La guerra, una marca, una tendencia

I. Mark Rothko (1903-1970), uno de los grandes pintores del siglo XX, nacido en Letonia y nacionalizado estadounidense, pintó hacia 1954 una de sus grandes obras titulada “Amarillo y Azul” que hoy, más de medio siglo después, cobra vida y simbolismo al ser invertida en su posición original: de la abstracción surge la bandera de Ucrania: el nombre y estado del momento que perdió fuerza bélica hasta ser relegado como otra moda digital del discurso eurocentrista que, por desgracia, ha cobrado bastantes vidas humanas que son moneda de cambio en la arenga del teatro bélico.

II. Como ejemplo: los muertos en las calles de Bucha. Lo mismo ucranianos que rusos han discutido una y otra vez acerca de la veracidad o existencia de los muertos; esos que la prensa internacional colgó como medalla por mérito de desgracia a uno y otro bando. ¿Qué decir de los cientos de videos de ucranianos que culpan a sus propios compatriotas de la violencia extrema que sufren? Otros más culpan a los rusos. ¿Cuál es la verdad?

III. Rothko huyó, a lo largo de su carrera, de las etiquetas del Expresionismo abstracto del que participaba Jackson Pollock además de Willem de Kooning, Adolph Gottlieb y Franz Kline. No deseaba ser un nombre más en ese extenso listado de pintores ligados “supuestamente” a la CIA, que tenían como objetivo contrarrestar la presencia del comunismo en Europa a través de las artes. Rothko externaba no sentirse identificado del todo con la lírica bohemia del movimiento de posguerra. Su viaje espiritual y artístico trascendía los rituales propios de los creadores que bifurcaban los caminos del arte en búsqueda obligada de uno o varios mecenas, tan necesarios para aquellos que hacen de las artes su ruta y existencia. En lo personal, las obras de los pintores abstractos me remontan a una exégesis obligada de sus trazos a partir de una espiritualidad perturbada.

IV. La gran mayoría de las obras de Pollock, conocedor de Friedrich Nietzsche y su “Nacimiento de la tragedia”, me recuerdan a la fotografía inolvidable de la niña polaca “Tereska”, retrató de David Seymour hecho en la primera mitad del siglo XX. La foto es única. La niña dibuja sobre el pizarrón lo que al parecer es su casa y destino, reflejo hoy de otros tantos miles de niños que habrán de padecer el enfrentamiento bélico del momento. En el caso de Rothko, la monotonía de sus colores y trazos me recuerdan siempre el estallido nuclear. Cometo, y aclaro, el error de sobre interpretar la obra de arte, no obstante, es mi sentir.

V. Observar la pintura de Rothko revalorada como un símbolo político me llevó a pensar en la neutralidad en la cual intentó permanecer a lo largo de su existencia. El pintor dio vida a una obra ecuménica más allá del cristianismo, judaísmo y el islam. Su Capilla, ubicada en Houston, Texas, en Estados Unidos, es el centro por excelencia de reunión para todas las religiones, un punto de encuentro donde reina la neutralidad a pesar de las más férreas ideologías. Me pregunto: ¿cuál habría sido la reacción de Rothko al ver su pintura hoy, al revalorar él mismo su pasado y herencia rusa? Probablemente estaría a favor de Ucrania, estuvo en contra de Rusia y su invasión a Finlandia en 1939.

VI. Amén de la tragedia, lo único cierto es que Ucrania es por hoy una marca registrada que se conjuga con otras tantas, como las que han abandonado Rusia y que forman parte de la propaganda internacional. La pregunta que nos debería ocupar es: ¿propaganda para quién? El “Stand by Ukraine” es el lema que todo lo unifica de manera simbólica. En otras columnas retomé las ideas de Jean Baudrillard acerca de cómo la Guerra del Golfo [virtual] nunca existió y aun así murieron más de 210 mil personas. En Ucrania las cifras de muertos rondan los 22 mil civiles y un aproximado de 30 mil soldados de ambo bandos, según números del presidente Volodímir Zelenski, recogidas por el diario español “El País”. Una tragedia donde apenas da inicio el final del primer acto, pues se antoja como una larga batalla de cinco jornadas a la isabelina.

VII. Lo comenté hace algunas semanas y retomo la idea, me sorprende el carácter flamígero de los líderes de opinión de occidente, esos que descalifican por completo el proceder de Rusia; esos que defienden a capa y espada la ofensiva de Ucrania. El sentimiento imperialista es tan profundo que se quedaron todos sumergidos en la guerra fría que hoy no es sino tibia. Falta un poco más de autocrítica, pero la gran mayoría desea, en el fondo, ser aceptada por los imperios del pensamiento. Leyendo las diatribas de ambas naciones, se puede decir que tienen sus justos motivos para atacar y contraatacar.

VIII. Por su parte, Ucrania desea y quiere formar parte de la Unión Europea y lograr la estabilidad a través de dicha participación. No obstante, su capacidad y rentabilidad económica es tan pobre que no logra incrustarse en el aparato de la UE. Las visitas de Boris Johnson, Primer ministro del Reino Unido, y de Ursula von der Leyen, presidenta de la Comisión Europea, son reveladoras respecto al apoyo que pretenden entregarle a Ucrania. Todos los países “aliados” le concederán al país diminuto más y más armas. Estados Unidos es un gran patrocinador armamentista… además de formar parte del bloque que anula la capacidad económica de Rusia allende las fronteras. Europa entiende el apoyo hacia Ucrania no a partir de una salida del conflicto bélico, eliminar el desencuentro entre naciones no está en la agenda, mucho menos el bienestar de rusos y ucranianos.

IX. Por el momento, lo que interesa a la Unión Europea a Canadá y Estados Unidos [cuya estrategia es la de fatigar al enemigo], es la construcción de un mito, de un personaje por demás popular como lo es Volodímir Zelenski que lo mismo brinda un discurso patriótico a sus huestes, que lanza palabras de unidad y fe en la entrega de los premios Grammy, o posa, ante las cámaras, como un héroe de guerra para ser reconocido mundialmente. “En torno al semidiós todo se convierte en una obra de teatro satírica”, escribió Friedrich Nietzsche. Eso es lo que estamos advirtiendo en la actualidad a partir del sufrimiento de miles de personas, que no necesitaban de más héroes trágicos, menos en esa parte del mundo donde la malaventura histórica es parte de su destino milenario.

X. A Zelenski, como buen comediante que sabe utilizar el dolor para generar la sonrisa. Repito: que sabe utilizar el dolor para generar la sonrisa. A ese líder ucraniano lo hemos visto como un Enrique V sin ocultarse, intentando ganar el beneplácito de la masa, cuando en teoría debería estar cotejando estrategias de pacificación y solicitando la reunión neutra con el líder del país con el que está en “guerra”. Mejor dicho, en desencuentro y reorganización espacial. Graves palabras a pesar de los muertos. Si hay dolor y muerte, no es tiempo de exhibicionismos disfrazados de liderazgos.

XI. La guerra es hoy una marca que no comulga con otras marcas de lujo o simples firmas de “retail”, porque anulan la sensación de unidad. En el ánimo de la construcción de una identidad mundial, las marcas juegan un rol primordial que generan paz en el consumidor. Mientras que la “tienda”, sea o no virtual, permanezca abierta, el consumidor pertenece a una escala de la masa, a una calificación por país, al ánimo de celebrar a nivel mundial un lenguaje común que tiene que ver con la fórmula del logotipo, la tela, el producto, la fotografía.

XII. Así como Ucrania pretende y quiere formar parte de la Unión Europea, Rusia defiende la soberanía y las desventajas geopolíticas que tiene respecto a al país vecino, y por ende a la incursión de cualquier ejército enemigo a través de los pueblos ucranianos hacia latitudes rusas. Eso en primer término. Sin embargo, sumando al desconocimiento profundo de los intereses energéticos que tiene tanto Rusia como la Unión Europea, podemos sumar una estrategia singular donde la guerra no es, en principio, bélica sino una herramienta para erradicar la occidentalización de Rusia.

XIII. La “guerra” de las marcas [y las buenas conciencias] en contra de Rusia, eliminándola de la unidad mundial, es real. El ninguneo a los artistas, deportistas, escritores, intelectuales y todos aquellos que pertenezcan o sean parte de Rusia es, por demás, risible. El irascible comportamiento de los comentaristas y columnistas a nivel mundial en contra de Rusia, genera una ficción demasiado fuerte sobre la sociedad internacional que, en general, está más preocupada por los incrementos de inseguridad y precariedad social que se vive en todo el orbe.

XIV. El juego que sí me interesa de Rusia y que leo también hasta cierto punto en China y otros países, entre los cuales podría mencionar a México [aunque con una estrategia errónea], es muy sencillo: en la medida que un país logre eliminar los vicios de occidente y sus tendencias psicológicas, y ponerse en contacto con sus raíces y los ideales que le brindaron identidad nacional, retomará un destino común, espiritual y funcional de cara al escenario internacional.

XV. Entiendo si lo que digo entra en el ámbito radical y ultranacionalista, sin embargo, vivimos en una época en la cual las tendencias extranjeras permean como la brisa y atan con un corsé a las culturas donde no sé abrazan de raíz las tendencias del pensamiento occidental que, por ejemplo, hoy se aleja convenientemente del conocimiento para arropar sólo al “sentimiento”. “No hay nada más terrible que una clase de esclavos bárbaros que han aprendido a considerar su existencia como una injusticia, y ahora se preparan para vengarse, no sólo de ellos mismos, sino de todas las generaciones”, de nuevo Nietzsche. En la medida que se niega la biología misma e impera una ideología, exaltamos la injusticia de existir, nos tornamos bárbaros.

XVI. La guerra que estamos presenciando es una guerra digital donde la pérdida de la vida humana no tiene mayor consecuencia. Sólo importan la cantidad de “likes” que tiene cualquier imagen trágica. Prestemos atención a esto: en la medida que leemos o vemos en redes sociales las atrocidades causadas por ambos ejércitos, presionamos el botón de “me gusta y compartir”, para potenciar y ampliar esa desgracia que “aborrecemos” y que, sin embargo, validamos impulsándola a través de los canales digitales. Odiamos la muerte, pero “nos gusta” y compartimos el espectáculo para que otros “sufran” como nosotros.

XVII. La gran “guerra influencer” impacta respecto a nuestra capacidad para volverla más inhumana. Es una guerra que no es de todo el mundo, sino de una región aislada que necesita estar presente para todos. Hay otras “guerras” en Oriente Medio, en Asia, entre palestinos y judíos, entre africanos, a las que no prestamos atención porque en esas regiones las marcas aún aguardan en camisetas, automóviles y futuros posibles.

XVIII. Las guerras no entienden de pausas, y si en verdad la guerra entre Ucrania y Rusia fuera de relevancia internacional, no se pausaría, no sería tan inocua como para que la desgracia de dos pueblos queda inerte frente a la noticia de un hombre que cachetea a otro en televisión. No es una guerra presente sino una tendencia pues ocurre en el mundo digital, tan sólo es presente cuando hacemos scroll… se dice de este encuentro bélico que puede terminar con el concepto de occidente como lo conocemos, con la forma de vida occidental… con la democracia. El temor está en: no continuar con la ficción de occidente.

Columna publicada en El Universal