Mircea Eliade, las religiones del mundo

El inicio del siglo XXI trae consigo revoluciones tecnológicas, sociopolíticas y religiosas que propiciarán radicalismos que deberán reflexionarse con premura para evitar el surgimiento de extremismos ideológicos profundos a los que somos susceptibles, sin distinción de raza o nacionalidad. Hoy, a pesar del ferviente cristianismo protestante y católico en Estados Unidos, el Islam se anuncia como la probable religión protagonista en ese país en los próximos 15 años. Quizá la fe del enemigo árabe, a la que se le atribuye la caída del World Trade Center en 2001, sea la próxima que reine por encima de la religión basada en la Biblia. Será interesante estudiar el fenómeno que se antoja violento por la fe arabesca que reinará el resto del siglo en la otrora potencia mundial.

Defiendo la idea, por demás necesaria, de que la religión debería enseñarse como materia escolar de historia de la humanidad. Nos evitaríamos confusiones culturales y aprenderíamos a comprender de forma crítica el contexto y punto de partida del pensamiento de cada pueblo del mundo en su totalidad. Por lo general, cuando hablamos del “mundo”, nos reducimos a Occidente olvidando que el globo que habitamos tiene más de un rostro. Si conociéramos el funcionamiento lógico del pensamiento religioso de los pueblos tal vez seríamos más amables con aquellos que intenten persuadirnos para creer en Dios a pesar de nuestras dudas o reservas. Todos, sin excepción, tenemos derecho a nuestra fe y no al vasallaje de una religión sugerida por otros.

El filósofo y novelista rumano Mircea Eliade [1907-1986] fue uno de los grandes conocedores de la relación entre la cultura occidental y oriental. Estudió con detenimiento la historia de las religiones que eran la trama de nuestra identidad a partir de la fe. Con sus libros, divididos en tres tomos y titulados Historia de las creencias y las ideas religiosas (Paidós, 2020), Eliade nos incita a realizar un recorrido a lo largo de la historia de la humanidad para comprender las necesidades espirituales que nos llevaron a la creación de las divinidades, las religiones teístas y politeístas, y su aplicación dentro de la cultura universal. El recorrido de su obra inicia en las cavernas, pasa por el proceso humano de la concepción de la magia ligada a la fe, llega a la India, previo a la aparición de Buda, y revisa la herencia asiática en China; posteriormente, analiza la cultura griega como cuna del pensamiento occidental, la creación del judaísmo místico y llega hasta el surgimiento del Islam y el cristianismo, sin olvidar las religiones con bases esotéricas.

En principio, la exposición de Mircea Eliade no evoca un estudio maniqueo de las religiones, sino que intenta plantearnos, con cierto romanticismo, una lógica histórica de la fe y la necesidad que tenemos como seres humanos de plantearnos la existencia como una pieza más del universo… tarea nada fácil. Rescato de Eliade, con admiración, la profunda exégesis que lleva a cabo para explicar lo “sagrado” como el ingrediente que moldea el pensamiento religioso respecto a la historia de cada pueblo.

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El corazón en la mano

1. Este año que inicia me toma con la guardia fuera de eje. Tengo puesta la mirada en el futuro sin olvidar que debo atravesar el fango tedioso del presente que espera con impaciencia las pisadas de todos. El 2021 se antoja complejo y tengo intenciones de navegarlo a como dé lugar porque no hay rutas de escape. Debo formar parte de este mundo, diría Cormac McCarthy.

2. Luego de un largo año de pandemia tengo pocos ánimos y desearía estar en casa, mejor dicho en mi tierra, al lado del frío mar del que ahora rehúyo pero que extraño hasta la médula. Hace tiempo que no pongo un pie en mi desierto y la nostalgia me hace tragar saliva, ajustar ese nudo que nace en el paladar donde se concentra el reflejo del llanto sin explotar. Creo que dejaré para otra ocasión las diatribas político-culturales pues me doy cuenta, con tristeza, que la crítica sólo interesa cuando golpea. La gente necesita la velocidad de la diatriba y no repara en la ardua tarea de la reflexión.

3. El boxeo es una de mis grandes pasiones. Es una forma del arte que me ayudó a comprender la lógica de la ficción. Es indescriptible ver a un par de sujetos entrar de lleno a la guerra durante tres minutos y calmar la batalla cuando suena la campana. Aunque lo practiqué durante cinco años, siempre supe, como Johnny Cash, que tenía los brazos muy cortos y débiles como para pegarle a Dios; por tanto, mi destino como púgil no tenía futuro.

4. En mi adolescencia pertenecí al establo de boxeo Gaspar “Indio” Ortega en Tijuana, para mayores referencias en el corazón de la Zona Norte, en la Unidad Deportiva Benito Juárez. A tres cuadras de ese lugar entrenaba el campeón del mundo Érik “El Terrible” Morales. Hacia el oriente en la Zona Río estaba la Unidad Deportiva CREA, casa de Rómulo Quirarte, donde entrenaba a grandes campeones ahora en el olvido. En esa unidad deportiva solía correr algunos domingos Julio César Chávez cuando estaba en la cúspide de su carrera. Lo recuerdo perfectamente bien: él iba a paso veloz y no podía moverme ni siquiera para saludarlo porque debía mantener mi formación en fila como cadete del Pentathlón.

5. El boxeo cambió mi vida en muchos sentidos, me ayudó a lograr un punto medio en mi temperamento que era bastante agresivo y, sobre todas las cosas, me enseñó a respetar a los demás; a entender que todos llevamos a cuestas una parte del mundo que en ocasiones nos castra. Las golpizas sobre el ring no las olvidas y menos cuando bajas cubierto en sangre con una gran sonrisa porque no te noquearon, pero descubriste que hay otros que son mejores o superiores a ti. Aprendes a ser humilde a la brava.

6. El boxeo me ayudó a entender, por trillado que suene, que renunciar nunca no es opción y que las críticas deben tomarse con aplomo porque, vengan de quien vengan, debes aprender a sobrellevarlas porque la vida no está fabricada por los dioses para las pieles sensibles que huyen al regazo de los padres cuando la tempestad los cubre. Lo que más amo del boxeo, del verdadero boxeo, es que no puedes mentir.

7. La primera vez que entré al gimnasio fue durante el torneo de los Guantes de Oro del municipio. La entrada costaba 10 pesos. Sobre el ring peleaban dos que no paraban de golpearse, recuerdo que el de pantaloncillos blancos ganó; era un carnicero del mercado municipal de la avenida Niños Héroes. Una semana más tarde estaba listo para entrenar al salir de la escuela. Pagué mi inscripción de 35 pesos, que en ocasiones no cubrí. Me pusieron las vendas y me enseñaron el básico “uno–dos–avanza”; pie izquierdo primero luego el derecho, sin despegarlos del piso. La euforia me ganó y comencé a brincar soltando golpes hasta que me gritaron que iba a ser boxeador no bailarina.

8. En aquellos días podía brincar de un peso a otro sin problema aunque el ligero siempre fue mi peso ideal. Vinieron los primeros golpes sobre el ring, duros, fuertes que mi nariz no olvida, que mi quijada presiente. Llegaba a la escuela escupiendo sangre y sé que les daba asco a los demás pero no me importaba, la soberbia adolescente me hacía sentir parte de algo que los demás no entendían. El box me mantenía tranquilo como ninguna otra cosa, por aquel tiempo estaba en la selección de futbol americano, y ahora que lo pienso prefería pasármela en el gimnasio. Además, las historias siempre fueron increíbles y las fotografías en blanco y negro de las viejas batallas adornaban la oficina del lugar, imágenes perdidas ahora.

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Pop Trump

La política estadounidense es bastante divertida y dramática, no podemos negar su fuerza de atracción que nos ha mantenido en vilo desde de los comicios que dieron el triunfo a Joe Biden por encima de Donald Trump, hasta llegar a los disturbios ciudadanos en el Capitolio potenciados por el presidente en turno. Podríamos bautizar a esta generación política estadounidense con el nombre de Poncio Pilatos porque todos, desde republicanos hasta los demócratas renegados y comparsas de Trump, ante su inminente caída, optaron por lavarse las manos de las atrocidades de su gobierno avaladas a discreción.

Fue divertido escuchar al Senador republicano Ted Cruz defender la idea del fraude electoral sin pruebas, argumentando que el 39% de la población “sintió” que se favoreció a Biden a través de actos de corrupción. Tiene razón el Senador, es un porcentaje amplio de ciudadanos, un país por sí solos, quienes dan la cara desde la derecha; voces que toman fuerza y que tarde o temprano generarán caos bajo el manto de la política institucional. Quizá en cuatro años llegue al poder un político radical, de cuello blanco, con el rostro de la amabilidad canadiense.

Los análisis del pseudo ataque al Capitolio hechos por los conductores de las cadenas televisivas CNN, ABC, MSNBC, CBS, FOX News, entre otras, sentenciaban que Donald Trump era lo peor que pudo ocurrirle a la democracia de Estados Unidos, pésimo político y presidente. Sin embargo, olvidaron a conveniencia que las celebridades, en su esencia, no tienen deberes históricos y la inmediatez es su campo de acción.

Trump nunca fue un animal político, sí un mal y azaroso empresario apadrinado por el dinero de su padre [él mismo lo reconoció], y un tipo que deseaba a toda costa ser un ícono incuestionable del idealismo cultural estadounidense. Además de ser dueño de hoteles, complejos turísticos y empresario de bienes y raíces en todo el mundo, Trump, intentó convertirse en productor cinematográfico sin contar con el talento para abrirse camino en la ficción; sin embargo, descubrió en la televisión y los reality shows la semilla de su estatus como celebridad. Así, una vez posicionado en el gusto de los espectadores de su país gracias al “You’re fired!”, esperó y leyó el momento correcto para “conquistar” la silla presidencial de una de las nuevas Repúblicas bananeras [dícese de una nación sin democracia y autoritaria], según palabras de George Bush Jr.

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¿Qué es México?

Hace un par de semanas conversé con el economista francés Jacques Attali, un hombre bastante sencillo si dimensionamos el papel político que jugó en la consolidación del proyecto de la Unión Europea, que hoy se fragmenta con la salida de Reino Unido. Attali fue el presidente fundador de la Banca Europea para la Reconstrucción y el Desarrollo luego de la caída del Muro de Berlín, un pensador que ha tejido la historia de Francia en las últimas décadas como asesor de los líderes galos desde François Mitterrand hasta Emmanuel Macron. 

Nuestra plática se centró en la desgracia económica que dejará la pandemia, un panorama apocalíptico debido al aumento de la pobreza extrema en todo el orbe. De los postulados del economista rescato el siguiente: “Tenemos que trabajar en beneficio de las generaciones venideras; actuar de forma altruista hacia nosotros mismos incluido el mundo animal. Debemos poner en marcha un ‘altruismo racional’ como llamo a un egoísmo a favor del cuidado de la humanidad”. La idea en su contexto es sencilla: de la globalización debemos tomar aquellas ideas que generan bienestar eliminando la conceptualización negativa de lo global, porque son los aspectos negativos los que potencian el resurgir de populismo. 

Me genera malestar la idea de la pobreza extrema como herencia de la pandemia  porque la pobreza es la acepción de la esclavitud en el siglo XXI, aminorada en su gravedad por el eufemismo político y correcto. Si la clase media, hoy proletaria según la apreciación de Attali, acaricia los linderos de la pobreza extrema, pronto se dará la reflexión de la esclavitud funcional porque la movilidad social será cuasi inexistente e inclusive la educación dejará de cumplir ese cometido. ¿Cómo podrá la globalización eliminar la pobreza para validar el bienestar como un rasgo positivo de lo global? La pobreza es motor del populismo y, al no erradicarla de la globalización positiva, es demagogia pura; es un discurso tramposo. Aunque celebro algunas ideas del economista francés, el eurocentrismo que rige su crítica me provoca desconfianza, pues no puede negar su herencia colonialista y selectiva. 

El año pasado me reuní con Markus Gabriel, figura de la filosofía alemana contemporánea que, para mi desilusión, hizo hincapié en que los países en vías de desarrollo deben apoyarse en Europa para prepararse intelectualmente; las escuelas de Europa continental cuentan con la experiencia y las herramientas necesarias para prepararlos/colonizarlos a todos. Esto ocurre desde hace décadas, claro está y provoca la reflexión del intento desesperado por parte del bloque europeo por no perder su lugar como pilar de la cultura mundial al inicio de este milenio. Sería escandaloso eliminar del vocabulario los principios grecorromanos/judeocristianos que nos rigen. En palabras de Attali, “cambiar nuestra atención del Océano Atlántico al Pacífico”. Debemos reconocer, sin generalizar, que ciertos países europeos que conforman el bloque simbólico saben quiénes son, cuáles son sus objetivos y para qué existen, máximas culturales que deberíamos atender como mexicanos para alejarnos de la autocomplacencia nacional; sin embargo, en nuestras raíces está el servir como herencia ancestral y no la rebeldía que todo lo cuestiona a pesar de Dios o, en nuestro caso, a pesar de los dioses. 

La conversación con Attali incitó mi interés por comprender qué es México. Es una pregunta que puede responderse sin discusión con la vaguedad de nuestro lema “La patria es primero”, adjudicado al insurgente Vicente Guerrero; una frase vacía porque la patria [que en su raíz es el padre] es la tierra en este contexto y por definición no es nada. Se necesita de la gente para que tenga sentido el lodo que se pisa, la tierra sobre la cual se fundan naciones y símbolos. Inclusive el Siervo de la nación, José María Morelos y Pavón, cuando exclama “morir es nada cuando por la patria se muere”, se corresponde a la perfección con Guerrero; no obstante, en su complicidad filosófica, el pueblo queda fuera. Quizá habría valido la pena olvidar la patria y decir: “La gente es primero”, bajo el contexto independentista. Nuestro lema es tan vago como el español “Plus Ultra [Más allá]”, que tiene sentido en la concepción del imperialismo de la conquista; sin embargo, hoy no tiene relevancia al igual que la “patria” mexicana. 

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Jacques Attali: “la educación y la salud son el futuro de la existencia”

La historia del pensamiento filosófico francés se mantiene viva gracias a personajes como Jacques Attali (Argelia, 1943), economista, teórico y asesor político que hasta la fecha se mantiene activo por el vasto análisis que hace de la tragedia económica que acecha a occidente, vapuleado no sólo por la pandemia sino por el nacionalismo de extrema derecha, la religión representada por el islamismo, además del resurgir del populismo. Attali es mejor conocido por haber colaborado como asesor de cabecera para el ex presidente de Francia, François Mitterrand de 1981 a 1991;
una década inolvidable para la política occidental que vivió la caída del Muro de Berlín y en la cual se sembró la semilla del proyecto político de la Unión Europea.

Jacques Attali fundó y presidió en 1991 la Banca Europea para la Reconstrucción y el Desarrollo, con sede en Londres, organismo responsable de fortalecer a las economías comunistas luego del caída del muro alemán. Además de su trabajo como economista y pensador de la sociedad contemporánea, Attali ha colaborado como asesor externo para los presidentes posteriores a Mitterrand, de Jacques Chirac a Emmanuel Macron, este último por cierto llama mentor al estructurado pensador francés.

Una de las grandes premisas conceptuales de Attali para lograr el bienestar mundial radica en la creación de una “Economía altruista”, fundamentada en el beneficio tanto de los ciudadanos del presente como de las generaciones venideras. Las palabras del pensador francés, aunque idealistas, hacen una fuerte crítica a la solidaridad política de las naciones. La presencia de Attali en México, de forma virtual, se debió a su participación en la  Feria Internacional del Libro de Guadalajara  en el marco del conversatorio El nuevo (des)orden post viral II, en la charla Hacia un nuevo modelo económico en tiempos del coronavirus y el resurgimiento del populismo. Tuve la oportunidad de conversar con él, quien ahondó en el papel que juega el pasado para entender el futuro político.


«Los ganadores a corto plazo son los millonarios de los países desarrollados que, en este momento, están haciendo dinero a través de la tecnología de punta o con la especulación económica. En este sentido, vislumbrar quiénes serán los ganadores a la larga aún es complejo. Concentrémonos mejor en quiénes son los perdedores en la actualidad. En primera instancia, los pobres serán los más afectados, por desgracia, serán aún más pobres debido a la pandemia. Los índices de pobreza se mantienen y se mantendrán al alza; y vale la pena sumar a la clase media como la gran perdedora porque ha dado un paso hacia el proletariado. En términos de países, los grandes ganadores son los países asiáticos y por contraparte los países latinoamericanos son los perdedores, incluido Estados Unidos, al igual que algunas naciones europeas. Temo decirlo, pero a la larga, la humanidad será la gran perdedora si no actuamos de manera global para el beneficio de las generaciones venideras. Tenemos que actuar de forma altruista hacia nosotros mismos incluido el mundo animal. Creo que debemos poner en marcha un “altruismo racional” como llamo a un egoísmo a favor del cuidado de la humanidad».

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Dolores Reyes: literatura para no olvidar a nuestras muertas

La escritora argentina responde a mi llamada con bastante amabilidad, es una mujer sencilla sin la impostación de otros escritores que, al lograr cierto éxito, pierden el piso y pronto sus carreras. La entrevista transcurre entre risas y recuerdos de instantes comunes a su tierra y barrio que dieron vida a la novela Cometierra, su primera obra, y un fenómeno editorial en Argentina donde se ha reimpreso siete veces en tan sólo un año; y en España se habla de la probable cuarta reimpresión. La novela apenas llega a México y, después de leerla, supongo que por la temática y su calidad narrativa pronto Cometierra será un referente de la literatura feminista en nuestro país.

Dolores Reyes se enamoró de la literatura gracias a la poesía y en específico por su jurado amor por la literatura griega. En esa herencia universal residen los arquetipos, temáticas y fórmulas para hablar del ser humano, comenta en nuestra reunión. La escritura para Dolores nace desde la necesidad de explicarse no sólo el misticismo y dolor al que estamos sujetos en Latinoamérica sino también para dejar un testimonio de la violencia en contra de las mujeres, desaparecidas por miles. Su novela es un viaje fantástico a través del ethos profundo de Argentina y sus costumbres ancestrales.

«Considero que el feminicidio es el último paso de un montón de pasitos previos. De esos pasos, muchos son simbólicos y discursivos. Compartimos la religión católica, en la cual el cuerpo de la mujer es el pecado, la bruja que hay que quemar y Dios es el hombre. Eso a nivel simbólico. En cuanto a lo discursivo, me parece que lo tenemos todavía naturalizado e invisibilizado. Acá los feminicidios atraviesan todas las escalas sociales y las élites, no sólo hay que ir a pueblitos. Tiene que ver con disciplinar a los cuerpos femeninos y la estructuración de la vida en sociedad de los hombres y las mujeres. Hay una serie de mandatos que a la larga generan frustraciones, muchos recaen en los hombres; eso de no mostrar fragilidad da como resultado el odio llevado hacia la mujer».

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Del caos a la miseria

Con su novela «El adversario», Emmanuel Carrère, se distinguió como lo hizo Truman Capote con «A sangre fría», por ser un escritor que tiene como punto de partida la realidad para explicarnos a través de la ficción el horror de las pasiones humanas. La realidad pasada por el filtro de la ficción hace menos amargo el trago de la desgracia porque su veracidad irreal, por literaria, permite que los lectores asuman las tragedias sin el barbarismo. De la cita inicial de Carrère me interesa ahondar en las prohibiciones de aquello ocurrido durante este año y de lo que, por supuesto, no podemos “hablar”, porque nos incluye como la materia prima de la desgracia.

¿Cómo se narrará este 2020 al pasar de los años? No lo sé por el momento, pero ante lo precocidad de autores como Slavoj Žižek que, con su libro «Pandemia» (publicado un par de meses después de iniciada la catástrofe sanitaria, bajo el argumento por demás obvio del replanteamiento capitalista y social que no suman al debate por sensacionalista), elimina con sus planteamientos la reflexión profunda. Para decirlo en su tono, convierten la catástrofe en pornografía para llamar la atención, pero como tal son teorías inmediatas que apelan a un mercado y no a los problemas reales: el capitalismo como raíz de todos los males. Su reflexión inmediata suma al vaivén de la penetración en el eterno loop del acto sexual otrora transgresor. Esta telenovela catastrófica, potenciada en redes sociales y noticieros por la televisión abierta y de paga, además de los “pensadores”, nos tiene cual plañideras lamentándonos de nuestra mísera existencia frente al caos pandémico sin accionar.

Retomando a Carrère, lo “prohibido” somos nosotros, pero por el momento no nos atrevemos a hablar del fango en el que estamos. Opinamos, como hago en este momento, sin aportar nada sino discurso. Al inicio de la pandemia en México, fue la ciudadanía la que se adelantó al gobierno para enclaustrarse y minimizar el contagio a pesar de que el gobierno negaba la gravedad del SARS-CoV-2. Hoy que la ciudanía vive el caos como resultado de las malas estrategias del ejecutivo, ya es impensable el encierro, pues la catástrofe financiera es inminente. Sería el momento ideal para conocer la estrategia económica de presidencia que no ejerció presupuestos en su momento… disculparán ustedes, pero sigo sin ver la estrategia… quizá no la distingo porque no soy economista.

La gran mayoría de los mexicanos estamos en serios aprietos a causa de la economía y porque ya inicia la carrera hacia las elecciones de un 2021, que se antojan divertidas por su miseria venidera y sobre todo porque los rostros de la oposición al sistema conservador del momento son los mismos de siempre. Si bien no deseo la desgracia de nadie, espero que la tan anunciada vacuna no sea un vehículo propagandístico para la política de quien gobierna en este momento, aunque lo será. En otras ocasiones lo he dicho: no creo que el sistema de gobierno actual en verdad desee lo peor para el país; sin embargo, los hechos, a pesar de los aliados del sistema [y hay algunos pensantes] apuntan a lo contrario.

Nos está prohibido entender cómo y por qué somos parte del problema que acecha al país porque sencillamente no sabemos qué es este país en el que vivimos. Es un ejercicio profundo que los invito a hacer porque, para repensar nuestra coexistencia como pueblo o sociedad, necesitamos saber cuál es nuestro verdadero rol en este caos llamado México. No podemos quejarnos del sistema político actual porque fue nuestra educación la que nos heredó este nuevo modelo conservador; aunque sí podríamos cambiarlo. No obstante, la comodidad mexicana que se nos da de facto al nacer es sencilla: “las cosas siempre han sido así”. ¿Qué hacemos para cambiarlo? El próximo año de elecciones y de convivencia con la pandemia será interesante para determinar qué hacemos como mexicanos.

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Meditaciones en torno al circo digital

I. La violencia que amedrenta a un individuo o destroza a una comunidad ha perdido impacto en la realidad a causa del filtro del mundo digital. En cuanto las redes sociales, o los sitios de video reproducen la catástrofe, ésta pierde su relevancia y se convierte en material que instantáneamente puede ser desechado del imaginario colectivo. Recordamos las imágenes atroces de las guerras del siglo XX en gran medida por la limitante para conocer la profundidad de la desgracia. Vietnam es una guerra mítica porque su historia se ha narrado a cuenta gotas entre cientos de documentales, cada generación descubre linderos por recorrer para reorganizar la historia y construir una sola verdad que perdure, a través de los hechos, en el tiempo.

II. Para que la violencia como suceso histórico sacuda a una sociedad, se necesita del silencio, de momentos de incertidumbre que convoquen a la reflexión del hecho atroz y se generen respuestas contundentes. Hoy, la masacre de una comunidad que es documentada por los medios, los peritos que atienden el caso, los policías que rodean la zona, el transeúnte con ínfulas de reportero, y los allegados de las víctimas, todo en el mismo espacio y tiempo, entorpecen la explicación del momento y este se torna espectáculo, se vuelve comedia.

III. En términos militares, cuando se habla de Teatro se nombra a un territorio sobre el que se dan las batallas de algún conflicto armado. En este instante, el Teatro digital que habitamos es por mucho el más salvaje, no por la concentración de la tragedia humana en él, sino porque el exceso informativo anula la comunicación utópica, la comprensión de los conceptos y las palabras a tal grado que somos animales sin sentido de existencia. Vivimos un solipsismo impuesto por la modernidad de la cual escaparemos únicamente cuando atenten contra nuestros derechos o nuestra vida.

IV. En este momento histórico, trágico y veloz, cualquier pelea política, social, barrial, hogareña es inocua a simple vista en el mundo real, pero tiene en el estadio digital su campo predilecto para hacer de la nimiedad un problema de Estado. Las dos arenas de la realidad, que simétricamente se conjugan, son pasiones que se nutren y equilibran regalándonos “ídolos” al por mayor, en esta sustitución de lo humano en el ciberespacio paradisiaco que vivimos con entereza y que nos brinda paz emocional.

V. El mundo digital es un museo de muertos sin seguidores. En ese vacío oscuro de lenguajes programáticos están grabados los nombres de los ciudadanos que no fueron Titanes; discursos y videos a los cuales regresamos remotamente para redimir con la burla su arcaísmo. Los canales digitales son vías de crisis que proyectan hechos, causas y efectos a tal velocidad, que sustituyen nuestra capacidad para hacer lo más básico: cuestionar. Ese mundo de fibras ópticas es un artefacto político intangible, un arma maquiavélica de segregación social, justo lo que en principio se quiso eliminar, o nos dijeron que se eliminaría, pero es, ante todo, un medio que se nutre del sentimiento puro y vivo. Es el innegable motor de nuestra existencia [en el encierro].

VI. Nuestros sentimientos son los que encumbran a estos personajes idolatrados desde la realidad hasta el paraíso digital y su reducto. Parafraseando a John Stuart Mill, no importa cuan equivocados estén estos ídolos (digitales) o qué actos cometan, su defensa cae en el ámbito del sentimiento, y contra eso no existen argumentos lógicos válidos para desenmascararlos. Es interesante la figura del ídolo digital porque es un dios que escucha, desde su paraíso, un dios que está presente y que contesta a las plegarias con mensajes automáticos que generan hermandad. Tenemos tantas ganas de un poco de amor.

VII. Durante siglos el lenguaje y su letanía se ha estudiado con la seriedad propia del problema, para comprender que cada siglo renueva las teorías filosóficas y literarias en torno a las palabras, lo que nombran y sus límites. Desde la disciplina matemática que habla del lenguaje como una ecuación más de la lógica, hasta la postura metafísica que insinúa que todo lo que nombra una palabra existe, nos ayudan a comprender que por medio de las palabras estamos atrapados en una prisión que nos ciñe al contexto de la realidad. Por eso hay quienes guardan silencio, para eliminar el probable destino al que lo lleven sus vociferaciones. Aunque la pasión por pronunciar los vocablos es tal que termina por condenar al héroe… en términos clásicos es su error trágico.

VIII. ¿Cómo podemos escapar a la trampa del lenguaje, a la mentira discrecional de la época y los actores que la proclaman para generar realidades extraordinarias pero falsas? La pregunta es pertinente porque la respuesta sugiere un continuo progreso idealista, como si de un juego de naipes se tratara, que baraja conceptos como: bienestar, justicia e igualdad, entre otros, que no logran consumar el deseo general de la sociedad que busca el bien común, pero que siempre están en un juego sinfín. Si los ideales se consumaran, la mentira social no tendría razón para existir. El juego político radica perversamente en instaurar la ilusión del progreso duradero, aunque inmóvil, creando espejismos y empatías ciudadanas. El lenguaje inclusivo y su progresismo es una trampa.

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¿Qué son los pobres?

A lo largo de la historia la pobreza ha estado manifiesta en todas sus formas reales, conceptuales y por demás fatídicas. Es un concepto que se ha nutrido de la religión. Un modelo de existencia que sirve como pilar para la cultura que nos da pertenencia, voz y voto. Es un tema que las escrituras sagradas sin importar la doctrina religiosa-filosófica ha abordado desde la antigüedad sin darle respuesta ni ponerle fin. ¿Por qué hacerlo? Desde el judeocristianismo la pobreza a partir de la fe es una condicionante, una vía ideal y legal para lograr la iluminación, poder subir al cielo como lo hiciera el profeta Elías después del sufrimiento en la tierra. Sin embargo, ni los carruajes de fuego ni los torbellinos bajaron de las alturas por las mujeres y hombres que se conformaron con vivir la desgracia de la pobreza por el adoctrinamiento histórico.

México es un estado laico y no obstante en la médula ideológica nacional anida la herencia de la educación religiosa otrora católica, que hoy suma al protestantismo como una figura política viva, que lleva décadas royendo su paso entre la fe y la ideología social del país, que tiene su morada novísima en el gobierno federal. Si recordamos la educación bíblica en su exégesis, la fe cristiana enseña que la prueba virtuosa de la rectitud de una nación radica en cómo trata a sus pobres y a las personas más vulnerables; podríamos estar de acuerdo o no con esta postura espiritual o detestarla por su falsedad. No importa. ¿Cuál es la verdad de la pobreza y su juego histórico en la médula de los pueblos, en la historia de la humanidad? Si tomamos la Biblia y sus recomendaciones como ejemplo, no existe nación que trate a sus pobres y vulnerables con respeto.

La pobreza, por desgracia, tiende a ser caricaturizada para llamar la atención de las buenas conciencias, de la política activa, y por su desalmada exposición se torna irreal. Una verdad que sólo como ficción tiene validez, pero como tal es falsa.

¿Qué son los pobres? Claramente no una caricatura sino una realidad irrefutable pero instrumental por cuestiones de Estado. Hacia el siglo XVII en Holanda, el pintor Adriaen van de Venne, exhibió una obra titulada «Alegoría de la pobreza» (circa, 1630); la pieza parda con sus trazos apagados nos obliga a reparar en varias verdades. Sobre el lienzo se ve la representación de un hombre que lleva a cuestas a una mujer enferma, con lepra, según la descripción original. Sobre la mujer viaja un niño con hambre; un perro les hace compañía en ese viaje sin destino. La pintura de van de Venne es una descripción de la gravedad de la pobreza en su sociedad económica y pujante. Lo mismo podría ser una radiografía lúdica de la gran depresión estadounidense de la primera mitad del siglo XX, o una postal al estilo de «Los olvidados» de Luis Buñuel de aquellos que no formaron parte del Milagro mexicano que inició en 1940 con Manuel Ávila Camacho.

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El rumor en la sociedad

Afuera está el caos. Desde el quinto piso del edificio donde vivo advierto, a través de los ventanales, cómo la cotidianidad emprende la marcha sin esperar semáforos ni recomendaciones del gobierno. El temor a la pandemia es cosa del pasado, lo fue desde los primeros dos meses, no mintamos. Subsistir a pesar de la tragedia y el declive económico es una labor titánica por demás exasperante. Hasta la fecha, cientos de miles han muerto por la pandemia y dependerá de la religión profesada el nombre del sitio donde morarán esos muertos ahora hechos recuerdos de familias destrozadas. A pesar de la muerte ineludible el mundo gira y sin importar educación o nivel socioeconómico el uso del cubrebocas como salvavidas es despreciado. Un símbolo más que nos enseña cómo la civilidad es una utopía. La estupidez reina por encima de la razón.

Mientras escribo esto, algunos poblados de Tabasco yacen bajo el agua; la gente exige ayuda que no llega y la violencia organizada se corona a lo largo del país. Así, la política nacional indeterminada sucumbe ante su propia indefensión idealista, que no concreta las propuestas ejecutivas presumidas en campaña. Siendo justos, el combate a la corrupción es el único bastión funcional del gobierno que se agota conforme se pierde la validez del discurso oficialista que perdona a unos y condena a otros. En muchos casos el gobierno es un rumor que no forma parte del interés real de la población de a pie, sin embargo, es un mal necesario porque le imprime valor a la moneda con la cual se come.II.

«Conferencia en la noche» (1949), obra pictórica del estadounidense Edward Hopper, retrata nuestro momento histórico de contemplación, contrastes y discusiones sociales y políticas con profunda delicadeza. La totalidad de la obra de Hopper impresiona por el manejo de la luz y las sombras apenas sugeridas que otorgan una carga de nostalgia a las escenas que plasma sobre sus lienzos. Las piezas son de una tristeza profunda bajo el contexto existencialista porque rayan en el absurdo gracias a las tareas rutinarias de sus personajes; que esperan, piensan y monologan silenciosas al contemplar el bosque, al amante, las avenidas, la sillas vacías o leen el periódico como un pasatiempo previo a la caída de la noche. Si habitáramos esos lienzos esperaríamos impacientes la consumación de la pandemia.

Los artistas de la posguerra del Teatro Europeo convergen y dialogan con el mundo asistidos por la embriaguez de su soledad. El idealismo del absurdo domina la escritura; el caos y la contemplación a las artes plásticas; y el llanto contenido, en el mejor de los casos, a la música. Vera Lynn sería el ejemplo de una voz que pacificaba las trincheras y al finalizar la guerra seducía a los miembros de la Marina Real Británica. «Conferencia en la noche» forma parte de esa herencia de recomposición espiritual y reconstrucción de la opinión del pueblo frente a su realidad. El lienzo nos presenta a tres trabajadores textiles. Una mujer y dos hombres conversan en un salón donde al fondo se observa una oficina de madera que bien podría ser un confesionario. De la reunión no podemos inferir mucho. La mujer escucha con atención al hombre sentado sobre la mesa y el tercero, que no sabemos si arriba o se marcha, se mantiene a la espera. La luz que entra por la ventana brinda el halo de misterio al hablante que bien podría estar narrando un cuento, planificando un golpe de estado o una rebelión sindicalista.

La fuerza de esta pintura, más allá de su perfección, está en su contexto histórico. En lo que significó para los espectadores culposos vivir atemorizados por llegar a ser señalados como comunistas en Estados Unidos. Los ciudadanos de la época temían al rumor insustancial que los pudiera nombrar como enemigos públicos. Stephen Clark, el mecenas de Hopper, inclusive regresó al pintor su «Conferencia en la noche» previniendo los señalamientos. No quería ser acusado por tener en su poder una pintura que pareciera invitar a la clandestinidad del comunismo. El mecenas sabía que aún en la Tierra de los libres y el hogar de los valientes bastaba el señalamiento de un fanático para llevarlo a la ruina.

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La oposición política

Durante las últimas semanas hemos presenciado escenas políticas trepidantes e insoslayables que nos mantienen en vilo, tanto por las elecciones aún en pugna innecesaria en Estados Unidos entre Donald Trump Joe Biden, como por el sinfín de problemáticas nacionales. Lo último suma al descontento social de un núcleo del pueblo que puede hacer oír su voz, y lamento la crítica, sin estructura intelectual sólo partidista, que intenta ser un contrapeso de cara al discurso oficial por su accionar caótico. La nula e innegable identidad política nacional, reflejada en gobernantes y opositores sin consensos reales para el país que pretenden gobernar, es una herida abierta que no cuenta con una cura que ayude a cicatrizar la lesión… al menos por ahora.

A la fecha he prestado atención a los diversos proyectos ciudadanos que se presentan como opciones en aras de la democracia y el bienestar del pueblo, que pretenden ayudar a los partidos políticos a identificar, seleccionar y promover a los mejores candidatos para las elecciones nacionales del próximo 2021, tarea casi imposible. Dudo bastante que los protagonistas añejos cedan sus cotos a las generaciones pujantes que desean participar del escenario político nacional con renovadas ideas para el siglo XXI, una labor necesaria para entender qué somos hoy como mexicanos, más allá de la construcción idílica y posrevolucionaria del siglo XX de ser un pueblo hospitalario, bueno, plural y patriótico. No creo que México pueda definirse en la actualidad con esas nociones maniqueas.

El escritor y pensador estadounidense, James Baldwin, declaraba desde su contexto que “el romance de la traición nunca se nos ocurrió por la brutal razón de que no se puede traicionar a un país que no se tiene”. Hoy que se habla de una traición certera del presidente en turno a México y a su gente, me pregunto ¿qué se está traicionando? Contamos con un territorio y somos parte de una masa nacional [que nos es ajena] de rostros infantiles, juveniles, adultos y seniles activos que generan discursos inconmensurables y caóticos a raudales. A partir de esto, infiero que somos un país, una región del orbe donde se concentran idealismos y actos de estupidez propios de los seres humanos-ciudadanos. Una nación común y corriente. Lo interesante de esto radica en que, al no compartir como “ciudadanos” los mismos intereses, vivimos una bendita polarización que potencia nuestra indolencia hacia el pueblo que habitamos. Es precisamente esta indolencia la que nos lleva a la pérdida de identidad nacional y política, a perder la voz y a quedar a merced de cualquier encantador de serpientes que tenga una ruta trazada para nosotros. El resurgir de la extrema derecha es un excelente ejemplo de la indolencia que no debemos minimizar. 

¿Acaso en la actualidad se necesita un contrapeso ciudadano y político contra el poder en turno, o tan sólo debemos aprender a administrar el caos?

El pintor irlandés Francis Bacon fue una de las máximas figuras de las artes plásticas durante el siglo XX. Un maestro a la manera de Pablo Picasso, pero más violento en el trazo de las formas y en la mezcla del color. Bacon era un personaje querido por la extrañeza de su obra y rechazado por el conservadurismo político de Margaret Thatcher, por ejemplo, que lo despreciaba con su indiferencia. Tal vez, para ella, un homosexual no representaba al caballero inglés por excelencia. 

Three Studies of George Dyer (1966), de Bacon, es la pieza que mejor explica nuestra situación en medio de pandemias, caos políticos, ultranza partidista y la apropiación de una agenda progresista, a la manera estadounidense, adoptada por nuestra “sociedad” de forma pedestre como otra vía para la censura. A partir de deformar el rostro del modelo sobre el lienzo, Bacon nos habla de la identidad como una forma de unidad del mundo. De George Dyer sabemos que fue el amante del pintor; ambos vivieron una relación tortuosa en los años sesenta del siglo pasado, época de la embriaguez de Vietnam que todo lo manchaba con su tinta trágica que aderezaba a la Guerra Fría en medio de la liberación sexual. Hemos de suponer que los amantes sufrían por la sujeción social de sus pasiones en un contexto conservador que condenaba la “indecorosa” relación entre el pintor y su modelo-amante en pleno auge de la revolución sexual.

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Fariseos

Fariseos es un retrato crudo y concentrado de los horrores del México contemporáneo, de toda la América Latina actual: un cabaré infernal, una prisión eterna y reiterativa, una máquina de torturas infinitas. Quien decida entrar a este mundo convulso y enredado a pesar de esta advertencia, querrá leer la nota roja de un periódico amarillista para calmarse. Y lo peor es que resulta muy fácil imaginar esta cárcel como una metáfora posible del mundo entero en el futuro inmediato.

Hinojosa se basa en la desastrosa realidad penitenciaria mexicana para crear una alegoría urbana posmoderna en la que los presos creen firmemente que tienen la libertad para decidir qué hacer con sus vidas y su entorno. Y lo que deciden es pelear por el control político de ese micro-mundo carcelario que los contiene, tal como los fariseos buscaban influir en la vida política de Israel tras el exilio babilonio, durante el cual se formaron.

La fuerza dramática de este texto descansa mucho más en la pasión descarnada de los diálogos de Hinojosa que en las acciones que describe. No hay manera de presentar en el escenario una interpretación realista que sea tan poderosa como sus palabras. Cualquier intento naturalista por recrear las situaciones y conflictos de la obra, aun el más logrado, se quedaría corto. La mejor opción es trasladar al espectador la experiencia del lector: conceder la libertad de imaginar el horror en su forma más cruda y cruel.

Víctor Weinstock

Participamos de un momento en el que la ficción mueve al mundo. Emocionante. La corrección política es la consumación de la hipocresía exacerbada y validada por la masa; y es la hipocresía en sí, la falsedad, el pilar sobre el que se construye la ilusión de nuestra pertenencia a la sociedad. El teatro es política, religión y la revuelta social que no escapa ni a su momento histórico ni al lenguaje; es la tradición que rige al teatro nacional mexicano. ¿Cómo podemos escapar a la trampa del lenguaje, a la mentira discrecional de la época y los actores políticos, propios y ajenos, que la proclaman para generar realidades extraordinarias pero falsas? El juego político radica perversamente en instaurar la ilusión del progreso duradero, aunque inmóvil, creando espejismos y empatías ciudadanas. En torno a ese progreso, el teatro debe continuar criticando y agrediendo al oído de la masa.

Siempre me he cuestionado acerca de los hilos que mueven el fanatismo. No logro entenderlos, quizá para bien, prefiero continuar con la duda antes de sumergirme en lo que critico. Quienes tenemos memoria histórica clásica y contemporánea sabemos que nada bueno ha salido de los fanatismos. De eso trata Fariseos de recordarnos cómo la estupidez ideológica y humana nos rige, sin importar qué tan brillantes nos creamos como piezas del pueblo. En tiempos de lamentos, como hoy en el país, vale la pena mirar a los ojos a los fanáticos que balan con la borregada y que dicen “es que antes las cosas estaban muy mal” y preguntar “¿ahora cómo estamos? Después esperemos el largo silencio, luego cualquier defensa insustancial. Y esa es la desgracia.

Hugo Alfredo Hinojosa

Coherencia nacionalista

“Familia de saltimbanquis” de Pablo Picasso, obra realizada hacia 1905 en la etapa rosa del pintor en Francia, es una pieza de la plástica universal que hasta la fecha me parece desoladora y nostálgica, pues siempre espero, perdón por el romanticismo, que los trazos planos sobre el lienzo cobren vida. A diferencia de Edgar Degas Toulouse-Lautrec, Picasso no captura la ejecución del acto circense de los personajes como hicieron ellos, sino que repara en la reflexión plástica, en el estatismo puro de la escena. Por supuesto, lo que expreso parte de una proyección personal por el sentimiento que me produce. El tiempo no es lo único que perdura en esa estampa, sino la muerte hecha memoria.

La mirada de cada uno de los saltimbanquis que delinea Picasso me hace disfrutar del cuadro, me genera una catarsis inusual y es una obra que reviso constantemente desde hace más de tres décadas. Son personajes agotados y sin espectáculo que esperan la mano de la buena fortuna para que les descubra el mapa por explorar, el territorio a surcar una vez agotada la risa y el asombro del público que no aparece en la imagen porque los abandonó. No obstante, nosotros somos ese público perpetuo que disfruta del acto estático sin que los ejecutantes escuchen los aplausos estrellarse sobre el lienzo.

Lo que llama mi atención de la pieza de Picasso es la exploración identitaria. Ninguno de los seis personajes que componen la escena rechaza su destino, sino que buscan reclamar su espacio en el mundo a partir de su condición. Son ejecutantes que viven entre el peligro, la risa, el arrojo, el oprobio, las pasiones, la avaricia y la necesidad de sentirse aceptados, trama medular. Una sociedad en sí misma a la que le faltó un miembro más para representar los Pecados capitales. “El arte es la mentira que nos permite comprender la verdad”, decía el pintor malagueño. Así pues, la única verdad que rescato de este cuadro es el cuestionamiento de su pertenencia cultural en una sociedad que al parecer los ha relegado.

La mirada gacha de la niña que sostiene las flores avisa la fatiga y el destino al que debe marchar tomada de la mano del padre. Me pregunto si tendrían miedo a ser saltimbanquis o si Picasso reflexionó en torno a ello porque, eliminando la desgracia de encontrarse desempleados, digamos, esa libertad de tránsito por el mundo que tienen alejados y dentro de las entrañas de los pueblos, hace de esta familia un caso excepcional de unidad e identidad al no temer lo que son porque juegan a jugarse. Gustave Doré pintó “Los saltimbanquis” hacia finales del siglo XIX, obra que delinea la muerte ensangrentada de un niño pequeño. De esta escena interpretamos que la madre llora, el padre no tiene palabras y los animales rondan el sufrimiento. Queda claro que dicha profesión siempre fue un riesgo y lo sigue siendo; sin embargo, aun frente al dolor de la muerte entre la inmundicia, la unidad de sus orígenes otrora medievales persiste y seduce porque en su fragilidad está la esencia de su identidad.

Ingmar Bergman en el “Séptimo sello” supo plasmar la naturaleza y unidad de los saltimbanquis y la gente común en dos breves escenas. En la primera, el caballero medieval, el herrero y las cortesanas se confrontan con la muerte, aceptan su partida a regañadientes no sin antes clamar por la misericordia de Dios que se les niega. En la segunda, la pareja de saltimbanquis observa a la distancia cómo la muerte lleva entre jaloneos al primer grupo y dicen “allá va la muerte guiándolos hacia su destino hacia el lugar donde la lluvia limpia sus mejillas y quita la sal de sus llantos”.
Pero eran demasiadas personas con demasiados ideales e intereses, un pueblo sin unidad, en todo caso. Bergman supo leer a la perfección el carácter humano hecho metáfora en sus personajes: los primeros son el grueso de la masa fragmentada y sin identidad; los segundos son los pensantes que cuentan sólo con sus pares para no dejarse seducir por la estupidez.

¿Somos acaso la masa fragmentada o los saltimbanquis coherentes y orgullosos de nuestras raíces? Me inclino a decir que lo primero, aunque la gran mayoría de los connacionales jueguen a ser esos personajes circenses con una profunda identidad y unidad dramática. Sumemos a la ecuación el adjetivo “nacional”, por demás barato, que nos mantiene siempre en vilo y listos para refutar cualquier ofensa que se lance en contra de nuestro país y cultura, sin embargo, es una falacia. Somos una nación con una identidad frágil y fragmentada que no tolera crítica alguna y que ensalza un nacionalismo malentendido que se reduce a ondear una bandera, a rezarle a una virgen… a besar una camiseta. A luchar por un penacho.

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Instantánea: 7 preguntas sobre teatro en estos tiempos que corren

¿Cómo iniciaste dentro de la disciplina teatral? ¿Por qué decidiste dedicarte a ella?

Comencé en 1993 a hacer teatro profesional en un taller de actuación donde nos pagaban por cada puesta en escena, lo que saliera de taquilla por supuesto. Ahora que lo pienso hace bastante tiempo de eso, aunque pareciera que inicié apenas hace 15 años con mi arribo a la Ciudad de México gracias a la Fundación para las Letras Mexicanas, lo cual habla bastante del centralismo que aún se vive y de la falta de reconocimiento de currículos fuera de la capital. Tuve que picar piedra en otros escenarios, en otra tradición cultural inclusive, aprender formas y maneras ceremoniosas a las que no estaba acostumbrado, y sobre todo entender que la cultura en la Ciudad de México es política viva.


En un principio no sabía que existían las escuelas de teatro ni las de cine. Entré por accidente al Centro de Artes Escénicas del Noroeste, el diplomado descentralizado del Instituto Nacional de Bellas Artes, ahora inexistente, y fue la plataforma ideal para descubrir que existían un sinnúmero de oportunidades para aprender y crecer dentro del teatro. Ese diplomado me llevó a formar parte en varias ocasiones de los Programas Nacionales de Teatro Escolar bajo el formato de preparación intensiva de los años 90, ya fuera con el equipo de Casa del Teatro o del Foro Contemporáneo, dos formas de ver el teatro, dos formas de entender las artes. Pude aprender de Luis de Tavira y de Ludwik Margules, con quienes después tomé clases de dirección. Para mí fue emocionante conocer en ese momento a tanta gente que llegué a admirar porque sabían cosas que yo no, pero no a tener fe ciega. 


Al no saber de escuelas, ni tendencias, ni de gremios, no les daba importancia a las jerarquías, sólo me interesaba aprender. En ese momento para mí no significaba nada que me dijeran que tal o cual persona era tal o cual autoridad, no lo digo de forma petulante, sino que esa era mi realidad. Tijuana está bastante lejos del centro. Así fue como inicié.

 
Luego de recibir en comodato con el grupo Mexicali a secas el Teatro del IMSS de Mexicali, trabajé varios años como actor hasta que decidí irme a Los Ángeles a hacer mi examen de admisión a la Academia Americana de Artes Dramáticas; pasé el examen, pero la realidad económica me alcanzó y tuve que declinar. Lo mismo me ocurrió en UCLA, al querer estudiar cine, la colegiatura era algo que jamás podría haber pagado y el apoyo familiar era impensable, sobre todo cuando estudiar “artes” no forma parte del imaginario de una cultura del norte donde se apuesta por las ingenierías. 


Así que, de regreso a Tijuana, sencillamente decidí alejarme de todo hasta que Hugo Salcedo, mi profesor de dramaturgia en el diplomado del INBA, me confrontó acerca de qué haría conmigo mismo. A Salcedo debo agradecerle varias cosas, la primera de ellas es que fue el maestro que me tuvo confianza como para ayudarme a publicar mi primera obra escrita. La segunda es que me impulsó a estudiar la universidad. Esto es importante: estudié filosofía porque Jean-Paul Sartre y Albert Camus, eran dramaturgos y después filósofos. Estudiar Literatura jamás fue opción. Así que fueron mis modelos a seguir inclusive a la fecha. De la experiencia universitaria y de las tablas aprendí, además porque lo viví de primera mano, que al no ser hijo, nieto, hermano, sobrino o protegido de nadie, el camino sería largo… por melodramático que se escuche decidí remar siempre a contra corriente. Aquí sigo, aunque la vida misma es un obstáculo a vencer. Comencé a escribir porque pensé que la escritura era más sencilla que los largos procesos de ensayos, gran falsedad. Sobre todo, comencé a escribir porque las obras que veía en la escena no me gustaban, sentía, según yo, que podía hacerlo mejor. 


Hubo dos montajes que me abrieron los ojos: Cuarteto de Heiner Müller, dirigida por Ludwik Margules y Carta al artista adolescente de James Joyce, adaptada por Luis Mario Moncada, puestas en escena inolvidables que me hicieron enamorarme de la escena y que llegaron a mi vida en un momento ideal. 

¿Qué preguntas siguen alimentando tu práctica? ¿Qué anhelos tienes por vivir dentro de las artes escénicas?

No me gusta seguir modas. A mi arribo a la Ciudad de México estaba en auge el Teatro Argentino y ciertas obras del Teatro Alemán, el posdrama, entre otras cosas, que al leerlas, con toda honestidad lo digo, no me parecían lógicas, se me hacían divertimentos con terminología rimbombante. Sobre todo, porque tanto la teoría o las formas que leía eran refritos de teorías y postulados artísticos bastante añejos, digamos, disertaciones con tufo de los años 60 en el siglo XXI. En este sentido, batallé bastante en mi pragmatismo por entender qué era la dramaturgia contemporánea en ese momento. Soy mexicano sí, pero por mi vecindad con Estados Unidos leí primero a autores estadounidenses que a mexicanos, no me apena decirlo. Después descubrí que Sergio Magaña, Juan Tovar, Salvador Novo y Óscar Liera nada tienen que pedirle a los dramaturgos de otras tradiciones. Y tal vez soy un personaje decimonónico, pero siempre apostaré por la estructura aristotélica de inicio, los griegos, por Lessing, por escribir con coherencia. Una vez que logras eso, dar el salto hacia la abstracción es inmediata y sin discursos de “ingenierías teatrales, arquitecturas escénicas, paradigmas y nuevos lenguajes», demagogia pura que vende bien. 


El peligro de las modas está en la repetición de la fórmula y los temas. Hubo una obra llamada La noche árabe de Roland Schimmelpfennig que tuvo gran impacto en el teatro mexicano del centro del país, por lo menos leí cinco obras copiadas al pie de la letra en un afán de los hacedores por ser contemporáneos. Así que al darme cuenta de eso entendí que, si no me interesaban ni esas formas ni las temáticas, debía de ser fiel a mi propio impulso y sensibilidad. De modo que hasta la fecha únicamente escribo acerca de la vejez, el tiempo, la guerra, la política y la soledad, son los temas que retratan a la naturaleza humana como la entiendo desde mi realidad de origen. Mejor aún, son las preocupaciones existencialistas que me ocupan y siempre intento explorar a partir de la lengua, del lenguaje y no de la forma, ni del espacio, alejado de las estructuras obligadas pues… de qué me sirve llenar una hoja de dibujos o palabras volando, cayendo. Sobre el escenario lo que vendes en el papel no es lo que queda al final. Así pues, ¿escribimos para el papel o para las tablas? No invento el hilo negro, ni intento aleccionar, cada quien descubre cómo debe trabajar para ser fiel a su propia naturaleza.


Mi anhelo es seguir escribiendo, consolidar el equipo de trabajo de Calypso Producciones con mi amiga y hermana Graciela Cázares. Hacer teatro bajo nuestras propias condiciones hasta donde sea posible. Crear un equipo de trabajo estable… llegar a la escena siempre.

Describe tu quehacer teatral en tres palabras. ¿Qué hace de tu forma de habitar el teatro una práctica singular y distinta a las demás?

Soy bastante honesto con mi escritura. No vendo espejismos, ni discursos para sonar más inteligente; sencillamente escribo desde una necesidad por explorar el caos humano que de alguna forma le otorga una lógica a mis problemáticas personales. Me gusta el perfeccionismo al escribir. Cada obra que he escrito pasa por un largo proceso de edición. No me gusta soltar obras a medias, me tardo, claro, pero al ser las palabras los detonantes de la acción y la progresión, éstas para mí deben ser las ideales, aunque por supuesto siempre perfectibles. Además, el perfeccionismo es subjetivo. La coherencia es fundamental para escribir. Intento no traicionarme a mí mismo, no repetirme y tratar de escribir así como lo expongo cuando doy un taller. 

Lo único que tal vez puedo hacer diferente a los demás está en la exposición de los temas, en las preocupaciones del alma. Todos podemos escribir, la única diferencia entre unos y otros es la sensibilidad, además del estilo, eso no puede copiarse fielmente.

¿Cuál consideras que es la importancia del teatro en este momento histórico?

Lo primero que preguntaría es: ¿bajo qué contexto? ¿En el contexto pandémico o político? En ambos casos vivimos un momento caótico y existencial parecido a la posguerra de la Segunda Guerra Mundial. Previo a la pandemia, vimos en Europa el resurgir de la extrema derecha, del racismo radical por la necesidad nacionalista de varios países que están de nuevo en una búsqueda de identidad de frente al mundo. Lo cual es un peligro inminente por lejano que parezca. Pareciera que lentamente vamos de regreso a la guerra fría, pero ahora además sumando el universo virtual que es más maleable. En México vivimos un cambio político de proporciones épicas y no positivo del todo. Creo que en nuestro contexto hace falta bastante crítica y honestidad para decir si en verdad vamos bien como país. Creo que no, pero, vaya, mis razones tengo y no intento convencer a nadie.


La pandemia es un mal mayor, una limpia casi mística de la naturaleza sobre el ser humano. Hoy los humanos tienen miedo de otros humanos, algo divertido que puede dar muchas ideas para escribir. No me preocupa tanto la muerte como la permanencia en un mundo cada vez más desolador. La tarea del teatro, en todo caso, está en dejarnos de estupideces y escribir con verdad acerca de cada una de las cosas que nos duelen y afectan, sin impostaciones. Ser sucios… la pandemia en sí misma es suciedad… el arte en sí mismo al estar vivo está relacionado con toda aquella podredumbre, sudor, humores, sentimientos que son metáforas de la enfermedad. Las aristas pandémicas y políticas son infinitas, basta con pensar como hacedores teatrales a qué estamos dispuestos a confrontarnos. A decir la verdad de frente.

¿Qué crees que debería cambiar en nuestro modelo teatral?

Hay que perder el miedo a ser mexicanos, entender que nuestra realidad es exactamente igual de poderosa y universal que aquella de los alemanes, españoles, franceses, ingleses, et. al. Sigo viendo bastante negacionismo cultural. ¿Por qué huimos de nosotros como cultura, acaso no tenemos las mismas problemáticas que los extranjeros? México es más que cultura prehispánica, penachos y mantas sobre la piel, ese es un malentendido.


De las últimas generaciones, esas de las cuales aprendí, David Olguín, Hugo Salcedo, Jaime Chabaud, Luis Mario Moncada, entre otros, nos han enseñado a no temer a lo mexicano, a explorar la vías del discurso nacional. Ni qué decir de Víctor Hugo Rascón Banda, podemos estar de acuerdo o no con sus formas, pero sus logros son mayúsculos. 


Alguna vez tuve un encuentro público con Mike Bartlett, dramaturgo inglés, aquí en la Ciudad de México. Lanzó unas instrucciones bastante desafortunadas a las que ninguno de los asistentes replicó. Dijo: «Soy inglés, clase media, puedo hablar de problemas de pareja, política porque esa es mi realidad; ustedes como mexicanos hablen de lo que son: Frida Kahlo, Diego Rivera». Yo pregunté si, al no ser ingleses, no podemos abordar otros temas que no fueran los que él sugería para los mexicanos. Guardó silencio. 

Si no alzamos la voz, corremos el riesgo de continuar siendo una colonia a la cual se le puede vender cualquier moda a cualquier precio, como siempre ocurre. Es tiempo de confrontarnos con aquello que estamos haciendo mal y no ser consumidores solamente, sino exportadores combativos de nuestra cultura escénica. Perdamos el miedo inclusive a nuestros nombres.

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El espectáculo contra el pensamiento crítico

En diversas ocasiones he mencionado el agotamiento del pensar como un rasgo y ruta hacia la cual nos dirigimos. Estamos instalados en este instante caótico del obsceno exceso de información que nos mantiene alertas en los albores de siglo XXI, donde la locución latina scientia potentia est (el conocimiento es poder) si bien no ha perdido su valor, debe graduarse con delicadeza y aplicarse de manera brillante e instrumental. El vasto conocimiento falso, verdadero, falso, verdadero que asimilamos día con día nos adentra en un campo minado que aceptamos habitar sin cuestionamientos, una encrucijada que nos debilita, nos agota, y respiramos con el único objetivo de encontrar la paz y suspender los juicios. No pensar.

De los conflictos bélicos podemos extraer miles de ejemplos trágicos acerca del agotamiento mental más allá de lo físico. Durante la Primera Gran Guerra, el pintor Otto Dix formó parte de las trincheras del ejército alemán conociendo de primera mano las atrocidades cometidas por el bando opuesto entre las púas y la sangre vertida en el lodo. Fue testigo de los rostros desfigurados a causa de proyectiles enemigos y amigos, de los miembros desechos y los llantos nocturnos de los que dan cuenta centenares de páginas de crónicas desde las trincheras como las que narró Ernst Jünger. Sin embargo, fue Otto quien aprendió a suspender todo juicio desde las palabras y nutrir tan sólo en el pensamiento las ideas que plasmaba lúgubre sobre los lienzos. Se alejaba del caos para regresar a él y explicarnos qué es lo que no deberíamos olvidar como pueblo. A mi parecer, la memoria es nuestro peor sentido, pues recuerda las minucias que potencian el rencor, pero olvida lo esencial que nos lleva a la guerra.

«Shock Troops Advance under Gas», de 1924, es una de las obras magistrales de Dix por la escena que plantea; no obstante, la idea misma de la totalidad de su obra plástica encerraba un significado políticamente inquietante en su posguerra “la gente empezaba a olvidar el horrible sufrimiento que la guerra les había traído. (Yo) No quería causar miedo y pánico, sino hacerle saber lo terrible que es la guerra y así estimular los poderes de resistencia de la gente”. En pocas palabras, estimular la memoria.

Años más tarde, con el arribo del Nacionalsocialismo, Otto Dix fue desterrado de la Escuela Superior de Bellas Artes de Dresde debido a que el nazismo consideraba su trabajo como una expresión degenerada y antipatriótica. Inclusive, parte de su obra se expuso en Múnich dentro de la exhibición de Arte Degenerado de 1937 que organizó el pintor y político, un tanto olvidado, Adolf Ziegler. La muestra reunió, de entre todos los museos alemanes, las obras de diversos creadores nacionales y extranjeros que se contraponían con la visión cultural del régimen. Entre ellos estaban Ernst Ludwig KirchnerPaul KleeGeorg KolbePablo PicassoPiet Mondrian y Marc Chagall. El trabajo de Dix, por lo menos un par de sus lienzos entre los que está «War Cripples», fue destruido más tarde, aunque el MoMA conserva un dibujo suyo basado en la pintura original. De esa desafortunada cadena de eventos culturales se recogen las palabras de Adolf Hitler que “declaraba la guerra a la desintegración cultural. A los charlatanes de las artes”… es decir, a las ideas ajenas a su agenda.

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