Bots para el nuevo régimen

El grito de Independencia, esta tradición de celebrar la autonomía del pueblo que inició hace más de 200 años, incluye una conmemoración tácita por la libertad de expresión que también fue parte de esa lucha histórica, aunque tal vez no recapacitamos en ello. En lo personal, no me embriaga la pasión celebratoria por la fiesta patria, no por un sentimiento de malinchismo, sino porque pienso que hay formas más sofisticadas de rendir honor al Estado del que formamos parte que signifiquen más que los gritos, llantos y oropeles tricolor, basura inmediata pasado el grito a la medianoche.

Es complicado, desde el idealismo de Nación en que vivimos, celebrar y portar una máscara de armonía frente al caos que enfrentamos como país, sobre todo cuando el uso del “poder” del Estado dejó de ser “suave” para convertirse pronto en una maquinaria de dominación despótica que atenta contra aquello que se opone a sus intereses. En últimas fechas vimos, pues es imposible no hacerlo, al presidente Andrés Manuel López Obrador, atacar de manera frontal al periódico El Universal y Reforma, a las revistas literarias y de crítica cultural como Letras Libres (Enrique Krauze) y Nexos (Héctor Aguilar Camín y Rafael Pérez Gay), al periodista Carlos Loret de Mola y a Víctor Trujillo, bajo su personaje Brozo. Son medios y personajes periodísticos nacionales que hacen una dura crítica a los proyectos del gobierno cuestionables por la mala estrategia de ejecución y viabilidad. Los medios sediciosos que envenenan al pueblo bueno.

El proceder imperioso de López Obrador desde la tribuna de gobierno contra los medios de comunicación es un ataque directo al libre pensamiento, que tiene en la crítica plural su única herramienta para propiciar el diálogo-debate entre el pueblo y los gobernantes, un acto que no debe entorpecerse. Si bien no es un misterio que las estrategias primarias de la política se basan en el ataque directo al adversario-enemigo, es innegable que las “formas” en el despliegue de la fuerza del Estado son ineludibles para evitar el choque desigual y condenatorio aunque existan declaraciones de guerra entre ambos.

Después de casi dos años de conferencias presidenciales a horas canónicas podemos definir el concepto de “la libertad de expresión” de López Obrador bajo la tesis certera de Salman Rushdie: “¿Qué es la libertad de expresión? Si no tenemos libertad para ofender, [la libertad de expresión] deja de existir?”. Hoy, por desgracia, no hay en México un gremio, sociedad civil, fideicomiso, líder de opinión, grupo empresarial, gobernante estatal, núcleos científicos, agrupaciones deportivas y culturales que, al no compartir el punto de vista del presidente, no sea vilipendiado. ¿Acaso los aludidos o agredidos sentirán que deben celebrar el grito de Independencia del Ciudadano que gobierna a los mexicanos, que ataca a los mexicanos, que deja morir a los mexicanos por la pandemia y su estrategia de inmunidad de rebaño obligada? Manchar reputaciones es el pilar sobre el que se sustenta la libertad de expresión del presidente, quien, bajo su lógica no perfectible, tiene el derecho de hacer o decir cualquier cosa sin asumir la responsabilidad básica que conlleva abrir la boca.

En la actualidad vivimos bajo el yugo de una segregación ideológica interesante y poco sutil, espejo de otra realidad que reconocemos en Estados Unidos, por ejemplo, y sería en lo único que podemos equipararnos con el primer mundo. Tanto López Obrador como Donald Trump son individuos unidimensionales. Herbert Marcuse se deleitaría al estudiarlos, enemigos de la libertad de expresión, pues se sienten desnudos al encarar hechos que no controlan; que se caracterizan por vivir un constante delirio de persecución donde el pueblo es el opositor a vencer, ese antagonista que se opone a sus objetivos políticos. Ambos sujetos, cual prestidigitadores, hacen del pueblo que habita la realidad virtual a través de las redes sociales, termómetros y voces latentes que alimentan sus paranoias. Para ellos, ajenos a la certidumbre de los hechos, solo existe lo que está dentro de sus parámetros de creencias sin ser capaces de tolerar un pensamiento crítico real y contrario a sus deseos; y, por división de ideales, desde la rabia del poder segregan al pueblo convertido en enemigo de sí mismo y obligado a pensar de forma mecánica y repetitiva como bots orgánicos y asumidos en su rol de choque sin ideas ni argumentos originales.

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La corrupción político-cultural en México

La semana pasada hubo en México contrastes políticos y divertimentos absurdos. Observamos con interés el circo digital de los videos atribuidos al informante Emilio Lozoya Austin, ex director de Petróleos Mexicanos, que dejaban claro una vez más los graves casos de corrupción de los sexenios anteriores. Los videos muestran a cuadro a funcionarios panistas contabilizando maletas con dinero, sin que sepamos bien a bien su procedencia. En este momento histórico, las imágenes a treinta cuadros por segundo validaban la lucha de Andrés Manuel López Obrador contra la “Corrupción”, esa práctica “cultural” tan arraigada en nuestro pueblo. Los videos, filtrados sin remitente, además de ser un espectáculo de circo itinerante eran la clave que fraguaba las bases de las elecciones del 2021; el prólogo de la próxima victoria del partido en el poder que, momentáneamente, desvió la atención de las decenas de miles de muertos por la pandemia, el cáncer, la violencia y la tragedia económica.

Gibrán Ramírez, candidato precoz para la presidencia de Morena, enarboló durante esos días la bandera del puritanismo bajo el argumento triunfalista “por fin sabemos que el presidente siempre tuvo razón respecto a la corrupción de los gobiernos anteriores”; sin embargo, poco antes del fin de semana, Carlos Loret de Mola presentó un par de videos en los que se apreciaba a Pío López Obrador, hermano del presidente, recibiendo algunos sobres con dinero de manos de David León, funcionario en ciernes del gobierno honesto de la Cuarta Transformación. La estrategia, por demás obvia, tanto del presidente como de sus allegados, se basó en alterar las palabras en su discurso y a la corrupción se le denominó en tono triunfal “aportación”.

Así pues, aunque en primera instancia el dinero permutado de manera clandestina entre ambos personajes cercanos al presidente es a todas luces una acción ilícita, no califica como un acto de corrupción, sino que fueron aportaciones honestas a la causa de Morena. Dinero que, de viva voz, Andrés Manuel López Obrador reconoció que fue utilizado a lo largo de los años en sus giras de campaña por todo el país. Entonces, entendemos que las declaraciones ad libitum del presidente en las que aseguraba que vivía de sus regalías no son ciertas, pues nadie vive en este país de las ganancias literarias, ni mucho menos ejercía la austeridad, tan socorrida en sus letanías, sino que vivía de la clandestinidad económica gracias a sus operadores políticos.

La defensa de su cortejo ideológico no se hizo esperar. Mario Delgado, presidente de la Junta de Coordinación Política de la Cámara de Diputados, declaró que la aparición del video que inculpaba al hermano del presidente era un golpe de la derecha para desacreditar la imagen de López Obrador. Gracias a este video, el movimiento, que hasta hace unas semanas se promovía moralmente superior, demostró que sus raíces se humedecen en el fango al igual que las de otros protagonistas políticos de sexenios anteriores. El cliché se torna realidad.

También la semana pasada durante la emisión del programa “Es la hora de opinar” que conduce Leo Zuckermann, el periodista Pablo Majluf, durante un debate acerca de la corrupción, comentó que ésta formaba parte de una u otra manera de la médula de nuestra cultura debido a que los gobernantes provenían del pueblo. En respuesta a esta declaración impopular tanto Denise Dresser, Mario Arriagada y Zuckermann negaron la propuesta de Majluf argumentando que defender esa tesis era bastante arriesgado, por demás reduccionista e ilógico. En todo caso, continuaron, deberíamos entender que la Corrupción forma parte del sistema de valores que la política en su práctica tolera gracias al orden de sus partes. Me inclino bastante a defender la idea nada popular de que la herencia cultural que determina las prácticas de corrupción no exime a ninguna clase social ni de México ni de ningún otro país. No obstante, creo que la cuna sí define el grado de acercamiento a las prácticas corruptas expuestas en un lienzo de matices sociales, aceptados o no por el núcleo al cual pertenecemos.

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La Cruzada de Hugo López-Gatell

En febrero de 2013 el gobierno del entonces Primer Ministro, Tony Blair, resistió una sacudida que si bien no anuló su mandato, propició que tanto a él como a su gabinete se les recuerde como seres sin escrúpulos que llevaron a la muerte a miles de jóvenes soldados del Reino Unido que combatieron en la segunda guerra de Irak. La confrontación bélica hechiza por George Bush Jr., presidente de Estados Unidos, fue dirigida para fortalecer su gobierno como estratega defensor del mundo libre durante su persecución terrorista. Sadam Husein, era el objetivo, derrocar al dictador que durante más de dos décadas fue la figura incómoda del mundo árabe para ese entonces inservible como pieza geopolítica.

Katharine Gun, una traductora del Centro de Comunicaciones del Gobierno (GCHQ por sus siglas en inglés), recibió el correo electrónico de un funcionario de la Agencia Nacional de Seguridad estadounidense solicitando espiar a las delegaciones de países como Chile y Camerún, que no formaban parte de la comisión permanente de seguridad de la ONU, para obligarlos a votar a favor de la guerra injustificada contra Irak que dio inicio el mes de mazo de 2003 y finalizó hasta diciembre de 2011.

Katharine filtró la información de inteligencia al periódico dominical “The Observer”, que generó frustración y enojo en la sociedad británica y, por supuesto, el gobierno de Blair negó todo acto de espionaje hasta que en 2010 se aceptó la colusión con Estados Unidos para declarar la guerra a Irak bajo el argumento perenne de querer asegurar las armas de destrucción masiva que poseía Husein. Además, se dio a conocer que el gobierno del Primer Ministro fue asesorado por el ahora ex fiscal general Peter Goldsmith para no participar en la guerra, aunque sus palabras fueron ignoradas y prevaleció el interés de Blair de potenciar el mercado de guerra que estrechó los lazos utópicos de hermandad entre el Reino Unido y Estados Unidos.

“El último rey de Escocia”, del escritor inglés Giles Foden, narra las atrocidades cometidas por el dictador de Uganda, Idi Amin Dada, durante el periodo de su gobierno en la década de los setenta del siglo pasado. La pasión del ugandés por el pueblo escoto lo lleva a declarar en su locura que “si la gente se lo pidiera, aceptaría ser rey de Escocia”, delirio de grandilocuencia y mesianismo presente en las figuras enfermas de poder. Atroz es el único adjetivo que nombro para definir la novela de Foden. Palabra a palabra nos adentra en un violento mundo-postal del populismo africano que nos ayuda a entender los vicios y controles idealistas que potencian las palabras adecuadas sobre la mente del pueblo.

África es un continente destinado al fracaso, estadio de esclavos, de trata, de violaciones, de conflictos religiosos que no atienden ni a Cristo ni a Mahoma ni a dioses primigenios. La avaricia plena que provoca, y provocó durante siglos, la piel como moneda de cambio mantiene al continente asediado, fuera de la esperanza y la paz. Además, el asistencialismo del primer mundo ampara en la miseria a las etnias negras que jamás escapan de la hambruna.

Idi Amin llega al poder gracias al hartazgo del pueblo por ser gobernados durante generaciones por líderes corruptos. Amin bailaba sobre templetes. Se dejaba adornar de flores, tomaba entre sus manos lanzas y escudos, gritaba  diatribas contra los corruptos y aseveraba frente a la gente “yo soy ustedes”. La masa estallaba en risas y aceptaba la llegada del nuevo gobernante, “el deseado de todas las gentes”. Un payaso maquiavélico, como tantos en Latinoamérica, como uno en México.

Pronto en el poder, Amin, se torna un líder sin empatía por su gente que advierte en cada ciudadano a un contendiente en potencia, un enemigo que quiere su trono. Amin asesina a quien se anteponga a sus deseos. Cual piezas de ajedrez manipula a sus jefes de Estado a quienes asesina al sentirse burlado. Inicia obras de infraestructura, ministerios de salud, embajadas, universidades sin estudiantes. Obras que apoyan su locura. El genocidio de las etnias Acholi y Lango bajo su yugo se extiende por Uganda para lograr la pureza de la nación.

Lo que une a Idi Amin con la cultura inglesa es su formación como parte del cuerpo de Los Fusileros Africanos del Rey (KAR, por sus siglas en inglés), donde aprendió las tácticas de guerrilla que lo encumbraron. En 1977 rompe alianzas con el gobierno del Reino Unido, acto que presume como la derrota del Imperio Británico por sus propias manos. Su confrontación con los ingleses aceleró su caída en 1979. Los dioses del pueblo bueno dejaron de sonreírle. Murió exiliado, sin gloria, sin reino, sin Inglaterra. Sin ser rey.

Idi Amin Dada no formó parte de la realeza política británica. Del currículo que ostentaba jamás se borró su papel como fusilero, un nombramiento sofisticado para un súbdito y esclavo más de la corona. Tony Blair y George Bush Jr. no fueron mejores que el africano ante los deseos de ejercer su control geopolítico. Sacrificaron la vida de su gente en Irak, la sangre de su sangre si les otorgamos el título de padres patrióticos, la más alta traición.

De frente a la pandemia el Primer Ministro Británico actual, Boris Johnson, puso en peligro la vida de sus compatriotas por la tozudez de su accionar. Su inmunidad de rebaño lo llevó a estar hospitalizado por padecer covid-19, habría sido absurda su muerte y no por eso menos cómica en su tragedia. El hombre necio aún reniega por no domar a la pandemia bajo sus propios términos, peca de populista cual ignorante que huye de la ciencia; y de esa cepa de mandatarios se desprende Hugo López-Gatell, el afamado subsecretario de Salud mexicano que dejó bajo llave el juramento a Hipócrates para ejercer de tribuno.

Desde el inicio de la pandemia en México, López-Gatell, se ha comportado como una cortesana al servicio del presidente mexicano a quien le endulza el oído frente a la masa. Seamos honestos, las declaraciones del doctor rayan en la zalamería con frases como “el presidente es una fuerza moral, no de contagio”. Al inicio de la pandemia el subsecretario se posicionó como una voz única en el gabinete de Andrés Manuel López Obrador, y su apariencia amigable le ganó seguidores por ser la única figura de la cuarta transformación que simulaba mayor empatía con la gente.

Las primeras mentiras que el doctor fue construyendo iniciaron con su soliloquio acerca de la estrategia del gobierno para contener la pandemia, que hoy intuimos apostó también por la inmunidad de rebaño como Boris Johnson. En marzo mencionaba que desde el mes de enero tenían una estrategia para atender el virus del SARS-CoV-2, lo cual era una falacia ya que los reportajes hechos por el suplemento cultural “Confabulario” acerca de la previsión del gobierno para contar con ventiladores para atender la pandemia (https://bit.ly/2YcrDuQ y https://bit.ly/3g5tZ4E), demostraron que no existió tal estrategia. Además, ni la Secretaría de Salud ni la Secretaría de Economía que dirige la doctora Graciela Márquez Colín, llevaron a cabo acuerdos con las compañías extranjeras en suelo mexicano, que podrían haber ayudado a paliar la pandemia con el suministro de ventiladores, entre otros insumos médicos.

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Radicalismo acrítico en México

De frente a la angustia. Durante las últimas horas hemos observado una marea de procederes radicales y violentos por las desapariciones de los 109 fideicomisos que representan un total aproximado de 68 mil 478 millones de pesos, los cuales incluyen un fondo de apoyo a la cinematografía, además de otros apoyos a la ciencia, por no mencionar los de salud y medioambiente, bases económicas que se perderán en la opacidad de su manejo inmediato. Las conversaciones al respecto, las diatribas y encontronazos entre diputados sobre la tribuna que terminaron a golpes, lo cual se asemeja más a las riñas cotidianas en los tinglados políticos asiáticos que se televisan para el divertimento de todo el orbe. El llanto y los lamentos de artistas e intelectuales también se ha hecho escuchar con justa razón.

Como alguien que ha hecho de la cultura una forma de vida, que ha trabajado desde esa plataforma intelectual a lo largo de casi tres décadas, puedo compartir el profundo desencanto por la muerte de estos fideicomisos porque, si los dimensionamos apenas desde la superficie, fueron ahorros generados a lo largo de más de 30 años. Sin necesidad de ser matemáticos, sabemos que eso implica que a partir de estas fechas necesitaríamos otras tres décadas, si no es que cuatro, para volver a lograr los ahorros existentes, muchos de nosotros no estaremos vivos para ver la recuperación de esos fondos que lo mismo atienden desastres que dan voz y rostro a la cultura, la ciencia, el turismo, la infraestructura y las acciones transversales entre organismos internos del poder que necesitaban de esas bases económicas para no mermar el gasto líquido.

Criticar al Poder en turno se convierte cada día más en una postura de lugares comunes de la cual es difícil escapar y eludirla del todo, pues de manera cotidiana el ejecutivo brinda miles de aristas que atacar y esgrimir para intentar darle coherencia a lo que está ocurriendo en el país. El ejecutivo, ese hombre sobre el estrado, sin duda tiene una capacidad avasalladora para modificar agendas, darte trabajo que te mantenga entretenido sin llegar al fondo de ninguna problemática en sí; el presidente hace las veces de un boxeador mañoso en su estrategia como lo fuera Cassius Clay, sobre todo en su combate contra George Foreman en la batalla denominada The Rumble in the Jungle, en la República del Congo antes conocida como República de Zaire. La estrategia de Clay fue sencilla: agotar al oponente y utilizar su agresión, llamémosla “radicalismo”, sobre el cuadrilátero para vencer a Foreman.

La analogía boxística es ideal para este momento pues medios, periodistas, escritores (que no comentaristas de ocasión en redes sociales, error común de la intelectualidad mexicana), todos estamos entrando en una fatiga mental ocasionada por el gran cúmulo de batallas abiertas en las trincheras cada vez más debilitadas. Sobre el cuadrilátero del país, el pueblo (juez y verdugo) está perdiendo, lo cual se asemeja más a un pronóstico de proporciones psicológicas indeterminado, a una enfermedad del pueblo total. La estrategia desde las esferas del poder, valga la metáfora clínica, apela más a una lobotomía masificada que ata de manos y de pensamiento al pueblo cuya estrategia consiste en curarnos de la enfermedad emocional de ejercer la crítica como debe ser. Gottlieb Burckhardt, António Egas Moniz y Walter Freeman, los padres del procedimiento entre el siglo XIX y XX estarían felices de ver la consolidación de su técnica de amansamiento ejercida sobre el pueblo y a partir de este.

En diversas ocasiones he abordado la nula capacidad crítica que, aunque no la generalizo, por los menos está latente en un alto porcentaje de la población sin importar clases sociales, niveles académicos o intelectuales. Pareciera que, como miembros de este concepto de lo que es México, no estamos preparados para cuestionar, sino que apelamos a partir de nuestra herencia romántica, que se confrontaría a profundidad con la tradición francesa, de ejercer el diálogo y la defensa de los ideales, no con el intelecto sino con el corazón. Por romántico que esto parezca es el diagnóstico que resalto.

A lo largo de más de un siglo, las corrientes marxistas, comunistas e idealistas de la igualdad de clases han predominado en gran parte de la cultura del centro del país. Figuras como Leon Trotsky, en su momento abrazado por intelectuales como Diego Rivera, que intercedió con el presidente Lázaro Cárdenas para que se aceptara su exilio en el país, dotó de un halo imaginario la lucha e igualdad de clases, algo inusitado para un país que se dirigía hacia el modelo de estabilización de la lejana posguerra europea que comenzaba a tomar forma con Cárdenas, pasando por Manuel Ávila Camacho, Miguel Alemán Valdés y Adolfo Ruiz Cortines, mientras que en el mundo se tramaban las revoluciones a mediados del siglo XX, en el árido escenario geopolítico de la Guerra Fría.

La llegada de Andrés Manuel López Obrador a la presidencia de México, por supuesto, ocurre debido a un hartazgo de la población; es la idea del lugar común que todos hemos escuchado en más de una ocasión y es el argumento ideal que se esgrime en las tertulias familiares y en los foros de discusión política. Sin embargo, el arribo del tabasqueño a la presidencia se dio gracias al nulo ejercicio crítico de la población acerca de la figura que se presentaba como la mejor opción. Con esto no apelo ni pretendo ensalzar al resto de los candidatos presidenciales del momento, no obstante, decir que López Obrador era la “opción menos peor”, no nos edifica como cultura.

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Privilegio e ignorancia para el pueblo

I. En los diarios de George Orwell, y en toda su obra si la estudiamos a conciencia luego de abandonar el romanticismo juvenil de Rebelión en la granja y 1984, el autor plantea una idea inmisericorde hacia nuestro proceder que lastimaría a las mejores mentes propagandistas de la generosidad, presentes en éste y todos los pueblos, sobre todo en los artistas, políticos, intelectuales, la sociedad civil et al. “El poder de enfrentarse a hechos (acciones) desagradables”, es una frase retórica en todo su sentido, profunda y devastadora, claro está si somos nosotros los protagonistas-ejecutantes de los “hechos” o “acciones” desagradables que no estaríamos en condiciones de aceptar porque la paja siempre está en el ojo ajeno.

En distintos momentos he abordado el tema de la corrupción eliminando el significado puro que la atañe al crimen, pues es más que eso, y la ligo de manera directa con el instinto primigenio de supervivencia una vez que entendemos nuestro paso por este mundo. Pero ¿qué hay del privilegio? En principio, podemos hacer una apología del privilegio ganado, ese que se obtiene empezando desde abajo, propio de mujeres y hombres que pican piedra, sin romanticismo, y se colocan por encima de las circunstancias adversas en determinado momento, se tragan las humillaciones, forjan carácter y triunfan. 

También están los otros privilegiados, quizá herederos de los ya mencionados, que llegan al mundo con preceptos ingenuos donde el merecer es innato. Estos, en la gran mayoría de los casos, son un tanto miserables pues, al creer que todo les pertenece por su condición dinástica y autoengaño de mérito forjado en solitario, pisotean a otros que luchan como lo hicieron sus padres por lograr la subsistencia; peor aún, no reconocen sus acciones, la disculpa es una palabra desconocida. Se victimizarán para justificar sus procederes continuos y lastimeros ante los de su clase, quienes los exculparán, apelando al discurso del “sentir”, del “vibrar” por encima del “deber”, de la “civilidad” de confrontar su errores. Oh, mediocridad. Oh, cultura.

¿Es corrupción el privilegio? Digamos que es un excelente motor para generar caos en las entrañas del pueblo. Sus significados están entramados de manera sutil y debatible. Unas de las acepciones de la corrupción, según la Real Academia Española, se limita a definirla como “la practica consistente en la utilización de los medios (en provecho y a favor) económicos o de otra índole por parte de los gestores”, mientras que el privilegio es por definición “la ventaja exclusiva o especial que goza alguien por concesión de un superior o no, o por determinada circunstancia propia”. La frontera es tan delgada que las interpretaciones son interminables, por eso mejor acudir a la neutralidad del diccionario.

De los privilegiados, Martin Luther King Jr., comenta que jamás renunciarán voluntariamente a su condición y a ejercer su derecho a sobrevivir a pesar de todos; incurrirán tarde o temprano en actos consecuentes de corrupción. Retomo entonces a Orwell: ¿Acaso estamos preparados para confrontar nuestros procederes desde nuestro privilegio?

No lo estamos porque no creemos ser privilegiados de facto. Es un concepto tan complejo que vivimos de manera grata en una mentira que disculpa el escarnio de nuestro bienestar a costa de los demás. ¿Son nuestros objetivos y deseos más importantes que los sueños del otro, que los privilegios del otro? Es una pregunta válida que debemos hacernos cuando el duende de la corrección política, el activismo, la ejecución artística y empresarial, toque a nuestra puerta y nos pida ser honestos eliminando las bohemias y el lenguaje inclusivo. El privilegio equipara su accionar con una antropofagia social curiosa pues la frase “el hombre es un lobo para el hombre” define de lo que se trata ser humano a pesar de los demás. Pero no debe existir la culpa… ése es el acertijo.

II. Abandonando la postura moral del primer apartado, me interesa ahondar en el juego de las palabras que construyen ídolos, generan privilegios sobre personajes áridos, dan poder a los bufones vueltos mesías. Quienes hayan padecido por las dinámicas de confrontarse con seres mejor posicionados en el mundo, aquellos que hacen del privilegio su carta de presentación y razón de ser, entenderán que el engaño es una de las herramientas fundamentales para eliminar todo rastro aparente del juego de jerarquías desde el privilegio.

Vivimos en un instante de repeticiones históricas, algo que llamo obviedad del pensamiento. No hay hilos nuevos que tirar, nuevas vanguardias o posturas políticas, inclusive el avance tecnológico, aunque notable, ronda las ideas de antaño renombradas. Tan sólo a un siglo de distancia, tomamos como destino una ruta determinada y ya conocida hacia el caos, guerras y armisticios. En Europa, la extrema derecha y el populismo ejercen un poder sutil que se cristaliza a partir del empuje de la clase obrera (de nuevo la clase obrera como herramienta política), que tiene en Marine Le Pen a una posible candidata para vencer a Emmanuel Macron en 2022. No obstante, la lucha interna y familiar por el poder entre Marine y su sobrina Marion Maréchal es trágica, pues la segunda quiere recoger bajo su ala a los huérfanos radicales y racistas que habrían congeniado de mejor manera con el patriarca de la familia, Jean-Marie Le Pen. Privilegios sociales hechos política en juego.

Alemania, país bajo el mando de Angela Merkel, es envidiado por el resto de la Unión Europea por sus sólidas bases industriales y económicas que le permitieron controlar hasta cierto punto la pandemia coronavírica mejor que otros países de la región. No obstante, deben convivir con el movimiento esotérico de ultraderecha Reichsbürger (Ciudadanos del Imperio), que no reconoce la legitimidad y existencia del estado Alemán, además de sentirse víctimas de la Segunda Guerra y reafirmar que sólo enferman de Covid-19 aquellos que no están en armonía con su cuerpo. Por tanto, desean romper con los tratados de paz con Rusia y Estados Unidos, y tienen en Donald Trump una figura de liderazgo, pues su herencia alemana lo valida debido a que el nacionalismo del mandatario, potenciado en su momento por Steve Bannon, es lo que Alemania necesita para lograr la supremacía.

En ambos ejemplos, el privilegio de masa que ostentan los detractores frente a los aparatos del poder es el que les brinda la capacidad para dominar o engañar, según sea el caso, para lograr sus cometidos a pesar del Estado.

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Indignación contra el nuevo régimen

En ocasiones es difícil no criticar. ¿Qué sentido tiene? Utilicemos otra palabra; reflexionemos por qué es tan complicado no reprochar.

La política en su práctica es herencia, casta, industria, estrategia, mentira, retórica, pasión, un redondel de deseos, una nada fina administración del poder irreformable, discurso vacío, estupidez. Al parecer nada bueno, no obstante, nos rige y educa. Durante las últimas semanas, el panorama político y social nacional no ha lucido nada alentador. No vale la pena mencionar la emergencia sanitaria, pues es noticia vieja pero activa y legitimada para su posteridad nacional (Hugo López-Gatell podría objetarlo, sería interesante que nos diera una clase acerca de “comunicación y periodismo”, por qué no, se le da la retórica). Todo lo anterior son obviedades, duele decirlo, un caos perdurable cual naufragio que vuelve nuestra boca salina al escuchar los discursos Ad absurdum del presidente, que no logra fajar su pantalón. Hablar de la violencia que ejerce el crimen organizado no es novedad. En este rubro, millones de mexicanos, de sur a norte, somos analistas expertos sin tecnicismos de seguridad nacional.

Exonerar es un gran vocablo. No lo olvidemos. Tanto en este sexenio como en los anteriores, ha sido el verbo que rige el sistema de justicia del país. Hace apenas unos días, la madre del narcotraficante José Antonio Yépez, mejor conocido como “el Marro”, quedó libre, exonerada, por falta de pruebas en su contra luego de ser detenida por manejar las operaciones financieras del cártel Santa Rosa de Lima. Horas más tarde asesinaron al abogado de la sacrosanta señora. Alguien estaba molesto. Previo a esto, vimos al narcotraficante, hijo pródigo, llorar por su madre mientras amenazaba al gobierno mexicano y agradecía, además, al pueblo bueno que salió en defensa de sus familiares encarcelados. Jamás había visto a un delincuente llorar a cuadro por su progenitora. Lo entendemos, las madres son sagradas; y verlo llorar, clamar justicia, es increíble porque le hablaba a ese pueblo beneficiario del crimen, en mayor o menor medida, que valida sus acciones a pesar de la vida de otros. El delincuente cual mártir.

Más florido y patético fue escuchar el presidente aceptar, en cadena nacional, que dio la orden de liberar a Ovidio Guzmán, en Culiacán, Sinaloa. Mintió cínicamente; algunos se molestarán, pero así lo hizo, bajo el argumento de querer salvar más de doscientas vidas de soldados y civiles gracias a su decisión de Estado… lo cual está en duda. Todo esto remata en un breve video del mandatario diciendo, cual demagogo, que tiene miedo del crimen organizado como cualquier mexicano… sólo que él no es cualquier mexicano… y su gobierno sigue “luchando” contra la violencia al tiempo que Omar García Harfuch se recupera tras el atentado que sufrió en la Ciudad de México… gran escándalo. Aunque pienso, es aún más deprimente saber que nuestro gobernante no cree deberle nada a la sociedad, pues la indignación de la gente no representa ningún conflicto para su mandato, el pueblo ya no es su capital.

Kurt Vonnegut, autor que valdría la pena rescatar del olvido, escribió “Matadero cinco” hace medio siglo. Se trató de un libro que cimbró con su sátira a los veteranos de la Segunda Guerra que veían con horror la espectacularidad trágica de Vietnam. La obra de Vonnegut es bastante divertida en ese caos que aborda el sinsentido bélico, que llama la atención de una raza alienígena del planeta Tralfamadore, la cual se entretiene al ver la capacidad de destrucción de los humanos. No imagino cómo se divertirían hoy. Billy Pilgrim, el joven soldado protagonista de la novela, narra con metáforas psicodélicas su encierro en un matadero luego de ser capturado y sometido por el ejército alemán. Hasta ese momento nada extraño ocurre, sino hasta que los habitantes de Tralfamadore le prestan atención al veterano, a quien adentran en su lógica existencial sin libre albedrío, para convertirlo en animal de zoológico donde lo invitan a procrear con una actriz pornográfica también recluida en el mismo parque-casa habitacional para el entretenimiento de los otros.

La crítica que subyace a la novela alude a la indignación del hombre frente a la guerra, esa lógica existencial tan humana y discursiva que tiene su motor en la destrucción de doctrinas y pueblos. Billy Pilgrim, valga la comparación del Sísifo de Albert Camus, es un personaje destinado a cumplir con su destino sin posibilidad de modificarlo y tiene en los márgenes de esa repetición eterna todo el derecho de indignarse por su condición, la cual debe repetir por el resto de su vida… de nuestra vida.

Indignación. A la par con los sucesos violentos de los últimos días, el tema que es verdaderamente relevante para nuestra realidad política no es otro que los comicios del próximo año, con los cuales se juega el verdadero control del país por lo que resta el sexenio. Es interesante percibir cómo el pueblo en sí no tiene relevancia alguna para dicho procedimiento de elección popular. Siendo justos, el pueblo sólo tiene valor una vez cada sexenio, el resto del tiempo somos agentes sin consideración por demás manipulados, sin voz ni voto. Lo que impacta de este gobierno es que, al menos en los últimos 18 años, es el único que se ha vendido como uno que representa plenamente al pueblo mismo. Estamos de acuerdo en eso, supongo, pero ¿cuál es nuestro papel en este momento en el que una gran fracción del pueblo está inconforme con lo que acontece en el país?

Es sabido que toda gran revolución necesita de mártires que validen las acciones del poder entrante para promover con estas figuras el progreso del proyecto político y social de todo nuevo gobierno; no es ningún descubrimiento. La cuestión es: ¿estamos dispuestos a ser los mártires del cambio de régimen? ¿Acaso el gran número de niños, niñas, mujeres y hombres que viven con cáncer son la materia dispuesta, el sacrificio humano perfecto para el cambio? Por ocioso y reduccionista que sea el planteamiento, no puedo creer que terminar con programas sociales en beneficio de estas poblaciones vulnerables validen el nombre político de un proyecto, de una figura.

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La corrupción educativa en México

La educación es el enemigo íntimo que un Estado despótico debe vigilar y menguar. Se debe controlar el semillero de los conceptos científicos, filosóficos y políticos que nutrirán de conocimiento al pueblo en aras de encontrar vías para su progreso. Al conocimiento como herramienta de supervivencia hay que sobajarlo y difamarlo frente a las clases sociales más cercanas a la pobreza para eliminar de sus ideales el deseo por aprender, y ayudarlos a romantizar hasta el extremo la idea de la humildad y la riqueza espiritual que otorga el trabajo que no requiere de preparación escolar.

En México, la tarea de los profesores a lo largo de la historia posrevolucionaria, se ha concentrado en educar a generaciones enteras de mexicanos sin capacidad de discernimiento, porque el Estado no ha brindado ni los presupuestos necesarios para la educación ni la preparación adecuada para los profesores que, en su mayoría, recurren a las aulas como modo de supervivencia y no por vocación. También las preocupaciones sindicales nimias de los profesores, como ejemplo el magisterio de Oaxaca, son más importantes que la educación y estos personajes vividores del sistema educativo nacional existen como rémoras que navegan infinitamente unidas al pueblo que las pasea sobre sus espaldas.

Mientras estudiaba en la Universidad Autónoma de Baja California, tuve como profesor a una leyenda intelectual de Tijuana, director de la Preparatoria Federal Lázaro Cárdenas la más prestigiada, cronista y figura incuestionable del honor local, educado en la Ciudad de México. Pecaba, como otros tantos, de una soberbia impecable que otorgan los círculos “eruditos”. Hundía los sueños de sus estudiantes porque no merecían el honor de su presencia. “Ustedes, no podrían acceder a estudiar por ejemplo en el Colegio de México, son espacios selectos para los cuales no están preparados”, comentó en alguna ocasión el gentilhombre en el salón de clases. Frase que jamás olvidé por su mediocridad que herró el pensamiento de varios compañeros. Queda claro que el afamado cronista no estaba educado para encausar a sus alumnos a sobrepasarlo.

Al poco tiempo, estuve frente a un grupo de preparatorianos estatales a los que alistaban como afanadores mecánicos que darían mantenimiento a las maquiladoras de la región. La preparatoria era vespertina y sus instalaciones pertenecían a una primaria rural en medio de la “citadina” Tijuana. Presioné bastante a los estudiantes para que ejercieran la crítica con argumentos, lo cual no fue muy agradecido por la planta de profesores, me llamaron la atención los inspectores de la zona estudiantil, no hice caso. Varios de aquellos jóvenes descubrieron que existían becas, oportunidades y profesiones inimaginables. Algunos no deseaban estudiar por no contar con los medios económicos, y aun así varios llegaron hasta la universidad dejando atrás el destino escogido para ellos por el Estado como simples afanadores. De mi experiencia como estudiante y profesor entendí que la educación es un falso privilegio al cual todos podemos acceder. ¿En verdad necesitamos de un privilegio defectuoso en su raíz?

No somos una cultura educada para pensar. Educada para ejercer y comprender la crítica hecha hacia nuestro ejercicio intelectual. Los mexicanos huimos de la crítica frontal, y para decir lo que verdaderamente pensamos es necesario hacer un tratado de disculpas previo a manifestar lo que deseamos por miedo a herir susceptibilidades, es nuestra cruz siempre en ruta hacia el Calvario. Tampoco sabemos escribir y es trascendental para el ejercicio del pensamiento. ¿Cómo lograr la coherencia discursiva de aquello que deseamos comunicar si no trazamos primero el mapa? Además, somos bastante influenciables, atendemos a figuras intelectuales que validamos por extranjeras, lo cual habla mal de nuestro discernimiento. ¿Para qué nos preparan en el sistema educativo y académico mexicano? Contamos con grandes mentes en reposo, temerosas a decir la verdad acerca del caos científico que vivimos en este momento.

A partir del arribo del gobierno de la transformación sufragada por millones de mexicanos, hemos visto cómo sus acciones políticas han desmantelado, con una ruta establecida de antemano, el sistema educativo y científico nacional. La sensación que existe entre las sociedades científicas es la de una persecución tácita impulsada por la degradación abrupta del Consejo Nacional de Ciencia y Tecnología que preside la doctora María Elena Álvarez-Buylla. La ciencia en la actualidad es un ejercicio intelectual desechable y juzgado a partir de discursos morales por supuesto no verificables. Al no fundamentarse el conocimiento científico en las raíces ancestrales de la cultura popular-indígena de la nación, éste no tiene relevancia porque no hay cantos ni ceremoniales con copal que validen su existencia. Es alarmante que la doctora Álvarez-Buylla, secundada por Hugo López-Gatell, desprecie el conocimiento científico para apoyar la ideología del actual mandatario ávido por descubrir en las hortalizas la tónica para el triunfo del estado mexicano frente a la pandemia.

Estamos, al parecer, en los primeros años de la revolución rusa, ahora en México. Aquella que inició entre bolcheviques eliminando la pluralidad educativa hasta convertirla en un proyecto técnico y de propaganda política. Labor titánica del Comisariado Popular para la Instrucción Pública, el Narkompros, encabezado por el dramaturgo Anatoli Vasílievich Lunacharski defensor, por cierto, de las artes lo cual se contrapone con nuestro gobierno.

Fue de este movimiento revolucionario del cual se tomaron las ideas adjudicadas a nuestro presidente: la venta de ediciones populares de literatura, sagrada bandera de Paco Ignacio Taibo II, director del Fondo de Cultura Económica; la educación popular sin calificaciones, con la eliminación de exámenes porque la enseñanza es un “privilegio” para todos; además del énfasis puesto en el estudio de oficios más no en la capacitación intelectual. Propuestas de las que no emite juicio alguno el Secretario de Educación Esteban Moctezuma Barragán.

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AMLO y Trump sin palabra ni honor

La semana pasada y los primeros días de ésta, fueron gloriosos en términos de simbolismos y acciones políticas mundiales que mantienen viva la llama crítica no sólo debido a la pandemia (que por sí misma, sin restarle gravedad, comienza a ser parte de la cotidianidad más que aceptada), sino porque inician las luchas electorales por el poder, al menos en México y Estados Unidos, vecinos integrales de la desgracia social contemporánea. Aunque se niegue, en esta nueva normalidad la emergencia sanitaria ha perdido fuerza como noticia de interés para el pueblo que olvida, a cuenta gotas, el miedo a la tragedia y la muerte. Salir a la calle y respirar el aire fresco es necesario para muchos, ya sea para disipar la depresión o sencillamente para retomar la obligada tarea por la supervivencia ante el inevitable declive económico.

Mientras que en Brasil Jair Bolsonaro dio positivo en su prueba de coronavirus por segunda ocasión, lo cual es un golpe inesperado para su imagen de superhombre cristiano, Donald Trump declaró finalmente que usar cubrebocas es un acto patriótico ante el caos de muertes estadounidenses; en México, Andrés Manuel López Obrador, cede despacio al uso del cubrebocas en sus vuelos comerciales y por fin accedió a mencionar que la pandemia es una amenaza real, al tiempo que se transmiten, con el vértigo de las redes sociales, las imágenes de grupos armados del narcotráfico que controlan el occidente del país… desestimadas, claro, por el ejecutivo.

En otras latitudes, el Arte perdió un museo, el Hagia Sophia (Patrimonio de la Humanidad de la UNESCO), y la religión ganó una mezquita gracias al presidente turco Recep Tayyip Erdogan, de la misma corriente filosófica-política no oficialista que los tres mandatarios de América que hemos mencionado. Con esto se reaviva un conflicto religioso entre ortodoxos y musulmanes que le gana votos en su base nacionalista, sin importar el caos que pueda generarse a través de atentados o la segregación religiosa exacerbada y ciudadana… De nuevo un “Dios” se entromete en la vida política de una nación.

La Unión Europea se debatió y validó un plan de rescate económico, un paliativo para la crisis pandémica que se anuncia como la madre de todas las debacles financieras, las figuras aplaudidas por este gran logro son Angela Merkel de Alemania, Emmanuel Macron de Francia y Charles Michel, presidente del consejo Europeo. Se aprobaron 390 mil millones de euros para el rescate de las 27 economías de la zona euro en subvenciones y 360 mil millones en créditos que se inyectarán inclusive como fondos muertos a las empresas para la reactivación económica. Mientras tanto, en México las empresas quiebran, los trabajadores del Estado pierden sus computadoras y se presume la llegada del extraditado Emilio Lozoya (ex director de Pemex), una carta bajo la manga para ejercer presión simbólica, que no activa, a los enemigos de nuestra república noble, un fantasma sin voz propia hasta el momento.

Vale la pena mencionar, no sin tristeza, que nuestra atención se centra más en los resultados de los comicios del 2021 que en los muertos por la pandemia. Un tema de suma emergencia, como lo es la salud de los mexicanos, es ya comidilla diaria para denostar la incapacidad aceptada de Hugo López-Gatell que cual personaje de carpa juega con las palabras para no decir verdades, sino hacer grilla en contra de los estados de la nación. Pero en México no son tantos los muertos respecto a otros países como Italia, no debemos preocuparnos, según declara el neo-conservador Gibrán Ramírez.

La semana pasada apareció en los escenarios de la política nacional el nombre de Mario Puzo, el célebre escritor de “El padrino”, novela que inmortalizó Francis Ford Coppola en el cine mundial. El motivo un tanto nimio de la mención de Puzo se debió a la crítica de nuestro presidente hacia los profesionistas que estudian en el extranjero; otros argumentan que en realidad era una burla hacia el padrino del mismo Lozoya. No lo sé de cierto, pero este fue un tema más que se suma a la interminable cartera de tópicos chabacanos que divergen la atención de los ciudadanos, combustible para las redes sociales, maldita obviedad. En el ánimo de corregir las palabras del mandatario, las oleadas salieron a clarificar el destino de Michael Corleone que, a decir verdad, a quién le importa.

“El padrino” es una novela cuidadosamente construida por Mario Puzo a partir de su bagaje cultural como heredero de una familia de la Provincia de Avellino en Italia. El joven autor formó parte de la Fuerza Aérea estadounidense durante la Segunda Guerra, pero jamás participó del campo de batalla por sus problemas visuales. Como autor, pensó estratégicamente, así lo confesó, en construir una novela para la masa; ese fue el objetivo, pues deseaba tener los medios para poder alimentar a su familia y nada más. Una necesidad tan básica, sin una pretensión literaria exquisita. Esta obra tan aplaudida durante la semana tiene en su entraña una reflexión mediata que habla del respeto y de honrar como hombre o mujer a tu “palabra”. No hay más. Por cierto, si no queda claro, dar tu palabra es empeñar tu honor.

Durante la campaña presidencial, nuestro mandatario declaró hasta el cansancio que llegado el momento se mediría con Donald Trump para increparlo por su falta de respeto hacia el pueblo de México. La declaración, aunque increíble, me llevó a pensar que por fin tendríamos a un presidente que se enfrentara a sus pares. Años más tarde, el momento llegó gracias a la entrada en vigor del TMEC. De frente, Donald Trump y Andrés Manuel López Obrador, protagonizaron una escena risible en todos los aspectos, donde los dos furiosos mandatarios afables y zalameros intercambiaban risas y miradas discretas. La furia de ambos se vio taimada por la obligada diplomacia, lo entendemos, tampoco queríamos el caos. “No nos confrontaremos”, declaró Obrador. Está bien, señor presidente… sólo valdría recordarle que, como mexicano, a los ojos de Trump y lo que representa, es usted también un criminal y violador.

Entre las tantas frases de “El padrino” hay varias que bien podemos retomar para explicarnos no sólo la realidad mexicana sino la estadounidense. “No confío en la sociedad misma para protegernos, no deseo depositar mi fe en las manos de los hombres que tienen, como único logro, el haber engañado a la gente para votar por ellos”, escribe Puzo. Ante esta declaración de principios, defiendo mi incredulidad en la sociedad que entiendo como un cúmulo de individuos que, como hormigas, luchan por su lugar anteponiendo sus intereses que no son mis intereses, que no son los intereses de 30 millones de votantes por convicción o acarreo, quienes validan hasta la fecha el nulo cumplimiento de la palabra del presidente ante sus acciones y, por tanto, participan de su inmoralidad, aunque algunos busquen la redención al lamentar su voto pues lo hicieron por el cambio, sí… por la palabra y el empeño del honor de un hombre.

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La transformación moralmente sadista

“Marat/Sade”, de Peter Weiss, es una obra fundamental de la literatura dramática de la segunda mitad del siglo XX que hace una crítica a la revolución francesa ataviada por el sentimiento humanista e ilustrado de fin del siglo XVIII, a través de la mirada ficticia del político Jean-Paul Marat, desde el punto de vista también artificial de Donatien Alphonse François, conocido como el Marqués de Sade, durante su estancia en el manicomio de Charenton. La pieza en sí misma es una meditación político-filosófica que, desde el escarnio, aborda la muerte de Marat por sus convicciones que entorpecen los deseos de otros políticos de su tiempo. Para lograr una meditación plena de la vida de Marat, Weiss recurre a la figura del Marqués de Sade y critica desde el absurdo los ideales del galo que no entendió, como lo hizo el autor alemán a través de Sade, que la política revolucionaria es parecida al acto de copular.

Así la representación Sade: escribe desde el manicomio la vida y obra de Marat que será representada por los enfermos mentales… el pueblo.

Marat (un loco), desilusionado del rumbo político de Francia y de sus líderes, lanza una diatriba espectacular en la representación teatral con la cual Sade narra la vida y obra del revolucionario que anuncia cómo se engaña al pueblo después de haber triunfado sobre éste: “no se dejen engañar; se les dirá que todo está bien aunque sea mentira; que no existe la pobreza, porque está bien oculta; se les hará creer en la ilusión del bienestar y la equidad, aunque esos mismos que los engañan poseen más que ustedes, y a sus costillas… no son sus pares. No se dejen embaucar cuando les den una palmada paternalista en el hombro y les hagan creer que no vale la pena hablar más de inequidades e injusticias y que, por tanto, deben dejar de luchar. Si ustedes les creen, ellos los habrán dominado por completo y los gobernarán desde sus casas lujosas y sus bancos de granito desde donde roban aún más, bajo el supuesto de dar libertad al pueblo. Así que tengan cuidado, porque cuando se cansen de ustedes, los harán pelear para distraerlos”.

Más tarde, Marat narra con desprecio cómo los políticos no pueden dejar de hablar del pasado, pues en eso radica su poder de manipulación. Se aferran a los errores, a las mansiones, a las riquezas y a todo aquello que puedan manipular frente a la mirada del pueblo para ganar su confianza. En ese justo instante interviene Sade en la representación de la obra y declara, cual bestia sin tacto, que Marat, al igual que el resto de los enfermos del manicomio, el pueblo ficticio y querido fue, es y será fornicado por la revolución que apoyaron.

El primero de septiembre de 2019, durante su “tercer” informe de gobierno, Andrés Manuel López Obrador declaró que los conservadores opositores estaban moralmente derrotados, y celebró la inexistencia de un bloque reaccionario con verdadera fuerza opositora. Hasta el momento se trata de una declaración divertida, por decir lo menos, y en efecto no hay oposición, por ahora no se vislumbra, lo cual es deprimente. ¿Qué es estar moralmente derrotados? Si nos detenemos a analizarlo desde la convicción religiosa del señor presidente donde sólo hay dos estados de la materia espiritual humana: lo bueno y lo malo, podríamos decir que los “malos” partidos y políticos perdieron, ante el poder iluminado de la transformación verdadera, toda oportunidad de luchar desde la virtud, y por tanto deberán pagar sus pecados de soberbia siendo repudiados por el pueblo. Se entiende perfectamente.

Desde esas declaraciones del presidente hace diez meses, el panorama nacional ha cambiado bastante. El hombre sereno que gobierna de blanco ha perdido la paciencia sobre todo al ser cuestionado en cada una de sus decisiones. La pandemia redujo al mandatario a un ser aparentemente inocuo con bastante poder (preocupante) y que tiene entre sus únicos logros una visita a la Casa Blanca con Donald Trump. Se trató de una reunión magnífica, pero simbólica, en la que nuestro presidente se comportó como un hombre inmoral y sin virtudes, lo cual lo convierte en un peligro. Si bien no dijo barbaridades, pues tampoco se le abrió el micrófono, ni se tomaron decisiones a la luz pública que valiera la pena reportar porque todo se hizo bajo la sombra, vimos en López Obrador a un individuo sin escrúpulos capaz de convertirse en el césped de las bestias. Vaya, nada que ver con el hombre bragado que inclusive escribió un libro para hacer frente al presidente estadounidense. A su regreso a México, adoptó de nuevo esa postura soberbia y triunfalista que sólo su séquito aplaude para no perder el fuero, como nuestro subsecretario de Salud, Hugo López-Gatell, otro inmoral. El único logro de ese viaje fue ver a López Obrador con cubrebocas.

La revolución que López Obrador se inventó se asemeja mucho a la visión sadista de Peter Weiss y sus personajes icónicos del siglo XVIII, lo cual es patético por ser cierto. Del monólogo de Marat acerca de la polarización, resultan impresionantes las certezas del discurso, pues la división del país preocupa y divierte a la vez, mientras vemos cómo el fanatismo aumenta a medida que incrementan las estupideces que se pronuncian desde Palacio Nacional. Hoy mismo, al tiempo que escribo estas palabras, el presidente declara que en México ya no existen las masacres, la tortura, la corrupción, entre otros tantos mantras matinales que tienen como objetivo quitar el foco a los problemas adornándolos con palabrejas… De nuevo Marat…

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Libertad condicionada

Philip Roth… Leí “El teatro de Sabbath” por su portada, no me apena decirlo. El marinero-demonio que seduce a la chica-prostituta en la litografía de Otto Dix de 1926, que identifica a la primera edición en español de 1995, favoreció mi providencial encuentro con el autor. La vida del titiritero pervertido Mickey Sabbath, protagonista de la novela, es la metáfora palpitante del sexo, del descaro, como motor de la decadencia licenciosa que confronta a la muerte sin aceptarla no por temor sino por desprecio. Las pasiones e instintos de Sabbath, el manipulador que atormenta a su familia y seres queridos, que se masturba sobre la tumba de su amante, nos alecciona desde la literatura, para reclamar la libertad absoluta de la que huimos por temor a ser juzgados.

Roth cimbró las buenas conciencias judeocristianas estadounidenses de fin de siglo que aún imploran a Dios, como el ex presidente de Estados Unidos George Bush Jr., en plena guerra contra el terrorismo a inicios del siglo XXI, para que éste tome las decisiones atinadas cediéndole el honor de nuestras glorias y desgracias, exculpándonos.

Si bien la novela me hizo valorar el suicido en la vejez, poniéndome en los zapatos de Mickey Sabbath, reconocí el valor conceptual de la Libertad; eliminar los atavíos culposos de las enseñanzas religiosas que rigen mis culpas, y las de otros, sin permitirme romper las reglas más comunes. Un problema existencial, sin duda. Con “El teatro de Sabbath”, Roth desnuda el espíritu humano que no se sirve del semblante tespiano; sin embargo, con “Pastoral Americano” (1997), asesta un golpe a la maquinaria impecable estadounidense que erige sociedades sobre pilares ilusorios, mas disfrutables.

La trama de Pastoral es sencilla: Seymour Irving Levov es un ciudadano casado con una mujer bellísima, padre de una hija pequeña, dueño de una fábrica y vive sin preocupaciones. Pronto su hija crecerá y, en el contexto de la Guerra de Vietnam y las revueltas sociales de 1968, ésta hace estallar explosivos en diferentes lugares de Nueva Jersey, asesinando a una persona. Al poco tiempo, Seymour descubre que su mujer lo engaña, que su hija ya adulta vive como indigente por decisión propia. Esta revelación echa abajo el mundo conservador del hombre exitoso que hasta ese momento se cuestiona acerca de su vida y los parámetros sociales que siempre respetó, sobre los cuales cimentó su éxito y su paz alejado de las revueltas del mundo que lo rodeaba.

Tanto Mickey Sabbath como Seymour Irving Levov naufragan en las aguas de la realidad sin ilusiones sociales, dejando en el olvido los espejismos, confrontando verdades absolutas: la Libertad, entonces, es juez y verdugo que castra a su víctima y hace de ella una bestia en campo raso, inmóvil y temerosa, ante las infinitas posibilidades de andar sin miramientos por cualquier sendero.

Hace un par de semanas, Ricardo Salinas Pliego, presidente de Grupo Salinas, lanzó una serie de propuestas para que los mexicanos, sobre todo sus empleados, salieran a las calles a retomar su libertad en medio de la pandemia. Antes que él, Elon Musk, el creador de Space X y PayPal, llamaba al gobierno de Estados Unidos y a sus ciudadanos a dejar los miedos, a recobrar su libertad para reactivar la economía. Por supuesto, Donald Trump accede y comparte la visión de Musk, la tragedia está consumada; y Andrés Manuel López Obrador, guardando toda proporción, comparte y obedece a los ideales de su aliado Salinas Pliego, y hace un llamado tajante a retomar nuestra libertad, a disfrutar de la naturaleza… frases que poco o nada tienen que ver con una verdadera postura ante la pandemia.

En el caso de los empresarios, quedan claras sus estrategias económicas. Siendo honestos y olvidando nuestros idealismos, no podemos culparlos aunque señalemos con oprobio sus declaraciones cuando a la fecha han muerto 123 mil personas en Estados Unidos y 23,377 en México como consecuencia del Covid-19. Llama mi atención la postura tanto de Trump como de Obrador, sobre todo cuando ambas figuras enfrentan comicios clave: el estadounidense se juega la reelección y el mexicano su poder en 2021. La desesperación por mantener el control absolutista los corrompe al grado de olvidar las obligaciones inmediatas de todo gobernante que, en el caso de ambos, no tienen más que ofrecer a sus gobernados, sino indignación. Ni hablar de los comparsas partidistas de cada figura, para ellos el mundo es completamente azul previo al cielo gris del “Rey Burgués”, de Rubén Darío.

Del discurso del par político-empresarial rescato la necesidad de mencionar la Libertad, recobrarla, vivirla, hacerla nuestra de nuevo. Ante tales declaraciones, descubrí que no supe cuándo la perdí y ahora que la recobro debo ejercerla, lo cual resulta complejo porque los discursos de éstos, que no narrativas, nos hablan de una Libertad que, así como la Verdad, está subordinada a la realidad política y vulgar moderna, sea cual sea la regla de uso.

Considero que estamos en un momento enrarecido en el cual la frase imperativa es que: debemos estar del lado correcto de la historia. Confieso que al nombrarlo como “lado”, me pierdo en la terminología y no sé cuál es; y tampoco sé si realmente quiero formar parte de eso, por lo menos de manera consciente. Es interesante descubrir cómo el orden natural de las cosas, de los discursos, se va modificando gracias a una suerte de revisionismo que todo lo reordena y somete al escrutinio público, pasado por el tamiz del estadio digital que pronto toma protagonismo en el mundo real convertido en normas políticamente aceptadas que someten a la libertad, no conceptual sino práctica. Con este revisionismo se anulan las posibilidades de polemizar acerca de un tema debido a que toda palabra fuera de la norma infiere error.

Hace unos días escuché un debate acerca del racismo y su relación con la comedia, o su mala aplicación en esta. El argumento que utilizó uno de los participantes, que también es actor, fue el siguiente: “Debemos hacer comedia desde otro lado” y continuó explicando el profundo racismo y clasismo que existe en el país. Todas eran verdades absolutas. Aunque el argumento de “solucionar las cosas desde otro lado” es vacío y no significa nada, entre celebridades y gente del espectáculo que opina, es la herramienta ideal de escape que les brinda la libertad de expresión. Está al nivel del “yo no sé, pero algo debe hacerse”. Si no sabes nombrar lo que propones, no tienes idea de lo que defiendes, y hay que tener cuidado porque entonces el esfuerzo por denunciar es vano.

“Gentleman”, la última película del director inglés Guy Ritchie, tiene un momento que define perfectamente esa comedia “desde el otro lado”, o que al menos yo interpreto así. Un gitano le dice a un negro: “Oye, negro estúpido, ponte a entrenar”. El negro contesta, “me estás diciendo ‘negro estúpido’, no puedes hacer eso porque es racista”. Un tercer personaje con autoridad reafirma: “No, esos son los hechos, eres negro y eres estúpido, además, no se refiere a la raza negra, sino a ti y, si no me equivoco, te lo dice desde la relación amistosa que ambos tienen. Así que podrías llamarlo ‘gitano idiota’”. Definir y explicar el contexto desde dónde surge el chiste ayuda a eliminar toda polémica desde la inteligencia. Cosa que no ocurre con la gran mayoría de temas que la horda intenta desaparecer del imaginario por el nulo reconocimiento de contextos discursivos. Reparo en este ejemplo porque es ideal desde la cultura pop para abordar cómo funciona tanto la libertad de expresión como la verdad que pudo haberse manipulado desde el inicio.

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Las estampas del teatro de la violencia

“Los bosnios”, de Velibor Čolić, es una novela corta que materializa sin poesía un breviario de miseria humana. Las escenas que refiere la obra engloban la historia trágica de la última Guerra de los Balcanes también conocida como las Guerras Yugoslavas o la Tercera Guerra de los Balcanes, estampas irreales de una violencia extrema que no respeta edades ni sexos. El conflicto que desencadenó la confrontación en 1991 inició con el recelo étnico de castas, aunado al choque religioso entre musulmanes y cristianos, en Bosnia y Serbia, aunque fue una pugna por conquista territorial, con Kosovo como foco del problema centenario. Supongo que Peter Handke, el ganador del Nobel de Literatura, tenía claro el conflicto cuando decidió apoyar al presidente serbio Slobodan Milošević, un acción que le ganó el repudio de la gente.

Entre las múltiples escenas de dolor que surgen de la realidad, apunto tres que concretan el universo de Čolić: la muerte de un jorobado por empalamiento para enderezarle la columna vertebral; el asesinato de una niña que yace boca abajo violada-desnuda, dentro de una revolvedora de cemento; y el relato de un tipo que se balancea en un columpio jugando con la puntería del francotirador enemigo. Las anécdotas del autor nos confrontan con un mundo violento, tanto, que huimos de sus palabras irreales. Al leer la historia de estos pueblos entendemos que las disputas ideológicas son fundamentales del ethos eslavo. Lo que nos muestra Čolić es un reducto del salvajismo que inconscientemente romantizamos pues el caos marcial europeo tiene estirpe.

Durante el mismo año del conflicto balcánico, la prensa internacional transmitió un video en el que se apreciaba la golpiza que la policía de Los Ángeles, California, en Estados Unidos, le propinó a Rodney King, un conductor negro de ese condado. Posteriormente, en 1992, cuando los policías que agredieron a King fueron sentenciados con penas mínimas y exonerados, iniciaron los disturbios de la comunidad negra que desaprobaba y despreciaba el veredicto de la corte. Los tumultos se tornaron agresivos porque revivieron las disputas racistas de los núcleos asiáticos contra la población negra, que le prendía fuego a los negocios orientales y golpeaban a cuanto blanco encontraran en su camino.

Hay un instante que quedó grabado en video para la posteridad. Mientras un hombre negro permanecía en medio del caos con un auto incendiándose a sus espaldas, daba instrucciones comunitarias sencillas: “jodan a los asiáticos, no a los mexicanos, ni a los latinos”. En efecto la turba destruyó en su mayoría negocios orientales respetando los Taco shops de la zona. Esto tiene su relevancia porque, por nimio que parezca, ambas comunidades durante décadas asumieron con entereza, mas no con estoicismo, la violencia ejercida en su contra por su condición de minoría en Estados Unidos, cumpliendo el obligado sueño americano en la tierra de la libertad. Hoy se vive otro punto de quiebre histórico con la muerte de George Floyd a manos, una vez más, de un policía con entrenamiento marcial.

Meditemos sobre ambas comunidades. Los núcleos latinos, en este caso los mexicanos, han jugado un rol fundamental en la economía estadounidense como mano de obra barata, vaya revelación, que ha luchado por lograr la permanencia y protagonismo en la vida política, social y cultural de Estados Unidos. No olvidemos que los mexicanos formamos parte de la historia de ese país, esa tierra nos fue propia, detalle a considerar, no olvidemos el siglo XIX. Pero la nuestra es una cultura maniatada en esa tierra ahora sajona, ya que no se nos debe nada.

A decir de las comunidades negras, estas continuarán relegadas porque llevan a cuestas el estigma de la esclavitud. Son hombres y mujeres extranjeros, sin tierra firme, que caminan sobre islas minúsculas que apenas ganaron al lograr su libertad en siglo XIX, y apoyados por su Movimiento por los derechos civiles en la década de 1960. Reconozcamos que Martin Luther King generó una revolución para que su raza buscara el protagonismo intelectual a partir de su doctrina cristiana-protestante, mientras que César Chávez concibió un cambio que estructuró al pueblo mexicano en Estados Unidos, pero su movimiento católico fracasó. La diferencia estuvo en la interpretación de la doctrina: en una se lee la biblia, en la otra te la recitan.

Negros y latinos comparten el estigma de la raza. Ambos luchan por conquistar espacios, por derribar mitos; sin embargo, allá el mexicano no asciende al poder, digamos a la presidencia, porque es un campesino por tradición que cobra por piscar en los solares, no hay culpa del patrón. La raza negra se hizo de la presidencia, les fue permitido para limpiar las blancas conciencias, pero eso no les garantiza derecho de piso.

Mientras la Guerra de los Balcanes estallaba y la ciudad de Los Ángeles ardía, en Tijuana la generación de los narcojuniors, hijos de familias adineradas, dominaban el trasiego de la droga en la frontera norte. Tijuana era una ciudad nada ajena al crimen, pero pacífica, donde se convivía con el narcotráfico sin mayor problema, volverlo más exótico es demagogia. La ruptura de los pactos de palabra de las viejas guardias del narco que se dieron con los nuevos protagonistas como la familia Arellano Félix, patrocinadora de los narcojuniors, según lo documentó Jesús Blancornelas, director del semanario Zeta editado en Tijuana, fue la antesala de este periodo de violencia en el país, que posicionó al narco como una entelequia de gobierno alterno que explora otras vías de la democracia y la religión.

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Fantasías para fanáticos necesitados

Cuando leí por primera vez “Fahrenheit 451” de Ray Bradbury cuestioné el valor no de los libros sino de la palabra escrita hecha literatura y memoria. Estaba en el proceso de generar mis primeras verdades acerca del funcionamiento del mundo y cómo se ejercía la manipulación sobre la masa. No era complejo hacer los paralelismos entre la dictadura marcial alemana y la quema de libros en la década de 1930, con las iniciativas de censura de las artes y la literatura del senador estadounidense Joseph McCarthy entre 1950 y 1956. Para el político, el conocimiento no validado por gobierno, era subversivo y no representaba los ideales del Estado. Situación curiosa que define nuestra realidad a la perfección.

En esa etapa de descubrimiento literario ninguna obra me inquietó tanto como “La tercera expedición”, un relato fantástico publicado en 1948 como “Mars is Heaven”, que forma parte de “Las crónicas marcianas”, publicación editada en 1950 y escrita también por Bradbury. Me cautivó el maquiavelismo de los marcianos que manipulaban el pensamiento y las ideas de los humanos que arribaron a Marte en búsqueda de una nueva frontera por conquistar. La trama es sencilla: los humanos aterrizan su cohete, bajan de la nave, descubren en la superficie un pueblo estadounidense típico de la época habitado por amigos, viejos amores, familiares y conocidos lo cual emociona a los viajeros interplanetarios que piensan haber descubierto el paraíso fuera de la tierra, olvidando a Dios. Pero una vez que los humanos bajan la guardia y duermen, después de disfrutar la mentira, por las palabras, que les fue proyectada para su divertimento, mueren asesinados a mano de los marcianos.

Declaraba Ray Bradbury que “Las crónicas marcianas” no era una obra de ciencia ficción sino de fantasía, una representación de lo irreal; por eso mismo permanecerían como un mito griego, por tanto trágico, en el tiempo. La ciencia ficción, por contraparte, es una representación de la realidad que nos alcanza sin darnos tregua. Es un género literario ideal para presentarnos de frente el historial de errores que cometemos sin eliminar la estupidez de nuestra espiral existencial.

Con la relectura interpreto “La tercera expedición” como un tratado breve de la ingenuidad y la mentira. La ingenuidad presume inocencia y es un detonante eventual que la memoria termina por dejar en el pasado. No obstante la mentira, como forma de la verdad, es una de las grandes herramientas conceptuales con las que cuenta el ser humano. Es perfecta en su ritmo, cual serpiente cristiana todo lo manipula, es un bien preciado al que ninguna sociedad o individuo renuncia porque le da sentido de pertenencia. Nos permite sustituir la realidad sin tecnología digital y brinda felicidad u oprobio a través del lenguaje y sus palabras, lo cual es profundamente espiritual.

Durante siglos el lenguaje y su letanía se ha estudiado con la seriedad propia del problema, para comprender que cada siglo renueva las teorías filosóficas y literarias en torno a las palabras, lo que nombran y sus límites. Desde la disciplina matemática que habla del lenguaje como una ecuación más de la lógica, hasta la postura metafísica que insinúa que todo lo que nombra una palabra existe, nos ayuda a comprender que por medio de las palabras estamos atrapados en una prisión que nos ciñe al contexto de la realidad. Por eso hay quienes guardan silencio, para eliminar el probable destino al que lo lleven sus vociferaciones. Aunque la pasión por pronunciar los vocablos es tal que termina por condenar al héroe… en términos clásicos es su error trágico.

¿Cómo podemos escapar a la trampa del lenguaje, a la mentira discrecional de la época y los actores que la proclaman para generar realidades extraordinarias pero falsas? La pregunta es pertinente porque la respuesta sugiere un continuo progreso idealista, como si de un juego de naipes se tratara, que baraja conceptos como: bienestar, justicia e igualdad, entre otros, que no logran consumar el deseo general de la sociedad que busca el bien común, pero que siempre están en un juego sinfín. Si los ideales se consumaran la mentira social no tendría razón para existir. El juego político radica perversamente en instaurar la ilusión del progreso duradero, aunque inmóvil, creando espejismos y empatías ciudadanas.

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Ilusiones para un mundo salvajemente feliz

Yo soy Espartaco. No, yo soy Espartaco”. Con estos lances en medio del ensangrentado campo de batalla, el arruinado ejército de esclavos fortalece su hermandad con bravura a viva voz, para defender al líder de la rebelión que los llevó a la libertad momentánea, previo a su crucifixión a mano del confundido ejército romano. Espartaco, el gladiador y símbolo de la libertad combativa al que hago referencia, personaje emblemático del cine mundial, es creación de Stanley Kubrick, ideado por el guionista y perseguido político Dalton Trumbo, quien tomó la novela homónima del comunista Howard Fast para exaltar los valores de la libertad a través de la vida y muerte del gladiador tracio.

Trumbo y Fast fueron enemigos comunes del pueblo estadounidense en la primera mitad del siglo XX, por formar parte del Partido Comunista, un pecado capital inimaginable y, a decir verdad, anti natura para el ethos de ese pueblo de oferta y demanda que entendía bien el Comité de Actividades Antiamericanas de la Cámara de Representantes del Congreso de los Estados Unidos. ¿Cómo podía un ciudadano del mundo libre apelar al yugo del comunismo? Las utopías eran válidas, inclusive en el seno del capitalismo, pero como símbolos exóticos. Fue también en ese contexto histórico que cobró más fuerza el Capitán América (Steve Rogers), el súper soldado y enemigo de la amenaza roja (Red Skull), descifrado como una bandera humana y viril por J.M. Coetzee en sus ensayos, figura de la justicia a partir de la guerra, siempre justificada.

“Espartaco”, la novela, fue escrita en prisión durante el tiempo que Howard Fast estuvo recluido purgando condena debido a que su nombre figuraba en la lista negra de la cultura americana, junto con Lillian Hellman, Langston Hughes y Orson Welles, entre otros, que controlaba el comité que allanaba el paso para la exitosa caza de brujas de Joseph McCarthy. La cultura era un enemigo a vencer, la escritura no necesitaba más que polvo para sembrar el caos. La apuesta de Howard Fast no era nada compleja en su exposición política y discursiva a través de la construcción narrativa de su obra. Abordó la historia de Espartaco, el esclavo y gladiador tracio que se rebela al igual que sus compañeros durante la Tercera guerra servil o Guerra de los gladiadores contra del ejército romano, por la crueldad que vivían. Los esclavos de la época, según la historia clásica, eran tratados como animales, lo cual sigue vigente en este tiempo de conquistas aeroespaciales; oh, cuánto hemos avanzado. Espartaco, entendido a partir de las crónicas romanas, contó con la aprobación de los historiadores que aplaudieron la valentía del gladiador y su lucha por los derechos de su pueblo conformado por guerreros, asesinos, criminales y parias de otras regiones. Carl Marx, el nunca olvidado pensador alemán, lo tomó como modelo porque materializaba la imagen del hombre proletario que se rebela contra el cacique, sin importar las consecuencias, para privilegiar el deseo comunitario por encima del autoritarismo del poderoso.

El Espartaco de Trumbo y Fast, el que retrata Kubrick hacia el final de la cinta, una vez crucificado, conoce a su hijo que crecerá en libertad. El anti héroe vive un instante de plenitud existencial porque su lucha no fue en vano. Espartaco transita pues del sentimiento comunitario hacia la gloria personal, la consumación del individualismo. Repito, todo esto en la versión cinematográfica, en esa ilusión donde la vida de los otros pierde valor ante la realización material de los deseos de Espartaco. ¿Acaso los muertos en vida sobre las cruces defenderían al gladiador frente al ejército romano una vez más? ¿Qué sueños consumaban con su propia muerte los otros miembros de la comunidad? Digamos que, si la libertad era el fin último, aún clavados a la cruz, disfrutaban de la gloria después de haber sido carne en los establos.

Previo a este exhausto momento histórico, desde hace años, se fue acentuando una profunda censura auto impuesta gracias a las miles de voces que rondan los pasillos digitales de las redes sociales, a las que la gran mayoría tenemos contacto sea por cuestiones laborales o divertimento, situación que se agravó con el confinamiento. En ese universo etéreo al que cedemos con gusto nuestra alma, toda palabra es campo minado. ¿Acaso vale la pena la auto censura por algunos buenos comentarios de personas que nunca conocerás? La ilusión de ser queridos y aceptados es bastante deprimente. Aún más deprimente es no ejercer el derecho a disentir por miedo a las hordas de salvajes que en un fuerte ejercicio de auto complacencia se erigirán como seres morales superiores que exigirán con su dedo flamígero tu condenación eterna.

Abandonemos toda proposición filosófica acerca del mundo digital. Partamos en principio de lo físico. Crecimos leyendo revistas, no hablamos de literatura en este momento, vimos miles de horas de programas televisivos, consumimos millones de imágenes previo a la aparición del mundo digital que nos vendían una ilusión, ustedes decidan la pasión que anhelaban, no deslumbraron miles de escenas cinematográficas que forman parte de nuestra experiencia. Durante décadas consumimos rostros perfectos, cuerpos idóneos, y aprendimos las palabras correctas para entablar una conversación. Nuestra existencia ha participado de ilusiones que nos mantienen con vida, felices o infelices, pero en equilibrio. El cuerpo de la mujer sobre la página nunca estuvo desnudo, sino que el corrector que retocaba la imagen se encargaba de eliminar la ropa que cubría a la modelo; no en todos los casos, no hay motivo para sufrir, pero el fundamento erótico y sexual de millones de adolescentes estaba basado en la habilidad del retocador de la imagen. Oh, desventura.

¿Acaso vale la pena la auto censura por algunos buenos comentarios de personas que nunca conocerás? Repito la pregunta por la pertinencia. Una de las grandes ilusiones que nos ha vendido la modernidad del siglo XXI es que somos buenas personas y por tanto tenemos la capacidad, por esa gracia divina, de crear mundos salvajemente felices siempre que sea en el espacio digital, el campo de acción de las buenas conciencias que fortalecen la idea de la corrección política que todo lo destruye. En ese mundo digital e incluyente ocurre lo mismo que en cualquier marcha a ras de calle con templete. Se corre la voz: habrá una marcha por los derechos de las personas a disentir por cualquier tema social, me interesa. Perfecto. Soy el participante número 50 mil en la caravana, pero jamás llego al templete, ni conozco al que está sobre las tablas lanzando sus consignas. No sé si mis necesidades son expresadas con coherencia por ese individuo. Me pregunto por qué está él en el templete. ¿Quién lo puso ahí? ¿Quién es? ¿Por qué estoy en medio de la masa si mi voz no se escucha? Si no conozco al que lleva la voz sobre las tablas, ¿por qué me sumo al movimiento? El primer error es pensar que formamos parte de una comunidad.

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El vuelo de los cerdos entre las moscas

La cabeza del jabalí clavada a la estaca como ofrenda y los moscardones que la rondan con sus agitados zumbidos, la escena misma, es un instante fundamental y simbólico de “El señor de las moscas”, primera novela de William Golding, pieza cardinal del existencialismo inglés de la posguerra, escrita por el veterano de la Marina Real británica; autor que participó en la batalla de Normandía pilotando una lancha de desembarco desde la cual lanzaban cohetes hacia la playa enemiga. Golding escribió una obra concisa que hace del naufragio el detonante idóneo para la desgracia arraigada en la creación de una sociedad salvaje y juvenil en una isla en medio de ninguna parte.

De la novela me atrae el concepto de Sociedad y la lógica bestial e inocente de los niños para establecer el orden en su solitaria existencia oceánica que, tarde o temprano, necesita de un ente sobrenatural al que temerle, sólo que Dios jamás llega al encuentro, no hay altares y la fe se perdió con las mareas. Es el demonio no obstante, el instinto de supervivencia real e imaginario, quien reina en la isla y desata el holocausto. Del imaginario de Golding me entusiasma, hasta la fecha, la tragedia generada por esos inexpertos escuadrones de críos y adolescentes que trotaban por la selva cazando, mutilando bestias y subyugando a la naturaleza. Eran libres para devorarlo todo incluidos ellos mismos sin reparos, pasando del juego a la risa y al asesinato sin dudarlo.

Cuando erigen la cabeza del jabalí en medio de la selva se arraiga el espíritu pagano, en términos cristianos, de rendir culto al animal que asesinaron para alimentarse, además de brindarles paz espiritual; es la imagen del Baal bíblico en carne y hueso que encuentra un hogar en la tierra a través de quienes son dueños del reino de los cielos. Con el paso de los días, los críos y adolescentes, al igual que las moscas, rondan la cabeza decapitada de la bestia que se pudre al tiempo que su sociedad isleña se fractura, hasta llegar al frenesí: se asesinan los unos y otros. Instinto salvaje que se reprime al momento que aparecen los adultos en la playa y rompen el encanto de la Sociedad infantil, Dios no ha muerto.

Según la Real Academia Española la Sociedad se define como: “un conjunto de personas, pueblos o naciones que conviven bajo normas comunes”. Entiendo que la sociedad no es una comunidad porque no busca un bien común. La Sociedad se compone por individuos, digamos, diferentes entre sí que intentan consolidar un fin personal utilizando a otros que buscan los canales necesarios para cumplir con sus propios objetivos, seamos románticos y digamos sueños. En todo caso, la Sociedad es un espejismo, un péndulo afilado, necesario para cumplir mis objetivos por encima de los otros que necesita de la simulación grupal para mantener su pulso y ficción. ¿Luego entonces qué es la justicia? Qué importa si no somos una comunidad.

El caos en el “Señor de las moscas” inicia con la lucha por el poder entre dos compañeros, uno fuerte y otro ecuánime que gana la jefatura de la manada por la vía democrática que, dicho se de paso, no deseaba el título nobiliario que le brindó la sociedad. El fuerte se convierte en líder de los reaccionarios infantes que se especializan en cazar; quienes participan de su grupo deben elegir entre estar o no con él. Mientras, el jefe de la manada explora la isla y busca que todos estén en paz. Pronto el fortachón lucha por obtener el poder argumentando que su habilidad para cazar lo convierte en el líder natural. Se encapricha al no lograr su objetivo y aumenta la violencia sistemática entre la manada hasta fracturarla.

Macbeth, el rey de Escocia, en la tragedia de William Shakespeare, asesina y pierde la vida por su ambición de poder; aunque atendió al capricho de Lady Macbeth por ser reina. Creonte, el rey de Tebas en ausencia de Edipo, enfermó de poder y luchó hasta el final para no entregar el cetro a ninguno de los hijos del rey ciego y tuvo que jugar tramposamente con la sucesión del reino hasta su muerte. El capitán Ahab, protagonista de “Moby-Dick”, novela de Herman Melville, lucha por dominar con su poderío no sólo a la ballena que caza sino que quiere que el océano se rinda a sus pies, un capricho vuelto fanatismo. El Poder es una droga caprichosa que tiene en el infantilismo su raíz.

Formamos parte de esta sociedad, no hay argumento que invalide esa premisa. Ejercemos funciones acorde a las reglas que asumimos sin cuestionarlas inclusive en desacuerdo. Ejercemos la ecuanimidad que nos aleja de la confrontación. Nuestros deseos se cumplen a cuenta gotas y así conquistamos el derecho a coexistir a pesar de los demás. Cedemos amargamente nuestro albedrío idealista para ser funcionales aunque reprimidos en nuestras pasiones más elementales. Participamos de la religión o creencias paganas para sentir pertenencia. La única forma de escapar de este control implícito es marchándonos a una isla al fin del mundo, pero ésta le pertenece a una sociedad que plantearía normas. Oh, encrucijada. Atendemos con lo anterior al capricho de otros que dictan las reglas, reunión a la cual no fuimos invitados, de la misma forma que no invitamos a otros a la toma de decisiones de sus vidas, la cadena de mando social se mantiene erguida.

¿Al capricho de quién reaccionamos en la sociedad y qué obtenemos a cambio? ¿En qué momento endiosamos y mantenemos en el poder a personajes que no sirven a nuestros objetivos? ¿Qué nos hace respetar la noción de Estado? ¿Qué es aquello que no podemos cuestionar? Son preguntas demasiado obvias que no articulamos y que no tienen una sola respuesta. Todos los días mi hijo, siete años, hace lo que le pido y ordeno, cuestiona porque sabe reñir, al final se rinde a la autoridad. Hago de él un individuo que respeta normas a regañadientes, que cumple ciertas tareas y deberes, le enseño vías cortas para solucionar problemas, pero sin duda lo obligo a razonar; no le enseño comportamientos heredados de la conquista, no hay sumisión. No refuerzo el servilismo, ni ideas religiosas que no cuestione, intento que no cometa los mismos errores que yo por mi educación, y no le oculto la realidad: un muerto es un muerto, un miserable es un miserable, el lenguaje es lo que es, no escondo sus significados en la realidad.

Me pregunto: ¿por qué me hace caso ese niño de siete años? Quizá porque le doy cobijo, le cumplo deseos, de vez en cuando lo regaño. Para él simplemente soy un adulto. Recibí una educación mucho más férrea que aprendí sin cuestionar; mi madre aún peor y la cadena se extiende hasta el pasado finito cuando se superponía la violencia del más fuerte que ejercía su poder contra la tribu que lo encumbró y que nadie cuestionaba por miedo a convertirse en un marginado; en este sentido, el origen de la sumisión que mantiene en pie a la sociedad es el miedo. Nadie es más temeroso que un niño desarraigado…

El cineasta húngaro, István Szabó, hace un planteamiento aterrador acerca de la convención de la humanidad frente al miedo. En su película “Sunshine” (1999), narra la experiencia de un prisionero judío en un campo de exterminio que estaba custodiado, junto con sus compañeros, por sólo 13 guardias; dos mil judíos no pudieron sublevarse contra ese número de escoltas. La respuesta que dio el hombre por no haberse rebelado fue que, para poder sobrevivir, debían mantenerse unidos, tenían tanto miedo que no actuaron por no saber cómo sobrevivirían a la libertad, así que ni uno solo fue capaz de actuar por miedo a sentirse fuera de la manada, de la sociedad. Se puede argumentar que fue un momento fuera de lo común, pero inclusive antes de entrar en cautiverio esa población de judíos estaba paralizada por el fanatismo violento de quien ejercía el poder sobre ellos, sus propios líderes sociales.

El fracaso de los críos belicosos de Golding se debe al infantilismo que dominaba a las bases de la oposición que quería dominar el juego de mandar a como diera lugar, generando pánico. Los niños todos eran las moscas que acompañaban a la cabeza vetusta del jabalí hasta secarse. Nosotros somos, en nuestro ideal de sociedad, esas moscas que rondan la carroña del ídolo erigido por nosotros mismos, del gobernante que nutre nuestra imaginación y espíritu con sus sueños pedestres. Somos un instrumento para sus objetivos pero tenemos prohibido soñar lo propio para cumplir nuestros deseos y, en ese sentido, no se cumple el objetivo de la participación del individuo en la sociedad.

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