribuno.

Desde el inicio de la pandemia en México, López-Gatell, se ha comportado como una cortesana al servicio del presidente mexicano a quien le endulza el oído frente a la masa. Seamos honestos, las declaraciones del doctor rayan en la zalamería con frases como “el presidente es una fuerza moral, no de contagio”. Al inicio de la pandemia el subsecretario se posicionó como una voz única en el gabinete de Andrés Manuel López Obrador, y su apariencia amigable le ganó seguidores por ser la única figura de la cuarta transformación que simulaba mayor empatía con la gente.

Las primeras mentiras que el doctor fue construyendo iniciaron con su soliloquio acerca de la estrategia del gobierno para contener la pandemia, que hoy intuimos apostó también por la inmunidad de rebaño como Boris Johnson. En marzo mencionaba que desde el mes de enero tenían una estrategia para atender el virus del SARS-CoV-2, lo cual era una falacia ya que los reportajes hechos por el suplemento cultural “Confabulario” acerca de la previsión del gobierno para contar con ventiladores para atender la pandemia (https://bit.ly/2YcrDuQ y https://bit.ly/3g5tZ4E), demostraron que no existió tal estrategia. Además, ni la Secretaría de Salud ni la Secretaría de Economía que dirige la doctora Graciela Márquez Colín, llevaron a cabo acuerdos con las compañías extranjeras en suelo mexicano, que podrían haber ayudado a paliar la pandemia con el suministro de ventiladores, entre otros insumos médicos.

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Radicalismo acrítico en México

De frente a la angustia. Durante las últimas horas hemos observado una marea de procederes radicales y violentos por las desapariciones de los 109 fideicomisos que representan un total aproximado de 68 mil 478 millones de pesos, los cuales incluyen un fondo de apoyo a la cinematografía, además de otros apoyos a la ciencia, por no mencionar los de salud y medioambiente, bases económicas que se perderán en la opacidad de su manejo inmediato. Las conversaciones al respecto, las diatribas y encontronazos entre diputados sobre la tribuna que terminaron a golpes, lo cual se asemeja más a las riñas cotidianas en los tinglados políticos asiáticos que se televisan para el divertimento de todo el orbe. El llanto y los lamentos de artistas e intelectuales también se ha hecho escuchar con justa razón.

Como alguien que ha hecho de la cultura una forma de vida, que ha trabajado desde esa plataforma intelectual a lo largo de casi tres décadas, puedo compartir el profundo desencanto por la muerte de estos fideicomisos porque, si los dimensionamos apenas desde la superficie, fueron ahorros generados a lo largo de más de 30 años. Sin necesidad de ser matemáticos, sabemos que eso implica que a partir de estas fechas necesitaríamos otras tres décadas, si no es que cuatro, para volver a lograr los ahorros existentes, muchos de nosotros no estaremos vivos para ver la recuperación de esos fondos que lo mismo atienden desastres que dan voz y rostro a la cultura, la ciencia, el turismo, la infraestructura y las acciones transversales entre organismos internos del poder que necesitaban de esas bases económicas para no mermar el gasto líquido.

Criticar al Poder en turno se convierte cada día más en una postura de lugares comunes de la cual es difícil escapar y eludirla del todo, pues de manera cotidiana el ejecutivo brinda miles de aristas que atacar y esgrimir para intentar darle coherencia a lo que está ocurriendo en el país. El ejecutivo, ese hombre sobre el estrado, sin duda tiene una capacidad avasalladora para modificar agendas, darte trabajo que te mantenga entretenido sin llegar al fondo de ninguna problemática en sí; el presidente hace las veces de un boxeador mañoso en su estrategia como lo fuera Cassius Clay, sobre todo en su combate contra George Foreman en la batalla denominada The Rumble in the Jungle, en la República del Congo antes conocida como República de Zaire. La estrategia de Clay fue sencilla: agotar al oponente y utilizar su agresión, llamémosla “radicalismo”, sobre el cuadrilátero para vencer a Foreman.

La analogía boxística es ideal para este momento pues medios, periodistas, escritores (que no comentaristas de ocasión en redes sociales, error común de la intelectualidad mexicana), todos estamos entrando en una fatiga mental ocasionada por el gran cúmulo de batallas abiertas en las trincheras cada vez más debilitadas. Sobre el cuadrilátero del país, el pueblo (juez y verdugo) está perdiendo, lo cual se asemeja más a un pronóstico de proporciones psicológicas indeterminado, a una enfermedad del pueblo total. La estrategia desde las esferas del poder, valga la metáfora clínica, apela más a una lobotomía masificada que ata de manos y de pensamiento al pueblo cuya estrategia consiste en curarnos de la enfermedad emocional de ejercer la crítica como debe ser. Gottlieb Burckhardt, António Egas Moniz y Walter Freeman, los padres del procedimiento entre el siglo XIX y XX estarían felices de ver la consolidación de su técnica de amansamiento ejercida sobre el pueblo y a partir de este.

En diversas ocasiones he abordado la nula capacidad crítica que, aunque no la generalizo, por los menos está latente en un alto porcentaje de la población sin importar clases sociales, niveles académicos o intelectuales. Pareciera que, como miembros de este concepto de lo que es México, no estamos preparados para cuestionar, sino que apelamos a partir de nuestra herencia romántica, que se confrontaría a profundidad con la tradición francesa, de ejercer el diálogo y la defensa de los ideales, no con el intelecto sino con el corazón. Por romántico que esto parezca es el diagnóstico que resalto.

A lo largo de más de un siglo, las corrientes marxistas, comunistas e idealistas de la igualdad de clases han predominado en gran parte de la cultura del centro del país. Figuras como Leon Trotsky, en su momento abrazado por intelectuales como Diego Rivera, que intercedió con el presidente Lázaro Cárdenas para que se aceptara su exilio en el país, dotó de un halo imaginario la lucha e igualdad de clases, algo inusitado para un país que se dirigía hacia el modelo de estabilización de la lejana posguerra europea que comenzaba a tomar forma con Cárdenas, pasando por Manuel Ávila Camacho, Miguel Alemán Valdés y Adolfo Ruiz Cortines, mientras que en el mundo se tramaban las revoluciones a mediados del siglo XX, en el árido escenario geopolítico de la Guerra Fría.

La llegada de Andrés Manuel López Obrador a la presidencia de México, por supuesto, ocurre debido a un hartazgo de la población; es la idea del lugar común que todos hemos escuchado en más de una ocasión y es el argumento ideal que se esgrime en las tertulias familiares y en los foros de discusión política. Sin embargo, el arribo del tabasqueño a la presidencia se dio gracias al nulo ejercicio crítico de la población acerca de la figura que se presentaba como la mejor opción. Con esto no apelo ni pretendo ensalzar al resto de los candidatos presidenciales del momento, no obstante, decir que López Obrador era la “opción menos peor”, no nos edifica como cultura.

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Privilegio e ignorancia para el pueblo

I. En los diarios de George Orwell, y en toda su obra si la estudiamos a conciencia luego de abandonar el romanticismo juvenil de Rebelión en la granja y 1984, el autor plantea una idea inmisericorde hacia nuestro proceder que lastimaría a las mejores mentes propagandistas de la generosidad, presentes en éste y todos los pueblos, sobre todo en los artistas, políticos, intelectuales, la sociedad civil et al. “El poder de enfrentarse a hechos (acciones) desagradables”, es una frase retórica en todo su sentido, profunda y devastadora, claro está si somos nosotros los protagonistas-ejecutantes de los “hechos” o “acciones” desagradables que no estaríamos en condiciones de aceptar porque la paja siempre está en el ojo ajeno.

En distintos momentos he abordado el tema de la corrupción eliminando el significado puro que la atañe al crimen, pues es más que eso, y la ligo de manera directa con el instinto primigenio de supervivencia una vez que entendemos nuestro paso por este mundo. Pero ¿qué hay del privilegio? En principio, podemos hacer una apología del privilegio ganado, ese que se obtiene empezando desde abajo, propio de mujeres y hombres que pican piedra, sin romanticismo, y se colocan por encima de las circunstancias adversas en determinado momento, se tragan las humillaciones, forjan carácter y triunfan. 

También están los otros privilegiados, quizá herederos de los ya mencionados, que llegan al mundo con preceptos ingenuos donde el merecer es innato. Estos, en la gran mayoría de los casos, son un tanto miserables pues, al creer que todo les pertenece por su condición dinástica y autoengaño de mérito forjado en solitario, pisotean a otros que luchan como lo hicieron sus padres por lograr la subsistencia; peor aún, no reconocen sus acciones, la disculpa es una palabra desconocida. Se victimizarán para justificar sus procederes continuos y lastimeros ante los de su clase, quienes los exculparán, apelando al discurso del “sentir”, del “vibrar” por encima del “deber”, de la “civilidad” de confrontar su errores. Oh, mediocridad. Oh, cultura.

¿Es corrupción el privilegio? Digamos que es un excelente motor para generar caos en las entrañas del pueblo. Sus significados están entramados de manera sutil y debatible. Unas de las acepciones de la corrupción, según la Real Academia Española, se limita a definirla como “la practica consistente en la utilización de los medios (en provecho y a favor) económicos o de otra índole por parte de los gestores”, mientras que el privilegio es por definición “la ventaja exclusiva o especial que goza alguien por concesión de un superior o no, o por determinada circunstancia propia”. La frontera es tan delgada que las interpretaciones son interminables, por eso mejor acudir a la neutralidad del diccionario.

De los privilegiados, Martin Luther King Jr., comenta que jamás renunciarán voluntariamente a su condición y a ejercer su derecho a sobrevivir a pesar de todos; incurrirán tarde o temprano en actos consecuentes de corrupción. Retomo entonces a Orwell: ¿Acaso estamos preparados para confrontar nuestros procederes desde nuestro privilegio?

No lo estamos porque no creemos ser privilegiados de facto. Es un concepto tan complejo que vivimos de manera grata en una mentira que disculpa el escarnio de nuestro bienestar a costa de los demás. ¿Son nuestros objetivos y deseos más importantes que los sueños del otro, que los privilegios del otro? Es una pregunta válida que debemos hacernos cuando el duende de la corrección política, el activismo, la ejecución artística y empresarial, toque a nuestra puerta y nos pida ser honestos eliminando las bohemias y el lenguaje inclusivo. El privilegio equipara su accionar con una antropofagia social curiosa pues la frase “el hombre es un lobo para el hombre” define de lo que se trata ser humano a pesar de los demás. Pero no debe existir la culpa… ése es el acertijo.

II. Abandonando la postura moral del primer apartado, me interesa ahondar en el juego de las palabras que construyen ídolos, generan privilegios sobre personajes áridos, dan poder a los bufones vueltos mesías. Quienes hayan padecido por las dinámicas de confrontarse con seres mejor posicionados en el mundo, aquellos que hacen del privilegio su carta de presentación y razón de ser, entenderán que el engaño es una de las herramientas fundamentales para eliminar todo rastro aparente del juego de jerarquías desde el privilegio.

Vivimos en un instante de repeticiones históricas, algo que llamo obviedad del pensamiento. No hay hilos nuevos que tirar, nuevas vanguardias o posturas políticas, inclusive el avance tecnológico, aunque notable, ronda las ideas de antaño renombradas. Tan sólo a un siglo de distancia, tomamos como destino una ruta determinada y ya conocida hacia el caos, guerras y armisticios. En Europa, la extrema derecha y el populismo ejercen un poder sutil que se cristaliza a partir del empuje de la clase obrera (de nuevo la clase obrera como herramienta política), que tiene en Marine Le Pen a una posible candidata para vencer a Emmanuel Macron en 2022. No obstante, la lucha interna y familiar por el poder entre Marine y su sobrina Marion Maréchal es trágica, pues la segunda quiere recoger bajo su ala a los huérfanos radicales y racistas que habrían congeniado de mejor manera con el patriarca de la familia, Jean-Marie Le Pen. Privilegios sociales hechos política en juego.

Alemania, país bajo el mando de Angela Merkel, es envidiado por el resto de la Unión Europea por sus sólidas bases industriales y económicas que le permitieron controlar hasta cierto punto la pandemia coronavírica mejor que otros países de la región. No obstante, deben convivir con el movimiento esotérico de ultraderecha Reichsbürger (Ciudadanos del Imperio), que no reconoce la legitimidad y existencia del estado Alemán, además de sentirse víctimas de la Segunda Guerra y reafirmar que sólo enferman de Covid-19 aquellos que no están en armonía con su cuerpo. Por tanto, desean romper con los tratados de paz con Rusia y Estados Unidos, y tienen en Donald Trump una figura de liderazgo, pues su herencia alemana lo valida debido a que el nacionalismo del mandatario, potenciado en su momento por Steve Bannon, es lo que Alemania necesita para lograr la supremacía.

En ambos ejemplos, el privilegio de masa que ostentan los detractores frente a los aparatos del poder es el que les brinda la capacidad para dominar o engañar, según sea el caso, para lograr sus cometidos a pesar del Estado.

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Placebo para el pueblo criminal de México

¿Contra el crimen? Por supuesto. Debemos participar de la idea de poner un alto al crimen y la violencia sin importar su representación, inclusive cultural. Creo que estamos de acuerdo en que nuestros ideales, como piezas móviles del pueblo que habitamos, nos guían de forma expedita y obligada a la desaparición del crimen mediante su combate total, frontal y salvaje (entiendo si mi postura no es popular, pero no me retracto); sin embargo, las “buenas conciencias” combativas, en su cosmopolitismo progresista, se oponen a luchar contra la criminalidad, ejercida por la gente del pueblo, con tácticas agresivas. Después de todo, seguimos a la espera de participar en el escenario internacional dentro del refinado canon del primer mundo y el salvajismo no es bien visto en las tertulias políticas de los derechos humanos. Pero ¿qué crímenes se deben combatir y cómo? En todo caso ¿qué es un crimen? Tarea personal.

Sin entrar en detalles, pues es tema trillado y conocido, a lo largo de la última década se han confrontado hasta el cansancio, con marchas y diatribas intelectuales un tanto oportunistas, la sociedad civil contra la idea de la “Guerra contra el narcotráfico”, conceptos y acción de choque acuñados en 2006 por el gobierno de Felipe Calderón Hinojosa. De esos catorce años posteriores a la declaración de “guerra”, se contabilizan 121 mil 35 muertes violentas durante el mandato de Calderón Hinojosa y 150 mil 992 ejecutados en la presidencia de Enrique Peña Nieto. En la actualidad, bajo el gobierno de Andrés Manuel López Obrador, el conteo de muertes derivadas del crimen rondan las 56 mil 603, según datos del Secretariado Ejecutivo del Sistema Nacional de Seguridad Pública (https://bit.ly/2F1Zssc).

Esa es la realidad del México contemporáneo, a viva voz, aunque la violencia del crimen organizado a lo largo y ancho del país lleva décadas instaurado en la médula de las familias que conforman a la sociedad.

Cuando hablo del oportunismo cultural e intelectual me refiero a que, desde el inicio del mandato de Felipe Calderón Hinojosa, el narcotráfico tomó un auge sin precedentes por su apertura hacia la masa en las entrañas del país. Pronto, desde intelectuales, escritores, poetas, actores, músicos, y otros tantos programas televisivos, cedieron al fenómeno, llamémoslo así, del auge presente de facto de la violencia de México. El narco en su acepción latina de héroe. Se repartieron premios y reconocimientos a escritores y académicos del centro de la nación que hablaban desde el romanticismo en su exposición de una problemática que podía resumirse en todas sus tesis como “el narcotráfico y el crimen (organizado o no) muestra la decadencia del Estado”. Vaya descubrimiento, cuando en los estados del norte y centro occidente del país la problemática enraizada en la realidad de las familias no generaba mayor novedad, con o sin guerra contra el narcotráfico. La violencia y el crimen se convirtieron en productos culturales de consumo masivo y aplaudido.

El oportunismo de las buenas conciencias es un tanto divertido en su exposición. Las marchas, los conciertos, las diatribas de intelectuales que repudiaban las acciones políticas anticrimen de los presidentes, se enfocaban en reprochar la estrategia de choque. En efecto, en retrospectiva, la estrategia no fue la adecuada (aunque hasta la fecha no conozco una sola estrategia efectiva contra el crimen; quizá habría bastado la inteligencia financiera, pero no). Sin embargo, fue una acción desesperada por parte del gobierno por controlar la seguridad de un país, cuyo gobierno sigue desesperado y ahora el pueblo junto con él. A pesar de lo descarnadas que pueden ser las bases intelectuales, así como el resto de la ciudadanía (matizo y no generalizo) estas forman parte del problema de la violencia en el país tal vez de forma ignorante, no obstante activa, y de manera tácita aceptada.

En su “Segundo tratado sobre el gobierno civil”, John Locke explora la idea del crimen como las acciones que violan la ley y desvían de su cauce la norma de la razón, por lo que el hombre, en la medida de su fechoría, causa daño a una persona que es perjudicada por el crimen cometido. Tomando como punto de partida esta disertación de Locke, ¿en qué estadio de la criminalidad se ubican las masas de la sociedad civil, artística e incluso política del país? En semanas anteriores dejé clara la idea, por lo menos para estos ejercicios, del concepto de la Corrupción como un laberinto unívoco que no deberíamos definir sólo a partir del delito, sino que su concepción y arraigo en nuestra casta o cultura inicia con nuestras acciones de supervivencia.

Durante las marchas, mítines masivos en las explanadas a nivel nacional que se daban como protesta contra el despertar intempestivo de la violencia en México por la estrategia Calderón Hinojosa, llamaba mi atención que la misma avanzada artística, intelectual y civil que pedía (y pide hasta la fecha) el cambio de estrategia para luchar contra el crimen forma parte, en su mayoría, de las bases económicas que dan vida al crimen organizado.

Entro al ámbito moral/ético en este sentido: ¿Acaso las drogas, la cocaína, la mariguana, el cristal, los psicotrópicos et. al. utilizados/consumidos en la tertulia bohemia donde se compone y redirecciona el mundo desde el idealismo (democrático, humano, artístico, zapatista, feminista, anárquico), crecen libremente en los árboles de las ciudades que husmean los perros? Más allá del alcohol, toda droga está prohibida en el país. Así pues, ¿a qué juega el pueblo cuando pide la eliminación del crimen organizado, pero sigue manteniendo sus actividades lúdicas, que rayan en la criminalidad y soportan el entramado contra el que protestan? No veo la lógica ni un ápice de verdad… es un terreno pantanoso. En varias ocasiones, al plantear esta idea, la respuesta es: ¿cómo puede afectar a la sociedad que compre un gramo de coca?

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El naufragio de la democracia mexicana

“El radical más revolucionario se convertirá en conservador el día después de la revolución”, declaró Hannah Arendt a The New Yorker en 1972. Hay matices que reflexionar respecto a esta proclamación crítica de la filósofa alemana, catalogada como una de las mejores, a la par de Johann Fichte y Friedrich Shelling. Supongamos que esta meditación breve y devastadora tuvo su raíz en el ascenso rabioso al poder de las ideologías del Partido Nacionalsocialista Obrero Alemán, origen innegable de la barbarie de la Segunda Guerra; supongamos que, a su arribo a Estados Unidos, a principios de 1941, conoció la cultura del país previo a su incursión de lleno en la guerra después del ataque a Pearl Harbor, explosión del nacionalismo estadounidense, que abrió las puertas en la posguerra a la risible caza de brujas de Joseph McCarthy.

Al término de la Segunda Guerra siguieron otras no menos importantes: Corea en el escenario que cedió paso a Vietnam (sin olvidar el conflicto de Indochina), la Revolución cubana y, años más tarde, la ferviente Gran Revolución Cultural Proletaria China desgarradora en el teatro geopolítico, semilla de la potencia mundial moderna. Como toda guerra o movimiento político, la búsqueda de la libertad de la democracia es una moneda ideológica que pone en marcha las maquinarias de la propaganda tan obvias y tibias que el discurso del “cambio” no puede ser más un lema para la manipulación, conquistar votos debería ser tarea ardua para el suplicante que desea acceder al poder absoluto.

Si bien “Los orígenes del totalitarismo”, el prominente libro de Arendt, no aborda ninguno de los conflictos mencionados, sí atiende desde la teoría política aspectos demagógicos que encumbraron a los líderes culpables de los genocidios a manos del nazismo y estalinismo, modelos adelgazados por otras culturas que, como la nuestra en el presente, repiten acciones o idealismos con el cuidado de no ser extremistas. Revisemos los discursos de manipulación actual.

La guerra de Corea resultó en la separación entre el sur y el norte; Vietnam, ese diminuto país selvático, dominó a la potencia de Norte América y no de manera simbólica; la Gran Revolución Cultural Proletaria China eliminó (o casi eliminó) el rastro del capitalismo y de esa cultura milenaria que estuvo relacionada con la explotación del pueblo proletario, lo cual no mejoró con la revolución. ¿Acaso no es China un país capitalista bajo la máscara de una República Popular? Lo es… pero debe decirse con cuidado.

La Revolución cubana, por cierto, a la cual podríamos ligar la Revolución bolivariana de Venezuela de finales del siglo XX, se encargó de hacer del pueblo democrático el mártir por excelencia (que hasta la fecha busca huir del resultado de la revolución misma) y dotar a Latinoamérica de simbolismos que forman parte de la mercadotecnia pura de la “resistencia” en el mundo libre y neoliberal, como por ejemplo los rostros de los valientes Ernesto Guevara, Camilo Cienfuegos y Fidel Castro estampados en camisetas, bolsos y llaveros que pueden encontrar en thechestore.com y redbubble.com, lo cual nos habla de cómo la política y la revolución son espectáculos que cuentan con espectadores leales que desean portar a sus íconos democráticos como marcas sin historia.

De esa Revolución cubana podemos rescatar frases de Fidel Castro renovadas por el movimiento bolivariano de Hugo Chávez y Nicolás Maduro, y exacerbadas por la cuarta transformación de Andrés Manuel López Obrador. Fidel Castro dixit: “Condenarme no importa, la historia me absolverá”, “Dentro de la revolución todo, contra la revolución nada”, “Esta es la revolución socialista y democrática de los humildes, con los humildes y para los humildes”. ¿Acaso no hacen eco estas declaraciones del revolucionario, cuando nuestro presidente lanzó su máxima ‘se está por la transformación o en contra de la transformación? Es trágica esa espiral discursiva.

En el caso de cada uno de estos revolucionarios de campo o escritorio, llegaron al poder con la furia que apunta Hannah Arendt, para desvelar su rostro autoritario a la mañana siguiente de la victoria como actores políticos agobiados por el rumbo de la democracia que ayudaron a hacer valer gracias a su presencia, discurso y aplomo frente a la masa. Ante las primeras demandas del pueblo exigiendo el cumplimiento de las promesas, los capitanes permiten por capricho que el barco naufrague sin posibilidad de salvación, sin que valga la pena achicar y, en medio de la tempestad, los líderes deciden no participar de la democracia por la cual lucharon (según ellos) y culpan al pueblo mismo por reclamar acciones efectivas, pues son críticas directas a la nobleza de sus corazones.

Entre los defectos de la política mesiánica, aquella que posee la fórmula del éxito social, predomina una ilustración malentendida que aplaude a los pilares de la ignorancia para la creación del mundo ideal, donde el pensamiento crítico es enemigo de la democracia misma. La creación perpetua de los enemigos del estado son risibles en su pretendido maquiavelismo y la peligrosidad de la estrategia radica justo en la obviedad de su proceder. Sabemos que cumplen paso a paso con una agenda a la vista de todos y aún así sorprenden, pues resulta increíble el proceder destructivo de sus acciones que no son incoherentes respecto a sus ideales de la creación de un nuevo Estado.

Hannah Arendt dialoga a la perfección con el escritor libanés Amin Maalouf quien, a finales del año pasado con su libro “El naufragio de las civilizaciones”, planteó la existencia de la demagogia y del caos político universal prepandémico. Ahí afirmaba no comprender cómo en este momento histórico, con la revolución tecnológica a partir de Internet, la creación de la Unión Europea y los avances científicos sin precedentes, estamos empantanados en la miseria provocada por los conflictos religiosos convertidos en guerras y los movimientos populistas en todo el orbe. Maalouf advierte que no hemos avanzado, sino que nos aferramos a no buscar del todo la solución a las desgracias humanas que existen y que están por venir. Las guerras no se detendrán, pues el ansia de poder y control es una semilla que nutre a miles de radicales en cada país. Arendt, desde hace más de medio siglo, dio las claves para entender el proceso pedestre por medio del cual se gestan las dictaduras criminales. Maalouf anuncia la debacle política y social para el resto del siglo, problema del cual forma parte nuestro país.

Indignación contra el nuevo régimen

En ocasiones es difícil no criticar. ¿Qué sentido tiene? Utilicemos otra palabra; reflexionemos por qué es tan complicado no reprochar.

La política en su práctica es herencia, casta, industria, estrategia, mentira, retórica, pasión, un redondel de deseos, una nada fina administración del poder irreformable, discurso vacío, estupidez. Al parecer nada bueno, no obstante, nos rige y educa. Durante las últimas semanas, el panorama político y social nacional no ha lucido nada alentador. No vale la pena mencionar la emergencia sanitaria, pues es noticia vieja pero activa y legitimada para su posteridad nacional (Hugo López-Gatell podría objetarlo, sería interesante que nos diera una clase acerca de “comunicación y periodismo”, por qué no, se le da la retórica). Todo lo anterior son obviedades, duele decirlo, un caos perdurable cual naufragio que vuelve nuestra boca salina al escuchar los discursos Ad absurdum del presidente, que no logra fajar su pantalón. Hablar de la violencia que ejerce el crimen organizado no es novedad. En este rubro, millones de mexicanos, de sur a norte, somos analistas expertos sin tecnicismos de seguridad nacional.

Exonerar es un gran vocablo. No lo olvidemos. Tanto en este sexenio como en los anteriores, ha sido el verbo que rige el sistema de justicia del país. Hace apenas unos días, la madre del narcotraficante José Antonio Yépez, mejor conocido como “el Marro”, quedó libre, exonerada, por falta de pruebas en su contra luego de ser detenida por manejar las operaciones financieras del cártel Santa Rosa de Lima. Horas más tarde asesinaron al abogado de la sacrosanta señora. Alguien estaba molesto. Previo a esto, vimos al narcotraficante, hijo pródigo, llorar por su madre mientras amenazaba al gobierno mexicano y agradecía, además, al pueblo bueno que salió en defensa de sus familiares encarcelados. Jamás había visto a un delincuente llorar a cuadro por su progenitora. Lo entendemos, las madres son sagradas; y verlo llorar, clamar justicia, es increíble porque le hablaba a ese pueblo beneficiario del crimen, en mayor o menor medida, que valida sus acciones a pesar de la vida de otros. El delincuente cual mártir.

Más florido y patético fue escuchar el presidente aceptar, en cadena nacional, que dio la orden de liberar a Ovidio Guzmán, en Culiacán, Sinaloa. Mintió cínicamente; algunos se molestarán, pero así lo hizo, bajo el argumento de querer salvar más de doscientas vidas de soldados y civiles gracias a su decisión de Estado… lo cual está en duda. Todo esto remata en un breve video del mandatario diciendo, cual demagogo, que tiene miedo del crimen organizado como cualquier mexicano… sólo que él no es cualquier mexicano… y su gobierno sigue “luchando” contra la violencia al tiempo que Omar García Harfuch se recupera tras el atentado que sufrió en la Ciudad de México… gran escándalo. Aunque pienso, es aún más deprimente saber que nuestro gobernante no cree deberle nada a la sociedad, pues la indignación de la gente no representa ningún conflicto para su mandato, el pueblo ya no es su capital.

Kurt Vonnegut, autor que valdría la pena rescatar del olvido, escribió “Matadero cinco” hace medio siglo. Se trató de un libro que cimbró con su sátira a los veteranos de la Segunda Guerra que veían con horror la espectacularidad trágica de Vietnam. La obra de Vonnegut es bastante divertida en ese caos que aborda el sinsentido bélico, que llama la atención de una raza alienígena del planeta Tralfamadore, la cual se entretiene al ver la capacidad de destrucción de los humanos. No imagino cómo se divertirían hoy. Billy Pilgrim, el joven soldado protagonista de la novela, narra con metáforas psicodélicas su encierro en un matadero luego de ser capturado y sometido por el ejército alemán. Hasta ese momento nada extraño ocurre, sino hasta que los habitantes de Tralfamadore le prestan atención al veterano, a quien adentran en su lógica existencial sin libre albedrío, para convertirlo en animal de zoológico donde lo invitan a procrear con una actriz pornográfica también recluida en el mismo parque-casa habitacional para el entretenimiento de los otros.

La crítica que subyace a la novela alude a la indignación del hombre frente a la guerra, esa lógica existencial tan humana y discursiva que tiene su motor en la destrucción de doctrinas y pueblos. Billy Pilgrim, valga la comparación del Sísifo de Albert Camus, es un personaje destinado a cumplir con su destino sin posibilidad de modificarlo y tiene en los márgenes de esa repetición eterna todo el derecho de indignarse por su condición, la cual debe repetir por el resto de su vida… de nuestra vida.

Indignación. A la par con los sucesos violentos de los últimos días, el tema que es verdaderamente relevante para nuestra realidad política no es otro que los comicios del próximo año, con los cuales se juega el verdadero control del país por lo que resta el sexenio. Es interesante percibir cómo el pueblo en sí no tiene relevancia alguna para dicho procedimiento de elección popular. Siendo justos, el pueblo sólo tiene valor una vez cada sexenio, el resto del tiempo somos agentes sin consideración por demás manipulados, sin voz ni voto. Lo que impacta de este gobierno es que, al menos en los últimos 18 años, es el único que se ha vendido como uno que representa plenamente al pueblo mismo. Estamos de acuerdo en eso, supongo, pero ¿cuál es nuestro papel en este momento en el que una gran fracción del pueblo está inconforme con lo que acontece en el país?

Es sabido que toda gran revolución necesita de mártires que validen las acciones del poder entrante para promover con estas figuras el progreso del proyecto político y social de todo nuevo gobierno; no es ningún descubrimiento. La cuestión es: ¿estamos dispuestos a ser los mártires del cambio de régimen? ¿Acaso el gran número de niños, niñas, mujeres y hombres que viven con cáncer son la materia dispuesta, el sacrificio humano perfecto para el cambio? Por ocioso y reduccionista que sea el planteamiento, no puedo creer que terminar con programas sociales en beneficio de estas poblaciones vulnerables validen el nombre político de un proyecto, de una figura.

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La república amorosa

No pretenda tocarme, señor, aquí no hay nada sino viento. Luego el silencio. Esta es una confesión de dolor, de un amor imposible entre el músico y compositor, ícono de la viola da gamba Monsieur de Sainte-Colombe, y el espectro imaginario de su mujer fallecida que lo visita noche a noche mientras toca su viola e intenta imitar con sus melodías el lamento de los muertos. Esta breve e inolvidable escena es de “Todas las mañanas del mundo”, del novelista francés Pascal Quignard, que después llevó al cine Alain Corneau. Tanto la novela como el filme, son obras maestras que abordan el concepto del amor desde la imposibilidad de poder nombrarlo, apenas sentirlo, hasta la médula. Disculpen mi atrevimiento. La escena más romántica y sensual de la literatura universal la escribió el escritor japonés nacionalizado inglés, Kazuo Ishiguro, en su obra “Lo que queda del día”, que cobra vida gracias al director cinematográfico James Ivory y que reúne al viejo mayordomo de un aristócrata con una ama de llaves que lo descubre en la privacidad de su estudio leyendo novelas amorosas so pretexto de enriquecer su vocabulario. El mayordomo descubierto oculta el libro que la ama de llaves, enamorada del caballero, le arrebata con supra delicadeza mientras sus rostros guardan cinco centímetros de distancia, sin romper las formas. El mayordomo se sonroja, y ella no tiene más que decirle a un hombre descubierto en su fragilidad espiritual.

Vale la pena releer ambas obras y escudriñarlas no únicamente por el discurso que he reducido a propósito del amor (¿acaso negaríamos esa pasión al pie del cadalso?), sino porque en ellas subyace el espíritu del deber y la obligación social que le debe el pueblo al estado monárquico o político y no al revés.

Monsieur de Sainte-Colombe, un hombre descrito como un ermitaño que se dedica a componer sus centenares de piezas, y dar algunas clases y recitales, se ve atacado por un clérigo de la corte de Louis XIV quien, al escuchar acerca del virtuosismo del maestro, lo urge a pertenecer a la corte del rey porque, de lo contrario, su talento mismo no tendrá más valor que el aroma fétido de los peces muertos de los mercados. Ante las declaraciones del abate, Monsieur de Sainte-Colombe monta en ira y lo corre de su casa a empujones. La venganza es sólo una, nunca más vuelve a dar un recital, ni llegan los alumnos a su puerta. El rechazo al poder lo sumerge en la desgracia.

La vida amorosa del mayordomo y el ama de llaves ocurre durante un periodo de coqueteo entre la aristocracia inglesa con la diplomacia prebélica del Fürher en el denominado período Europeo de la Realpolitik, pragmatismo político dicho de otra manera, posterior a la primera guerra mundial. Según la novela, en ese instante, al menos un grupo determinado de la aristocracia inglesa se inclina a participar en la alianza entre Alemania e Inglaterra frente a las naciones europeas, decisión anárquica sucedida por la Segunda Guerra que lleva a la desgracia a los miembros de ese círculo de Lores fariseos de la patria. Una de las escenas aborda a la perfección el retrato de la clase trabajadora respecto a la  política-empresarial. Un aristócrata le lanza al mayordomo una pregunta tras otra acerca de la diplomacia y gobernabilidad, pero éste no responde pues no es de su competencia. El final es magnífico: “¿Cómo podemos dejar que esta gente tome decisiones por el país si no tienen idea de nada?”, cuestiona el burgués para humillar al mayordomo.

Hace unos días, en este mismo espacio, escribí que “ignorar al pueblo mismo es vencerlo, contrarrestar su voz, castrarlo de raíz, aplicando el desprecio como herramienta de sometimiento, porque en este acto de ninguneo anida la esperanza de ser escuchados”. Continúo defendiendo esa tesis, no cederé y me llamó la atención la gran cantidad de agresiones en contra de estas palabras, me divirtió sobre todo pensar ¿dónde quedó la ‘república amorosa’? ¿Acaso no era esa la tesis del libro “Hacia una economía moral”, publicado por nuestro presidente, con la cual pretendía y cito: “cultivar los mejores sentimientos y actitudes con nuestros semejantes […] regenerar la vida pública de México, mediante una nueva forma de hacer política”?.

Apelando a las palabras de Lee McIntyre, soy honrado en mis análisis, pero no puedo prometer ser ecuánime sobre todo cuando, como individuo del pueblo, percibo los errores que se cometen en aras del bienestar y progreso ficticio de los proyectos del actual gobierno que, aclaro, me incomoda en sus prácticas de la misma forma en que otros lo hicieron. Estoy convencido de que le damos demasiada importancia al presidente, yo el primero. Sería mejor fiscalizar a los miembros de las cámaras que, al igual que el primer mandatario, están más preocupados por las elecciones del 2021 clamando un fraude electoral precoz (cinceladas en la mente del votante ingenuo), que por la pandemia, la crisis económica y el aumento de la violencia. ¿Con qué objetivo gobiernan pues, si los problemas inmediatos no convocan su atención? La posibilidad de la permanencia en la curul es tal que ciega a las bestias políticas, los torna salvajes y en su peregrinar lo avasallan todo: la paz, la unidad y el bienestar de la gente de a pie. El poder absoluto degenera y ensordece. Nuestro pueblo es a los ojos de los líderes en turno lo mismo que el mayordomo de Ishiguro al aristócrata inglés: tan sólo la masa estúpida, peor aún: estadística pura sin necesidades.

¿Dónde quedó la ‘república amorosa’? No existe. Es un concepto mal fraguado, tibio y, por tanto, apto para vomitarse, según el Apocalipsis. La república está perdida entre chismes, dimes y diretes; perdida entre defensas de la primera dama que no existe, pero cuya presencia es férrea entre la sonrisa amable y digital; extraviada en riñas con personajes de las redes sociales que dan batalla; en la victimización y revictimización del mandatario, que no atiende a la regla aprendida en el jardín de niños: ’sin llorar’; en la negación de los problemas que atañen a cada uno de los poderes del Estado; en la muerte a cuestas de infinidad ciudadanos por los recortes presupuestarios a la salud; en la destrucción del aparato cultural, un despropósito en sí mismo, pues hoy la Secretaría de Cultura cumple con tareas de bienestar y no de la defensa de las Bellas Artes; en la aniquilación de las instituciones autónomas, pero impertinentes para el cambio obligado, el INE bajo fuego; está en la negación misma de la anarquía de la república sustentada en un caos autogenerado y proverbial.

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Del fanatismo al amor por la patria morena

El título de la obra de Cormac McCarthy, “No Country for Old Men”, fue traducido por Luis Murillo Fort como “No es país para viejos”, aunque me parece que debió ser “No es tierra para viejos”, ya que la obra misma, a través de la voz de Ed Tom Bell, alguacil al borde de la jubilación y personaje clave de la obra, reflexiona acerca de cómo la violencia que existe en esa región apartada del paraíso cristiano habría sido inimaginable para los viejos alguaciles de inicios del siglo XX. Esos que no llegaron a desenfundar su revólver cuando ejercieron como representantes de la Ley, en el agreste rincón infernal fronterizo dominado por el narcotráfico de finales de los años setenta.

La novela de McCarthy reflexiona acerca del “deber” en sus múltiples facetas. El deber criminal, de justicia y supervivencia. La acción de la obra se detona cuando el veterano de Vietnam, Llewelyn Moss, recupera un maletín con dinero de una negociación fallida entre mafiosos texanos y coahuilenses. La situación se complica cuando entra en escena el sicario Anton Chigurh, que tiene como deber recuperar el maletín a expensas de la vida de quienes interfieran con su objetivo, sin odio y sin revanchismo… tan sólo cumple con la tarea de recuperar un maletín. Podríamos aseverar que es un criminal equilibrado, el punto medio entre el bien y el mal que, por supuesto, ama el combate. Al verse frente a la muerte, en más de una ocasión las víctimas de la novela declaran: “no tienes que hacer esto”, para luego ser abatidas, pues no debe quedar rastro de los involucrados en la tragedia.

Conforme avanzan los meses, entre pandemia, criminalidad, ocaso económico, confrontaciones geopolíticas entre el agonizante Estados Unidos y la resentida China, y el resurgir de los grupos neonazis dentro del ejército alemán con el sueño de hacer realidad el “Día X”, las propuestas de nuestro gobierno, se tornan absurdas al grado de someternos por medio del discurso oficialista a la condena de vivir adentrados en tramas infantiles, sin reglas éticas ni morales, donde todo puede suceder.

Hemos comenzado a perder el sentido del humor por una urgencia apocalíptica que nos obliga a cuestionarnos: ¿Qué pasará el próximo año? Si bien la caída económica está presente, no será sino hasta el 2021 cuando tocaremos fondo, quizá. No obstante, el subgobernador de Banxico, Gerardo Esquivel (de las pocas voces a veces coherentes dentro del actual gobierno), pide al pueblo tener paciencia pues no estamos tan mal. Nos hundiremos, sí, pero saldremos a flote hacia el 2022 cuando se logrará recobrar la estabilidad previa a la pandemia, lo cual tampoco es un logos económico para presumir. Vamos todos en un mismo barco hacia el desierto marino, donde cada navegante canibaliza lo que puede.

Conforme pasan los meses, aparecen y desaparecen voces de la resistencia del gobierno actual como Hernán Gómez Bruera, apologista caído de la gracia del poder de forma intempestiva, que desde la barrera admira a Gibrán Ramírez. Otros, como Katu Arkonada, el más articulado (o combativo) en su defensa de la izquierda viciada; Abraham Mendieta, el gesticulador político; Estefanía Veloz y Andrea Chávez, las jóvenes feministas de la izquierda; entre otras figuras de bajo perfil, se empoderan en sus reuniones a lo largo y ancho del país preparando sus bases o cuadros políticos al grito de “Calderón a prisión”, una nada brillante estrategia de confrontación política que es posible gracias al trabajo de Gonzalo López Beltrán, hijo del presidente encargado, cual guerrillero ideológico, de crear durante la campaña electoral de 2018 una red excepcional de operadores en cada estado de la república que hoy rinde sus frutos y sus fallas. López Beltrán es el abogado del diablo al que pocos temen, pero no hay que perderlo de vista.

Entre las frases aprendidas a lo largo de los años hay una atribuida a Vladimir Ilich Lenin que tiene bastante sentido en este momento histórico: “Los extremos se tocan”, razonamiento del soviético que parte de una lectura apasionada de la obra del alemán Georg Wilhelm Friedrich Hegel. En sus “Cuadernos filosóficos”, Lenin reflexiona acerca de la dialéctica (tesis, antítesis, síntesis) de Hegel argumentando que, una vez cumplidos los pasos del movimiento dialéctico, se retorna a un origen primigenio de las ideas que se contraponen entre sí para generar conocimiento verdadero, según el contexto. Esto es, cuando las ideas, o ideologías (como, por ejemplo, la extrema derecha y la izquierda radical) se encuentran, en ambas hay rasgos que se identifican y al mismo tiempo se repelen para crear revoluciones o cambios desmedidos. El planteamiento es genial, sobre todo cuando escuchamos una y otra vez la frase del ejecutivo “no somos iguales”, que, si los personajes antes mencionados lo entienden, sabrán pues que forman parte del mismo problema que combaten desde su trinchera a gritos incoherentes.

Steve Bannon, uno de los grandes estrategas políticos de la extrema derecha estadounidense, fue una de las mentes detrás del empoderamiento de Donald Trump desde la publicación periódica de Breitbart News. Bannon es un defensor del nacionalismo extremo que culpa a la economía de llevar a la quiebra moral a todos los pueblos del mundo y que apuesta por el aislacionismo y un control marcial de los gobiernos sobre los pueblos. Durante el brevísimo tiempo de gloria de Trump, Breitbart News tuvo el apoyo de otra celebridad del mundo virtual de nombre Milo Yiannopoulos, un apuesto hombre blanco homosexual de la ultraderecha que impulsaba la agenda joven y daba voz al movimiento neonazi en Estados Unidos.

Mientras que Bannon pasó de dar conferencias magistrales a formar parte del gabinete de Trump para luego renunciar, cansado del lirismo de Trump, Yiannopoulos pasó de ser un enfant terrible de la política estadounidense que lanzaba consignas contra los gobiernos demócratas en plazas públicas y universidades, a ser un apestado por sus declaraciones pedófilas, lo cual acabó con su brillante carrera al no entender los límites del pueblo mismo. Bannon se mantiene activo promoviendo su agenda nacionalista en Europa, mientras que el joven rebelde Yiannopoulos se lamenta en redes sociales por la nula repercusión de sus ideas en la cultura que lo ensalzó hace apenas cuatro años. Y aunque ambos fueron encumbrados por el periodismo, son acérrimos enemigos de la prensa crítica hacia el extremismo ideológico contrario a su juego discursivo.

De regreso a “No Country for Old Men”, en específico a los personajes Anton Chigurh y Llewelyn Moss, ambos son el retrato de la naturaleza del pueblo que vale la pena analizar. Moss, es un tipo común y corriente que vive en una casa rodante y que, al ver la oportunidad de hacerse del dinero que yace al lado de cuerpos en descomposición, no duda en tomarlo por el bienestar que le otorgará. A éste, la guerra no le hizo justicia y debe buscar todas las posibilidades infinitas para subsistir. Chigurh no entiende romanticismos, es coherente con su objetivo y deber: recuperar el dinero y asesinar a quien lo tenga. Su lid pragmática es honorable. Ni uno ni otro polemiza para hacer de su condición un martirio, accionan y con esa tarea nos permiten comprender los motivos que impulsan la progresión de ambos en la historia. No hay mentiras, orgullos malentendidos, ni deseos ocultos, sino objetivos que te permiten validar las trayectorias de ambos sin paternalismos. Bell, el alguacil, es la conciencia que nos invita a reflexionar cómo las pasiones humanas lo destruyen todo… y en la política aún más.

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La transformación moralmente sadista

“Marat/Sade”, de Peter Weiss, es una obra fundamental de la literatura dramática de la segunda mitad del siglo XX que hace una crítica a la revolución francesa ataviada por el sentimiento humanista e ilustrado de fin del siglo XVIII, a través de la mirada ficticia del político Jean-Paul Marat, desde el punto de vista también artificial de Donatien Alphonse François, conocido como el Marqués de Sade, durante su estancia en el manicomio de Charenton. La pieza en sí misma es una meditación político-filosófica que, desde el escarnio, aborda la muerte de Marat por sus convicciones que entorpecen los deseos de otros políticos de su tiempo. Para lograr una meditación plena de la vida de Marat, Weiss recurre a la figura del Marqués de Sade y critica desde el absurdo los ideales del galo que no entendió, como lo hizo el autor alemán a través de Sade, que la política revolucionaria es parecida al acto de copular.

Así la representación Sade: escribe desde el manicomio la vida y obra de Marat que será representada por los enfermos mentales… el pueblo.

Marat (un loco), desilusionado del rumbo político de Francia y de sus líderes, lanza una diatriba espectacular en la representación teatral con la cual Sade narra la vida y obra del revolucionario que anuncia cómo se engaña al pueblo después de haber triunfado sobre éste: “no se dejen engañar; se les dirá que todo está bien aunque sea mentira; que no existe la pobreza, porque está bien oculta; se les hará creer en la ilusión del bienestar y la equidad, aunque esos mismos que los engañan poseen más que ustedes, y a sus costillas… no son sus pares. No se dejen embaucar cuando les den una palmada paternalista en el hombro y les hagan creer que no vale la pena hablar más de inequidades e injusticias y que, por tanto, deben dejar de luchar. Si ustedes les creen, ellos los habrán dominado por completo y los gobernarán desde sus casas lujosas y sus bancos de granito desde donde roban aún más, bajo el supuesto de dar libertad al pueblo. Así que tengan cuidado, porque cuando se cansen de ustedes, los harán pelear para distraerlos”.

Más tarde, Marat narra con desprecio cómo los políticos no pueden dejar de hablar del pasado, pues en eso radica su poder de manipulación. Se aferran a los errores, a las mansiones, a las riquezas y a todo aquello que puedan manipular frente a la mirada del pueblo para ganar su confianza. En ese justo instante interviene Sade en la representación de la obra y declara, cual bestia sin tacto, que Marat, al igual que el resto de los enfermos del manicomio, el pueblo ficticio y querido fue, es y será fornicado por la revolución que apoyaron.

El primero de septiembre de 2019, durante su “tercer” informe de gobierno, Andrés Manuel López Obrador declaró que los conservadores opositores estaban moralmente derrotados, y celebró la inexistencia de un bloque reaccionario con verdadera fuerza opositora. Hasta el momento se trata de una declaración divertida, por decir lo menos, y en efecto no hay oposición, por ahora no se vislumbra, lo cual es deprimente. ¿Qué es estar moralmente derrotados? Si nos detenemos a analizarlo desde la convicción religiosa del señor presidente donde sólo hay dos estados de la materia espiritual humana: lo bueno y lo malo, podríamos decir que los “malos” partidos y políticos perdieron, ante el poder iluminado de la transformación verdadera, toda oportunidad de luchar desde la virtud, y por tanto deberán pagar sus pecados de soberbia siendo repudiados por el pueblo. Se entiende perfectamente.

Desde esas declaraciones del presidente hace diez meses, el panorama nacional ha cambiado bastante. El hombre sereno que gobierna de blanco ha perdido la paciencia sobre todo al ser cuestionado en cada una de sus decisiones. La pandemia redujo al mandatario a un ser aparentemente inocuo con bastante poder (preocupante) y que tiene entre sus únicos logros una visita a la Casa Blanca con Donald Trump. Se trató de una reunión magnífica, pero simbólica, en la que nuestro presidente se comportó como un hombre inmoral y sin virtudes, lo cual lo convierte en un peligro. Si bien no dijo barbaridades, pues tampoco se le abrió el micrófono, ni se tomaron decisiones a la luz pública que valiera la pena reportar porque todo se hizo bajo la sombra, vimos en López Obrador a un individuo sin escrúpulos capaz de convertirse en el césped de las bestias. Vaya, nada que ver con el hombre bragado que inclusive escribió un libro para hacer frente al presidente estadounidense. A su regreso a México, adoptó de nuevo esa postura soberbia y triunfalista que sólo su séquito aplaude para no perder el fuero, como nuestro subsecretario de Salud, Hugo López-Gatell, otro inmoral. El único logro de ese viaje fue ver a López Obrador con cubrebocas.

La revolución que López Obrador se inventó se asemeja mucho a la visión sadista de Peter Weiss y sus personajes icónicos del siglo XVIII, lo cual es patético por ser cierto. Del monólogo de Marat acerca de la polarización, resultan impresionantes las certezas del discurso, pues la división del país preocupa y divierte a la vez, mientras vemos cómo el fanatismo aumenta a medida que incrementan las estupideces que se pronuncian desde Palacio Nacional. Hoy mismo, al tiempo que escribo estas palabras, el presidente declara que en México ya no existen las masacres, la tortura, la corrupción, entre otros tantos mantras matinales que tienen como objetivo quitar el foco a los problemas adornándolos con palabrejas… De nuevo Marat…

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Libertad condicionada

Philip Roth… Leí “El teatro de Sabbath” por su portada, no me apena decirlo. El marinero-demonio que seduce a la chica-prostituta en la litografía de Otto Dix de 1926, que identifica a la primera edición en español de 1995, favoreció mi providencial encuentro con el autor. La vida del titiritero pervertido Mickey Sabbath, protagonista de la novela, es la metáfora palpitante del sexo, del descaro, como motor de la decadencia licenciosa que confronta a la muerte sin aceptarla no por temor sino por desprecio. Las pasiones e instintos de Sabbath, el manipulador que atormenta a su familia y seres queridos, que se masturba sobre la tumba de su amante, nos alecciona desde la literatura, para reclamar la libertad absoluta de la que huimos por temor a ser juzgados.

Roth cimbró las buenas conciencias judeocristianas estadounidenses de fin de siglo que aún imploran a Dios, como el ex presidente de Estados Unidos George Bush Jr., en plena guerra contra el terrorismo a inicios del siglo XXI, para que éste tome las decisiones atinadas cediéndole el honor de nuestras glorias y desgracias, exculpándonos.

Si bien la novela me hizo valorar el suicido en la vejez, poniéndome en los zapatos de Mickey Sabbath, reconocí el valor conceptual de la Libertad; eliminar los atavíos culposos de las enseñanzas religiosas que rigen mis culpas, y las de otros, sin permitirme romper las reglas más comunes. Un problema existencial, sin duda. Con “El teatro de Sabbath”, Roth desnuda el espíritu humano que no se sirve del semblante tespiano; sin embargo, con “Pastoral Americano” (1997), asesta un golpe a la maquinaria impecable estadounidense que erige sociedades sobre pilares ilusorios, mas disfrutables.

La trama de Pastoral es sencilla: Seymour Irving Levov es un ciudadano casado con una mujer bellísima, padre de una hija pequeña, dueño de una fábrica y vive sin preocupaciones. Pronto su hija crecerá y, en el contexto de la Guerra de Vietnam y las revueltas sociales de 1968, ésta hace estallar explosivos en diferentes lugares de Nueva Jersey, asesinando a una persona. Al poco tiempo, Seymour descubre que su mujer lo engaña, que su hija ya adulta vive como indigente por decisión propia. Esta revelación echa abajo el mundo conservador del hombre exitoso que hasta ese momento se cuestiona acerca de su vida y los parámetros sociales que siempre respetó, sobre los cuales cimentó su éxito y su paz alejado de las revueltas del mundo que lo rodeaba.

Tanto Mickey Sabbath como Seymour Irving Levov naufragan en las aguas de la realidad sin ilusiones sociales, dejando en el olvido los espejismos, confrontando verdades absolutas: la Libertad, entonces, es juez y verdugo que castra a su víctima y hace de ella una bestia en campo raso, inmóvil y temerosa, ante las infinitas posibilidades de andar sin miramientos por cualquier sendero.

Hace un par de semanas, Ricardo Salinas Pliego, presidente de Grupo Salinas, lanzó una serie de propuestas para que los mexicanos, sobre todo sus empleados, salieran a las calles a retomar su libertad en medio de la pandemia. Antes que él, Elon Musk, el creador de Space X y PayPal, llamaba al gobierno de Estados Unidos y a sus ciudadanos a dejar los miedos, a recobrar su libertad para reactivar la economía. Por supuesto, Donald Trump accede y comparte la visión de Musk, la tragedia está consumada; y Andrés Manuel López Obrador, guardando toda proporción, comparte y obedece a los ideales de su aliado Salinas Pliego, y hace un llamado tajante a retomar nuestra libertad, a disfrutar de la naturaleza… frases que poco o nada tienen que ver con una verdadera postura ante la pandemia.

En el caso de los empresarios, quedan claras sus estrategias económicas. Siendo honestos y olvidando nuestros idealismos, no podemos culparlos aunque señalemos con oprobio sus declaraciones cuando a la fecha han muerto 123 mil personas en Estados Unidos y 23,377 en México como consecuencia del Covid-19. Llama mi atención la postura tanto de Trump como de Obrador, sobre todo cuando ambas figuras enfrentan comicios clave: el estadounidense se juega la reelección y el mexicano su poder en 2021. La desesperación por mantener el control absolutista los corrompe al grado de olvidar las obligaciones inmediatas de todo gobernante que, en el caso de ambos, no tienen más que ofrecer a sus gobernados, sino indignación. Ni hablar de los comparsas partidistas de cada figura, para ellos el mundo es completamente azul previo al cielo gris del “Rey Burgués”, de Rubén Darío.

Del discurso del par político-empresarial rescato la necesidad de mencionar la Libertad, recobrarla, vivirla, hacerla nuestra de nuevo. Ante tales declaraciones, descubrí que no supe cuándo la perdí y ahora que la recobro debo ejercerla, lo cual resulta complejo porque los discursos de éstos, que no narrativas, nos hablan de una Libertad que, así como la Verdad, está subordinada a la realidad política y vulgar moderna, sea cual sea la regla de uso.

Considero que estamos en un momento enrarecido en el cual la frase imperativa es que: debemos estar del lado correcto de la historia. Confieso que al nombrarlo como “lado”, me pierdo en la terminología y no sé cuál es; y tampoco sé si realmente quiero formar parte de eso, por lo menos de manera consciente. Es interesante descubrir cómo el orden natural de las cosas, de los discursos, se va modificando gracias a una suerte de revisionismo que todo lo reordena y somete al escrutinio público, pasado por el tamiz del estadio digital que pronto toma protagonismo en el mundo real convertido en normas políticamente aceptadas que someten a la libertad, no conceptual sino práctica. Con este revisionismo se anulan las posibilidades de polemizar acerca de un tema debido a que toda palabra fuera de la norma infiere error.

Hace unos días escuché un debate acerca del racismo y su relación con la comedia, o su mala aplicación en esta. El argumento que utilizó uno de los participantes, que también es actor, fue el siguiente: “Debemos hacer comedia desde otro lado” y continuó explicando el profundo racismo y clasismo que existe en el país. Todas eran verdades absolutas. Aunque el argumento de “solucionar las cosas desde otro lado” es vacío y no significa nada, entre celebridades y gente del espectáculo que opina, es la herramienta ideal de escape que les brinda la libertad de expresión. Está al nivel del “yo no sé, pero algo debe hacerse”. Si no sabes nombrar lo que propones, no tienes idea de lo que defiendes, y hay que tener cuidado porque entonces el esfuerzo por denunciar es vano.

“Gentleman”, la última película del director inglés Guy Ritchie, tiene un momento que define perfectamente esa comedia “desde el otro lado”, o que al menos yo interpreto así. Un gitano le dice a un negro: “Oye, negro estúpido, ponte a entrenar”. El negro contesta, “me estás diciendo ‘negro estúpido’, no puedes hacer eso porque es racista”. Un tercer personaje con autoridad reafirma: “No, esos son los hechos, eres negro y eres estúpido, además, no se refiere a la raza negra, sino a ti y, si no me equivoco, te lo dice desde la relación amistosa que ambos tienen. Así que podrías llamarlo ‘gitano idiota’”. Definir y explicar el contexto desde dónde surge el chiste ayuda a eliminar toda polémica desde la inteligencia. Cosa que no ocurre con la gran mayoría de temas que la horda intenta desaparecer del imaginario por el nulo reconocimiento de contextos discursivos. Reparo en este ejemplo porque es ideal desde la cultura pop para abordar cómo funciona tanto la libertad de expresión como la verdad que pudo haberse manipulado desde el inicio.

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Las estampas del teatro de la violencia

“Los bosnios”, de Velibor Čolić, es una novela corta que materializa sin poesía un breviario de miseria humana. Las escenas que refiere la obra engloban la historia trágica de la última Guerra de los Balcanes también conocida como las Guerras Yugoslavas o la Tercera Guerra de los Balcanes, estampas irreales de una violencia extrema que no respeta edades ni sexos. El conflicto que desencadenó la confrontación en 1991 inició con el recelo étnico de castas, aunado al choque religioso entre musulmanes y cristianos, en Bosnia y Serbia, aunque fue una pugna por conquista territorial, con Kosovo como foco del problema centenario. Supongo que Peter Handke, el ganador del Nobel de Literatura, tenía claro el conflicto cuando decidió apoyar al presidente serbio Slobodan Milošević, un acción que le ganó el repudio de la gente.

Entre las múltiples escenas de dolor que surgen de la realidad, apunto tres que concretan el universo de Čolić: la muerte de un jorobado por empalamiento para enderezarle la columna vertebral; el asesinato de una niña que yace boca abajo violada-desnuda, dentro de una revolvedora de cemento; y el relato de un tipo que se balancea en un columpio jugando con la puntería del francotirador enemigo. Las anécdotas del autor nos confrontan con un mundo violento, tanto, que huimos de sus palabras irreales. Al leer la historia de estos pueblos entendemos que las disputas ideológicas son fundamentales del ethos eslavo. Lo que nos muestra Čolić es un reducto del salvajismo que inconscientemente romantizamos pues el caos marcial europeo tiene estirpe.

Durante el mismo año del conflicto balcánico, la prensa internacional transmitió un video en el que se apreciaba la golpiza que la policía de Los Ángeles, California, en Estados Unidos, le propinó a Rodney King, un conductor negro de ese condado. Posteriormente, en 1992, cuando los policías que agredieron a King fueron sentenciados con penas mínimas y exonerados, iniciaron los disturbios de la comunidad negra que desaprobaba y despreciaba el veredicto de la corte. Los tumultos se tornaron agresivos porque revivieron las disputas racistas de los núcleos asiáticos contra la población negra, que le prendía fuego a los negocios orientales y golpeaban a cuanto blanco encontraran en su camino.

Hay un instante que quedó grabado en video para la posteridad. Mientras un hombre negro permanecía en medio del caos con un auto incendiándose a sus espaldas, daba instrucciones comunitarias sencillas: “jodan a los asiáticos, no a los mexicanos, ni a los latinos”. En efecto la turba destruyó en su mayoría negocios orientales respetando los Taco shops de la zona. Esto tiene su relevancia porque, por nimio que parezca, ambas comunidades durante décadas asumieron con entereza, mas no con estoicismo, la violencia ejercida en su contra por su condición de minoría en Estados Unidos, cumpliendo el obligado sueño americano en la tierra de la libertad. Hoy se vive otro punto de quiebre histórico con la muerte de George Floyd a manos, una vez más, de un policía con entrenamiento marcial.

Meditemos sobre ambas comunidades. Los núcleos latinos, en este caso los mexicanos, han jugado un rol fundamental en la economía estadounidense como mano de obra barata, vaya revelación, que ha luchado por lograr la permanencia y protagonismo en la vida política, social y cultural de Estados Unidos. No olvidemos que los mexicanos formamos parte de la historia de ese país, esa tierra nos fue propia, detalle a considerar, no olvidemos el siglo XIX. Pero la nuestra es una cultura maniatada en esa tierra ahora sajona, ya que no se nos debe nada.

A decir de las comunidades negras, estas continuarán relegadas porque llevan a cuestas el estigma de la esclavitud. Son hombres y mujeres extranjeros, sin tierra firme, que caminan sobre islas minúsculas que apenas ganaron al lograr su libertad en siglo XIX, y apoyados por su Movimiento por los derechos civiles en la década de 1960. Reconozcamos que Martin Luther King generó una revolución para que su raza buscara el protagonismo intelectual a partir de su doctrina cristiana-protestante, mientras que César Chávez concibió un cambio que estructuró al pueblo mexicano en Estados Unidos, pero su movimiento católico fracasó. La diferencia estuvo en la interpretación de la doctrina: en una se lee la biblia, en la otra te la recitan.

Negros y latinos comparten el estigma de la raza. Ambos luchan por conquistar espacios, por derribar mitos; sin embargo, allá el mexicano no asciende al poder, digamos a la presidencia, porque es un campesino por tradición que cobra por piscar en los solares, no hay culpa del patrón. La raza negra se hizo de la presidencia, les fue permitido para limpiar las blancas conciencias, pero eso no les garantiza derecho de piso.

Mientras la Guerra de los Balcanes estallaba y la ciudad de Los Ángeles ardía, en Tijuana la generación de los narcojuniors, hijos de familias adineradas, dominaban el trasiego de la droga en la frontera norte. Tijuana era una ciudad nada ajena al crimen, pero pacífica, donde se convivía con el narcotráfico sin mayor problema, volverlo más exótico es demagogia. La ruptura de los pactos de palabra de las viejas guardias del narco que se dieron con los nuevos protagonistas como la familia Arellano Félix, patrocinadora de los narcojuniors, según lo documentó Jesús Blancornelas, director del semanario Zeta editado en Tijuana, fue la antesala de este periodo de violencia en el país, que posicionó al narco como una entelequia de gobierno alterno que explora otras vías de la democracia y la religión.

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Fantasías para fanáticos necesitados

Cuando leí por primera vez “Fahrenheit 451” de Ray Bradbury cuestioné el valor no de los libros sino de la palabra escrita hecha literatura y memoria. Estaba en el proceso de generar mis primeras verdades acerca del funcionamiento del mundo y cómo se ejercía la manipulación sobre la masa. No era complejo hacer los paralelismos entre la dictadura marcial alemana y la quema de libros en la década de 1930, con las iniciativas de censura de las artes y la literatura del senador estadounidense Joseph McCarthy entre 1950 y 1956. Para el político, el conocimiento no validado por gobierno, era subversivo y no representaba los ideales del Estado. Situación curiosa que define nuestra realidad a la perfección.

En esa etapa de descubrimiento literario ninguna obra me inquietó tanto como “La tercera expedición”, un relato fantástico publicado en 1948 como “Mars is Heaven”, que forma parte de “Las crónicas marcianas”, publicación editada en 1950 y escrita también por Bradbury. Me cautivó el maquiavelismo de los marcianos que manipulaban el pensamiento y las ideas de los humanos que arribaron a Marte en búsqueda de una nueva frontera por conquistar. La trama es sencilla: los humanos aterrizan su cohete, bajan de la nave, descubren en la superficie un pueblo estadounidense típico de la época habitado por amigos, viejos amores, familiares y conocidos lo cual emociona a los viajeros interplanetarios que piensan haber descubierto el paraíso fuera de la tierra, olvidando a Dios. Pero una vez que los humanos bajan la guardia y duermen, después de disfrutar la mentira, por las palabras, que les fue proyectada para su divertimento, mueren asesinados a mano de los marcianos.

Declaraba Ray Bradbury que “Las crónicas marcianas” no era una obra de ciencia ficción sino de fantasía, una representación de lo irreal; por eso mismo permanecerían como un mito griego, por tanto trágico, en el tiempo. La ciencia ficción, por contraparte, es una representación de la realidad que nos alcanza sin darnos tregua. Es un género literario ideal para presentarnos de frente el historial de errores que cometemos sin eliminar la estupidez de nuestra espiral existencial.

Con la relectura interpreto “La tercera expedición” como un tratado breve de la ingenuidad y la mentira. La ingenuidad presume inocencia y es un detonante eventual que la memoria termina por dejar en el pasado. No obstante la mentira, como forma de la verdad, es una de las grandes herramientas conceptuales con las que cuenta el ser humano. Es perfecta en su ritmo, cual serpiente cristiana todo lo manipula, es un bien preciado al que ninguna sociedad o individuo renuncia porque le da sentido de pertenencia. Nos permite sustituir la realidad sin tecnología digital y brinda felicidad u oprobio a través del lenguaje y sus palabras, lo cual es profundamente espiritual.

Durante siglos el lenguaje y su letanía se ha estudiado con la seriedad propia del problema, para comprender que cada siglo renueva las teorías filosóficas y literarias en torno a las palabras, lo que nombran y sus límites. Desde la disciplina matemática que habla del lenguaje como una ecuación más de la lógica, hasta la postura metafísica que insinúa que todo lo que nombra una palabra existe, nos ayuda a comprender que por medio de las palabras estamos atrapados en una prisión que nos ciñe al contexto de la realidad. Por eso hay quienes guardan silencio, para eliminar el probable destino al que lo lleven sus vociferaciones. Aunque la pasión por pronunciar los vocablos es tal que termina por condenar al héroe… en términos clásicos es su error trágico.

¿Cómo podemos escapar a la trampa del lenguaje, a la mentira discrecional de la época y los actores que la proclaman para generar realidades extraordinarias pero falsas? La pregunta es pertinente porque la respuesta sugiere un continuo progreso idealista, como si de un juego de naipes se tratara, que baraja conceptos como: bienestar, justicia e igualdad, entre otros, que no logran consumar el deseo general de la sociedad que busca el bien común, pero que siempre están en un juego sinfín. Si los ideales se consumaran la mentira social no tendría razón para existir. El juego político radica perversamente en instaurar la ilusión del progreso duradero, aunque inmóvil, creando espejismos y empatías ciudadanas.

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Ilusiones para un mundo salvajemente feliz

Yo soy Espartaco. No, yo soy Espartaco”. Con estos lances en medio del ensangrentado campo de batalla, el arruinado ejército de esclavos fortalece su hermandad con bravura a viva voz, para defender al líder de la rebelión que los llevó a la libertad momentánea, previo a su crucifixión a mano del confundido ejército romano. Espartaco, el gladiador y símbolo de la libertad combativa al que hago referencia, personaje emblemático del cine mundial, es creación de Stanley Kubrick, ideado por el guionista y perseguido político Dalton Trumbo, quien tomó la novela homónima del comunista Howard Fast para exaltar los valores de la libertad a través de la vida y muerte del gladiador tracio.

Trumbo y Fast fueron enemigos comunes del pueblo estadounidense en la primera mitad del siglo XX, por formar parte del Partido Comunista, un pecado capital inimaginable y, a decir verdad, anti natura para el ethos de ese pueblo de oferta y demanda que entendía bien el Comité de Actividades Antiamericanas de la Cámara de Representantes del Congreso de los Estados Unidos. ¿Cómo podía un ciudadano del mundo libre apelar al yugo del comunismo? Las utopías eran válidas, inclusive en el seno del capitalismo, pero como símbolos exóticos. Fue también en ese contexto histórico que cobró más fuerza el Capitán América (Steve Rogers), el súper soldado y enemigo de la amenaza roja (Red Skull), descifrado como una bandera humana y viril por J.M. Coetzee en sus ensayos, figura de la justicia a partir de la guerra, siempre justificada.

“Espartaco”, la novela, fue escrita en prisión durante el tiempo que Howard Fast estuvo recluido purgando condena debido a que su nombre figuraba en la lista negra de la cultura americana, junto con Lillian Hellman, Langston Hughes y Orson Welles, entre otros, que controlaba el comité que allanaba el paso para la exitosa caza de brujas de Joseph McCarthy. La cultura era un enemigo a vencer, la escritura no necesitaba más que polvo para sembrar el caos. La apuesta de Howard Fast no era nada compleja en su exposición política y discursiva a través de la construcción narrativa de su obra. Abordó la historia de Espartaco, el esclavo y gladiador tracio que se rebela al igual que sus compañeros durante la Tercera guerra servil o Guerra de los gladiadores contra del ejército romano, por la crueldad que vivían. Los esclavos de la época, según la historia clásica, eran tratados como animales, lo cual sigue vigente en este tiempo de conquistas aeroespaciales; oh, cuánto hemos avanzado. Espartaco, entendido a partir de las crónicas romanas, contó con la aprobación de los historiadores que aplaudieron la valentía del gladiador y su lucha por los derechos de su pueblo conformado por guerreros, asesinos, criminales y parias de otras regiones. Carl Marx, el nunca olvidado pensador alemán, lo tomó como modelo porque materializaba la imagen del hombre proletario que se rebela contra el cacique, sin importar las consecuencias, para privilegiar el deseo comunitario por encima del autoritarismo del poderoso.

El Espartaco de Trumbo y Fast, el que retrata Kubrick hacia el final de la cinta, una vez crucificado, conoce a su hijo que crecerá en libertad. El anti héroe vive un instante de plenitud existencial porque su lucha no fue en vano. Espartaco transita pues del sentimiento comunitario hacia la gloria personal, la consumación del individualismo. Repito, todo esto en la versión cinematográfica, en esa ilusión donde la vida de los otros pierde valor ante la realización material de los deseos de Espartaco. ¿Acaso los muertos en vida sobre las cruces defenderían al gladiador frente al ejército romano una vez más? ¿Qué sueños consumaban con su propia muerte los otros miembros de la comunidad? Digamos que, si la libertad era el fin último, aún clavados a la cruz, disfrutaban de la gloria después de haber sido carne en los establos.

Previo a este exhausto momento histórico, desde hace años, se fue acentuando una profunda censura auto impuesta gracias a las miles de voces que rondan los pasillos digitales de las redes sociales, a las que la gran mayoría tenemos contacto sea por cuestiones laborales o divertimento, situación que se agravó con el confinamiento. En ese universo etéreo al que cedemos con gusto nuestra alma, toda palabra es campo minado. ¿Acaso vale la pena la auto censura por algunos buenos comentarios de personas que nunca conocerás? La ilusión de ser queridos y aceptados es bastante deprimente. Aún más deprimente es no ejercer el derecho a disentir por miedo a las hordas de salvajes que en un fuerte ejercicio de auto complacencia se erigirán como seres morales superiores que exigirán con su dedo flamígero tu condenación eterna.

Abandonemos toda proposición filosófica acerca del mundo digital. Partamos en principio de lo físico. Crecimos leyendo revistas, no hablamos de literatura en este momento, vimos miles de horas de programas televisivos, consumimos millones de imágenes previo a la aparición del mundo digital que nos vendían una ilusión, ustedes decidan la pasión que anhelaban, no deslumbraron miles de escenas cinematográficas que forman parte de nuestra experiencia. Durante décadas consumimos rostros perfectos, cuerpos idóneos, y aprendimos las palabras correctas para entablar una conversación. Nuestra existencia ha participado de ilusiones que nos mantienen con vida, felices o infelices, pero en equilibrio. El cuerpo de la mujer sobre la página nunca estuvo desnudo, sino que el corrector que retocaba la imagen se encargaba de eliminar la ropa que cubría a la modelo; no en todos los casos, no hay motivo para sufrir, pero el fundamento erótico y sexual de millones de adolescentes estaba basado en la habilidad del retocador de la imagen. Oh, desventura.

¿Acaso vale la pena la auto censura por algunos buenos comentarios de personas que nunca conocerás? Repito la pregunta por la pertinencia. Una de las grandes ilusiones que nos ha vendido la modernidad del siglo XXI es que somos buenas personas y por tanto tenemos la capacidad, por esa gracia divina, de crear mundos salvajemente felices siempre que sea en el espacio digital, el campo de acción de las buenas conciencias que fortalecen la idea de la corrección política que todo lo destruye. En ese mundo digital e incluyente ocurre lo mismo que en cualquier marcha a ras de calle con templete. Se corre la voz: habrá una marcha por los derechos de las personas a disentir por cualquier tema social, me interesa. Perfecto. Soy el participante número 50 mil en la caravana, pero jamás llego al templete, ni conozco al que está sobre las tablas lanzando sus consignas. No sé si mis necesidades son expresadas con coherencia por ese individuo. Me pregunto por qué está él en el templete. ¿Quién lo puso ahí? ¿Quién es? ¿Por qué estoy en medio de la masa si mi voz no se escucha? Si no conozco al que lleva la voz sobre las tablas, ¿por qué me sumo al movimiento? El primer error es pensar que formamos parte de una comunidad.

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